sábado, 31 de julio de 2010

Cuando soy débil

Los cristianos somos atletas que nos gloriamos de ser débiles.
Atletas que cuanto más débiles se reconocen, más fuertes son.
Esto nos dice el apóstol: "Pues cuando flaqueo, es cuando soy fuerte" (2 Corintios 12, 10)
Corramos, reconociéndonos débiles, para alcanzar la santidad. Pero corramos de tal manera que alcancemos el premio (1 Corintios, 9, 24)
Así lo alcanzamos: cuando corremos con una fuerza que nos es nuestra, porque es Suya.

Y de qué premio nos habla el Espíritu Santo, a través del apóstol! De un premio inmarcesible.
Como atletas que disciplinan su cuerpo y se abstienen de todo para obtener una corona incorruptible, así hemos de luchar, de correr esta carrera (1 Corintios 9, 25).

A la manera de atletas de Cristo, cuya fuerza no proviene de ellos mismos, sino de Aquel que les envía a la carrera y les provee de todo cuanto necesitan para ganarla.
Gloriémonos, pues, de nuestra debilidad (2 Corintios 11, 30) para que la fuerza de Dios, que es Cristo, nos empuje hacia la meta. Dios nos nutre de sí, nos alimenta de su Pan de Fuertes, que es Cristo, a través de su Cuerpo.

Escuchad lo que nos dice nuestro Señor, Jesús, en 2 Corintios 12, 9: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza".
La fuerza de Dios, el Santo Señor Jesús, es nuestra Fuerza, la Gracia que nos basta para correr y ganar ese premio incorruptible.

lunes, 26 de julio de 2010

Anunciación


Humana flor
y mar lejano, pasas,
frescor suave,

sobre lo esplendoroso.

Tu estancia florece, tiempo
azul, con el brotar azul
de los albaricoques.

Quiero cantar tu alma
desde lo más profundo,
en que la Voluntad del Padre
se enciende sobre nosotros
como el romper de olas
surgidas desde ti.

Resuena en mí
la hondura que florece,
canto y Madre, sueño y sol,
María,

erguida en tu primavera.

jueves, 22 de julio de 2010

La más candente Cima

Nosotros amamos la Jerarquía
de la Luz, la ordenación que la Verdad
instaura en las cosas:

Amamos la Autoridad
con que brotan las flores,
de la que surge un mundo
de tonante obviedad.

Amamos las cosas oscuras
a salvo de la opinión,
en cuya sombra abrasarnos en llamas
de gozosa claridad.

Amamos la dureza
de la forma a fuego puro,
en cuyo yunque descubrir
la verdadera Forma:

Pues si es Verdad y Luz
la sangre verdadera
del verdadero sangrar.

Y si es pureza y jerarquía
la candente formación
del verdadero Formar,

la realidad total que amamos
es la preciosa Realidad
que es Una y Trina y fulge Toda
y forja en nosotros nuestro Amar,

Y forja a fuego puro nuestro ser:

Aquel que realizamos con temblor y hondura
en la más candente cima del Sangrar:

La más candente cima del Saber.





martes, 20 de julio de 2010

SOBRE EL DESTINO DEL MUNDO


Sobre unos dientes enormes de acero
caminan los niños que no nacerán.
Se vuelven sus filos rojizos
hacia la carne del alma nonata.

Devoran las olas del mar
con fauces de un tiempo insaciable,
como un vacío
de espinas de presa y de caza
que interna maldito
su sombra hacia Dios.

Como un silencio de ramas no blancas
en cuyo seno no brota jamás el Milagro,
transcurre su luz
hacia el destino del mundo.


A las víctimas del aborto

viernes, 16 de julio de 2010

Un tesoro escondido

Esta es la historia de una carta. Una historia que sucedió en Navidad. Yo vivía inmerso en la fiebre consumista de esos días, sufriendo una rutinaria depresión que sentía como normal en mi vida. Tenía veintipocos años, y había sufrido tanto en mi infancia que la Navidad se me aparecía como un insulto. Este era el razonamiento: Celebrar la Navidad es propio de gente que no ha sufrido.

Aún no conocía a mi esposa. De hecho, no conocía apenas a nadie. Con este ánimo se me ocurrió irme unos días fuera de la ciudad, a un pueblo de la sierra, solo, para olvidarme de todo y dedicarme a leer. Así, llené mi maletín de piel marrón con libros de poesía y de filosofía, hice la maleta, y me marché de allí.

Me alojé en una modesta pensión en la que apenas paraba, dedicado como estaba a leer y releer poesía por los miradores de aquel camino de enebros y plátanos centenarios, en la placidez de piedra de aquellas plazas vetustas de pueblo. Me impresionaba la belleza arquitectónica de sus callejuelas, por las que parecía no pasar el tiempo técnico de hoy, y el ambiente navideño arcaico y provinciano que reinaba en aquel lugar. Parecía que la sociedad consumista y las navidades de papá Noel no hubieran llegado todavía a aquel pequeño municipio azul.

También me sorprendió la delicadeza y ternura del rostro de la muchacha que limpiaba las habitaciones de la pensión, con la que me crucé por el pasillo un par de veces. Debía tener unos dieciséis años. Llevaba los útiles de limpieza con la cabeza baja y su cuerpo esbelto y erguido, apenas oprimido aún por aquella vida de esfuerzo y monotonía.

Una noche me encontraba bastante triste, no sólo por algunos problemas concretos y oscuros que me hacían sufrir, sino por una insatisfacción personal profunda acerca de mi propia existencia. Entonces, escribí un pequeño poema que reflejaba ese estado de ánimo y me dormí. A la mañana siguiente, muy temprano, me levanté y fui a pasear por el pueblo. Era mi último día allí.
Recorrí las calles húmedas de rocío. Estuve recordando y recordando escenas dolorosas de mi vida, que no podía apartar de la mente. Me asomé a una balaustrada que, en la plaza del ayuntamiento, daba a un precipicio de magnolios en flor y cedros gigantescos.

No pude evitar que saltaran lágrimas a mis ojos. En algún momento, una golondrina voló cerca de mí y se detuvo ante mis ojos, a un palmo... parecía que volaba junto a mi corazón, para comunicarme algún mensaje del Cielo.

Volví mis pasos hacia la pensión. Eran las cuatro de la tarde, y llevaba todo el día fuera, ni siquiera había comido. Cuántas cosas habían pesado sobre mí... En la habitación guardé los papeles y libros, ropa y demás. Cerré la maleta, pagué la habitación y me dispuse a salir hacia la estación de autobuses.

Mientras esperaba el autobús abrí el bolsillo lateral de la maleta, tomé un libro de poemas de Hölderlin, y leí:

Donde hay peligro
crece lo que nos salva
.

Subí al autobús y emprendí la marcha hacia la ciudad. Oscureció muy pronto. Las colinas cobrizas de la sierra, salpicadas de olivos, me parecían vestidas por medias de luto, medias sobrias y austeras que cubrían piernas de arena de oro puro y tierras lunares de cultivo; cuadro dorado y de plata, en un marco de madera de siglos de arado, sudor viril, mujeres que sufren y saben trabajar la hoz.

De pronto, una golondrina cruzó frente a mí por la ventanilla del autobús; parecía casi detener su vuelo, durante el movimiento, para acompañarme en el viaje.

Entonces sentí un impulso de abrir el bolsillo lateral derecho de la maleta... introduje la mano... buscando tal vez un libro... y encontré...un sobre.
¡Un sobre desconocido!

Qué extraño, quién lo habría escondido allí. Alguien había estado registrando mis cosas, se había atrevido a abrir la maleta... abrí el sobre.

Era una carta escrita a máquina, con muchas faltas de ortografía, pero mensaje muy claro. La leí:

He estado leyendo tus poemas. Son tristes, pero nobles. Te he estado observando, y veo en ti un alma sufriente que busca, sin saberlo, algo que ya ha encontrado; la vida es hermosa, pero te empeñas en permanecer en tus mismos errores de siempre, y eres esclavo de tu dolor. Debes alzar el vuelo como una golondrina, sin que te perturbe nada. ¿Cómo? Es Navidad. Olvídate de las tiendas, de las gentes que compran y compran, del consumismo, de la vulgaridad de la televisión y de tantas cosas...encuéntrale a Él, el verdadero Tesoro, EL Niño Dios. Viaja con tu espíritu a Belén, acompaña a los pastores y a los Magos y a los ángeles a visitar al Redentor. Este es el regalo de Navidad que te ofrece alguien que te ha estado observando sin que tú lo supieras. Busca el tesoro, y verás todo de una manera nueva.

Era increíble. ¿Quién era aquella misteriosa enviada del cielo que había introducido aquella carta en mi maleta? De repente, la imagen de la muchacha de la limpieza vino a mi mente. Y comprendí. Aquellas veces que me crucé con ella por el pasillo, que la miré sin mirarla; algo especial había en su semblante, algo especial emanaba de ella... de ella emanaba Jesús.

Y me di cuenta de todo: del cariño gratuito con que limpiaba mi cuarto, del cuidado con que arreglaba y ordenaba los papeles de mi mesa, cómo me doblaba la ropa, sin tener por qué... del amor que ponía en su trabajo... sin obligación alguna de hacerlo.... por mí.

Me sentí culpable por tanta amargura monótona y vetusta como la plaza de la fuente de aquel pueblo. Aquella muchacha tan joven y trabajando tanto, tal vez, seguro había sufrido más, mucho más que yo. Era obvio, por sus incorrecciones ortográficas, que no tenía estudios; causaba indignación los malos modos que el dueño de la pensión gastaba con ella... y el poco respeto que le guardaban los clientes de la hospedería:

—Niña—le gritaban—tráeme el whisky.
—Niña, caliéntame el plato, que está frío.
—Niña, a ver si arreglas más rápido mi cuarto, que tengo cosas que hacer...

Y esta niña delicada y doliente me había aconsejado a mí, me había indicado el camino que debía seguir para salir del pozo en que me encontraba, como ese agua que el poeta decía que nunca, nunca desemboca.

Cuando llegué a la ciudad fui a la primera iglesia que encontré y me arrodillé frente al Señor. Bajo el altar, una imagen grande del Niño me miraba con ojos de indecible bondad, de entrañable amor. Era el tesoro escondido, el tesoro cierto y oculto que encontré en el campo, que encontré en un sobre.

Intenté rezar un Padrenuestro, pero no me acordaba. Desde que hice la primera comunión no había pisado una iglesia. Miré a los ojos de María, y me entraron ganas de llorar, pues me pareció ver en ella el rostro de la muchachita de la limpieza de aquella pequeña y perdida pensión, en un pequeño y olvidado pueblo de la sierra.

Y recé, con toda mi alma, mientras daba gracias al Dios de Belén...Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

lunes, 12 de julio de 2010

Cosas pequeñas y heroicas

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí estar llamado a cosas grandes y heroicas, pero era otro el camino que ideaste para mí.

La voz que en la mañana se despide con ternura; esa voz querías para mí. La dulce flor que un pequeño tiesto brota, esa flor querías para mí. La tierna mirada a unos niños que sufren y que anhelan... Esa mirada querías para mí.

Cosas que nunca se entienden ni se aceptan si no es con tu Gracia. Esas cosas querías para mí.

Las largas esperas de nueve meses y los largos sueños del bebé que duerme. Las suaves palabras de una madre que en su corazón todo lo tiene y se abre. Esas palabras, esas esperas querías para mí.

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí que estaba destinado a cosas grandes y heroicas, y ¡así ha sido! Tus cosas, Señor, tus cosas. Con ellas me has complacido, grandes cosas me has dado, Señor, pequeñas rosas en su tiesto azul, que riegas Tú, que eres su savia y su Luz. Pequeñas cosas heroicas con ojos de niña que llora, con ojos de esposa que adora, cosas grandes y heroicas bajo este sol del hogar, que todo lo alumbra y lo dora. Una empresa muy grande, ¡grandiosa!

Pues quiero seguirte. Adonde Tú vayas quisiera ir yo. Otros irán delante de mí, más cerca de Ti. Yo me conformo con seguirte, a paso lento, enredado en estas cosas, pequeñas, difíciles, heroicas. No puedo aspirar a otras. A lo mejor, en un descuido, alcanzo a tocarte, a rozar tu vestido y a mirarte, o a decirte: aquí estoy, mira, he intentado realizarlas aquí, detrás de Ti, en esta casa y a esta hora.

Cosas pequeñas y heroicas, Señor, que hago por Ti.

¡Teselas de tu mosaico infinito, inconmensurable, sin fin!

sábado, 10 de julio de 2010

Todo en Cristo

Habitamos en una esperanza. A nuestra lado, risas, la vida que pasa, la gente, con sus inquietudes, sus ambiciones, sus proyectos, sus bienes, sus secretos, sus deseos ocultos....

Permanezcamos en nosotros mismos, mirando directamente a Cristo. Permanezcamos en Cristo.

Muchos habitan en deseos, nosotros en esperanza. A nuestro lado, lágrimas, la vida que pasa y sigue pasando, la gente, con sus increencias, sus sueños incumplidos, sus alegrías, sus deseos abiertos a la luz del día y de la noche.

Nosotros permanezcamos en Cristo, nuestro único deseo, nuestro único sueño, nuestra única quietud, nuestro movimiento, nuestra alegría.

Nada queramos, deseemos, gustemos, sino a Él.

Mortifiquemos cuanto de terreno haya en nosotros (Colosenses 3, 5) en perfecta alegría sobrenatural, en gozo indestructible. Y todo cuanto hagamos de palabra o de obra, solos o entre la multitud, hagámoslo en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3, 17)

jueves, 8 de julio de 2010

Cristo, Voz

No podemos quedarnos callados. Creí, y por eso hablé (Sal 115, 10) ¿En qué creímos? Creímos en cuanto la Iglesia nos enseña que el Señor nos reveló. Si no creímos todo, no creímos, sólo opinamos, y si opinamos no hablaremos de Cristo. La Gracia antecede a nuestra palabra. Creí significa acepté la voz del Señor, me inundó su Gracia, por eso hablé. Si no creemos todo, no hablamos todo, no transmitimos todo Cristo. Cada vez que anunciamos la verdad del Señor le hemos creído previamente.
Confiar en Cristo antece a todo hablar de Cristo.
Sabemos que somos de barro, que el mal nos tienta y nos empuja. Pero hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas, en que el ser humano consiente y accede a ser barro, y se gusta siendo barro, y no quiere revestirse de luz.
Si no creemos de antemano a Cristo, no podremos anunciar a Cristo; creerlo totalmente, como Él quiere. Y Él quiere que creamos siendo miembros vivos de su Cuerpo, donde su Voz se oye con nitidez. Es en la iglesia donde oímos la Voz total de Cristo vivo, allí le oímos litúrgicamente, allí le creemos porque le oímos sacramentalmente.
La Liturgia es Voz sacramental del Verbo.
Hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas.,pero sólo podremos pronunciar la voz de Cristo si le creemos totalmente. Si no creemos una sola coma de la verdad eclesial de su Voz, hablaremos con lengua mentirosa. Señor, libera mi alma de los labios inicuos y de la lengua mentirosa (Sal 119, 2)
Que todo cuanto anuncie de Ti, Señor, se corresponda con todo cuanto me dices en la Iglesia, Cuerpo vivo de tu Voz, y diga tu verdad completa, sin traba, sin mancha, sin merma. Tal como Tú me la dices por la Gracia que antecede a todo hablar.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cristo, Fulgor

La Transfiguración ocupa el centro mismo del Evangelio. Su destello equilibra verdaderamente la Historia y la Escritura. El fuego de la unción enciende la Zarza Nueva que es Cristo.

Lo humano del Verbo refulge. No lo hace con luz ajena, sino propia. San Juan Damasceno nos enseña que el fulgor transfigurado de Cristo abre los ojos de los discípulos del Señor, los hace videntes.

Como Zarza Nueva, el Verbo se inflama para que veamos. Para que sepamos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divinidad (Col 2,9)

Nuestro Señor avanza. Sube el monte. Quiere, ante nosotros, traducirse a sí mismo. Quiere transparentar Quién es. Lo quiere Dios Uno y Trino, y por quererlo Dios, Jesús sube al monte y avanza hacia la traducción a luz pura de su realidad: es Dios. Miremos su divinidad.

Jesús avanza hacia el Padre y el Espíritu dibuja iconos de este encuentro en el semblante de todos los que le confesamos. Es el Paráclito quien viste al Señor de Luz, de blancor inusitado, absoluto, divino.

Moises y Elías se inclinan ante tanta Luz. "Hagamos tres tiendas". Ebrios de luz, queremos asentarnos en la realidad de Jesús, asentar nuestro cuerpo y alma en lo que vemos, en aquello que nos hace videntes, y gustarlo...

Ebrios de Luz, queremos entregar nuestra vida y revestirnos de su Amor.

sábado, 3 de julio de 2010

Oda a un momento de lectura en tu regazo

Como el hijo que al leer
apoya su pequeño brazo
en el regazo de su madre,
y unido a ella en su tacto

prosigue hasta el final
de la tarde su lectura,
así contemplo yo en tu abrazo
mi vida prolongada en la tuya.

Es un momento entrelazado
a otro momento, un transcender,
azul, a otro momento; una palabra que no es

sino un silencio de infinita levadura;
una Escritura de inefable precisión
que una misma carne se pronuncia.
Me he levantado con un deseo muy intenso de estudiar la Escritura. Así cumplo en mí la Voluntad de Dios, que quiere que sus hijos la mediten día y noche ( Sal 1, 2) Después de desayunar con mi esposa echo un vistazo a la prensa. Es fácil observar cómo se propaga la nada, cómo el mal domina en casi todos los aspectos de la vida tecnificada de hoy. Sólo allí donde se ora, donde está en comunicación con Dios, Uno y Trino, por Cristo, desde María, el mal se aparta, las tinieblas se disipan, los malos deseos del Maligno se enredan en su propia maldad y podemos ver la Luz que mana, como un Río de Vida, del trono de Dios y del Cordero (Ap 22, 1-2)

Señor, Tú eres mi ciudadela contra el mal (Sal 30, 3), para mi salvación. Mudaste mi dolor en gozo (Sal 29, 12).

Contemplando a mis hijas, pienso que el máximo bien que puedo desear para ellas es la santidad. Y me prometo hablarles de Cristo siempre, para que escuchen a Cristo a través de mi boca. Les enseño pasajes de la Escritura para que lo memoricen y afloren en su mente el día de mañana.

viernes, 2 de julio de 2010

Cristo, Savia



Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que el justo crecerá como una palmera, se alzará como cedro del Líbano (Sal 91, 13). Pero no en cualquier suelo, sino en la casa del Señor (Sal 91, 14 )

La casa del Señor es la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad (1 Tim 3, 15) Por el Bautismo, nos planta el Espíritu en los atrios fértiles del Dios Vivo, en ese suelo nutriente que es su Cuerpo, para que crezcamos como palmeras que fructificarán aun en la senectud, y estarán llenos de savia y verdor (Sal 91, 15)
La vida del Señor es la Gracia, esa savia sobrenatural que nos alza como cedros del Líbanos, la fuerza que nos hace erguir la cabeza (Sal 3, 4 )

Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que la persona lejana de Dios prospera como cedro frondoso, pero un cedro que se ve al pasar, pero no se ve al volver a pasar; tan pronto está como no está, lo buscamos y no lo encontramos (Sal 36, 35-36)

Nosotros, en Cristo, no seremos como esos árboles fantasmas que están y luego no están, como árboles que caminan sobre las tinieblas.
Seres eternos en su suelo, como palmeras de Gracia que enraízan en Él, nutriente perfecto de todo verdor, origen y fundamento de todo bien.
Y lo seremos plantados en ese suelo nutriente que es la Iglesia, sacramento universal y seguro de todo verdor.

jueves, 1 de julio de 2010

Cristo, camino del justo


El Señor levanta a los caídos (Sal 145, 10)
Si has caído, no temas, mantente firme en la verdad (Ef 6, 14). El Señor te tiende la mano y te levanta, pues ama a los justos (Sal 145, 8)

Cristo ama a los justos. Cuando se ama a alguien, se le defiende. Es por su amor a ti que el Señor te defiende, te levanta si caes. Te levanta liberándote, pues da libertad a los cautivos (Sal 145, 7). Si has caído, es porque no eres perfecto, no eres libre, tu pie tropieza en el camino. De aquello que te hace tropezar Cristo te libera y te dice: en marcha, y te protege si te calzas los pies para anunciar el Evangelio (Ef 6, 5)

Calzados los pies para anunciar el Evangelio de Cristo (Ef 6, 15) estamos inmersos en una marcha en que Cristo es defensa, escudo, camino de avance, no de tropiezo y caída. Frente al camino de las tinieblas, el camino del Evangelio de la paz, que es el camino de la luz, donde si caes, Cristo te levanta. Es el camino de los justos.

Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores (1 Timoteo 1, 15) Los pecadores no son sino aquellos que van caminando por el camino y caen. A estos vino a salvar el Señor. No es justo sino el que peca y quiere que Cristo le salve y le ayude a no caer más, a no pecar nunca más. El justo es el pecador al que sus pecados atribulan , pues ama a Dios y su pecado le duele.
Tú, si tropiezas y caes, sabes que Cristo te levanta. ¡Cálzate las sandalias del Evangelio, y vive!

domingo, 27 de junio de 2010

Rosa Vidriera



Todos los tonos del mundo se funden en ella. Rojo cereza y celeste metal, naranja atardecer y verde oliva, negro pizarra y amarillo oro...

Muchos más tonos, muchos más. De todas las cadencias y matices. Se agitan suavemente sobre la luz del altar mayor, y como estambres plateados, guardan la Gracia de Cristo en pequeñas corolas, abiertas sobre el que ora.

La enorme rosa transparenta tanta luz, en tantos e infinitos tonos, que se despliega en el espacio un prisma imaginario y puro, como un espejo para arcángeles, en cuyo azogue misterioso fulges Tú, latido y fulgor de todas las vidrieras, hasta el confín del mundo.

sábado, 26 de junio de 2010

Virtudes naturales y sobrenaturales

La virtud es fuerza. Fuerza para hacer el bien.
En Mateo 12, 11 la Escritura nos enseña cómo se consigue el Reino de los Cielos: a viva fuerza. Es decir, mediante el ejercicio de la virtud.

La fuerza de la virtud es la Gracia, que procede de Cristo.
Ninguna fuerza para hacer el bien procede de la carne, de lo puramente humano. Procede de Cristo.

Existe dos tipos de fuerzas para hacer el bien:
La fuerza natural, que podemos hacer con medios naturales: trabajo, esfuerzo. Esta fuerza se denomina gracia actual. Una persona puede estar en pecado mortal y aun así hacer cosas buenas. Su impulso procede igualmente de Cristo. Ningún acto bueno natural procede exclusivamente del hombre. Todo es gracia.

La fuerza sobrenatural, que sólo podemos hacer con medios sobrenaturales:trabajo en Gracia, esfuerzo en Gracia......esta fuerza se denomina gracia santificante. Una persona en pecado mortal no puede hacer actos buenos sobrenaturales.

La fuente principal de fuerza sobrenatural es, en el plano sacramental, la Santa Misa, la Eucaristía, la Confesión... En el plano personal, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, la oración, etc.

martes, 22 de junio de 2010

Aciertos de la Virtud

Age quod agis. Hacer bien cuanto se hace, con espíritu de perfección. De lo contrario, carecen de sentido las cosas, el tiempo y el esfuerzo que se pone en ellas. Sin tensión perfectiva el tiempo invertido es vano. O es serio y esmerado, o nuestro hacer naufraga.


Decrevi. Lo he dicho, lo he decidido, lo determiné así, y ya está. O nuestros propósitos tienen fuerza resolutiva, seguros, férreos, inconmovibles, o estamos perdidos, sin posibilidades de mejora. Los propósitos firmemente determinados son el seguro de nuestros pasos por el itinerario de la perfección.

Ecce Homo. Hacerse Varón de Dolores, como Cristo, el Fuerte. Hacerse a todas las preocupaciones, tensiones y conflictos como a una segunda piel. Tener estómago duro para asimilar la vida, y nervios templados y afinados al momento y a sus sombras. Ejercitarse cada día.


Substine et abstine. Hay que tener muy claro cómo soportar altas dosis de tensión mental, digerir el plomo de todos los temores. Objetivar los contratiempos, plantar rostro a los problemas, no rehuir el encontronazo con lo enemigo. Darse cuenta, momento a momento, de la gran ocasión de purga que para nosotros supone el sufrimiento. Resistir y controlarse, abstenerse para fortalecerse y digerir bien el mal.


Ama et fac quo vis. Ama y haz lo que quieras. Pues quien no ama está muerto --qui non diligit manet in morte (I Jn III, 14)-- y realiza tinieblas.


Regnum coelorum vim patitur, et violenti rapiut alliud (Mt 11, 12) El Reino de Dios se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen son los que la alcanzan. Con vara de hierro gobernarse, corregirse sin contemplaciones, con golpes firmes y seguros de timón orientarse y dirigirse contra las olas. Mantener a raya toda tendencia disgregadora, que al momento descompone e inclina al mar.


Miscuit in medio eius spíritum vertíginis (Is 19, 14). Ha infundido en ellos espíritu de vértigo. Cuando brilla el momento de acometer acciones virtuosas, en ocasiones, sentimos vértigo del bien. Hay que estar alerta. La acción buena nos eleva, pero nuestros ojos están anclados en la sombra de la tierra firme, del barro de nuestra naturaleza debilitada. Así, miramos de pronto hacia abajo, en lugar de hacia lo alto. No nos dejemos inutilizar por la altura.


Regit et corrigit. Gobierna y se gobierna, corrige y se corrige la persona sabia, que quiere la perfección. Vara de hierro consigo mismo, dulzura con el alma ajena. Mantiene el rumbo o lo corrige según soplan los vientos y se sortean tempestades.


Familiares mei sunt tenebrae. Mis familiares son las tinieblas (Sal 87, 19) Acostumbrémonos. Vivamos como luz entre las sombras. Lo requiere el mundo desquiciado de hoy, sin norte, de horizonte enceguecido, sin bien ni mal. En estas condiciones, nada sombrío nos puede ser ajeno, excepto el pecado.


Melius est confugere ad Dominum, quam confidere in homine (Sal 118, 8). Mejor es confiar en el Señor que en los hombres.


Noli timere, tantummodo crede (Mc 5, 41) No temas, tan sólo cree. No podemos evitar el miedo, pero sí combatirlo y sojuzgarlo. Primero, con el pensamiento, reprimiendo su discurso deprimente, levantando su irracionalidad, sacudiendo sus premisas; segundo, con la voluntad, moviéndonos al peligro, cara a cara, y al galope. Tercero, alimentando la audacia y los grandes afectos. Levantar palacios de mármol en la vida cotidiana, junto a chozas y chabolas; pone en pie al Coliseo; desafía al Minotauro con las armas de Cristo, que ya lo vencieron y lo conocen.


Carne de olvido. Humo y humus de locura. También nuestras preocupaciones son hojas que agita el viento. Todo procede de la sombra de lo efímero, del polvo de la tierra. Yo quiero morir a mí mismo para vivir en Cristo. Esta debe ser mi máxima preocupación y anhelo. Y así, lo demás, será silencio.

martes, 15 de junio de 2010

Sobre un albaricoque en flor


Era un huerto vetusto, pequeño y recoleto, a espaldas del viejo edificio principal, en aquel pueblo olvidado de pequeñas casas levantadas entre pastizales dormidos y aguas de manantial, junto a un camino de piedras bien pulidas por el paso de los años.
Un magnolio y un manzano que siempre estaban en flor, una parra para darme sombra, y un pequeño y tierno albaricoque rebosante de frutos, ilustraban mi huertecillo de alquiler. A la derecha del manzano había una fuentecilla de piedra vieja y musgosa, de la que manaba un humilde surtidor de agua.
Por las tardes, a eso de la hora de la merienda, una niña siempre se acercaba a la puerta del huerto. Yo solía estar sentado allí leyendo o escribiendo, o tomando un café. Ella se me arrimaba y me decía:
—¿Puedo beber de la fuente, profe?
Y yo le decía que sí con la mirada y mi alumna bebía varias veces, se enjugaba, se humedecía el flequillo y las coletas rubias y me sonreía.
Luego me enseñaba su muñeco de peluche.
—Mira, profe, se llama Piqui.
—Encantado, Piqui—decía yo al muñeco, y le ofrecía mi mano.
A Lucía, que así se llamaba la niña, le hacía mucha gracia aquello de estrechar yo la mano de su muñeco, y se reía como la fuente de la que acababa de beber.
El agua le resbalaba en pequeños surquitos por sus churretes. Diríase que eran grandes lagrimones de no ser por la amplia sonrisa que lucía, como su nombre, de forma permanente en su semblante.
—A Piqui no le gustan los perros, le asustan—Me decía siempre, invariablemente, después del ritual del estrechamiento de las manos
—Pero mira, sabes, profe, que en el huerto de aquí al lado hay un perro mendigo que va por ahí arrimándose a todo el que lleva algo comestible en la mano; no tiene dueño, y lo podrías adoptar, porque vive solito y a mi muñeco no le asusta, son amigos.

Y entonces, una tarde más, me soltaba la misma retahíla. Que si era un perro muy bueno, que era labrador, que no mordía, que a Piqui no le asustaba... Su padre, que vivía dos casas más abajo, hacia la iglesia del pueblo, se acercaba entonces y desde el umbral de aquel mediojardín la llamaba y me decía con potente vozarrón:
—No le haga usted caso, don David! ¡Que niña más jartible, siempre con la historia del perro.! Y la llamaba:
—¡¡Lucía, vamos!!

Una calurosa tarde de mayo me decidí a acercarme al huerto abandonado de al lado a hacer una visita a mi vecino el perro mendigo. Lo encontré tumbado a la sombra de una higuera. Era un gran labrador de largo pelo canela, cabeza noble, cola de basto pincel, lomo blanco y ancas rendidas por el peso de la intemperie en la sierra.

Lo estuve acariciando un rato, y observé una gran herida entre los costillares. Le llevé agua y algo de comida, y me dispuse a alejarme del huerto. Pero el perro me seguía, se dejaba querer, y caminó detrás mía hasta que me senté en mi banco de hierro, junto a la fuente. Para que no creyera que iba a quedarse conmigo, hice ademán como de irle a pegar, pero cuanto más lo fingía, más se me arrimaba el perro, como leyéndome el pensamiento y conociendo que yo no iba a causarle daño, sino a adoptarle.

Y así fue.

—Don David, no sabe usted la que le ha caído con ese perro, que nada más que hace comer y dormir, y no sabe ir de caza, ni cobrar las perdices, ni hallar la liebre ni nada. Ese perro no vale para nada.
Y yo pensaba: pero es el único perro que no asusta a Piqui, el muñeco de peluche—y me sonreía pensando en la niña de las coletas y su muñeco.

Los meses pasaban. Transcurrió el tiempo, el esfuerzo, los buenos y malos momentos… fui cogiéndole cariño al pueblo, como a mi huerto, a Lucía, con sus churretes, y al perro que no servía para nada.
En junio, el último mes del curso, solía irme a pasear por los montes del pueblo con don Julián, el sacerdote del pueblo, y don Pedro, el director del colegio. El perro mendigo venía con nosotros. Se cansaba pronto del paseo, resistiéndose, con las patas blancas, como nieve caída, pegadas al camino, y no quería continuar más allá del trecho fácil del huerto a la salida del pueblo, negándose a pasar por los senderos en exceso pedregosos, o por un desfiladero elevado que había en el paso entre dos cerros de ese puerto que llamaban el Paso del Barco, porque uno de sus picos tenía forma de proa de navío y apuntaba al horizonte, donde el sol se ponía sobre las casas y sus huertos.
Un día se puso a husmear algo tras un matojo de palmito. Y apareció de pronto con una enorme perdiz en la boca. Lo vieron algunos cazadores que pasaban cerca, y pensaron que el perro que no servía para nada había cobrado una pieza, y sin saber que había sido por casualidad, (porque ese palmito y esa perdiz estaban justo en el punto en que el perro iba a poner la pata), muy sorprendidos exclamaron:
—¡Anda, si va a resultar que ese perro vale para algo! A lo mejor vale para la caza, y no lo sabemos.
Y el padre de Lucía, que iba con ellos, decidió adoptarlo cuando yo me fuera. Ellos lo cuidarían por mí.
Días antes de irme, por la tarde, a la hora de la merienda, Lucía vino a despedirse de su profesor, acompañada de su padre y del perro que ya servía para algo, aunque por casualidad. Me extrañó no ver con ella al eterno Piqui.
Me acompañaron a la parada del autobús, y cuando éste partió, me hicieron señas de adiós con las manos. Lucía cogió la pata del perro que ya no era mendigo, y hacía con ella el gesto de la despedida
Cuando iba a la altura del Puerto de Santa María abrí mi maleta para coger algo, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir, como regalo de despedida, a Piqui, el muñeco de peluche, con una nota escrita a lápiz, con la caligrafía de los sueños:

Profe, te regalo mi muñeco de peluche
para que siempre te acuerdes de mí.

Firmado, tu alumna Lucía

Y rumbo a mi casa, donde me esperaba impaciente una nueva vida, me iba acordando con alegría de aquel huertecillo y su fuente, del perro que no servía para nada, y de una alumna que, a la hora de la merienda, se acercaba a comer de los albaricoques de mi jardín.

La Educación Perfectiva II

7. La esencia constituye la base de todas las cualidades del ser, pues la cualidad sólo es cualidad referida al ser que la posee. Las cualidades de un ser no son nada separadas del ser mismo y de su esencia, base de toda su actividad. El ser substancial, en este caso la persona, es el sujeto de la acción, y es en su acción donde se manifiesta su naturaleza; es en el obrar esencial de un ser donde se desarrolla la potencialidad que encierra su naturaleza.

8. En el obrar del ser se expresa su naturaleza, y sólo en el obrar se despliegan sus cualidades y facultades.

9. En definitiva, podemos afirmar que es la acción aquello que actualiza la esencia de un determinado ser. Lo que en él es posibilidad, por el obrar se convierte en realidad.

10. La realización de todo aquello que un ser tiene como posibilidad esencial constituye su fin, el sentido de su existencia.

11. Con el obrar esencial propio de su naturaleza, un ser se hace más él mismo, se motiva a ser. Lo que motiva esencialmente a un ser es realizar su naturaleza. En este ser cada vez más uno mismo un ser radica el bien esencial del mismo. Este bien esencial motiva a ser más él mismo al ser, para alcanzar su fin (tendencia esencial), por lo que cuanto más actúe en la dirección de esta tendencia hacia su bien esencia, se realizará en una mayor proporción. Será más perfecto cada vez.

12. De este modo, a través del motivo esencial y de la acción esencial se va perfeccionando progresivamente el ser. Este proceso se realiza igualmente en el ser humano. En la naturaleza humana existen motivos esenciales, tendencias a un bien que le es propio. Y acciones esenciales, obras propias del ser humano. De la relación entre ambas surge la dinámica de la perfección. Esta dinámica constituye el sustrato de la educación perfectiva.

13. La perfección del ser humano la entendemos aquí como un proceso de realización objetiva de todo el potencial que encierra la naturaleza humana. Esta es la perspectiva del perfeccionamiento humano que adopta la filosofía del ser.

14. la perfección humana bajo una perspectiva moral Saber lo que es el ser humano es conocer sus cualidades, facultades, elementos de su personalidad, capacidades, etc... Saber cómo es la naturaleza humana es fundamental para saber qué es lo que el ser humano debe llegar a ser, para conocer su potencial.

15. La razón participa constantemente en este proceso de perfeccionamiento, que se hace “visible” en el mundo psíquico a través del mundo de la conciencia.

16. Es crucial para la persona conocer qué debe llegar a ser, pues esto determina que cumpla su fin esencial y por tanto se realice. La razón tiene mucho que hacer aquí, pues contribuye a elucidar las pautas de vida por la cual el ser humano dirige su ser hacia su deber ser. Este deber ser se manifiesta en la norma moral humana

17. El ser humano debe vivir en consonancia con aquello que debe llegar a ser para realizarse.


18. La perspectiva del propio perfeccionamiento es en definitiva la perspectiva moral, que sitúa al ser humano bajo la óptica de su deber ser. Este deber ser no es un deber autónomo y autosuficiente. Es un deber transcendente, pues rebasa lo que es, para alcanzar lo que debe ser y aún no es.

19. Hoy se habla mucho de deberes y derechos, sobre todo en relación a la educación de la infancia y de la juventud. Bajo la perspectiva de la filosofía del ser, podemos interpretar el derecho o, los derechos, como expresión de bienes naturales a los que el ser humano aspira movido por su esencia; la búsqueda del bien es una tendencia propiamente humana, cuya realización perfecciona; necesitamos hacer el bien por el simple hecho de ser persona. Los derechos son bajo esta perspectiva motivaciones de la voluntad humana, valores que animan la vida humana, bienes insustituibles, bienes, moralmente hablando, necesarios, cuya posesión hay que garantizar mediante la acción de los deberes.

20. La naturaleza del deber moral, de esta forma, se encamina a la protección del derecho natural. Los deberes son expresión de múltiples exigencias hechas a nuestra voluntad, exigencias morales, que brotan por el simple hecho de la existencia de unos bienes a los que tiende la voluntad de manera natural. Si no existieran derechos, no existirían deberes. Si no existieran bienes, no habría que crear exigencias morales.

21. Deber y exigencia van estrechamente unidos. La exigencia es el modo en que la voluntad se autoimpone o exige a otros (por ejemplo a los hijos, o a los alumnos, a los ciudadanos, mediante las leyes) la realización de un bien o la no realización de un mal.

22. La ley no puede dar lo que la naturaleza niega. No tenemos el deber de proteger derechos falsos o inexistentes, es decir: bienes falsos, pseudobienes, motivos o valores que no proceden de la tendencia natural del ser humano, sino de la cultura o la ideología, o simplemente del mal.

23. En definitiva, debido a que el bien es necesario, la exigencia es necesaria para garantizar el bien. Pero, ¿por qué razón es necesario garantizar la posesión de bienes necesarios, si la voluntad humana tiende naturalmente hacia ellos?

24. Vamos a explicarlo de forma simplificada y extremadamente clara: moralmente hablando, decimos que todos somos egoístas. Como el egoísmo tiene su papel en la acción de la voluntad, es necesario exigirle a esta que se reoriente hacia el buen motivo, el bien verdadero. El entendimiento informa a la voluntad de la falsedad de los bienes egoístas, y comunica la necesidad de la exigencia de reorientación. Esto, fundamentalmente, se llama disciplina.

25. Del egoísmo proceden de una manera u otra las principales acciones negativas cuya realización perjudica nuestro ser personal, y nos detiene y retrocede en nuestro proceso de perfeccionamiento.

La Educación Perfectiva I

1. Todas las personas tenemos algo en común: la naturaleza humana. De cómo somos, y cómo estamos hechos, depende nuestra existencia. Cuanto más nos aproximemos a nuestra esencia, más felices seremos, pues alcanzaremos a vivir con pleno sentido, integrando en nuestra personalidad todas aquellas cualidades, facultades y elementos constitutivos que conforman nuestro ser como somos.
En esta esencia común natural se dan cita todas las diferencias de carácter, personalidad y valor en general; esta pluralidad no contradice el núcleo común que nos hace humanos a todos los humanos, hombres y mujeres: pues todos somos personas, y de la misma manera podemos ser felices: actuando de acuerdo con nuestra naturaleza y desarrollado al máximo sus elementos, facultades, capacidades y cualidades.

2. Recurrir a la naturaleza humana es muy importante para poder acertar en este tema tan importante de la educación, como en el de la felicidad. En este sentido, ¿qué puede aportarnos la ontología o filosofía del ser para comprender mejor cómo funciona el sistema por el cual el ser humano se perfecciona y es feliz?.

3. Aquí vamos a entender el concepto naturaleza de un ser como su esencia; concebida esta como la base de toda la actividad propia de este ser

4. Qué somos, cómo y con qué fin estamos hechos: estas son preguntas acerca de nuestra naturaleza. La naturaleza del ser humano es la causa motriz básica de toda actividad propiamente y específicamente humana.

5. Naturaleza hace referencia a realidad objetiva, a aquellos aspectos de nuestro ser que son entendidos como objetos de perfeccionamiento. Pero, ¿podemos entender así al ser humano? ¿Es razonable concebir a la persona como un ser perfectible?

6. La razón humana, según Tomás de Aquino, conoce antes que nada el ser; mediante la razón natural y el gran poder de la intuición humana, podremos referirnos a la naturaleza del ser humano, hombre y mujer, para hablar de aquello que nos constituye, nos define y proporciona identidad y especificidad. Es decir, dirigiendo nuestro pensamiento a la esencia le proporcionamos su dimensión natural. Orientando nuestra mente a lo propio y exclusivamente humano, comprendemos lo propio y exclusivo de nuestra felicidad. Fortalecemos nuestra mente con la potencia comprensiva que le proporciona su uso natural, la aprehensión de la esencia de las cosas y, con ella, de la verdad.

lunes, 14 de junio de 2010

Maestro, ¿dónde vives?

Maestro, ¿dónde vives? (Jn 1, 38) Buscamos al Santo Señor Jesús. ¿Dónde vive? ¿Dónde está?
Dios también nos busca a nosotros.
¿Dónde estás? (Gn 3, 9)
El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?

¿Dónde solemos estar? No donde vive Cristo, sino en el refugio de nuestra orfandad, en el escondrijo de nuestro yo. Donde Dios no nos encuentra. Nos escondemos en nosotros mismos, Dios el Señor nos busca, nos pregunta dónde estamos. Él sabe dónde estamos, pero nos llama y nos comunica que nos busca.

Dios nos busca en nuestra conciencia. Nuestra conciencia es el jardín original donde el Señor nos busca. Cuando no estamos en el Cuerpo de Cristo, no estamos en Cristo, y Dios no nos encuentra y nos llama.

Dios nos encuentra en Cristo.

Fuera de Cristo nos encontramos en escondrijos humanos, demasiado humanos, donde el Señor nos advierte: ahí no os encuentro, ¿dónde estáis?

Digamos con el salmista: Yo busco mi refuigio en el Señor (Sal 11, 1)
Porque, si no hallamos refugio verdadero, andamos sin rumbo, sin hospedaje, de aquí para allá: Penoso es tener que andar de casa en casa (Eclesiástico 29, 31) Vamos de casa en casa y no hallamos hogar, fatigados por lo incierto, huérfanos y pródigos.

Pero escuchamos la voz de Dios: ¿dónde estás? La escuchamos en la conciencia, y sabemos por su voz intimísima que nos busca, que andamos mal. Y nos volvemos a Él como niños que han perdido la mano de su padre, y descubrimos que existe un lugar donde el Señor nos encuentra.

Maestro, ¿dónde vives? Donde Tú vivas, Señor, quiero vivir yo, tener allí mi refugio, donde el Señor Todopoderoso no tenga que ir a buscarme, porque me encuentra en Ti.
Dame tu mano, Señor mío y Dios mío, para que nunca me pierda.

¿Dónde vives, Señor, llévame contigo a tu Casa, que es tu Cuerpo, la Iglesia,; que sea aquí donde yo permanezca contigo y en Ti, para que Dios, Uno y Trino, me encuentre siempre y no tenga que llamarme más.

domingo, 13 de junio de 2010

Cristo, Manantial

Cristo, Nuestro Señor, se nos ofrece en la Liturgia desbordante de Gracias. Su Corazón se abre.
No busquemos otros manantiales. ¡Él es manantial eterno e inagotable de Amor!

Al borde del pozo el Señor espera. Nos pide agua, y Él es agua de vida. Quiere nuestra cooperación, y darnos de su Vida, que es la Gracia.

En la Liturgia Cristo abre la roca y hace brotar todas las fuentes. Todo es Gracia. Todo bien y belleza proceden de Él.

Cristo en la Liturgia es un manantial que nos da de beber agua pura. A nuestro alrededor, muchos pasan sed, sed de Cristo, tal vez sin saberlo. En nosotros está acercarles a la Fuente de la que mana toda agua pura.

sábado, 12 de junio de 2010

Cristo, Llamada



San Judas, en su Carta, se refiere a los cristianos como los que han sido llamados (Judas 1) De esta manera, habitual en la Escritura, se saludan los que Cristo ha llamado.

Este saludo nos evoca la esencia misma de la fe: no nos movemos hacia Cristo, es Cristo el que se mueve hacia nosotros solicitando nuestro movimiento hacia Él, que luego realizamos o no, según nuestra libertad, asimismo llamada por el Verbo a movilizarse.

Esta expresión, los llamados, (Rm 1, 6; 1 Cor 1, 24) posee la misma raíz que Iglesia.

La Iglesia unifica en un Cuerpo (no humano, no natural, sino divino, sobrenatural, el de Cristo) a los que Cristo llama de las tinieblas a su admirable Luz (1 P 2, 9).

Cristo nos llama y, al llamarnos nos llama como Cabeza a miembros de su Cuerpo. Nos llama en cuanto miembros de la Iglesia, que es arrancada de la tinieblas, y vive, por el Espíritu, en esa llamada diaria que escuchamos en la Liturgia. Pues toda Liturgia es escucha.

Cuando Cristo nos llama nos arranca de las tinieblas... si respondemos Fiat

Esta respuesta a Cristo es, ante todo, una respuesta eclesial. No podemos responder sí a Cristo de otra manera que eclesialmente, pues respondemos a una llamada de Cristo-Cabeza a sus miembros. Nuestro sí es una gracia y a la vez un movimientro libre movido por ella. Todo es Gracia.

En la misma carta de san Judas, el Espíritu nos habla de la gracia y a la vez de la libertad, como en acorde.

Cuando habla de esos impíos que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios (Judas 4) habla tanto de la Gracia de Cristo como de la libertad humana movida por la Gracia. La Gracia de Dios convertida en libertinaje es la libertad humana que responde no a la llamada de Dios a través de la conciencia.

Todo es Gracia, nos enseña la Tradición, y muy especialmente San Agustín. Cuando respondemos sí a la llamada del Señor realizamos su Gracia, no la pervertimos en libertinaje, o lo que es lo mismo, libertad humana, demasiado humana, meramente humana.

San Judas presenta a esos impíos que pervertían la Gracia como hombres meramente naturales, que no tienen espíritu (Judas 19) Literalmente sería hombres psíquicos, es decir, hombres dominados por su subjetividad.

El hombre dominado por su subjetividad es aquel que hace de su yo mental, de su psique individual, criterio de autonomía moral. No refiere actos libres al criterio objetivo de la pura ley natural inserta en la conciencia por Dios. Sino a su opinión subjetiva. En este sentido dice San Judas que lo que conocen por instinto natural como las bestias irracionales, en eso se corrompen (Judas 10). Es decir: no conocen naturalmente como personas, sino que conocen naturalmente como seres irracionales, es decir, seres sin conciencia.

Dios Nuestro Señor ha insertado en nosotros un principio natural de conocimiento del bien que es la conciencia. Pero podemos, por la libertad sin Gracia, convertirlo en principio de corrupción al corromperlo por el libertinaje del entendimiento, por el libertinaje del psiquismo sin conciencia.

La subjetividad, la des-orientación del entendimiento hacia el norte objetivo poresente en la conciencia; la mera subjetividad, pues, nos hace conocer como bestias irracionales, no como personas.

Mientras el hombre sea esclavo de su subjetividad no podrá responder libremente a la llamada eclesial de Cristo. Hay que salir del ámbito de lo meramente mental.

La fe en Cristo no pertenece al ámbito de lo mental. Pertenece al mundo objetivo de la más objetiva de todas las objetividades: Cristo, el Objeto del Amor del Padre, nos llama a compartir su objetividad sobrenatural, que es la Gracia, independiente de manera absoluta de todo elemento psíquico.

La llamada de Cristo es una invitación 1º de nuestra conciencia, voz de Dios en la naturaleza, y 2ºde la Gracia, voz de Dios en la Iglesia.

Cuando san Judas habla de esos impíos que pervierten la Gracia de Cristo, y anuncia que mueren dos veces, se refiere a esta doble llamada, que apagan en su alma y perecen doblemente, (Judas 12).

Perecen en cuanto hombres que desobedecen la conciencia, y perecen en cuanto hombres que desobedecen la Gracia.

Respondamos siempre a la llamada de nuestra conciencia y honremos en nuestra naturaleza la voz de Dios Creador.
Respondamos siempre la llamada de la Gracia y honremos en nuestra alma la voz de Cristo, Redentor nuestro.

Laus Deo

jueves, 10 de junio de 2010

Cristo, Suelo seguro

En esta vida terrenal, ¿sobre qué suelo asentarnos?
Dios Uno y Trino fundamenta nuestra vida terrena. Cuida el camino trazado por los justos en esta tierra: Porque el Señor cuida el camino de los justos, pero el de los injustos lleva a la ruina (Sal 1, 6).

Dios fundamenta nuestra vida. Él, que asentó la tierra sobre las aguas, (Sal 135, 6) Es decir, sobre el Bautismo, como nos enseña San Jerónimo. Dios asienta, fundamenta nuestra vida sobre el Bautismo.

El Bautismo es el fundamento de nuestro camino en la tierra. Por él recibimos la fe que hemos de aumentar en Gracia, en fundamento. Alimentando las promesas de nuestro Bautismo, sus Luces, fundamentamos nuestra vida futura y accedemos a la puerta que da a la Luz, esa puerta estrecha que es Cristo, en toda encrucijada.

En toda encrucijada hemos de decidir entre la puerta de luz que es Cristo y la puerta de tinieblas que es el maligno, el pecado. Tenemos fundamento para decidir bien: El Bautismo es semillero de Luz, manantial de Luz.

Es decir: asentados sobre las aguas del Bautismo, que es la Gracia de Cristo, Agua de Vida, temblamos y no pecamos (Sal 4, 5). Pisamos la Roca asentada en el agua bautismal.

Temblamos de estremecimiento, pues la Vida del Señor nos inunda y posee si le aceptamos y le amamos.
Temblamos de amor de Dios, de temor santo a no ofenderle.
Temblamos porque navegamos en la barca de Cristo, para pescar con mucho fruto.

Para que en la tierra conozcamos tus caminos (Sal 66, 3) La tierra en que conocemos los caminos de Dios es la tierra asentada sobre las aguas, asentada sobre el Bautismo, en la encrucijada de la luz y las tinieblas. Esa tierra sobre las aguas es la barca de Cristo, es decir, la Iglesia.

En esta vida terrenal, ¿en que suelo asentarnos?
La respuesta es clara: en ese suelo de roca asentada sobre las aguas que es la Iglesia.

miércoles, 9 de junio de 2010

Cristo, Pescador


Y caminando a lo largo de Galilea vio a Simón y a Andrés, hermano de éste, que estaban echando las redes al mar, pues eran pescadores (Mc 1, 16) Echaban las redes. No dice la Escritura que hubieran recogido algo. Trabajaban, se afanaban cuando llegó Jesús, que les ve. Y les dijo Jesús: venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres (Mc 1, 17) Los apóstoles pasan de ser pescadores a peces. Cristo echa sus redes, les toma en sus manos. Cristo es el pescador y recoge las redes llenas de peces. Cristo les pesca. ¿Para qué? Para hacerlos verdaderos pescadores, pescadores de hombres. Y al instante, dejando las redes, le siguieron (Mc 1, 18)

Los pescadores oyen a Jesús, y se vuelven peces al instante. Para ser peces de Cristo hay que dejar las redes de pescador. Y seguir a Cristo, para echar sus redes, no las nuestras.

Queremos lograr almas para Él, pero a menudo usamos nuestras redes: nuestros medios, nuestras fuerzas, nuestras buenas ideas. Que serán magníficas y brillantes, pero son nuestras. Nuestras redes son esas que se rompen y hay que remendar.

Y avanzando un poquito más, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que se hallaban en una barca remendando redes (Mc 1, 19) Nosotros estamos en la barca de Cristo, que es la Iglesia, por el bautismo. En la Iglesia remendamos nuestras redes con el hilo sobrenatural de la Gracia sacramental. Cuanto más hilo sobrenatural más fuerte será nuestra red, más se irá haciendo la red de Cristo.

En el Señor pongo mis esperanzas (Sal 10, 2) Hablamos a los demás de Cristo, queremos pescar almas para Él. Que sea Cristo quien eche la red, con nuestras manos, por nosotros, con nosotros.

Que el Seños no nos vea remendando redes humanas.
Que nuestras esperanzas de apostolado no recaigan en nuestras redes rotas, sino en la red sobrenatural de Cristo.
Dejemos que el Señor nos haga pescadores de hombres. Sigámosle al instante. Dejemos aquí, en esta barca humana, nuestras propias redes. Y lancémonos, con Él, al mar.

domingo, 6 de junio de 2010

Cristo, Firmeza

No es suficiente ser siervo de Cristo.
Es preciso nos mostremos firmes en nuestra servidumbre. Firmes en nuestro servicio significa diligentes; mantengámonos a pie firme en la casa del Señor (Sal 132, 1) No seamos como los siervos que se acuestan a descansar tras servir a su Dueño, que se quiebran al peso de la cruz.

Cristo asentó mis pies sobre la roca (Sal 39, 3), que es su Cuerpo, la Iglesia. Manteniéndonos firmes en la Iglesia obedecemos al Señor, que manda a Moisés: Mantente firme aquí conmigo (Dt 5, 31) Nuestra fajadura no es humana, no es natural, no es aprendida de la carne. Pues es Cristo quien nos ciñe.

Mantengámonos a pie firme en la casa de Dios, no en cualquier lugar, como enseña San Jerónimo, sino en la casa de Dios, en los atrios de su casa (Sal 133, 1)

Manteneos firmes, ceñidos los lomos con la verdad nos dice el Apóstol en Efesios 6, 14.

Fijaos lo que dice. Ceñidos los lomos con la verdad. Cristo es la fajadura. Ciñe nuestros lomos con la verdad y nos lanza al combate, a soportar cualquier carga, como Atlas del Espíritu. Cualquier carga.

Sin la verdad que nos tensa y ciñe flaquearemos como siervos negligentes que no aman a su Señor.

Los cargadores de la cruz, en la Semana Santa, se ciñen los lomos con una fuerte fajadura para que no les quiebre el peso de la cruz. Nosotros nos ceñimos, en los atrios de la verdad, que es la Iglesia, los lomos con la Gracia de Cristo, en su Escritura, en su Tradición, por su Magisterio.

La verdad es fuerte faja que nos impide quebrarnos al peso del mundo.

Con la verdad nos mantenemos firmes. Con la verdad soportamos los trabajos, los esfuerzos del día a día. Con la verdad nos mantenemos firmes en la Iglesia Peregrinante.

Me ceñiste de fortaleza para la guerra (Sal 18, 40) Nuestra guerra es contra nuestra debilidad, contra nuestra concupiscencia, contra el maligno. Cristo nos sostiene para el combate espiritual, vestidos con la armadura de la justicia (Ef 6, 14) y tensos de reciedumbre sobrenatural. Cristo aprieta nuestra cintura y acrisola nuestros riñones, no nos quebremos al peso del mundo.

No es suficiente ser siervo de Cristo. Debemos ser siervos diligentes, siervos que no descansan y sólo viven para agradar a su Señor.
Mantengámonos, pues, firmes en los atrios de la Verdad, y cumplamos en nosotros la Voluntad del Padre, por el Espíritu de la verdad que ciñe nuestros lomos, cargadores de la Cruz, fajados de Cristo.

sábado, 5 de junio de 2010

Cristo, Cántico



Entonad al Señor un Cántico nuevo (Sal 97, 1) Enseña San Jerónimo que Cántico nuevo es Cristo, la Novedad que habla y al hablar glorifica al Padre.

Cristo es Novedad: el Dios invisible cuyo rostro buscaba el justo atribulado (Sal 27, 8-9) se ha hecho visible en el Hijo: su mirada es la mirada del Hijo, su voz es la voz del Hijo. El Hijo es Cántico al Padre.

Al que venciere, se le dará una piedrecilla, sobre la cual escribiré un nuevo nombre (Apocalipsis 2, 17 y 3, 12) Cristo es el nuevo nombre de Dios, que al pronunciarse canta su Gloria. El nombre de Jesús es música, canto al Padre. Cada vez que en el día a día decimos el nombre de Jesús cantamos un cantico nuevo a Dios en el Hijo.

Meditando día y noche la palabra de Dios (Sal 1, 2) descubrimos que este cántico nuevo es el Hijo. San Jerónimo nos enseña esta novedad. Que el Hijo muriera por nosotros y nos enseñara a alabar a Dios, a cantar la gloria de Dios. Cuando glorificamos a Dios entonamos un Cántico nuevo, el cántico de Cristo, por el que podemos glorificar a Dios en nuestra vida.

En Juan 1, 17 vemos la Novedad, que trae Cristo: la gracia, la verdad. Por Moisés vino la ley. Por Cristo viene la Gracia y la Verdad.

El cántico nuevo es la Gracia y la Verdad. Nos dejamos penetrar sacramentalmente por ellas, decimos sí a su acción sobrenatural en nuestra vieja vida, y nos re-novamos, nos hacemos nuevos. Y así elevamos un cántico nuevo al Señor.

Que la vida sacramental de la Iglesia en nosotros sea cántico diario.

jueves, 3 de junio de 2010

Cristo, Oasis

Vivir en el mundo como en el desierto. Las siete nadas. Impregnarnos de su espíritu: nada, sólo Cristo y su Esposa. El espíritu del desierto es el espíritu de la nada del mundo.

Postuniano, tras acompañar a San Jerónimo en Belén durante siete meses, testifica en la obra de Sulpicio Severo (Diálogos I, 9):

Siempre se le encuentra dedicado a la lectura, siempre sumergido en los libros; no descansa ni de noche; constantemente lee o escribe.

Y se entrega día y noche a meditar en su ley (Sal 1, 2) El Paráclito presenta al justo entregado día y noche a la meditación de la ley.

No basta el deseo de cumplir la ley de Dios. Es necesario meditarla día y noche, leerla día y noche, gustarla día y noche, beberla día y noche, comerla en el oasis eucarístico, para tener su alimento de fuertes día y noche, en puro oasis interior.

Si meditamos día y noche la Palabra, la vivimos día y noche. Ya no vivimos el mundo, vivimos la Palabra. Estamos en el mundo trabajando, caminando, descansando, sufriendo disgustos, alegrías, sorpresas, tribulaciones; esperando, caminando hacia nuestro destino; esperando, caminando hacia nosotros mismos, un día más, una noche más, esperando y caminando con la Ley del Señor en nuestra mente.

Y lo mundano se hace nada. Y es arena la inquietud que pasa. Y vivimos en desierto puro, en un oasías atemporal e invulnerable en Cristo y su Esposa.

Que la meditación, memorización, gusto de la Escritura nos ayude a vivir en el mundo como en un desierto, en Cristo oasis, atemporal y eterno.

jueves, 27 de mayo de 2010

Cristo, Escucha


Presta oído, Señor, a mis palabras (Sal 5, 2) Quien hace lo malo y aun así tiene valor para decir: presta oído Señor, a mis palabras, ¿puede tener en su corazón la confianza que procede de Aquel que escucha, que sabe escuchar como nadie sabe? No, la falta de confianza agita, preocupa, promueve palabras, peticiones de escucha vacías, fatuas, heladas.

En el fondo preferimos, a veces, que el Señor tenga los oídos cerrados. Que no escuche lo que dice nuestro corazón. Presta oído, Señor a mis palabras. Yo quiero hablar al Señor del clamor de mi corazón, y no me falta confianza en Él aun siendo de barro. En las Escrituras, enseña San Jerónimo, el clamor no es propio de la voz, sino del corazón. Cuando pedimos al Señor que escuche nuestras palabras, nos referimos a las palabras de nuestro corazón, que lo anhela.

Dice el Señor a Moisés: ¿Por qué me andas llamando a gritos? (Éx 14, 15) Quien grita lo hace con la voz, no con el corazón, no con el corazón que mira al corazón de Dios, que es Cristo, el que escucha.

Nosotros queremos clamar a Cristo, enfocar nuestro corazón a Cristo, que escuche la voz de nuestro corazón. La voz de nuestro corazón es la voz de nuestro querer, de nuestra voluntad. Pedimos entonces al Señor querer lo que Él quiere. identificar nuestra voluntad con la suya, que mira a la del Padre. Pedimos que nuestra voluntad hable de cuánto le amamos y queremos imitarle.

Escucha mi voz al amanecer (Sal 5, 4) Cuando la luz comienza, venciendo las tinieblas. Cuando nuestra voluntad se yergue hacia el Espíritu, que es la Luz. Nos escucha cuando vamos a iniciar una buena obra, cuando orientamos la voluntad a Él, cuando el corazón le llama con amor. Y el Señor escucha y envía su fuerza, y ponemos la acción por obra, el corazón contesta y actuamos en Él.

"Tú no eres un Dios a quien le guste la iniquidad" (Sal 5, 5) Nos escucha cuando la luz orienta nuestra voluntad hacia Él. No nos escucharía si no es porque el corazón amanece en Él a través de una buena obra.

En el corazón del que grita no puede habitar la verdad. No es el grito el clamor del corazón que Él escucha. En boca de aquellos no está la verdad (Sal 5, 10). ¿De quien? de aquellos que al llamarle, y piden su escucha, no tienen su voluntad orientada hacia su Amor. Aquellos que piden al Señor les escuche al anochecer, a la hora de su mala acción, le gritarán para obligarle a escuchar.

Alégrense, en cambio, todos aquellos que a la hora del amanecer pusieron en Él su confianza (Sal 5, 12) Pues sin ninguna duda les escuchará.

Alegrémonos a la hora de hacer el bien. Pues Cristo escuchará el clamor de nuestro corazón y nos enviará su fuerza para darle gloria.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Cristo, LLamada


Desde toda la eternidad, Señor, Tú sabías mi nombre. Mira, estoy aquí, escribiéndote, porque me has llamado. Estaba tan tranquilo dejándome llevar por mí mismo como un árbol que camina. Tú me estás siempre llamando. Y me empecino en ser un árbol que camina. y Tú me llamas a dar mucho fruto.

Ya no quiero caminar por el borde del río. Entras en mi casa, me miras. Sígueme, te escucho. Y te sigo. Ya no quiero ser lo que no puedo ser, quiero ser lo que me pidas. Quiero dar mucho fruto y ser un árbol plantado junto al Río de Agua Viva.

Cuando llamas te abro. Podría no abrirte. Pero llamas con tus nudillos y dices mi nombre y ya no puedo querer otra cosa sino abrirte y lanzarme a tus pies. Porque te adoro con profunda reverencia.

¿Quién me ha tocado? (Marcos 5, 30)
Acaso Tú, Señor, ¿no sabías quién te había tocado? Claro que lo sabías. ¿Para qué entonces las buscabas y preguntas quién ha sido? ¿Para qué entonces llamas a mi puerta preguntándome si estoy? ¿No sabes que estoy dentro, que la tengo abierta, que quiero que entres y seguirte? Tú querías que aquella mujer pusiera de manifiesto por sí misma su fe. Quieres que yo te reconozca y te conteste por mí mismo cuanto te amo.

Se postró ante Él y confesó toda la verdad (Marcos 5, 34) Mírame, Señor, mira los pasos que doy. Me es suficiente abrazarme a tus pies y confesarte la verdad: Tú eres mi Señor, mi Salvador. Quien entra en mi casa y lo dejo todo y te sigo... para dar mucho fruto.

Virtud, o el Arte de Vivir rectamente

Hoy se habla mucho de valores.
Pero más importante que los valores son las virtudes.

Los valores son las ideas que las personas tienen de las cosas que son buenas:
solidaridad, fraternidad, paz, bienestar. En su mayoría son situaciones ideales, formas de organizar la sociedad, sentimientos, etc.
Hay valores equivocados: darle excesiva importancia a los placeres de la mesa, a la diversión, al lujo... hay valores que están bien, pero también hay valores equivocados, que perjudican.

Las virtudes son otra cosa.
Las virtudes no son ideas.

Vamos a explicarlo dando un rodeo.

En la vida podemos hacer cosas buenas y cosas malas.
Hacer el bien es bueno. Nos perfecciona. Nos gusta rodearnos de personas que hacen el bien. Nos sentimos bien en su compañía, teniéndolas por amigos a los que acudir.

Hacer el mal es malo. Nos deteriora. No nos gusta rodearnos de personas que hacen el mal. Nos sentimos inseguros en su compañía, inquietos, preocupados. Nos agobia tener por amigos a personas malas.

Hacer el bien es bueno y nos hace buenos.

Pues las virtudes son la fuerza que tenemos para hacer el bien que debemos hacer. Es una fuerza que nos ayuda a :

Decidir bien (prudencia)
Actuar bien en relación a los demás (justicia)
Realizar lo decidido a pesar de posibles temores y obstáculos (fortaleza)
Sentir bien y disfrutar correctamente de las cosas (templaza)

Hacer el bien nos perfecciona.
Las virtudes nos capacitan para hacer el bien y perfeccionarnos: nos proporcionan recursos para decidir y resolver cuestiones correctamente, dar a cada uno lo que le corresponde, resistir en lo debido sin temor y afrontar situaciones difíciles, y moderar nuestro cuerpo para que el alma sea dueña de nuestra vida interior.

martes, 25 de mayo de 2010

Cristo, Fundamento

Cristo es fundamento indestructible. Aquello que edifiquemos, que tenga en Él su cimiento. Aquello que caminemos, que tenga en Él su línea recta, su calzada perfecta. Que aquello que anhelemos construir se fundamente en Él, el Fundamento de todo.

Así todo proyecto se abre a su razón de ser. Encuentra posibilidades, suertes providenciales, cielos azules. Así toda misión descubre su propósito y sus necesidades. Así toda senda torcida adquiere norte y esperanza, y acierta el horizonte al que tender, como un navío a salvo de naufragios.

Pedirle que allane, a su manera, los caminos de nuestro perfeccionamiento. Complana viam tuam coram me (Sal 5, 9) . Es Él quien sabe qué luz tomar, en cada encrucijada. Tiene en su mano la vara de medir, y sabe, mejor que nuestra humanidad, la arquitectura correcta de la calzada perfecta de nuestra corrección, de nuestra reorientación, de nuestra perspectiva.

Unirnos a Él. Con penitencia, mortificaciones luminosas, secretas y escondidas, llenas de gozo. Preparadas por Él, dentro nuestra, en su ardiente Eucaristía cotidiana, principio de nuestra elección.

Nada podremos hacer sin tierra llana en la que dibujar caminos. Trazarlos, con nuestro trabajo sobrenatural, para mayor gloria suya, en un diseño místico, puro, de árbol maravilloso, no de los que caminan, como fantasmas de pecado, como almas huérfanas de bosque azul.

Quando fundamenta evertuntur, iustus quid facere valet? Cuando los fundamentos se destruyen, qué podrá hacer el justo? (Sal 10, 3). Unirnos a Él, identificarnos con Él, que viva en nosotros sólo Él. Y no perderemos el sustrato, caminaremos por la correcta vía del Camino, la que trazó en su centro, dejando a los lados la maleza y el veneno, la hierba venenosa y las pequeñas desviaciones hacia los abismos.

martes, 18 de mayo de 2010

Cristo, Imagen del Padre

La Encarnación del Verbo produce un saltus ontológico, una dimensión absolutamente nueva . Introduce lo divino en la materia misma.

El culto de dulía respeta la sacralidad de la materia sobre la que se cierne el Espíritu.
La materia es buena, todo cuanto hace Dios es bueno. Vemos a Dios tras la materia, (no en la materia, sino tras ella, como Creador) y descubrimos que todo lo creado es bueno y puede servir a Dios. Esto es el culto de dulía, ver las cosas santas, las personas santas como sirvientes de Dios, y respetarlas por ello. . Permite encontrar al Dios tres veces santo detrás de todo lo que existe, y en especial, detrás de todas las cosas santas, que se convierten en signos de Dios.

Las cosas de Dios, las cosas que sirven a Dios, las personas santas que sirven a Dios... a todas debemos venerar, respetar, amar con sentido de dulía. Vivimos en un mundo de entes. Cuando el Espíritu se cierne sobre el ente, el ente queda sacralizado. Al ente sacralizado se le debe respetar en cuanto que sirve de instrumento a Dios.

la Encarnación implica que Dios se une a la materia. Lo cambia todo: el Verbo llega incluso a tocar el cuerpo del creyente en la Santa Eucaristía. La Encarnación del Verbo purifica el mundo de las cosas creadas porque concilia lo divino con la materia, que pasa a ser esclava del poder divino. El culto de dulía es respetar lo sacro, venerarlo como instrumento de Dios, no en sí mismo sino en cuanto instrumento de Dios.

Dulía viene de duleia, servidumbre, derivado de dulos, esclavo. Representa ese amor que debemos tener a todo cuanto SIRVE a Dios, a todo cuanto muestra esa dependencia, esa esclavitud de Dios.

Entre el culto de dulía y el culto de latría existe la misma diferencia que existe entre criatura y Creador. Una diferencia enorme.

Amamos la imagen de la Virgen, pero no le damos el culto que damos al Dios Verdadero. Le damos culto de dulía porque la Virgen, sierva de Dios, nos conduce como instrumento divino a Dios.
La imagen de madera no es la Virgen, representa la Virgen. Vemos a la Virgen como a una criatura de que se sirve Dios para ayudarnos, en este mundo de criaturas, a remontar el vuelo hacia Él. Su imagen sacra nos re-presenta a la Virgen, y la Virgen nos conduce a Aquel a quien miramos, fijos los ojos, a Cristo.

Este respeto a lo santo nada que ver tiene con la idolatría.

Dios Todopoderoso cierne su Espíritu mediante su Voz: dice: Hágase, y se hace.
Es la voz de Dios la que cierne el Espíritu sobre la criatura y la sacraliza. Esa Voz es Cristo.Y al cernir su Espíritu mediante la Palabra, que nombra las cosas y las hace nuevas en Él, sacraliza todo aquello que pronuncia, y todo lo que es cernido espiritualmente, pronunciado por el Verbo de Dios, pasa a ser digno de ser amado como a algo santo, pues de Él procede su novedad, que es esa nueva esencia, su sacralidad.
Ese respeto a lo sacralizado, a esa forma de hacer nuevas (pronunciadas por el Verbo) todas las cosas, ese respeto a todo sobre lo que Dios cierne su Espíritu es el culto de dulía, el amor y veneración a todo de cuanto se sirve Nuestro Señor para atraernos hacia su seno infinitamente amoroso.

Cristo hace nuevas todas las cosas, también las cosas materiales, los elementos, los retratos de los seres queridos, el terreno que pisamos, las imágenes que besamos con inefable amor... Cristo es la Voz de Dios que pronuncia el nombre nuevo de las cosas y al nombrarlas las sacraliza y las hace siervas de Dios.

Cristo hace nueva a la materia misma! Cristo hace nueva la imagen y el ser de todas las cosas sobre la tierra, encaminándolas, en pura servidumbre, a Dios mismo. ¿Cómo no amar y tener en consideración, en sagrada consideración, a todo aquello que Cristo pronuncia y hace nuevo, desde el aceite al agua, desde el fuego del cirio pascual al rosario que apretamos entre los dedos; y en un plano superior, desde los ángeles de luz que le sirven hasta las personas santas de que se sirve en su infinita sabiduría.

domingo, 16 de mayo de 2010

Ofrecimiento a Cristo

Señor, en este día, me entrego como hostia viva a Ti.

Que diga, Señor, lo que Tú quieres que diga.
Que vaya, Señor, donde Tú quieres que vaya.
Que te entregue, Señor, lo que Tú quieres que te entregue.
Que sólo haga, Señor, lo que Tú quieras que haga.

Las imagenes re-presentan

Cristo es la Encarnación de Dios.
Como perfecto hombre, tenía un rostro, un cuerpo, una imagen.
Quien ve a Cristo ve al Padre.
EL Padre puede verse en su Hijo.

En tiempos de la Antigua Alianza Dios no tenía imagen, era invisible.
Por eso no se puede representar aquello que no se ve, porque no tiene imagen.

Los ídolos son imágenes falsas, que no representan nada. Pretenden representar dioses falsos que no existen. Son vacuas, vacías. Por eso el contenido de una imagen idolátrica es ella misma. La imagen del dios Ergun es una imagen falsa, porque no existe un dios llamado Ergun y por tanto esa imagen no representa nada.
La imagen idolátrica no representa nada, porque hace referencia a un dios que no existe. El culto idolátrico da el culto debido al Dios que existe a algo que no existe.

La imagen de Cristo es una imagen verdadera, por re-presenta a Cristo.Si miramos la imagen miramos lo que re-presenta, a Cristo. Y al ver a Cristo vemos a Dios. Cuando beso el crucifijo, beso a lo que representa. No beso la madera porque crea que la madera es Cristo. Beso la cruz de madera porque veo la imagen de aquello que re-presenta en mi mente, es decir, a Cristo.

Si beso la foto de mi querida madre, no beso la hoja de papel, y pienso: soy hijo de una hoja de papel. esta hoja de papel es mi madre. Esto es absurdo. beso a lo que representa la imagen, porque me recuerda a mi madre, me la re-presenta en mi mente.

Las imagenes re-presentan. Nos vuelven a presentar en la mente, vía sensorial, a aquellos que ya no están.

Ningún católico en su sano juicio diría: esta imagen de madera de Cristo me ha redimido. No. Es Cristo el que me ha redimido, re-presentado en mi mente por este vehículo visual que es la imagen.

Cuando miro el retrato al óleo que hice de mi madre, miro a mi madre en él. No pienso: soy hijo de un cuadro al óleo. Pienso: esa imagen al óleo re-presenta en mi mente a mi querida madre. Beso a mi madre, que ya no está, en su foto, pero no creo que la foto es mi madre ni yo sea hijo de una foto.

Existen pueblos que dan a imágenes que no representan nada el culto que deben al Dios verdadero, Dios no invisble, pues tiene imagen, rostro: Cristo. Esto es la idolatría.

sábado, 15 de mayo de 2010

Aquel camino

Aquel camino que tanto me gustaba recorrer del brazo de mi madre, ¡era tan hermoso! Ella me preguntaba siempre, recién andado: ¿adónde llevará? Nunca terminábamos de pasearlo, porque se hacía tarde y yo debía regresar al trabajo. La acompañaba del brazo a la parada del autobús, la besaba, y regresaba por otro camino, el que llevaba al colegio en que impartía clase. Pero aquel senderillo en flor, ¿adónde llevaría?

Los martes por la tarde comíamos juntos. Después de almorzar nos íbamos a dar un paseo por la avenida de palmeras, junto a la playa. Yo le preguntaba: ¿rezamos el Rosario? Ella se me cogía del brazo y paseábamos, y yo rezaba y ella contemplaba al mismo tiempo las barcas dormidas, la arena verde, las redes musgosas y sombrías, las aves plateadas y elegantes de la playa.

Al rato llegábamos al final del paseo, donde empezaba aquel camino de limoneros, magnolios y albaricoques. Y me preguntaba. ¿Adónde llevará este sendero?

Ya es tarde para atravesarlo, decía yo, y regresábamos. La acompañaba a la parada del autobús, y volvía al colegio.

Años después, cuando mi madre murió, volví a aquel sendero. ¿Adónde llevaría? Quise atravesarlo. Iba deslizando entre mis dedos las cuentas negras de su rosario. Cuando llegué a la entrada del sendero, pensé: si mi madre estuviera aquí, en este momento, de mi brazo, me diría: ¡qué bien, hijo, vamos a atravesarlo, a ver donde lleva!

La primera callecita a la derecha, doblando una esquina amarilla de limones, se llega a un magnolio en flor. Luego hay un brazo de arena que surca la playa entre las quillas y costales humeantes de recientes faenas. Varias palmeras más, unas adelfas azules, una pequeña hilera sonrosada de melocotoneros, una encantadora viejecita que vende camarones, y el último tramo. ¿Adónde llevaría?

Madre, este último paso me habría gustado darlo contigo.

Acabo mi Rosario y atravieso el umbral azul del recodo: un banco de madera, unos niños cantando, y un pequeño parquecito de alhucema bravía, olorosa y claustral. Y al fondo del parquecito...una Iglesia!. Parroquia de nuestra Señora del Carmen.

***

Madre, tú te llamabas Carmen. Y mira, este camino llevaba a Nuestra Señora, a tu Madre del Cielo.

Aquel camino llevaba a tu Madre.

Días antes de morir, en tu cama, me pediste la madalla de la Virgen y rezaste conmigo un rato. Yo pasaba las cuentas del rosario de la abuela Juana y te miraba, y me decía al mirarte: pronto descubrirás adónde llevaba aquel sendero en flor.

Y cuando paso, a veces, aquel recodo fresco del camino, siento el perfume de magnolias y limones frescos de huerto de domingo, y pienso:

Este sendero me lleva a ti.



miércoles, 12 de mayo de 2010

Cristo, Fuerza


Impresiona que Aquel que es nuestra fuerza y como Dios todo lo puede, sea el mismo que se ofrece como Cordero.
Cristo es Pan de Fuertes. Se nos da a sí mismo como Pan de Fuertes para fortalecernos, para hacernos invulnerables, de forma que nada temamos.
Impresiona que para tener dentro la fortaleza que comunica el Fuerte, debamos potenciar nuestra propia debilidad, hacernos débiles, hacernos como niños.
Y es que, creyéndonos fuertes por nosotros mismos, somos débiles. Mas confiando en la fortaleza de aquel que es Fuerte, reconociendo nuestra poquedad, nuestra fragilidad, nuestro ser, a duras penas, nosotros mismos; confiando en la Fuerza de Aquel que se nos da como Pan de Fortaleza, somos fuertes, invulnerables, somos más nosotros que nunca. Porque sabemos quienes somos (hijos de Dios) y por quien somos, y por quien tenemos, somos fuertes en Él.
El miedo está relacionado íntimamente con la falta de fe (Mc 4, 37-41) Por qué tenéis miedo? ¿Todavía no tenéis fe? Nos increpa el Señor. Y con la falta de identidad, que no es sino sentimiento de orfandad.

Descarga en el Señor tus temores, Él te sostendrá con su Pan, no permitirá que el justo vacile (Sal 55, 23) Pero hemos de ser justos, sobrenaturalmente justos. Justos a la manera del Fuerte, que se ofrece, se sacrifica, se da, se hace Cordero. Su justicia es hacerse Cordero, no tigre, ni león, ni fiera. Cordero que renuncia a su fuerza y no se resiste al Padre.

Renunciemos a nuestra fuerza. Guardemos nuestras fuerzas para Dios Todopoderoso, Uno y Trino.
Comencemos por las cosas más pequeñas, por lo poco, que es piedra de toque de la primera fortaleza. Por los detalles, que rompen la rutina. Con nuestra paciencia salvaremos nuestra alma (Lc 21, 19).

No guardemos nuestras fuerzas para nosotros mismos. No queramos asegurarnos. Si me des-aseguro de mí mismo, miro hacia lo alto,y dejo de mirarme; si miro al Sagrario y veo a Aquel cuya Fuerza es mi seguro, podré hallarme, descubrirme. Acceder a la verdadera fortaleza.
Guardemos nuestras fuerzas para recibir su Fuerza. El que ama su vida la pierde (Jn 12, 25). Amemos la Vida de Cristo, para guardar la nuestra.

martes, 11 de mayo de 2010

Cristo, Palabra


Vivimos en un mundo de formas, figuras imprecisas, reflejos de espejos, imágenes sin voz. Las líneas y los volúmenes del mundo nos rodean, nos desbordan. He aquí que, en medio de este mundo de imágenes arrolladoras ( en la red, en la vida real, en el tráfago de los quehaceres y en el trajinar de todos los días); he aquí que Cristo, el Verbo, la Palabra, es imagen perfecta de Dios, icono de lo absoluto, imagen que nos habla, que es Verbo. Cristo es el rostro de la Palabra.

Cristo debe acompañarnos a lo largo del día. Una forma de su presencia es la meditación constante de la Palabra de Dios, de la Sagrada Escritura, de acuerdo al espíritu con que fue escrita, el Espíritu que es amor del Padre y del Hijo, el mismo Espíritu que guía a la Iglesia, icono del Cristo Total.

Memoricemos pasajes, versículos de la Escritura. De los salmos, del Evangelio, de las cartas apostólicas... de todo cuanto podamos aprender. Tenerlo en la mente nos sirva de resorte para que Cristo, la palabra, surja cuando sea necesario, en medio de este torrente de imágenes sin palabras en que vivimos. Y que broten espontáneamente de nuestra memoria a nuestra mente, a nuestros labios, a nuestra voz, y alimenten nuestro día.

Y no dejemos de acudir diariamente a la Fuente, al Río de la Vida, a la Sagrada Liturgia. Allí la Sagrada Escritura, la Santa Biblia, se hace imagen del Pan. Cristo vivo, el Verbo eterno e increado, da vida a la Palabra. Las Escrituras cobran voz humana en la celebración. la palabra increada y eterna se hace audible, penetra en nuestros oídos, en nuestra alma, en todos los resquicios de nuestro ser.

Y Cristo, voz del Padre, se acerca a nuestro cuerpo mismo, a nuestra boca, a nuestra garganta, para hablar por nosotros...

miércoles, 5 de mayo de 2010

Cristo, Hogar

Meterse en el costado de Cristo.
Que nuestros hijos, en casa, nos contemplen muy dentro de Cristo. Que su Palabra esté en nuestra boca:que en las mil y una ocasiones de la vida cotidiana, aquellos versículos, ideas, palabras de Nuestro Señor que hemos aprendido de memoria en la meditación diaria, afloren con naturalidad. Que nuestros hijos la escuchen. Que la Palabra de Cristo esté en nuestra boca.

Si el costado de Cristo es nuestro hogar, también será el hogar de nuestros hijos. Que nos oigan, incluso, cómo pensamos: qué haría el Señor en este caso, en este momento, que quiere Él que yo haga...

Si el costado de Cristo es nuestro refugio, nuestra ciudadela, nuestra roca, nuestro hogar, nada nos hará vacilar. Atravesaremos los muros, penetraremos entre las filas de nuestros enemigos: temores, confusiones, dudas, problemas, enfermedades. Nada nos hará vacilar.

Estar muy metidos en el costado de Cristo, y que nuestros hijos nos vean vivir, hablar, comer, trabajar, reñir, bromear, besar, leer... por Él, con Él y en Él.

Llevamos dentro el sueño de un hogar seguro en que estar a salvo.Ese hogar es el Señor.

lunes, 3 de mayo de 2010

Mártires de la Sagrada Escritura

Los jóvenes esposos Timoteo y Maura sufrieron por Cristo las terribles persecuciones de Diocesano, en el Alto Egipto.

Timoteo era lector en la iglesia de Perapeis. Con su esposa, se entregaba con apasionado ardor al estudio y meditación de las Sagradas Escrituras. El gobernador le ordenó que entregase los libros sagrados para quemarlos públicamente. Timoteo se opuso firmemente a esto.
Con ánimo de hacerle flaquear en su resolución, fue sometido a severas torturas. llamaron a su esposa para que esta lo convenciese, pero ella afirmó a Cristo manifestando su deseo de morir con su esposo. Y así fue, tras nueve días de tormento.

Cristo, Fuente

Mis pecados no deben servirme de excusa para no abrir mi cuerpo y alma al Agua de tu Fuente, Señor.
Mis muchos errores, sombras, distorsiones y disonancias, no me deben apartar de tu Corazón. Porque si busco el manantial que mana de tu Corazón, Señor de la Vida, encontraré el Agua fulgurante y sobrenatural que necesito, el Agua que me sanará.

Incorpórame a ti, úneme a ti, de forma que pueda decir que eres Tú quien vive en mí.

Idéntificame contigo, Señor, introduce tu Agua en mí, que salta hasta la eternidad.

Quiero padecer en mi carne lo que falta a tu padecer, como el Paráclito me dice a través del Apóstol. Mi sufrimiento entreabre la roca de mi corazón. Que surja de allí, Señor, lo que mana de Ti.

Paratum cor meum! Mi corazón está pronto. Mis pecados no deben servirme de excusa. ¡Quiero! A todas horas pienso en ti, una sed arrolladora de tu Palabra me domina. Quédate con mi sed de Ti, Señor, y no tengas en cuanta mi imperfección.

Me ofrezco a Ti, tómame, Señor, y ayúdame a dejar fuera de este ofrenda todo lo oscuro y sombrío que encuentra camino en mí. Yo no lo quiero. Y todo cuanto haga, Señor, que me aleje de tu santo Nombre, aprovéchalo Tú para extraer un agua más pura, como sólo Tú sabes hacerlo.