lunes, 1 de noviembre de 2010

la Doctrina de la Justificación


Por su importancia en el Diálogo Ecuménico, reproduzco aquí algunos pasajes de la sublime doctrina de la Justificación del Concilio Tridentino. Creo que se desprenden de ella puntos en común que pueden ser de utilidad en el diálogo con nuestros hermanos separados, y nos puede servir para tener siempre delante el norte doctrinal al que hemos de tender para permanecer en la verdad, manteniéndonos firmes en ella, y revestidos de la armadura de la justicia del Señor (Efesios 6, 14)

SACROSANTO, ECUMÉNICO Y GENERAL CONCILIO DE TRENTO

LA JUSTIFICACIÓN

SESIÓN VI

Celebrada en 13 de enero de 1547.


DECRETO SOBRE LA JUSTIFICACIÓN


CAP. I. Que la naturaleza y la ley no pueden justificar a los hombres.
Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificación, es necesario conozcan todos y confiesen, que habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no sólo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Judíos por la misma letra de la ley de Moisés, podrían levantarse, o lograr su libertad; no obstante que el libre albedrío no estaba extinguido en ellos, aunque sí debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.


CAP. II. De la misión y misterio de la venida de Cristo.
Con este motivo el Padre celestial, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo, envió a los hombres, cuando llegó aquella dichosa plenitud de tiempo, a Jesucristo, su hijo, manifestado, y prometido a muchos santos Padres antes de la ley, y en el tiempo de ella, para que redimiese los Judíos que vivían en la ley, y los gentiles que no aspiraban a la santidad, la lograsen, y todos recibiesen la adopción de hijos. A este mismo propuso Dios por reconciliador de nuestros pecados, mediante la fe en su pasión, y no sólo de nuestros pecados, sino de los de todo el mundo.
CAP. III. Quiénes se justifican por Jesucristo.
No obstante, aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. Porque así como no nacerían los hombres efectivamente injustos, si no naciesen propagados de Adan; pues siendo concebidos por él mismo, contraen por esta propagación su propia injusticia; del mismo modo, si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos. Por este beneficio nos exhorta el Apóstol a dar siempre gracias al Padre Eterno, que nos hizo dignos de entrar a la parte de la suerte de los santos en la gloria, nos sacó del poder de las tinieblas, y nos transfirió al reino de su hijo muy amado, en el que logramos la redención, y el perdón de los pecados.


CAP. IV. Se da idea de la justificación del pecador, y del modo con que se hace en la ley de gracia.
En las palabras mencionadas se insinúa la descripción de la justificación del pecador: de suerte que es tránsito del estado en que nace el hombre hijo del primer Adan, al estado de gracia y de adopción de los hijos de Dios por el segundo Adan Jesucristo nuestro Salvador. Esta traslación, o tránsito no se puede lograr, después de promulgado el Evangelio, sin el bautismo, o sin el deseo de él; según está escrito: No puede entrar en el reino de los cielos sino el que haya renacido del agua, y del Espíritu Santo.

CAP. V. De la necesidad que tienen los adultos de prepararse a la justificación, y de dónde provenga.
Declara además, que el principio de la misma justificación de los adultos se debe tomar de la gracia divina, que se les anticipa por Jesucristo: esto es, de su llamamiento, por el que son llamados sin mérito ninguno suyo; de suerte que los que eran enemigos de Dios por sus pecados, se dispongan por su gracia, que los excita y ayuda para convertirse a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia; de modo que tocando Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni el mismo hombre deje de obrar alguna cosa, admitiendo aquella inspiración, pues puede desecharla; ni sin embargo pueda moverse sin la gracia divina a la justificación en la presencia de Dios por sola su libre voluntad. De aquí es, que cuando se dice en las sagradas letras: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros; se nos avisa de nuestra libertad; y cuando respondemos: Conviértenos a ti, Señor, y seremos convertidos; confesamos que somos prevenidos por la divina gracia.

CAP. VI. Modo de esta preparación.
Dispónense, pues, para la justificación, cuando movidos y ayudados por la gracia divina, y concibiendo la fe por el oído, se inclinan libremente a Dios, creyendo ser verdad lo que sobrenaturalmente ha revelado y prometido; y en primer lugar, que Dios justifica al pecador por su gracia adquirida en la redención por Jesucristo; y en cuanto reconociéndose por pecadores, y pasando del temor de la divina justicia, que últimamente los contrista, a considerar la misericordia de Dios, conciben esperanzas, de que Dios los mirará con misericordia por la gracia de Jesucristo, y comienzan a amarle como fuente de toda justicia; y por lo mismo se mueven contra sus pecados con cierto odio y detestación; esto es, con aquel arrepentimiento que deben tener antes del bautismo; y en fin, cuando proponen recibir este sacramento, empezar una vida nueva, y observar los mandamientos de Dios. De esta disposición es de la que habla la Escritura, cuando dice: El que se acerca a Dios debe creer que le hay, y que es remunerador de los que le buscan. Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Y, el temor de Dios ahuyenta al pecado. Y también: Haced penitencia, y reciba cada uno de vosotros el bautismo en el nombre de Jesucristo para la remisión de vuestros pecados, y lograréis el don del Espíritu Santo. Igualmente: Id pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar cuanto os he encomendado. En fin: Preparad vuestros corazones para el Señor.


CAP. VII. Que sea la justificación del pecador, y cuáles sus causas.
A esta disposición o preparación se sigue la justificación en sí misma: que no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna. Las causas de esta justificación son: la final, la gloria de Dios, y de Jesucristo, y la vida eterna. La eficiente, es Dios misericordioso, que gratuitamente nos limpia y santifica, sellados y ungidos con el Espíritu Santo, que nos está prometido, y que es prenda de la herencia que hemos de recibir. La causa meritoria, es su muy amado unigénito Jesucristo, nuestro Señor, quien por la excesiva caridad con que nos amó, siendo nosotros enemigos, nos mereció con su santísima pasión en el árbol de la cruz la justificación, y satisfizo por nosotros a Dios Padre. La instrumental, además de estas, es el sacramento del bautismo, que es sacramento de fe, sin la cual ninguno jamás ha logrado la justificación. Ultimamente la única causa formal es la santidad de Dios, no aquella con que él mismo es santo, sino con la que nos hace santos; es a saber, con la que dotados por él, somos renovados en lo interior de nuestras almas, y no sólo quedamos reputados justos, sino que con verdad se nos llama así, y lo somos, participando cada uno de nosotros la santidad según la medida que le reparte el Espíritu Santo, como quiere, y según la propia disposición y cooperación de cada uno. Pues aunque nadie se puede justificar, sino aquel a quien se comunican los méritos de la pasión de nuestro Señor Jesucristo; esto, no obstante, se logra en la justificación del pecador, cuando por el mérito de la misma santísima pasión se difunde el amor de Dios por medio del Espíritu Santo en los corazones de los que se justifican, y queda inherente en ellos. Resulta de aquí que en la misma justificación, además de la remisión de los pecados, se difunden al mismo tiempo en el hombre por Jesucristo, con quien se une, la fe, la esperanza y la caridad; pues la fe, a no agregársele la esperanza y caridad, ni lo une perfectamente con Cristo, ni lo hace miembro vivo de su cuerpo. Por esta razón se dice con suma verdad: que la fe sin obras es muerta y ociosa; y también: que para con Jesucristo nada vale la circuncisión, ni la falta de ella, sino la fe que obra por la caridad. Esta es aquella fe que por tradición de los Apóstoles, piden los Catecúmenos a la Iglesia antes de recibir el sacramento del bautismo, cuando piden la fe que da vida eterna; la cual no puede provenir de la fe sola, sin la esperanza ni la caridad. De aquí es, que inmediatamente se les dan por respuesta las palabras de Jesucristo: Si quieres entrar en el cielo, observa los mandamientos. En consecuencia de esto, cuando reciben los renacidos o bautizados la verdadera y cristiana santidad, se les manda inmediatamente que la conserven en toda su pureza y candor como la primera estola, que en lugar de la que perdió Adan por su inobediencia, para sí y sus hijos, les ha dado Jesucrito con el fin de que se presenten con ella ante su tribunal, y logren la salvación eterna.


CAP. VIII. Cómo se entiende que el pecador se justifica por la fe, y gratuitamente.
Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católicaa; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia.



CAP. X. Del aumento de la justificación ya obtenida.
Justificados pues así, hechos amigos y domésticos de Dios, y caminando de virtud en virtud, se renuevan, como dice el Apóstol, de día en día; esto es, que mortificando su carne, y sirviéndose de ella como de instrumento para justificarse y santificarse, mediante la observancia de los mandamientos de Dios, y de la Iglesia, crecen en la misma santidad que por la gracia de Cristo han recibido, y cooperando la fe con las buenas obras, se justifican más; según está escrito: El que es justo, continúe justificándose. Y en otra parte: No te receles de justificarte hasta la muerte. Y además: Bien veis que el hombre se justifica por sus obras, y no solo por la fe. Este es el aumento de santidad que pide la Iglesia cuando ruega: Danos, Señor, aumento de fe, esperanza y caridad.
CAP. XI. De la observancia de los mandamientos, y de cómo es necesario y posible observarlos.
Pero nadie, aunque esté justificado, debe persuadirse que está exento de la observancia de los mandamientos, ni valerse tampoco de aquellas voces temerarias, y prohibidas con anatema por los Padres, es a saber: que la observancia de los preceptos divinos es imposible al hombre justificado. Porque Dios no manda imposibles; sino mandando, amonesta a que hagas lo que puedas, y a que pidas lo que no puedas; ayudando al mismo tiempo con sus auxilios para que puedas; pues no son pesados los mandamientos de aquel, cuyo yugo es suave, y su carga ligera. Los que son hijos de Dios, aman a Cristo; y los que le aman, como él mismo testifica, observan sus mandamientos. Esto por cierto, lo pueden ejecutar con la divina gracia; porque aunque en esta vida mortal caigan tal vez los hombres, por santos y justos que sean, a lo menos en pecados leves y cotidianos, que también se llaman veniales; no por esto dejan de ser justos; porque de los justos es aquella voz tan humilde como verdadera: Perdónanos nuestras deudas. Por lo que tanto más deben tenerse los mismos justos por obligados a andar en el camino de la santidad, cuanto ya libres del pecado, pero alistados entre los siervos de Dios, pueden, viviendo sobria, justa y piadosamente, adelantar en su aprovechamiento con la gracia de Jesucristo, qu fue quien les abrió la puerta para entrar en esta gracia. Dios por cierto, no abandona a los que una vez llegaron a justificarse con su gracia, como estos no le abandonen primero. En consecuencia, ninguno debe engreírse porque posea sola la fe, persuadiéndose de que sólo por ella está destinado a ser heredero, y que ha de conseguir la herencia, aunque no sea partícipe con Cristo de su pasión, para serlo también de su gloria; pues aun el mismo Cristo, como dice el Apóstol: Siendo hijo de Dios aprendió a ser obediente en las mismas cosas que padeció, y consumada su pasión, pasó a ser la causa de la salvación eterna de todos los que le obedecen. Por esta razón amonesta el mismo Apóstol a los justificados, diciendo: ¿Ignoráis que los que corren en el circo, aunque todos corren, uno solo es el que recibe el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis. Yo en efecto corro, no como a objeto incierto; y peleo, no como quien descarga golpes en el aire; sino mortifico mi cuerpo, y lo sujeto; no sea que predicando a otros, yo me condene. Además de esto, el Príncipe de los Apóstoles san Pedro dice: Anhelad siempre por asegurar con vuestras buenas obras vuestra vocación y elección; pues procediendo así, nunca pecaréis. De aquí consta que se oponen a la doctrina de la religión católica los que dicen que el justo peca en toda obra buena, a lo menos venialmente, o lo que es más intolerable, que merece las penas del infierno; así como los que afirman que los justos pecan en todas sus obras, si alentando en la ejecución de ellas su flojedad, y exhortándose a correr en la palestra de esta vida, se proponen por premio la bienaventuranza, con el objeto de que principalmente Dios sea glorificado; pues la Escritura dice: Por la recompensa incliné mi corazón a cumplir tus mandamientos que justifican. Y de Moisés dice el Apóstol, que tenía presente, o aspiraba a la remuneración.

CAP. XII. Debe evitarse la presunción de creer temerariamente su propia predestinación.
Ninguno tampoco, mientras se mantiene en esta vida mortal, debe estar tan presuntuosamente persuadido del profundo misterio de la predestinación divina, que crea por cierto es seguramente del número de los predestinados; como si fuese constante que el justificado, o no puede ya pecar, o deba prometerse, si pecare, el arrepentimiento seguro; pues sin especial revelación, no se puede sabe quiénes son los que Dios tiene escogidos para sí.


CAP. XIII. Del don de la perseverancia.
Lo mismo se ha de creer acerca del don de la perseverancia, del que dice la Escritura: El que perseverare hasta el fin, se salvará: lo cual no se puede obtener de otra mano que de la de aquel que tiene virtud de asegurar al que está en pie para que continúe así hasta el fin, y de levantar al que cae. Ninguno se prometa cosa alguna cierta con seguridad absoluta; no obstante que todos deben poner, y asegurar en los auxilios divinos la más firme esperanza de su salvación. Dios por cierto, a no ser que los hombres dejen de corresponder a su gracia, así como principió la obra buena, la llevará a su perfección, pues es el que causa en el hombre la voluntad de hacerla, y la ejecución y perfección de ella. No obstante, los que se persuaden estar seguros, miren no caigan; y procuren su salvación con temor y temblor, por medio de trabajos, vigilias, limosnas, oraciones, oblaciones, ayunos y castidad: pues deben estar poseídos de temor, sabiendo que han renacido a la esperanza de la gloria, mas todavía no han llegado a su posesión saliendo de los combates que les restan contra la carne, contra el mundo y contra el demonio; en los que no pueden quedar vencedores sino obedeciendo con la gracia de Dios al Apóstol san Pablo, que dice: Somos deudores, no a la carne para que vivamos según ella: pues si viviéreis según la carne, moriréis; mas si mortificareis con el espíritu las acciones de la carne, viviréis.

CAP. XIV. De los justos que caen en pecado, y de su reparación.
Los que habiendo recibido la gracia de la justificación, la perdieron por el pecado, podrán otra vez justificarse por los méritos de Jesucristo, procurando, excitados con el auxilio divino, recobrar la gracia perdida, mediante el sacramento de la Penitencia. Este modo pues de justificación, es la reparación o restablecimiento del que ha caído en pecado; la misma que con mucha propiedad han llamado los santos Padres segunda tabla después del naufragio de la gracia que perdió. En efecto, por los que después del bautismo caen en el pecado, es por los que estableció Jesucristo el sacramento de la Penitencia, cuando dijo: Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonáreis los pecados, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que dejeis sin perdonar. Por esta causa se debe enseñar, que es mucha la diferencia que hay entre la penitencia del hombre cristiano después de su caída, y la del bautismo; pues aquella no sólo incluye la separación del pecado, y su detestación, o el corazón contrito y humillado; sino también la confesión sacramental de ellos, a lo menos en deseo para hacerla a su tiempo, y la absolución del sacerdote; y además de estas, la satisfacción por medio de ayunos, limosnas, oraciones y otros piadosos ejercicios de la vida espiritual: no de la pena eterna, pues esta se perdona juntamente con la culpa o por el sacramento, o por el deseo de él; sino de la pena temporal, que según enseña la sagrada Escritura, no siempre, como sucede en el bautismo, se perdona toda a los que ingratos a la divina gracia que recibieron, contristaron al Espíritu Santo, y no se avergonzaron de profanar el templo de Dios. De esta penitencia es de la que dice la Escritura: Ten presente de qué estado has caído: haz penitencia, y ejecuta las obras que antes. Y en otra parte: La tristeza que es según Dios, produce una penitencia permanente para conseguir la salvación. Y además: Haced penitencia, y haced frutos dignos de penitencia.


CAP. XV. Con cualquier pecado mortal se pierde la gracia, pero no la fe.
Se ha de tener también por cierto, contra los astutos ingenios de algunos que seducen con dulces palabras y bendiciones los corazones inocentes, que la gracia que se ha recibido en la justificación, se pierde no solamente con la infidelidad, por la que perece aún la misma fe, sino también con cualquiera otro pecado mortal, aunque la fe se conserve: defendiendo en esto la doctrina de la divina ley, que excluye del reino de Dios, no sólo los infieles, sino también los fieles que caen en la fornicación, los adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, vinosos, maldicientes, arrebatadores, y todos los demás que caen en pecados mortales; pues pueden abstenerse de ellos con el auxilio de la divina gracia, y quedan por ellos separados de la gracia de Cristo.

CAP. XVI. Del fruto de la justificación; esto es, del mérito de las buenas obras, y de la esencia de este mismo mérito.
A las personas que se hayan justificado de este modo, ya conserven perpetuamente la gracia que recibieron, ya recobren la que perdieron, se deben hacer presentes las palabras del Apóstol san Pablo: Abundad en toda especie de obras buenas; bien entendidos de que vuestro trabajo no es en vano para con Dios; pues no es Dios injusto de suerte que se olvide de vuestras obras, ni del amor que manifestásteis en su nombre. Y: No perdáis vuestra confianza, que tiene un gran galardón. Y esta es la causa porque a los que obran bien hasta la muerte, y esperan en Dios, se les debe proponer la vida eterna, ya como gracia prometida misericordiosamente por Jesucristo a los hijos de Dios, ya como premio con que se han de recompensar fielmente, según la promesa de Dios, los méritos y buenas obras. Esta es, pues, aquella corona de justicia que decía el Apóstol le estaba reservada para obtenerla después de su contienda y carrera, la misma que le había de adjudicar el justo Juez, no solo a él, sino también a todos los que desean su santo advenimiento. Pues como el mismo Jesucristo difunda perennemente su virtud en los justificados, como la cabeza en los miembros, y la cepa en los sarmientos; y constante que su virtud siempre antecede, acompaña y sigue a las buenas obras, y sin ella no podrían ser de modo alguno aceptas ni meritorias ante Dios; se debe tener por cierto, que ninguna otra cosa falta a los mismos justificados para creer que han satisfecho plenamente a la ley de Dios con aquellas mismas obras que han ejecutado, según Dios, con proporción al estado de la vida presente; ni para que verdaderamente hayan merecido la vida eterna (que conseguirán a su tiempo, si murieren en gracia): pues Cristo nuestro Salvador dice: Si alguno bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed por toda la eternidad, sino logrará en sí mismo una fuente de agua que corra por toda la vida eterna. En consecuencia de esto, ni se establece nuestra justificación como tomada de nosotros mismos, ni se desconoce, ni desecha la santidad que viene de Dios; pues la santidad que llamamos nuestra, porque estando inherente en nosotros nos justifica, esa misma es de Dios: porque Dios nos la infunde por los méritos de Cristo. Ni tampoco debe omitirse, que aunque en la sagrada Escritura se de a las buenas obras tanta estimación, que promete Jesucristo no carecerá de su premio el que de a uno de sus pequeñuelos de beber agua fría; y testifique el Apóstol, que el peso de la tribulación que en este mundo es momentáneo y ligero, nos da en el cielo un excesivo y eterno peso de gloria; sin embargo no permita Dios que el cristiano confíe, o se gloríe en sí mismo, y no en el Señor; cuya bondad es tan grande para con todos los hombres, que quiere sean méritos de estos los que son dones suyos. Y por cuanto todos caemos en muchas ofensas, debe cada uno tener a la vista así como la misericordia y bondad, la severidad y el juicio: sin que nadie sea capaz de calificarse a sí mismo, aunque en nada le remuerda la conciencia; pues no se ha de examinar ni juzgar toda la vida de los hombres en tribunal humano, sino en el de Dios, quien iluminará los secretos de las tinieblas, y manifestará los designios del corazón y entonces logrará cada uno la alabanza y recompensa de Dios, quien, como está escrito, les retribuirá según sus obras.
Después de explicada esta católica doctrina de la justificación, tan necesaria, que si alguno no la admitiere fiel y firmemente, no se podrá justificar, ha decretado el santo Concilio agregar los siguientes cánones, para que todos sepan no sólo lo que deben adoptar y seguir, sino también lo que han de evitar y huir.

sábado, 30 de octubre de 2010

Christus vincit!

Demonio, mundo y carne. Tres enemigos. En Cristo vencemos al príncipe de este mundo, cuyo reino no hará merma en nuestra caridad, y cuyas tentaciones no harán presa en nosotros, si no queremos. La Gracia auspicia, el Espíritu acude en nuestro auxilio. Christus vincit! El reino de Dios lo conquistamos a viva fuerza (Mt 11, 12)

La Gracia es poderosa. Cristo vence. Mueve nuestra voluntad, le aceptamos y le respondemos sí, libremente, como Dios no ha creado.

Todo es Gracia. Y esto no aniquila nuestra libertad, que sigue indemne.

Mortifiquemos cuanto de terreno hay en nosotros, de forma que sea Cristo quien viva dentro nuestra. Para poder vencer. Omnia possibilia sunt credenti. Omnia possum in eo qui me confortat.

"Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre" (Catecismo, 2725)

Vivamos en su Nombre.

Vivamos en Él "un nuevo modo de pisar en la tierra, un modo divino, sobrenatural, maravilloso (...) Que vivo porque no vivo; que es Cristo quien vive en mí" (Amigos de Dios, 297)

"Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas, no habrá ya muerte, ni llanto ni alarido, no habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas (...)
Yo soy el Alfa y Omega, el principio y el fin. Al sediento le daré de beber graciosamente de la fuente del Agua de la Vida. El que venciere poseerá todas estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo " (Ap 21, 4-7)
Un nuevo modo de pisar la tierra: en Nombre del Santo Señor Jesús. Que vence, y vencerá.
Laus Deo Virginique Matri

jueves, 28 de octubre de 2010

Contra mundum

No, del mundo, ¿qué deseo? nada.

"Aquel que se apoya en el testimonio de los Libros Santos es el baluarte de la Iglesia" enseña San Jerónimo.

La Escritura me enseña que Cristo vale más que todo el mundo entero con toda su gloria.

Mi fe la tengo puesta en el Señor, como Jesús me enseña (Marcos 11, 12) Al Señor quiero adorar, y solamente a Él darle culto (Lucas 4, 8)

Porque "si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres " (1 Corintios 15, 19).

¿Cuál es la consecuencia?

Que amando a Cristo, cuyo Reino no es de este mundo, soy capaz de santificar en Él cuanto hago aquí, en este mundo. Y así me inunda una perfecta alegría, y una inmensa fuerza sobrenatural me empuja amar y hacer el bien.

Porque el mundo no puede santificar al mundo.

De andenes vacíos y la Carta a los Romanos

En el camino a la estación he ido memorizando vocabulario latino bíblico. Cuando entré en la estación, a las 8.15 h., me sorprendió su gran silencio.
Nadie en los andenes, en las ventanillas, en los bancos de hierro. Penetré el acceso de taquillas, fui al vagón. Todo apagado. Nadie dentro. El tren permanecía en su sitio como un insecto oscuro y gigantesco. Los raíles esperaban como estirados por la prisa.
Abrí el maletín y extraje la Carta a los Romanos, que estudio con pasión. Señor, que no me canse de estudiar tu Ley, que en ella me complazca día y noche.
Cuánto me enciende cada palabra tuya, Señor.
¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin alimentarme de tus versículos? Los memorizaría todos, si pudiera. Reteniéndolos en la memoria, repitiéndolos muchas veces, guardando en mi corazón los más importantes para el apostolado.
De pronto el pitido del tren anuncia que despierta la estación.

Se encienden las luces, comienzan a llegar viajeros. Entro en el vagón y me siento con las palabras del Apóstol en la mano.

Señor, le digo, que nunca me encuentres perdido en los andenes, esperando un tren que no sea el tuyo.

El tren alcanza su destino y apenas he tenido tiempo de memorizar un par de versículos. Camino del colegio los voy repitiendo con el Rosario en la mano, diez veces. Para que María me ayude.

Paso de nuevo por los jacarandas, pero esta vez no miro sus flores ni sus cápsulas dehiscentes. Contemplo la Palabra de Dios que llevo en la mano y me parece más hermosa, inmensamente más, que todo lo perteneciente al orden natural, por muy hermoso que haya salido de las manos del Creador y sobrevivido en su belleza al pecado del hombre.
Por un momento me asalta la tentación: cuánto me gustaría estar solo, en la celda rendida de oro viejo a la luz de un claustro. Pero no. Por más hermosa y deseable que me parezca la vida contemplativa, sé que Tú, Señor no me has destinado a esos andenes, sé que esos raíles no son para mi tren.
Y mientros camino al colegio y saludo a quien me encuentro, voy dándote gracias por haber dispuesto mi vida hacia la hondura de tu Nombre.
Bendito seas, Señor, porque me has enseñado a vivir no sólo de pan, sino de toda palabra que sale de tu boca (Mateo 4, 4).

miércoles, 27 de octubre de 2010

La Madre y el camino.

Me levanté temprano e hice oración, ofreciéndome a Cristo. En el camino a la estación estuve adorando y dando gracias, con el Rosario de mi madre en la mano.

En el tren, Santo Tomás. Como siempre. Es el mejor guía para evitar el modernismo. Prevée todos los senderos erróneos, sabe por qué atajos esperan los lobos, hacia qué luz dirigirse y qué sombra evitar.

Camino del colegio estuve observando las redondas cápsulas seminíferas del Jacaranda mimosifolia, delicado y exuberante, esparcidas por el suelo. Antiguamente se usaban contra las amebas. Llueven sus flores lilas. Un mirlo canta entre ellas.
Las madres con sus hijos van despacio hacia el colegio. Los niños llevan las mochilas y las madres les animan constantemente a avanzar.

Yo también camino hacia mi destino con la mochila llena. Y también tengo una Madre que me empuja, que alivia mi carga y que me impulsa amorosamente a caminar.

jueves, 21 de octubre de 2010

Deber y Ley Moral



Un acto es bueno si es bueno su objeto, su finalidad y sus circunstancias. Cuando estos tres factores, como vimos en una entrada anterior, se ajustan a la ley Moral, los tres son buenos, y hacen bueno al acto, lo hacen conforme a la ley Moral.

La ley Moral determina qué relación tienen nuestras acciones con respecto al sentido de nuestra vida, es decir, al fin último de nuestra existencia, que sabemos, por expresa Revelación divina, que es Dios mismo, nuestra unión con Él en la Gloria, por la Gracia efectuada por Cristo a partir de la cooperación total de nuestra parte.

La ley moral es un conjunto de deberes establecidos por Dios para que, con su realización, alcancemos nuestro fin sobrenatural. Que son deberes emana del hecho de que es una ley promulgada por la Autoridad suprema, es decir, por Dios mismo. Que son deberes emana del hecho de que no tenemos derecho a incumplir la Ley moral.

Esto suena violento a los oídos de hoy en día. La palabra deberes asusta. Sólo nos gustan los derechos. Pero estrictamente hablando no tenemos ningún derecho ante Dios, aunque sí los tengamos ante otros hombres. Y si tenemos derechos ante los hombres, en especial hacia los que promulgan leyes (humanas), es porque esos hombres, porque todos los hombres, tenemos deberes ante Dios. Y ese conjunto de deberes se denomina en general Ley Moral.

Que el ser humano debe algo a la divinidad, por el hecho de ser humano, es una enseñanza de la filosofía grecolatina, que preparó la aceptación del cristianismo:


Diis te minorem quod geris, imperas.


Es sometiéndote a la Divinidad como eres libre. (Horacio, Odas, III, VI, 5) He traducido libremente así la máxima horaciana, porque creo es lo que pretende significar. Más literariamente diría: "es sometiéndote a los dioses como reinas". Pero teniendo en cuanta su contexto moral, esta es su interpretación más profunda.

La antigua sabiduría nos prepara para la aceptación de la Ley Moral haciéndonos ver que el cumplimiento de nuestros deberes para con la Divinidad nos hace libres. Tremenda contradicción a los ojos del mundo de hoy.

La ley moral está ausente del mundo físico inanimado. Las rocas no pecan, dice el poeta. Los animales, igualmente, no son ni buenos ni malos, actúan por instinto, no por libertad.

La ley moral existe solamente para aquel que puede incumplir el orden del mundo mediante el ejercicio de su libertad, es decir, para el ser humano, para la criatura racional.

Platón, en Las leyes, 716, arremete contra el sofismo, que defiende la convencionalidad de las leyes y de la moral, es decir, su utilitarismo, su razón de ser condicionada por la conveniencia. En definitiva, su relativismo.
Y dice: "Dios es principalmente la medida de todo".

Este ser la Divinidad la medida de todo es la esencia del deber moral. Que no nace de un imperativo abstracto, racional, como en Kant, sino de la esencia misma de todas las cosas, cuya medida es Dios.

Por tanto, de la esencia misma del ser humano, cuya medida es Dios, emerge el valor infinito del deber moral. De lo que somos, de cómo estamos hecho, del fin de nuestra vida.

A la hora de realizar una acción, nadie está exento de olvidar su esencia, de ir contra su esencia.

La conciencia es el memorial de la esencia.

Por ser persona, Dios nos da acceso al conocimiento de la Ley Moral, es decir, nos permite conocer qué debemos hacer para alcanzar nuestro fin, es decir, el sentido de nuestra vida, o lo que es lo mismo, Él. Dios Uno y Trino, conocido en Jesús.

¿Podría ser Dios un buen Padre, si priva a algunos del conocimiento del orden que Él mismo quiere fundar en nuestra existencia, para que libremente, por Jesucristo, lo acojamos y hagamos nuestro?

Qué suave carga es este deber. Su yugo es ligero, sabroso, huele a eternidad. Cuánta dicha nos proporciona. Incomparable. Eterna.

¿Podríamos nosotros ser buenos hijos queriendo zafarnos de esta Ley?

sábado, 16 de octubre de 2010

Felicidad y penitencia

Hace poco leí a un amigo que arrepentirse es amar.

"Practica la justicia antes de tu muerte" dice el Espíritu en Eclesiástico 14, 17.

Señor, quiero practicar tu justicia. Desconozco el día en que vendrás a buscarme. Por eso quiero vivir sabiendo, sintiendo que me ves, que me oyes, que sigues mis pasos, que mi acciones no te son indiferentes.

Dichoso quien piensa que Dios todo lo ve (Eclesiástico 14, 22)

Mi arrepentimiento es un acto de amor a Ti. ¿Qué puedo ofrecerte, sino el cambio de rumbo, constante, de mis pasos?

Practicar la justicia de Dios, que me observa con amor de Padre, es hacer la penitenciar a que me llama Jesús, el Señor de mi existencia.

Juan Pablo II, en la exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 4, nos obsequia con una bella definición de lo que es la penitencia en la vida del cristiano:

La penitencia es la conversión que pasa del corazón a las obras, y por ellas a la vida entera.

En este sentido, arrepentirse, en cuanto que es conversión del corazón, es amor porque pasa a las obras, porque se expande a la vida entera. El arrepentimiento extendido a la vida entera es un acto de amor vital. Es actuar en Jesús, el Señor de nuestro Corazón.

Haced penitencia porque está cerca el reino de los Cielos, nos dice el Señor en Mateo 4, 17.

Dios nos dice que hagamos penitencia, porque está cerca, no lejos, el Reino de los Cielos, tan cerca, que podemos tenerlo dentro, por la Gracia.

Es decir, arrepintámonos (conversión del corazón) y amemos (traducida en obras) porque Dios nos ve, nos observa, y saber que nos observa arrepintiéndonos y actuando con amor, haciendo el bien, es nuestra felicidad.

Dichoso el que sabe que Dios le observa. Y que no puede ser igual su vida si sabe que Dios le ve.
Porque si tenemos esto en cuenta, querremos agradarle (convertirnos) y amarle con obras que expresen, que hagan visible a sus ojos que le amamos, y que nuestro amor no se queda dentro, en nuestro interior, sino que pasa y se encarna en nuestra vida entera.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Conciencia y Pecado

No hagamos nada que no agrade a nuestro Señor Jesús.
¡Volemos alto!

A veces podemos decirle: Señor mío y Dios mío, no sé que hacer, soy pecador, no merezco que me perdones, pero dame tu perdón. Quisiera ser un hombre bueno, mas no puedo. Pero te suplico, dame tu perdón.

Es en este caso cuando sabemos, por la fe, que Nuestro Señor nos acoge, en su misericordia, y nuestra súplica es grata a sus oídos, que quiere perdonarnos.

Porque le demostramos que no queremos pecar. Que, o no sabemos qué hacer, o somos débiles.

Pero lo que no podemos nunca es justificarnos:

Señor, he pecado contra ti, pero es que mi conciencia me decía otra cosa, y ya sabes, no tengo culpa, me informaron mal, no sabía que había una ley, fue aquel amigo, que me confundió, fue ese sacerdote, que me equivocó, fue la sociedad, que me ha corrompido...

No somos nadie para juzgar el corazón ajeno. Pero si podemos juzgar la acciones que no agradan al Señor.
Porque su voz resuena dentro de nosotros, y sabemos lo que Él quiere. Y si no lo sabemos, y no podemos bajo ningún concepto saberlo, sólo nos queda suplicarle:

Oh, mi Señor, quiero ser un hombre bueno, mas no puedo.

La persona recta de intención se preocupa, ante todo, de realizar acciones auténticas y buenas que agraden al Señor. No querrá nunca hacer el mal.

Dios, en su sabiduría, no nos concede una conciencia errónea. Porque quiere que todos nos salvemos.

Nos concede una conciencia capaz de conocer su Ley, abierta a la luz de nuestro entendimiento en sus principios más fundamentales. Y si sucede que la conciencia de los hombres es errónea, es porque ocurre que el pecado en que se vive la ofusca y entenebrece culpablemente.

Puede suceder sin embargo que una persona de recta intención, que desea hacer el bien, no puede conocer algún principio moral necesario para actuar bien, y por más que ha buscado la verdad,con esfuerzo limpio y sincero, no ha conseguido esta luz.

En esta caso, cuando no hay negligencia ni despreocupación por informar al entendimiento del principio recto de acción, se puede decir que hay conciencia errónea. La persona no tiene culpa de errar.

Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado. (Gaudium et Spes, 16).

Es decir, la costumbre de pecado habitual entenebrece la conciencia culpablemente.

No, Dios no nos concede una conciencia errónea. Somos nosotros los que entenebrecemos nuestra conciencia. Y es que, cuando tenemos afición a pecar, no nos interesa la verdad.

El error claro y distinto, no querido, no generado por esa oscuridad que el pecado deja en nosotros, no menoscaba nuestra dignidad. Pidamos al Señor que nos perdone por esos pecados que cometimos en la ignorancia de su valor moral, por si acaso fuimos negligentes en averiguar la verdad del mismo. Perdóname, Señor, porque he sido negligente en el conocimiento de tu ley.

En un precioso discurso, Juan Pablo II nos ilumina sobre la relación que existe entre la conciencia y la Verdad del Magisterio, en el contexto de la malicia anticonceptiva. Es tan hermoso el texto, que no me puedo resistir a copiarlo íntegramente.

La Encíclica Humanae vitae y los problemas doctrinales o pastorales relacionados con ella - 12/11/1988 -

a los participantes en el II Congreso Internacional de teología moral


Juan Pablo II

Colaboración entre los Pastores y el mundo de la ciencia

1. Con vivo gozo os dirijo mi saludo, ilustres profesores, y todos los que habéis participado en el Congreso internacional de teología moral, que ahora concluye. Mi saludo se extiende al señor cardenal Hans Hermann Groër, arzobispo de Viena, y a los representantes de los Caballeros de Colón, que con su ayuda generosa han hecho posible la celebración del Congreso. Una palabra de complacencia también para el Instituto de Estudios sobre matrimonio y familia de la Pontificia Universidad Lateranense y al Centro Académico Romano de la Santa Cruz, que lo han promovido y realizado.

El tema del que habéis hablado en estos días, queridos hermanos, estimulando vuestra profunda reflexión, ha sido la Encíclica Humanae vitae , con la compleja red de problemas que están relacionados con ella.

Como sabéis, en los días pasados se ha realizado una asamblea organizada por el Pontificio Consejo para la Familia, en el que han participado, representando a las Conferencias Episcopales de todo el mundo: los obispos responsables de la pastoral familiar en las respectivas naciones. Esta coincidencia, no casual, me ofrece de inmediato la oportunidad de subrayar la importancia de la colaboración entre los Pastores y los teólogos y, más en general, entre los Pastores y el mundo de la ciencia, con el fin de asegurar un apoyo eficaz y adecuado para los esposos comprometidos en la realización dentro de su vida, del proyecto divino sobre el matrimonio.

Todos conocéis la explícita invitación que se hace en la Encíclica, Humanae vitae a todos los hombres de ciencia, y de modo especial a los científicos católicos, para que, mediante sus estudios, contribuyan a aclarar cada vez mas a fondo las diversas condiciones que favorecen una honesta regulación de la procreación humana (cf. n. 24) . También yo he renovado esta invitación en diversas circunstancias, pues estoy convencido de que el trabajo interdisciplinar es indispensable para una adecuada aproximación a la compleja problemática referente a este delicado sector.

Valor casi profético de la Encíclica "Humanae vitae"

2. La segunda oportunidad que se me ofrece es la de testificar los alentadores resultados ya alcanzados por los muchos estudiosos que, en el curso de estos años, han hecho progresar la investigación en esta materia.

Gracias también a su aportación ha sido posible sacar a la luz la riqueza de verdad, y más aún, el valor iluminador y casi profético de la Encíclica paulina, hacia la que dirigen su atención, con creciente interés, personas de los más diversos estratos culturales.

Incluso es posible constatar indicios de replanteamiento en los sectores del mundo católico, que inicialmente fueron un poco críticos respecto a este importante documento. En efecto, el progreso en la reflexión bíblica y antropológica ha permitido aclarar mejor las premisas y significados de la Humanae vitae.

Hay que recordar, en particular, el testimonio que ofrecieron los obispos en el Sínodo de 1980: ellos, "en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro", escribían que hay que mantener firmemente "lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 50) y después de la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida" (Humanae vitae, 11 y cf. 9 y 12 )" (Prop., 22).

Este testimonio lo recogí, posteriormente, en la Exhortación post-sinodal Familiaris consortio, volviendo a proponer, en el contexto más amplio de la vocación y de la misión de la familia. La perspectiva antropológica y moral de la Humana vitae, así como la consiguiente norma ética que se debe deducir para la vida de los esposos.

Doctrina no sujeta a discusión

3. No se trata, efectivamente, de una doctrina inventada por el hombre: ha sido inscrita por la mano creadora de Dios en la misma naturaleza de la persona humana y ha sido confirmada por Él en la Revelación.

Ponerla en discusión, por tanto, equivale a refutar a Dios mismo la obediencia de nuestra inteligencia. Equivale a preferir el resplandor de nuestra razón a la luz de la Sabiduría Divina, cayendo, así, en la oscuridad del error y acabando por hacer mella en otros puntos fundamentales de la doctrina cristiana.

Es necesario recordar, al respecto, que el conjunto de las verdades, confiadas al ministerio de la predicación de la Iglesia, constituye un todo unitario, casi una especie de sinfonía, en la que cada verdad se integra armoniosamente con las demás.


Los veinte años transcurridos han demostrado, al contrario, esta íntima consonancia: la vacilación o la duda respecto la norma moral, enseñada en la Humanae vitae, ha afectado también a otras verdades fundamentales de razón y de fe. Sé que este hecho ha sido objeto de atenta consideración durante vuestro Congreso, y sobre él quisiera ahora atraer vuestra atención.

Moral y Magisterio de la Iglesia

4. Como enseña el Concilio Vaticano II, "in imo conscientiae legem homo detegit, quam ipse sibi non dat, sed cui oboedire debet... Nam homo legem in corde suo a Deo inscriptam habet, cui parere ipsa dignitas eius est et secundum quam ipse iudicabitur" ("En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente") (Gaudium et spes, 16).

Durante estos años, como consecuencia de la contestación a la Humanae vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia creadora de la norma moral. De esta forma se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en la que se funda la misma dignidad del hombre.


La conciencia es, efectivamente, el "lugar" en el que el hombre es iluminado por una luz que no deriva de su razón creada y siempre falible, sino de la Sabiduría misma del Verbo, en la que todo ha sido creado. "Conscientia" -escribe también admirablemente el Vaticano II- "est nucleus secretissimus atque sacrarium hominis, in quo solus est cum Deo, cuius vox resonat in intimo eius" ("La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella.")(Gaudium et Spes, 16)

De aquí se derivan algunas consecuencias, que conviene subrayar.

Ya que el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia, apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica del Magisterio y de la conciencia moral. Hablar de la inviolable dignidad de la conciencia sin ulteriores especificaciones, conlleva el riesgo de graves errores. De hecho, es muy diversa la situación de la persona que, después de haber puesto en acto todos los medios a su disposición en la búsqueda de la verdad, incurre en un error, de aquella que, en cambio, o por mera aquiescencia a la opinión pública mayoritaria, a menudo creada intencionadamente por los poderes del mundo o por negligencia, se preocupa poco por descubrir la verdad.


El Vaticano II nos lo recuerda con su clara enseñanza, "Non raro tamen evebit ex ignorantia invincibili conscientiam errare, quin inde suam dignitatem amittat. Quod autem dici nequit cum homo de vero et bono inquirendo parum curat, et conscientia ex peccati consuetudine paulatim fere obcaecatur. ("No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado".) (Gaudium et Spes, 16).

Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error, se encuentra el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza. Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña: si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez: si, en la duda, sigue más bien su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio.

Así, pues, al hablar en esta situación, de dignidad de la conciencia sin añadir nada más, no responde a cuanto enseña el Vaticano II y toda la Tradición de la Iglesia.

Santidad de Dios y dignidad del hombre

5. Estrechamente unido al tema de la conciencia moral, se encuentra el tema de la fuerza vinculante propia de la norma moral, que enseña la Humanae vitae .

Pablo VI, calificando el hecho de la contracepción como intrínsecamente ilícito, ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá, convertir un acto así en un acto ordenado de por sí. La existencia de normas particulares con relación al actuar intra-mundano del hombre, dotado de una fuerza tal que obligan a excluir, siempre y sea como fuere, la posibilidad de excepciones, es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que el teólogo católico no puede poner en discusión.

Aquí tocamos un punto central de la doctrina cristiana referente a Dios y el hombre. Mirándolo bien, lo que se pone en cuestión, al rechazar esta enseñanza, es la idea misma de la santidad de Dios. Él, al predestinarnos a ser santos e inmaculados ante Él, nos ha creado "in Christo Iesu in operibus bonis, quae preparavit..., ut in illis ambulemus" ("en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos".) (Ef 2, 10): estas normas morales son, simplemente, la exigencia, de la que ninguna circunstancia histórica puede dispensar, de la santidad de Dios en la que participa en concreto, no ya en abstracto, cada persona humana.

Además, esta negación hace vana la cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1, 17). El Verbo, al encarnarse ha entrada plenamente en nuestra existencia cotidiana, que se articula en actos humanos concretos, muriendo por nuestros pecados, nos ha re-creado en la santidad original, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intra-mundana.

Y aún más: esa negación implica, como consecuencia lógica, que no existe ninguna verdad del hombre que se sustraiga al flujo del devenir histórico. La desvirtualización del misterio de Dios, como siempre, acaba en la desvirtualización del misterio del hombre, y el no reconocer los derechos de Dios, como siempre, acaba en la negación de la dignidad del hombre.

La enseñanza de la teología moral: responsabilidad de los profesores

6. El Señor nos concede celebrar este aniversario para que cada uno se examine delante de Él, con el fin de comprometerse en adelante -según la propio responsabilidad eclesial- a defender y profundizar la verdad ética que enseña la Humanae vitae.

La responsabilidad que pesa sobre vosotros en este campo, queridos profesores de teología moral, es grande. ¿Quién puede medir el influjo que vuestra enseñanza ejerce tanto en la formación de la conciencia de los fieles como en la formación de los futuros Pastores de la Iglesia? En el curso de estos años, desgraciadamente, no han faltado, por parte de un cierto número de docentes, formas de abierto disenso respecto a cuanto ha enseñado Pablo VI en su Encíclica.

La celebración de este aniversario puede ofrecer el punto de arranque para un valeroso replanteamiento de las razones que han llevado a estos estudiosos a asumir tales posiciones. Entonces se descubrirá. Probablemente, que en la raíz de la "oposición" a la Humanae Vitae hay una errónea, o al menos insuficiente, comprensión de los fundamentos mismos sobre los que se apoya la teología moral. La aceptación crítica de los postulados propios de algunas orientaciones filosóficas, y la "utilización" unilateral de los datos que ofrece la ciencia, pueden haber apartado del camino, a pesar de las buenas intenciones, a alumnos intérpretes del documento pontificio.


Es necesario, por parte de todos, un esfuerzo generoso para aclarar mejor los principios fundamentales de la teología moral, teniendo cuidado -como ha recomendado el Concilio- de que "su exposición científica, nutrida con mayor intensidad de la doctrina de la Sagrada Escritura, muestre la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo» (Optatam totius, 16).

Iniciativas pastorales

7. En este esfuerzo, un notable impulso puede proceder del Pontificio Instituto para los estudios sobre el matrimonio y la familia, cuyo fin es precisamente el mostrar "siempre con más claridad, utilizando un método científico, la verdad del matrimonio y de la familia", y ofrecer la posibilidad a los laicos, religiosos y sacerdotes, de "conseguir en este campo una formación científica tanto filosófico-teológica como en las ciencias humanas», que los haga idóneos para actuar con eficacia al servicio de la pastoral familiar (cf. Const. Ap. Magnum matrimonii, 3).

Además, si se quiere que la problemática moral, relacionada con la Humanae vitae y con la Familiaris consortio, encuentre su justo lugar en el importante sector del trabajo y de la misión de la Iglesia, que es la pastoral familiar, y suscite la respuesta responsable de los mismos laicos como protagonistas de una acción eclesial que les afecta tan de cerca, es necesario que institutos como éste se multipliquen en los diversos países: sólo de esta forma será posible hacer progresar la profundización doctrinal de la verdad y predisponer las iniciativas de orden pastoral en forma adecuada a las exigencias que surgen en los diversos ambientes culturales y humanos.

Es necesario, sobre todo, que la enseñanza de la teología moral, en los seminarios y en los institutos de formación, esté conforme con las directrices del Magisterio, de modo que surjan ministros de Dios, que "hablen del mismo modo" (Humanae vitae, 28 ), sin disminuir "en nada la saludable doctrina de Cristo" (Humanae vitae, 29 ). Se apela aquí al sentido de responsabilidad de los profesores, que deben ser los primeros en dar a sus alumnos el ejemplo de "un obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia" (Humanae vitae, 28 ).

8. Viendo tantos jóvenes estudiantes -sacerdotes y no sacerdotes- presentes en este encuentro, quiero concluir dirigiéndoles un particular saludo.

Buscar la verdad, venerarla y obedecerla

Uno de los profundos conocedores del corazón humano, San Agustín, escribió: "Haec est libertas nostra, cum isti subdimur veritati" (De libero arbitrio, 2, 13, 37). Buscad siempre la verdad: venerad la verdad descubierta, obedeced a la verdad. No existe el gozo fuera de esta búsqueda, de esta veneración, de esta obediencia.

En esta admirable aventura de vuestro espíritu, la Iglesia no es un obstáculo: al contrario es una ayuda. Alejándoos de su Magisterio, os exponéis a la vanidad del error y a la esclavitud de las opiniones: aparentemente fuertes, pero en realidad frágiles, pues sólo la Verdad del Señor permanece eternamente.

Invocando la asistencia divina sobre vuestro noble esfuerzo de buscadores y apóstoles de la verdad, imparto a todos, de corazón, mi bendición.


Joannes Paulus pp. II


domingo, 3 de octubre de 2010

De la unidad del género humano II



¿Cómo pudo Cristo merecer por nosotros?

Si el mérito es un efecto personal de un acto bueno individual, ¿cómo es que podemos aplicarnos nosotros los méritos personales de Cristo?

Por la unidad del género humano, en primer lugar. Cristo, como perfecto hombre, comparte con nosotros la naturaleza humana.

La naturaleza humana en Adán sufrió la herida. La naturaleza humana en Cristo disfrutó la Sanación.

"Como todos mueren en Adán, todos en Cristo han de recobrar la vida " 1 Corintios 15, 22.

En segundo lugar, por la unidad de todos los miembros del Cuerpo Místico, del que formamos parte, por la Gracia Santificante. Los miembros participan de los bienes de la Cabeza (Romanos 12, 4; 1 Corintios 12, 12; Efesios 4, 15 y 5, 23)

"La cabeza y los miembros pertenecen a la misma persona; siendo, pues, Cristo nuestra cabeza, sus méritos no nos son extraños, sino que llegan hasta nosotros en virtud de la unidad del Cuerpo Mïstico (Santo Tomás, Sent. 3)



Es falso afirmar que los méritos de Cristo, por ser de infinito valor, se extienden sin más a todos. Porque es necesaria la cooperación humana movida previamente por la Gracia.

De poco sirve al enfermo disponer de la medicina si no desea curarse.

De la unidad del género humano

De lo que un hombre, por su naturaleza, es capaz, cualquiera lo es.

Pues todos tenemos la misma naturaleza humana.


De la unidad, por la naturaleza, del género humano en Adán, se desprende que todos podemos, como él, desobedecer a Dios.

De la unidad, por la Gracia Santificante, en Cristo, en su Cuerpo, todos podemos realizar acciones sobrenaturales meritorias de Gloria, con Él, por Él, y en Él. Como Él.

Antes de la redención de Cristo el ser humano no era capaz de vida sobrenatural meritoria de Gloria. Estaba inhabilitado para ello, enemistado con Dios.

De ese estado era preciso salir de tal manera que lo que hiciera un hombre, pudiera hacerlo todo hombre. De forma que todos, y no unos cuantos, pudieran tener acceso posible a la nueva habilitación. Para que todo hombre fuera capaz de Gloria, uno debía serlo.

He aquí, entonces, que Dios nos envía a su Hijo para que haga, por nosotros, lo que necesitábamos que hiciera un hombre para poder hacerlo todos. Más era de tal magnitud la empresa, que ningún hombre podía hacerlo. Así, Jesús, en cuanto Dios y Hombre, pudo hacer lo que debía hacer un hombre, pero sólo podía hacer Dios.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La felicidad y la Cruz.

En el blog longinos-opinionesdeunconverso.blogspot.com/ he leído una buena reflexión sobre el tema de la felicidad que creo da en el clavo de algunos aspectos de este problema.

Es un asunto de importancia. Confieso que me he preguntado a menudo qué relación tiene este tema con el de la vida cristiana y su fin, la santidad.

A raíz de la lectura de esta entrada de Longinos he estado reflexionando toda la mañana sobre ello. Y he lanzado una mirada al mundo descristianizado de hoy.

Un mundo en que la cruz es escándalo y horror. Un mundo en que la enseñanza verdadera de la Iglesia es vista como una cruz.

Si lanzamos una mirada a la sociedad que nos rodea, ¿qué observamos? El imperio de la subjetividad: la búsqueda de la felicidad subjetiva, entendida como gratificación emocional y contento de la voluntad propia en el presente acontecer terreno; es un empeño universal, obsesivo. Todo el mundo quiere ser feliz (conseguir sus sueños) a toda costa.
Realizar sus sueños, sus anhelos, vivir aquello que le hace sentirse mejor, aquello con lo que se identifica. Es lo contrario del imperativo del Señor: negarse a sí mismo.

La ética de hoy está subordinada a la idea de felicidad subjetiva inmanente. Es decir, proyectada sobre el tiempo terreno. Porque es la subjetividad el principio que rige la vida de la persona.
La Iglesia, sin embargo, nos enseña a no dejarnos guiar por el sentimiento y su anhelo de contento subjetivo y terrenal, sino por Dios, y su proyecto de dicha objetiva y eterna, de destino final dichoso para el hombre, más allá del sufrimiento subjetivo que pueda causarle realizar en vida dicho plan.

El sufrimiento se mira con horror.
La renuncia, el sacrificio se mira con horror.
La ley natural objetiva y universal, que pone trabas de conciencia a hacer cosas que nos contentan, se mira con horror. La conciencia se mira con horror.

La cruz que hemos de abrazar, para a continuación negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo, se mira con horror.

Lo que me contenta es lo bueno. Dios no puede querer que no consiga mis sueños. Este es el pensamiento universal de la sociedad del bienestar y sus valores mundanos. También existe una espiritualidad mundana, adulterada, que consiste en proclamar la gloria de ser subjetivamente feliz y borrar la noción objetiva de pecado. Dios es el garante de nuestros deseos, no el legislador supremo. Legislamos nosotros en base a aquello que deseamos.

Si algo me contenta, no es pecado. Este es el fundamento subjetivo de toda valoración errónea. Porque se subordina el concepto de felicidad a estado subjetivo de felicidad.

Veamos algunos ejemplos de este tipo de falsas deducciones.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué voy a estar siempre abierto a la vida en mis relaciones conyugales? Tener uno o dos hijos me dará más felicidad que tener seis: menos trabajo, menos gasto, menos disgustos, más calidad de vida. Es mejor atiborrarme de anticonceptivos. Los anticonceptivos garantizan mi calidad de vida, es decir, mi felicidad. Luego los anticonceptivos son buenos y la enseñanza de la Iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué prolongar el sufrimiento de los enfermos sin esperanza de curación, a los que tengo que cuidar, lavar, cambiar, dar la medicación, atender durante la madrugada...? Es mejor una inyeccción. Así no sufren ni los enfermos ni sus cuidadores. Atender a un viejecito que ni siquiera me reconoce, y que vive como un vegetal, no es calidad de vida. Hay que poner fin a esta situación de infelicidad. Luego la eutanasia es buena, y la enseñanza de la Iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, y me enamoro profundamente de otra mujer que no es mi esposa, y puedo ser feliz con ella, ¿por qué vivir amargado con mi mujer, si puedo ser feliz? Luego el adulterio es bueno, y la enseñanza de la iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué tener un hijo no deseado, que sólo va a traerme disgustos, quebraderos de cabeza, sufrimiento? Es mejor abortar. Luego el aborto se debe permitir.

Etc. etc., etc.

Es decir, abunda en la mentalidad de hoy esta forma de razonar. Es una ética eudemónica, es decir, cuyo fundamento de valoración es la felicidad subjetiva que aporta.

Sin embargo, no hay que ir muy lejos en la lectura de la Escritura, o la vida de los santos, o las mismas y verdaderas enseñanzas de la Iglesia, para constatar que el camino de vida que nos recuerda la conciencia y nos propone Cristo es otro radicalmente distinto.

Nuestra vida no nos pertenece. Por tanto, el Plan de vida de nuestra felicidad no nos pertenece. Pertenece a Dios. Es Dios quien determina lo que puede o no hacernos felices. Dios, no nuestra subjetividad
Dios nos ha creado, redimido, conservado la vida hasta el día de hoy.
Si nuestro corazón late, es porque Dios quiere.
Nuestra vida de criatura pertenece a Dios. Nuestra felicidad pertenece a Dios. Dios es nuestra felicidad. Si se la robamos a Dios, y la proyectamos sobre las criaturas, ocurre el misterium iniquitatis, el pecado. Quitamos a Dios del centro de nuestra vida y nos ponemos a nosotros mismos como legisladores.

Dios nos crea según un Plan providente, en el que nuestra vida ocupar un lugar propio. Dios tiene algo previsto para cada uno de nosotros en orden a nuestra plena unión con él en su seno amoroso.

Las leyes objetivas que rigen nuestro ser (Ley natural) están dispuestas para realizar ese Plan de dicha eterna (no de efímero contento terrenal) Si ponemos cortapisas, el Plan fracasa, fracasamos nosotros.

Y creo que, por el misterio del pecado, el hombre puede ser aparentemente feliz en esta vida haciendo fracasar el plan de Dios. Será feliz en su subjetividad, pero no será dichoso. No será objetivamente feliz.

En la entrada de Longinos comentada al principio se hace referencia a una importante palabra: la dicha.

La dicha no es la felicidad.

La dicha no es sino la consecución de un bien. Dicha es lo mismo que destino bueno. Ese destino es el Cielo.

Felicidad es un estado subjetivo de contento emocional y sentimental. Pero si este contento pasajero y efímero esta separado del Plan providente de Dios, de la dicha (el bien) que Dios tiene pensada para nosotros desde toda la eternidad, se quedará en sólo eso, un gozo pasajero, que al morir, en el más allá, acompañará la eterna frustración de un Plan desbaratado.
La dicha es un bien objetivo que espera al ser humano en la otra vida (la Gloria) y que es anticipado en este (la Gracia)
Y por esta dicha hay que sacrificarlo todo, hasta la propia felicidad.
La felicidad mundana excluye la cruz. Pero sabemos, por Cristo, que la cruz es el camino de nuestra dicha.

martes, 21 de septiembre de 2010

Acción humana y moralidad

¿Cómo sabemos si un acto que realizamos es bueno o malo?

Veamos en primer lugar cuáles son las partes de un acto humano.

En primer lugar, el acto mismo en cuanto acto moral, es decir, su objeto. Un acto en cuanto a objeto de juicio de la conciencia puede ser bueno o malo.
A la valoración del acto como bueno o malo denominamos objeto del acto.
Aquí nos guía la conciencia: todos sabemos que mentir es malo, por ejemplo. Nunca es lícito realizar un acto cuyo objeto es malo. Pero en ocasiones tampoco es lícito realizar un acto cuyo objeto es bueno si son malos sus otros dos elementos.

La intención, en segundo lugar. Es la finalidad que persigue la persona al realizar ese acto, que puede coincidir o no con el objeto de la acción. Si la intención o fin es malo, vicia por completo la bondad del acto.

Aconsejar está bien (objeto bueno), pero se vicia y es malo si la intención es engañar y aconsejar un mal ( intención mala).

Rezar es bueno (objeto bueno) pero se vicia y es malo si la intención es pedir algo a lo que no tenemos ningún derecho o supone un mal para otros (intención mala)

Un buen fin o intención no puede convertir jamás una acción cuyo objeto es malo en bueno.

Por ejemplo, con el buen fin de ayudar a un amigo (fin bueno) no se puede mentir (objeto malo)

Con el fin bueno de aliviar el sufrimiento (intención buena) no se puede matar a una persona inocente (objeto malo)

Dice la Escritura: No deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (Romanos 8, 3)

Pero algo cuyo objeto es bueno, y su intención también, puede ser malo si las circunstancias no lo aconsejan:

Acudir a hacer obras de caridad a un pais del tercer mundo (objeto bueno) para ayudar a los pobres (fin bueno) es malo si para ello hay que abandonar a la familia y descuidar nuestros deberes con nuestro cónyuge e hijos (circunstancia mala)

El tercer elemento, las circunstancias. Suponen una serie de condicionantes al acto humano que influyen en su bondad o maldad. Hay circunstancias que atenúan o agravan la moralidad del acto. Y otras circunstancias que añaden connotaciones morales nuevas a las acciones.

Blasfemar, por ejemplo, es más grave si hay niños delante que si no los hay. Dar testimonio de nuestra fe es más meritorio si estamos en un ambiente hostil que si estamos rodeados de amigos que comparten nuestras creencias. Un anuncio con imagenes obscenas es más inmoral si se proyecta en una película infantil. Etc.

Por tanto, y resumiendo, podemos afirmar, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, que para que una acción sea buena es necesario que lo sean sus tres componentes: objeto bueno, intención buena, circunstancias buenas.

El bien nace de la rectitud completa.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La Madre de Europa


Estos días he estado trabajando en mi cuadro "La Madre de Occidente". Pincelada a pincelada, poco a poco, cuidando los detalles, voy avanzando sin prisa. Quiero plasmar a la Madre de Dios sentada, como en un trono, sobre las ruinas de la civilización occidental, junto al río de la vida. Las columnas en pie significa que todavía Europa tiene su identidad, si bien nuestra cultura parece que duerme entre las ruinas de su antiguo esplendor.
Todavía en boceto, me quiero dedicar a fondo a terminar la figura de la Santísima Virgen. Sus manos, sólo en borrador, su divino rostro, el cuerpo del Hijo, nuestro Salvador...
Es una idea antigua. Es la segunda vez que intento pintar esta idea. Tal vez ahora lo consiga!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Audaces fortuna iuvat

Audaces fortuna iuvat. Con esta convicción conquistó Cortés Tenochtitlán, que la fortuna ayuda a los audaces, y es cosa temeraria ser cobarde. Que todo sale mal al que teme y de su miedo es sirviente, y vive alquilado de sus imaginaciones. No te arredres, venga, sigue adelante, no allí, donde te aguarda lo tuyo, sino hacia aquel otro lugar, terrible, donde te espera el peligro. Mira que tienes la Cruz del Señor como signo, y con ella aun muriendo vences. Todo bien se dispone ante el audaz en Cristo, la Providencia todo lo abre y moldea al bien de los que aman a Dios, y en bien del creyente coopera el universo entero.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Más de Virtud

Qui amat animam suam, perdit eam. (Juan 12, 25) Es tanto mayor el riesgo a que nos exponemos cuanta mayor es la solicitud por protegernos, la preocupación por ponerse a uno mismo a buen recaudo. Olvidémonos y lancémonos al Corazón de Cristo para ser salvos; a mal rato paso firme; hay que plantarle cara al mal y su aliada, la imaginación. De nada tengamos pavor, y si acaso lo tenemos, reprimámoslo con furia, seamos hombres y no nos arredremos ni protejamos en exceso, como aquellos que no tienen en sus naves el emblema de Cristo, el que siempre vence.

Nunc coepi. Ahora comienzo, en cualquier momento puedo empezar a cambiar, nada está perdido, y aun en el último momento puedo poner las sombras del revés. Ahora, en este instante, abro la puerta y accedo a la Luz, disipo las tinieblas con la fuerza de Cristo y me apresto al combate. En este preciso momento comienza mi nueva vida. Liquido el pasado, entrego mi memoria al Señor, doy por clausurado el ayer y me libero en el Espíritu del lastre de las horas.

Potentíssimus est qui se habet in potestare (Séneca). El más poderoso varon es aquel que tiene poder sobre sí mismo. De aquí procede su victoria, la fuerza de su brazo. Es dueño y señor del acaso, rey de las circunstancias. Ganando o perdiendo no se descompone, antes bien se compone a sí mismo con la armonía de Cristo. Firme y heroico, planta cara al enemigo interior y apercibido del amor de Cristo domina toda potencia disgregadora, para que solo el hombre nuevo aflore en su humanidad.

martes, 31 de agosto de 2010

Santa Indiferencia

Las horas pasan y nos son tenidas en cuenta. Transeunt et imputantur, reza en la torre del reloj de aquella plaza. Nos recuerda que cada hora que se va podemos ser más o menos santos, a la medida de nuestra configuración con Cristo.

El tiempo se sucede como un río, que va a dar al mar, como canta el poeta en las Coplas a la muerte de su padre.

No hace mucho escribí unos versos en la iglesia, frente al Santísimo:

Entretando descendemos,
perecemos,
mas si en Cristo
nos transformamos,
en Vida infinita
rompemos,
desembocamos.

Mantengámonos firmes, ceñidos los lomos con la verdad, revestidos de la justicia (Efesios 6, 14)

Vayámonos identificándonos con Él, entretanto descendemos. Que nos arrastre el Río de su Vida.
Profundamente inmerso en esta corriente , durante la Consagración en la Santa Misa, pedía al Señor me hiciera su siervo, me obligara a ser otro Cristo, ipse Christus, alter Christus.

No quiero ser río congelado que se detiene entre las peñas; no quiero descansar, sino romperme en olas de Vida hacia Ti, mi Señor.

Los errores se suceden, pero también la lucha. Qué importa todo, salvo alcanzar tu Mar de Luz, la Inmensidad de tu Gracia.

Que cuanto no me acerque a tu Santo Océano de Gloria me resulte indiferente, Señor. Que sólo así puede importarme todo, sólo así tendré deseo de perfección.

Hazme santo, Señor. Que no me importe nada, sino la santidad.

Te entrego el derecho que tengo a sentarme un momento y estar tranquilo. No quiero sino trabajar por Ti.

Transeunt et imputantur!

Las horas pasan, y no quiero que me encuentres detenido, descansando mientras a ti te entregan a la Cruz.

El tiempo pasa, y no vuelve.

Que siempre me encuentres volviendo a Ti, desembocando en Ti, trabajando por Ti, sin importarme nada en el mundo sino tu Gloria.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La moral de situación

Este error consiste en afirmar que el hecho de que un acto sea bueno o malo no lo determina una ley universal e inmutable (la ley moral) sino que se debe valorar en base a la situación personal (afectiva, anímica, histórica, cultural, etc.) en que el individuo se encuentre.

Se recurre a este error para justificar acciones malas cuando se dice, por ejemplo:

-En tu situación, eso no es pecado.
-Para ti, en este momento, eso está bien.
-Teniendo en cuenta las circunstancias, tuviste que hacerlo.
Etc., etc.

Juan Pablo II corrigió este error, advirtiendo que "existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave" (Reconciliación y penitencia, 18).

Nunca, por tanto, es lícito realizar acciones intrínsecamente malas, por muy delicada que sea la situación de la persona; de esta manera, acciones malas que se justifican apelando a la situación personal del individuo, son siempre ilícitas: por ejemplo, abortar.

La moralidad de un acto no depende del estado anímico de la persona que realiza dicho acto. Depende de un valor objetivo: su adecuación o no a la ley moral.

Es más, hay situaciones en que debemos sacrificarlo todo, incluída la propia vida, con tal de no realizar una acción mala, sean cuales fueren las circunstancias en que nos encontremos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Falsas ideas sobre moral

A nuestro alrededor se difunden algunas ideas falsas respecto a la moralidad de los actos humanos que debemos ser capaces de advertir.

Creo que las más importantes, por masivas, son cuatro:
1.- Moral de actitud.
2.- Moral de situación.
3.- Moral de autonomía.
4.- Moral de mínimos.

MORAL DE ACTITUD
Este error consiste en afirmar que lo fundamental es la actitud general de la persona, no sus actos aislados. Se afirma que lo importante es que la persona adopte una opción fundamental de creencia en Dios, de compromiso, y que el cristianismo no es una moral puntual de hechos en sí, sino una forma de vida en actitud de amor.

A este error hay que oponer lo siguiente:

Los actos concretos que realizamos cada momento, cada día, tienen una enorme relevancia para nuestro proceso de perfeccionamiento moral, porque Dios quiere, además de nuestra buena actitud de compromiso con Él, las buenas obras que lo corroboren(Sant. 3, 17-18)

Por otra parte, la libertad humana está herida por las huellas del pecado original y ofuscada por la concupiscencia. Por esto, es necesario ir enderezando nuestra voluntad a Dios mediante actos libres que hagan de la fidelidad puntual a sus mandamientos un acto constante de entrega.

El Magisterio de la Iglesia desautorizó la moral de actitudes en "Reconciliación y Penitencia", 17, de Juan Pablo II, afirmando que: "se comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiendo y queriendo, elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado".

No basta la actitud de amor a Dios, hay que confirmarla constantemente con obras, enderezándonos perseverantemente a Él mediante la realización de actos buenos que confirmen en el espacio y el tiempo de nuestra vida mortal nuestra obediencia a Sus mandamientos.

En definitiva, la opción fundamental de amor a Dios no justifica la realización de actos malos puntuales, pues el acto malo es un rechazo de Dios.

Las personas no nos decidimos por Dios en un solo acto y opción, sino en multitud de actos que realizamos en el tiempo y el espacio de nuestra existencia continua, y así lo largo de todas las encrucijadas morales de nuestra vida, en que hemos de elegir a qué Señor servimos con nuestros actos.

Cualquier acto humano es un acto moral, y por ello todo cuanto hagamos supone un motivo de elección. Que sea Cristo, siempre, la razón de nuestros actos.

sábado, 14 de agosto de 2010

Nuevos aciertos de la virtud

Substine et abstine. Soporta y abstente. Quema deseos, anhelos vehementes en tu interior, acostúmbrate a arder, a renunciar, a perder, a partirte la quilla cerca de la costa del mundo, en el temporal, para arribar al puerto del Cielo, tu puerto perfecto y único. Que te sea indiferente perder o ganar, excepto el alma, en una pura indiferencia sobrenatural. No te acomodes a este mundo. Acostúmbrate a no tener cuanto deseas de él, cuanto anhelas de la tierra durante el día o la noche. Vive sólo de Cristo, desea sólo a Cristo, gana sólo a Cristo, y nunca lo pierdas por nada del mundo.

Age quod agis. Haz bien cuanto hagas. Sé recio en tu perfección, bravo en tu hacer, soldado de la voluntad de Dios. No tengas tu alma a los pies de otra tarea que aquella que tienes entre manos, no te toque el crepúsculo y compruebes, entre tus manos, la nada, la sombra de lo omiso, la elipsis del mal. Mira que sólo cuanto está perfectamente hecho educa y tiene fondo de verdor, en que pueda prosperar, potente y sólido, la Luz de toda sustancia.

Non est qui faciat bonum non est nec unus (Sal 15, 3 ) No hay quien haga el bien, no hay ni uno solo. Y no te importe; antes bien, yérguete, empújate al bien, no te vengas abajo porque ni uno solo se apreste contra el mal y al Padre alce el rostro diciéndole: mi corazón está a punto para Ti, mi Señor. Que no te importe estar solo y caminar solo; antes bien, prepara tu alma y tu cuerpo para un combate que durará mientras vivas. Que si te oprimen con burlas o te amenazan con afrentas, más seguro y firme en Cristo estarás, y más sereno que todos los amaneces del mundo.

domingo, 8 de agosto de 2010

Plegaria del pobre de espíritu


El salmo 101 (Vg.) comienza anunciando qué somos cuando, conscientes de nuestra poquedad, dirigimos humildemente nuestra mirada a Dios : Oración del pobre cuando se hallare angustiado y derramare su súplica ante el Señor (Salmo 101, 1)

Es decir, somos pobres, y estamos enfermos.

Cuando nuestro corazón busca al Dios vivo somos el pobre que derrama su plegaria a los pies de Cristo. Nos reconocemos enfermos, y necesitamos el Pan de Salud Eterna.

San Jerónimo nos recuerda, en su comentario de este salmo, que el Señor nos escucha y nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu (Mateo 5, 3)

Somos pobres cuando aceptamos que nos falta todo cuando no tenemos a Cristo. Quien no siente que le falta todo, es decir, Cristo, es rico. Porque cree que todo lo tiene.

El pobre recuerda sus pecados pasados, su riqueza pasada. Recuerda que creía tenerlo todo y no tenía a Cristo. Y siente angustia y clama al Señor y le suplica con toda su alma: No apartes de mí tu rostro (Salmo 101, 3).

Seamos pobres. Digámosle a Cristo: Señor, no tengo nada. No apartes de mí tu rostro, quiero tener tu mirada, tu mirada es mi salvación, que Tú me mires es mi esperanza y mi salud.

Tenemos hambre.

Como la ceniza en vez de pan (Salmo 101, 10). Cuando somos avaros de espíritu amasamos nuestro pan con ceniza, y enfermamos porque ese pan de tierra no alimenta. Y con llanto mezclaba mi bebida (Sal 101, 10) dice el salmista; nada nos satisface, ni el pan ni la bebida de dolor, que nunca calma la sed.

Ahora miro cuantas cosas hice y veo mi pobreza, y dirijo al Señor Jesús mi plegaria: dame de tu Comida y tu Bebida, para que me nutra de tu eternidad. Digo esto, Señor, porque considero mi pobreza sin Ti, que nada tengo si no te tengo a Ti.

Pues necesito la fuerza de Dios para permanecer en pie. Cuantas veces me levante sin tu Alimento de Vida, volveré a caer. Después de haberme levantado, volviste a abatirme (Sal 101, 11)

Sé lo que quiere el Señor: mantenerme en pie no con mis fuerzas, sino con la Suya. Porque no tengo nada que llevarme a la boca que me de auténtica fuerza, y soy pobre. Y es así, desde esta pobreza, como puedo clamar: aliméntame, Señor mío y Dios mío, y seré bienaventurado.

martes, 3 de agosto de 2010

Cristo, mi Señor


Cristo es el Señor. No cualquier señor. Es el Señor que ama a sus siervos y da la vida por ellos.
Cristo es el Señor.

Es verdad que Cristo es amigo, pero es Señor.

Es verdad que Cristo es hermano, pero es Señor.

Yo quiero amar a Cristo con reverencia, besar sus sandalias, el polvo que pisa. Quedarme a esperarle, a atenderle, frente a Él.

Me arrodillo ante el Señor porque le debo la Vida, mi vida está en sus manos, el latido de mi corazón, el pulso de cada día.

El amor que profeso a quien amo, se lo debo a Él. Como todo.
Pues nada puedo hacer sin Él (Juan 15, 5)
Cristo es todo.
A un lado del camino quiero esperarle. Donde no me vea a mí mismo, para no gloriarme sino de amarle a Él.

sábado, 31 de julio de 2010

Cuando soy débil

Los cristianos somos atletas que nos gloriamos de ser débiles.
Atletas que cuanto más débiles se reconocen, más fuertes son.
Esto nos dice el apóstol: "Pues cuando flaqueo, es cuando soy fuerte" (2 Corintios 12, 10)
Corramos, reconociéndonos débiles, para alcanzar la santidad. Pero corramos de tal manera que alcancemos el premio (1 Corintios, 9, 24)
Así lo alcanzamos: cuando corremos con una fuerza que nos es nuestra, porque es Suya.

Y de qué premio nos habla el Espíritu Santo, a través del apóstol! De un premio inmarcesible.
Como atletas que disciplinan su cuerpo y se abstienen de todo para obtener una corona incorruptible, así hemos de luchar, de correr esta carrera (1 Corintios 9, 25).

A la manera de atletas de Cristo, cuya fuerza no proviene de ellos mismos, sino de Aquel que les envía a la carrera y les provee de todo cuanto necesitan para ganarla.
Gloriémonos, pues, de nuestra debilidad (2 Corintios 11, 30) para que la fuerza de Dios, que es Cristo, nos empuje hacia la meta. Dios nos nutre de sí, nos alimenta de su Pan de Fuertes, que es Cristo, a través de su Cuerpo.

Escuchad lo que nos dice nuestro Señor, Jesús, en 2 Corintios 12, 9: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza".
La fuerza de Dios, el Santo Señor Jesús, es nuestra Fuerza, la Gracia que nos basta para correr y ganar ese premio incorruptible.

lunes, 26 de julio de 2010

Anunciación


Humana flor
y mar lejano, pasas,
frescor suave,

sobre lo esplendoroso.

Tu estancia florece, tiempo
azul, con el brotar azul
de los albaricoques.

Quiero cantar tu alma
desde lo más profundo,
en que la Voluntad del Padre
se enciende sobre nosotros
como el romper de olas
surgidas desde ti.

Resuena en mí
la hondura que florece,
canto y Madre, sueño y sol,
María,

erguida en tu primavera.

jueves, 22 de julio de 2010

La más candente Cima

Nosotros amamos la Jerarquía
de la Luz, la ordenación que la Verdad
instaura en las cosas:

Amamos la Autoridad
con que brotan las flores,
de la que surge un mundo
de tonante obviedad.

Amamos las cosas oscuras
a salvo de la opinión,
en cuya sombra abrasarnos en llamas
de gozosa claridad.

Amamos la dureza
de la forma a fuego puro,
en cuyo yunque descubrir
la verdadera Forma:

Pues si es Verdad y Luz
la sangre verdadera
del verdadero sangrar.

Y si es pureza y jerarquía
la candente formación
del verdadero Formar,

la realidad total que amamos
es la preciosa Realidad
que es Una y Trina y fulge Toda
y forja en nosotros nuestro Amar,

Y forja a fuego puro nuestro ser:

Aquel que realizamos con temblor y hondura
en la más candente cima del Sangrar:

La más candente cima del Saber.





martes, 20 de julio de 2010

SOBRE EL DESTINO DEL MUNDO


Sobre unos dientes enormes de acero
caminan los niños que no nacerán.
Se vuelven sus filos rojizos
hacia la carne del alma nonata.

Devoran las olas del mar
con fauces de un tiempo insaciable,
como un vacío
de espinas de presa y de caza
que interna maldito
su sombra hacia Dios.

Como un silencio de ramas no blancas
en cuyo seno no brota jamás el Milagro,
transcurre su luz
hacia el destino del mundo.


A las víctimas del aborto

viernes, 16 de julio de 2010

Un tesoro escondido

Esta es la historia de una carta. Una historia que sucedió en Navidad. Yo vivía inmerso en la fiebre consumista de esos días, sufriendo una rutinaria depresión que sentía como normal en mi vida. Tenía veintipocos años, y había sufrido tanto en mi infancia que la Navidad se me aparecía como un insulto. Este era el razonamiento: Celebrar la Navidad es propio de gente que no ha sufrido.

Aún no conocía a mi esposa. De hecho, no conocía apenas a nadie. Con este ánimo se me ocurrió irme unos días fuera de la ciudad, a un pueblo de la sierra, solo, para olvidarme de todo y dedicarme a leer. Así, llené mi maletín de piel marrón con libros de poesía y de filosofía, hice la maleta, y me marché de allí.

Me alojé en una modesta pensión en la que apenas paraba, dedicado como estaba a leer y releer poesía por los miradores de aquel camino de enebros y plátanos centenarios, en la placidez de piedra de aquellas plazas vetustas de pueblo. Me impresionaba la belleza arquitectónica de sus callejuelas, por las que parecía no pasar el tiempo técnico de hoy, y el ambiente navideño arcaico y provinciano que reinaba en aquel lugar. Parecía que la sociedad consumista y las navidades de papá Noel no hubieran llegado todavía a aquel pequeño municipio azul.

También me sorprendió la delicadeza y ternura del rostro de la muchacha que limpiaba las habitaciones de la pensión, con la que me crucé por el pasillo un par de veces. Debía tener unos dieciséis años. Llevaba los útiles de limpieza con la cabeza baja y su cuerpo esbelto y erguido, apenas oprimido aún por aquella vida de esfuerzo y monotonía.

Una noche me encontraba bastante triste, no sólo por algunos problemas concretos y oscuros que me hacían sufrir, sino por una insatisfacción personal profunda acerca de mi propia existencia. Entonces, escribí un pequeño poema que reflejaba ese estado de ánimo y me dormí. A la mañana siguiente, muy temprano, me levanté y fui a pasear por el pueblo. Era mi último día allí.
Recorrí las calles húmedas de rocío. Estuve recordando y recordando escenas dolorosas de mi vida, que no podía apartar de la mente. Me asomé a una balaustrada que, en la plaza del ayuntamiento, daba a un precipicio de magnolios en flor y cedros gigantescos.

No pude evitar que saltaran lágrimas a mis ojos. En algún momento, una golondrina voló cerca de mí y se detuvo ante mis ojos, a un palmo... parecía que volaba junto a mi corazón, para comunicarme algún mensaje del Cielo.

Volví mis pasos hacia la pensión. Eran las cuatro de la tarde, y llevaba todo el día fuera, ni siquiera había comido. Cuántas cosas habían pesado sobre mí... En la habitación guardé los papeles y libros, ropa y demás. Cerré la maleta, pagué la habitación y me dispuse a salir hacia la estación de autobuses.

Mientras esperaba el autobús abrí el bolsillo lateral de la maleta, tomé un libro de poemas de Hölderlin, y leí:

Donde hay peligro
crece lo que nos salva
.

Subí al autobús y emprendí la marcha hacia la ciudad. Oscureció muy pronto. Las colinas cobrizas de la sierra, salpicadas de olivos, me parecían vestidas por medias de luto, medias sobrias y austeras que cubrían piernas de arena de oro puro y tierras lunares de cultivo; cuadro dorado y de plata, en un marco de madera de siglos de arado, sudor viril, mujeres que sufren y saben trabajar la hoz.

De pronto, una golondrina cruzó frente a mí por la ventanilla del autobús; parecía casi detener su vuelo, durante el movimiento, para acompañarme en el viaje.

Entonces sentí un impulso de abrir el bolsillo lateral derecho de la maleta... introduje la mano... buscando tal vez un libro... y encontré...un sobre.
¡Un sobre desconocido!

Qué extraño, quién lo habría escondido allí. Alguien había estado registrando mis cosas, se había atrevido a abrir la maleta... abrí el sobre.

Era una carta escrita a máquina, con muchas faltas de ortografía, pero mensaje muy claro. La leí:

He estado leyendo tus poemas. Son tristes, pero nobles. Te he estado observando, y veo en ti un alma sufriente que busca, sin saberlo, algo que ya ha encontrado; la vida es hermosa, pero te empeñas en permanecer en tus mismos errores de siempre, y eres esclavo de tu dolor. Debes alzar el vuelo como una golondrina, sin que te perturbe nada. ¿Cómo? Es Navidad. Olvídate de las tiendas, de las gentes que compran y compran, del consumismo, de la vulgaridad de la televisión y de tantas cosas...encuéntrale a Él, el verdadero Tesoro, EL Niño Dios. Viaja con tu espíritu a Belén, acompaña a los pastores y a los Magos y a los ángeles a visitar al Redentor. Este es el regalo de Navidad que te ofrece alguien que te ha estado observando sin que tú lo supieras. Busca el tesoro, y verás todo de una manera nueva.

Era increíble. ¿Quién era aquella misteriosa enviada del cielo que había introducido aquella carta en mi maleta? De repente, la imagen de la muchacha de la limpieza vino a mi mente. Y comprendí. Aquellas veces que me crucé con ella por el pasillo, que la miré sin mirarla; algo especial había en su semblante, algo especial emanaba de ella... de ella emanaba Jesús.

Y me di cuenta de todo: del cariño gratuito con que limpiaba mi cuarto, del cuidado con que arreglaba y ordenaba los papeles de mi mesa, cómo me doblaba la ropa, sin tener por qué... del amor que ponía en su trabajo... sin obligación alguna de hacerlo.... por mí.

Me sentí culpable por tanta amargura monótona y vetusta como la plaza de la fuente de aquel pueblo. Aquella muchacha tan joven y trabajando tanto, tal vez, seguro había sufrido más, mucho más que yo. Era obvio, por sus incorrecciones ortográficas, que no tenía estudios; causaba indignación los malos modos que el dueño de la pensión gastaba con ella... y el poco respeto que le guardaban los clientes de la hospedería:

—Niña—le gritaban—tráeme el whisky.
—Niña, caliéntame el plato, que está frío.
—Niña, a ver si arreglas más rápido mi cuarto, que tengo cosas que hacer...

Y esta niña delicada y doliente me había aconsejado a mí, me había indicado el camino que debía seguir para salir del pozo en que me encontraba, como ese agua que el poeta decía que nunca, nunca desemboca.

Cuando llegué a la ciudad fui a la primera iglesia que encontré y me arrodillé frente al Señor. Bajo el altar, una imagen grande del Niño me miraba con ojos de indecible bondad, de entrañable amor. Era el tesoro escondido, el tesoro cierto y oculto que encontré en el campo, que encontré en un sobre.

Intenté rezar un Padrenuestro, pero no me acordaba. Desde que hice la primera comunión no había pisado una iglesia. Miré a los ojos de María, y me entraron ganas de llorar, pues me pareció ver en ella el rostro de la muchachita de la limpieza de aquella pequeña y perdida pensión, en un pequeño y olvidado pueblo de la sierra.

Y recé, con toda mi alma, mientras daba gracias al Dios de Belén...Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

lunes, 12 de julio de 2010

Cosas pequeñas y heroicas

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí estar llamado a cosas grandes y heroicas, pero era otro el camino que ideaste para mí.

La voz que en la mañana se despide con ternura; esa voz querías para mí. La dulce flor que un pequeño tiesto brota, esa flor querías para mí. La tierna mirada a unos niños que sufren y que anhelan... Esa mirada querías para mí.

Cosas que nunca se entienden ni se aceptan si no es con tu Gracia. Esas cosas querías para mí.

Las largas esperas de nueve meses y los largos sueños del bebé que duerme. Las suaves palabras de una madre que en su corazón todo lo tiene y se abre. Esas palabras, esas esperas querías para mí.

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí que estaba destinado a cosas grandes y heroicas, y ¡así ha sido! Tus cosas, Señor, tus cosas. Con ellas me has complacido, grandes cosas me has dado, Señor, pequeñas rosas en su tiesto azul, que riegas Tú, que eres su savia y su Luz. Pequeñas cosas heroicas con ojos de niña que llora, con ojos de esposa que adora, cosas grandes y heroicas bajo este sol del hogar, que todo lo alumbra y lo dora. Una empresa muy grande, ¡grandiosa!

Pues quiero seguirte. Adonde Tú vayas quisiera ir yo. Otros irán delante de mí, más cerca de Ti. Yo me conformo con seguirte, a paso lento, enredado en estas cosas, pequeñas, difíciles, heroicas. No puedo aspirar a otras. A lo mejor, en un descuido, alcanzo a tocarte, a rozar tu vestido y a mirarte, o a decirte: aquí estoy, mira, he intentado realizarlas aquí, detrás de Ti, en esta casa y a esta hora.

Cosas pequeñas y heroicas, Señor, que hago por Ti.

¡Teselas de tu mosaico infinito, inconmensurable, sin fin!

sábado, 10 de julio de 2010

Todo en Cristo

Habitamos en una esperanza. A nuestra lado, risas, la vida que pasa, la gente, con sus inquietudes, sus ambiciones, sus proyectos, sus bienes, sus secretos, sus deseos ocultos....

Permanezcamos en nosotros mismos, mirando directamente a Cristo. Permanezcamos en Cristo.

Muchos habitan en deseos, nosotros en esperanza. A nuestro lado, lágrimas, la vida que pasa y sigue pasando, la gente, con sus increencias, sus sueños incumplidos, sus alegrías, sus deseos abiertos a la luz del día y de la noche.

Nosotros permanezcamos en Cristo, nuestro único deseo, nuestro único sueño, nuestra única quietud, nuestro movimiento, nuestra alegría.

Nada queramos, deseemos, gustemos, sino a Él.

Mortifiquemos cuanto de terreno haya en nosotros (Colosenses 3, 5) en perfecta alegría sobrenatural, en gozo indestructible. Y todo cuanto hagamos de palabra o de obra, solos o entre la multitud, hagámoslo en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3, 17)

jueves, 8 de julio de 2010

Cristo, Voz

No podemos quedarnos callados. Creí, y por eso hablé (Sal 115, 10) ¿En qué creímos? Creímos en cuanto la Iglesia nos enseña que el Señor nos reveló. Si no creímos todo, no creímos, sólo opinamos, y si opinamos no hablaremos de Cristo. La Gracia antecede a nuestra palabra. Creí significa acepté la voz del Señor, me inundó su Gracia, por eso hablé. Si no creemos todo, no hablamos todo, no transmitimos todo Cristo. Cada vez que anunciamos la verdad del Señor le hemos creído previamente.
Confiar en Cristo antece a todo hablar de Cristo.
Sabemos que somos de barro, que el mal nos tienta y nos empuja. Pero hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas, en que el ser humano consiente y accede a ser barro, y se gusta siendo barro, y no quiere revestirse de luz.
Si no creemos de antemano a Cristo, no podremos anunciar a Cristo; creerlo totalmente, como Él quiere. Y Él quiere que creamos siendo miembros vivos de su Cuerpo, donde su Voz se oye con nitidez. Es en la iglesia donde oímos la Voz total de Cristo vivo, allí le oímos litúrgicamente, allí le creemos porque le oímos sacramentalmente.
La Liturgia es Voz sacramental del Verbo.
Hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas.,pero sólo podremos pronunciar la voz de Cristo si le creemos totalmente. Si no creemos una sola coma de la verdad eclesial de su Voz, hablaremos con lengua mentirosa. Señor, libera mi alma de los labios inicuos y de la lengua mentirosa (Sal 119, 2)
Que todo cuanto anuncie de Ti, Señor, se corresponda con todo cuanto me dices en la Iglesia, Cuerpo vivo de tu Voz, y diga tu verdad completa, sin traba, sin mancha, sin merma. Tal como Tú me la dices por la Gracia que antecede a todo hablar.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cristo, Fulgor

La Transfiguración ocupa el centro mismo del Evangelio. Su destello equilibra verdaderamente la Historia y la Escritura. El fuego de la unción enciende la Zarza Nueva que es Cristo.

Lo humano del Verbo refulge. No lo hace con luz ajena, sino propia. San Juan Damasceno nos enseña que el fulgor transfigurado de Cristo abre los ojos de los discípulos del Señor, los hace videntes.

Como Zarza Nueva, el Verbo se inflama para que veamos. Para que sepamos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divinidad (Col 2,9)

Nuestro Señor avanza. Sube el monte. Quiere, ante nosotros, traducirse a sí mismo. Quiere transparentar Quién es. Lo quiere Dios Uno y Trino, y por quererlo Dios, Jesús sube al monte y avanza hacia la traducción a luz pura de su realidad: es Dios. Miremos su divinidad.

Jesús avanza hacia el Padre y el Espíritu dibuja iconos de este encuentro en el semblante de todos los que le confesamos. Es el Paráclito quien viste al Señor de Luz, de blancor inusitado, absoluto, divino.

Moises y Elías se inclinan ante tanta Luz. "Hagamos tres tiendas". Ebrios de luz, queremos asentarnos en la realidad de Jesús, asentar nuestro cuerpo y alma en lo que vemos, en aquello que nos hace videntes, y gustarlo...

Ebrios de Luz, queremos entregar nuestra vida y revestirnos de su Amor.

sábado, 3 de julio de 2010

Oda a un momento de lectura en tu regazo

Como el hijo que al leer
apoya su pequeño brazo
en el regazo de su madre,
y unido a ella en su tacto

prosigue hasta el final
de la tarde su lectura,
así contemplo yo en tu abrazo
mi vida prolongada en la tuya.

Es un momento entrelazado
a otro momento, un transcender,
azul, a otro momento; una palabra que no es

sino un silencio de infinita levadura;
una Escritura de inefable precisión
que una misma carne se pronuncia.
Me he levantado con un deseo muy intenso de estudiar la Escritura. Así cumplo en mí la Voluntad de Dios, que quiere que sus hijos la mediten día y noche ( Sal 1, 2) Después de desayunar con mi esposa echo un vistazo a la prensa. Es fácil observar cómo se propaga la nada, cómo el mal domina en casi todos los aspectos de la vida tecnificada de hoy. Sólo allí donde se ora, donde está en comunicación con Dios, Uno y Trino, por Cristo, desde María, el mal se aparta, las tinieblas se disipan, los malos deseos del Maligno se enredan en su propia maldad y podemos ver la Luz que mana, como un Río de Vida, del trono de Dios y del Cordero (Ap 22, 1-2)

Señor, Tú eres mi ciudadela contra el mal (Sal 30, 3), para mi salvación. Mudaste mi dolor en gozo (Sal 29, 12).

Contemplando a mis hijas, pienso que el máximo bien que puedo desear para ellas es la santidad. Y me prometo hablarles de Cristo siempre, para que escuchen a Cristo a través de mi boca. Les enseño pasajes de la Escritura para que lo memoricen y afloren en su mente el día de mañana.

viernes, 2 de julio de 2010

Cristo, Savia



Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que el justo crecerá como una palmera, se alzará como cedro del Líbano (Sal 91, 13). Pero no en cualquier suelo, sino en la casa del Señor (Sal 91, 14 )

La casa del Señor es la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad (1 Tim 3, 15) Por el Bautismo, nos planta el Espíritu en los atrios fértiles del Dios Vivo, en ese suelo nutriente que es su Cuerpo, para que crezcamos como palmeras que fructificarán aun en la senectud, y estarán llenos de savia y verdor (Sal 91, 15)
La vida del Señor es la Gracia, esa savia sobrenatural que nos alza como cedros del Líbanos, la fuerza que nos hace erguir la cabeza (Sal 3, 4 )

Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que la persona lejana de Dios prospera como cedro frondoso, pero un cedro que se ve al pasar, pero no se ve al volver a pasar; tan pronto está como no está, lo buscamos y no lo encontramos (Sal 36, 35-36)

Nosotros, en Cristo, no seremos como esos árboles fantasmas que están y luego no están, como árboles que caminan sobre las tinieblas.
Seres eternos en su suelo, como palmeras de Gracia que enraízan en Él, nutriente perfecto de todo verdor, origen y fundamento de todo bien.
Y lo seremos plantados en ese suelo nutriente que es la Iglesia, sacramento universal y seguro de todo verdor.

jueves, 1 de julio de 2010

Cristo, camino del justo


El Señor levanta a los caídos (Sal 145, 10)
Si has caído, no temas, mantente firme en la verdad (Ef 6, 14). El Señor te tiende la mano y te levanta, pues ama a los justos (Sal 145, 8)

Cristo ama a los justos. Cuando se ama a alguien, se le defiende. Es por su amor a ti que el Señor te defiende, te levanta si caes. Te levanta liberándote, pues da libertad a los cautivos (Sal 145, 7). Si has caído, es porque no eres perfecto, no eres libre, tu pie tropieza en el camino. De aquello que te hace tropezar Cristo te libera y te dice: en marcha, y te protege si te calzas los pies para anunciar el Evangelio (Ef 6, 5)

Calzados los pies para anunciar el Evangelio de Cristo (Ef 6, 15) estamos inmersos en una marcha en que Cristo es defensa, escudo, camino de avance, no de tropiezo y caída. Frente al camino de las tinieblas, el camino del Evangelio de la paz, que es el camino de la luz, donde si caes, Cristo te levanta. Es el camino de los justos.

Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores (1 Timoteo 1, 15) Los pecadores no son sino aquellos que van caminando por el camino y caen. A estos vino a salvar el Señor. No es justo sino el que peca y quiere que Cristo le salve y le ayude a no caer más, a no pecar nunca más. El justo es el pecador al que sus pecados atribulan , pues ama a Dios y su pecado le duele.
Tú, si tropiezas y caes, sabes que Cristo te levanta. ¡Cálzate las sandalias del Evangelio, y vive!