Quien ama a Cristo sólo tiene un deseo: imitar a Cristo. Tanto, que el Espíritu realice en Él otro Cristo. Ipse Christus, alter Christus.Omnia quasi oculo Dei intuemur -como si todo lo viéramos con Sus ojos- (Santo Tomás de Aquino)
martes, 9 de noviembre de 2010
De transformar nuestro querer en el querer de Cristo
Quien ama a Cristo sólo tiene un deseo: imitar a Cristo. Tanto, que el Espíritu realice en Él otro Cristo. Ipse Christus, alter Christus.domingo, 7 de noviembre de 2010
El mérito de Cristo fue suficiente...y más que suficiente.
¿Cómo explicar que Dios tenga en cuenta lo que hacemos, y valore lo que hacemos con nuestra vida en Gracia?No tenemos con que pagar al Señorlo que debemos por nuestros pecados. Esta es la verdad. El Señor, entonces, hace algo sorprendente.
Nos da con qué pagarle. Como si nos diera el capital que necesitamos para pagar. El nos da el capital para satisfacer la deuda que tenemos por nuestras iniquidades. Y nos da ese capital de forma que dice: es tuyo, de lo mío te doy. Ahora queda que nosotros aceptemos ese capital y digamos fiat!
Debemos aceptar ese ofrecimiento, ser humildes, y afirmar:
¿De aquí se desprende que tengamos, nosotros, que "sentir" la deuda como saldada? Por supuesto que no.
Nosotros lo unico que debemos sentir es una infinita gratitud al Señor por su misericordia. Deo omnis gloria.
Y saber que Él lo pone todo excepto lo que debemos poner nosotros: nuestro fiat.
El mérito de Cristo fue suficientísimo. No fue sólo el mérito justo para satisfacer por nuestros pecados originales, mortales y veniales, según 1 Juan 2, 2. Sin duda excedió lo justo: fue sobreabundante.
De esta sobreabundancia se da el que el mérito de Cristo inunda nuestras obras en Gracia, de forma que nos reparte de lo suyo y nos permite por herencia adoptar su mérito y hacerlo nuestro, no por derecho retributivo, sino por misericordia.
¿Cómo atribuir como nuestro el mérito de Cristo?
No nos lo atribuye el Señor de modo que es propio nuestro. De ninguna manera esto es así. Se nos atribuye por comunicación, de manera que Cristo Cabeza puede comunicar a sus miembros su Vida, que no es propia de sus miembros, sino de Él.
El Cardenal Cayetano lo explica con palabras hermosísimas en este texto del año 1532:
A todos los textos que expresan que no merecemos por nuestras obras la remisión de los pecados, no es preciso responder porque todos estamos de acuerdo con esta conclusión;
pero hay que responder a las citas aducidas para probar que no merecemos la vida eterna a través de nuestras obras. Cuando se argumenta con aquello de San Pablo a los romanos: el don de Dios es la vida eterna, se responde que también nosotros decimos y enseñamos esto, puesto que es don de Dios de la gracia santificante el que, por una parte, seamos miembros de Cristo; y por otra, que por la virtud de Cristo cabeza en nosotros merezcamos la vida eterna.
No decimos, pues, que merecemos la vida eterna por nuestras obras en cuanto son hechas por nosotros, sino en cuanto son hechas por Cristo en nosotros y por nosotros.
A lo que se objeta del testimonio de Cristo: decid que somos siervos inútiles, se responde con la misma distinción. Por mucho que cumplamos todas las obras mandadas por Cristo, en cuanto las cumplimos por nuestro libre albedrío somos hallados siervos inútiles para lo que se refiere a la casa del Padre celestial, inútiles para lo que se refiere a nuestra ciudad que está en los cielos, como son la remisión de los pecados, la gracia del Espíritu Santo, la caridad, etc., cosas propias de los hijos de Dios.
El motivo primero de esto es porque en cuanto obramos por nosotros mismos somos tan débiles que no podemos elevarnos a contribuir en nada al orden supremo de los bienes propios de los hijos de Dios.
Pero junto a esta verdad sigue en pie que nosotros mismos, en cuanto que obramos por Cristo cabeza en nosotros, como miembros vivos suyos, podemos contribuir mucho por nuestras obras a nuestra ciudad celestial y a la casa paterna, pues de este modo somos elevados al orden de hijos de Dios y así no somos inútiles sino miembros útiles para la casa paterna y la ciudad celestial.
La divina bondad ha provisto que alcancemos muchas cosas que nunca merecimos.
La divina bondad (como lo atestiguan Cristo, Isaías, Ezequiel y el Apóstol a los Hebreos) ha dado a las obras de los que vuelven a Dios una fuerza impetratoria para la remisión de los pecados por la divina misericordia a través del mérito de Cristo.
Los frutos de la Gracia
¿Las obras humanas son meritorias en sí mismas, por esencia y naturaleza?
No, de ninguna manera,
¿Cómo pueden entonces fructificar en nosotros de alguna manera la Gloria?
Sólo en cuanto proceden del Espíritu Santo que vive en el hombre por la gracia y la caridad. La gracia es como la semilla de Dios (1 Juan 3, 9) cuya virtud se extiende a generar el fruto.
El fruto (mérito) de la vida eterna no es una acción nuestra sino una acción de Cristo Cabeza , pues hay que apreciar (Rom. 12, 5; Efes. 4,16; Col. 2, 9-19) que los hombres constituidos en gracia son miembros vivos de Cristo cabeza:
Los sufrimientos y acciones de los miembros vivos de Cristo
Lo atestigua el mismo Cristo en Hechos 9, 4:
Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Jesús identifica la persecución a los cristianos con la persecución a Él mismo.
Galatas. 2:
20 Vivo, pero no yo, sino Cristo que vive en mí.
Nuestras obras sobrenaturales y libres son fruto de la gracia de Cristo , son nuestras porque las realizamos nosotros en Cristo, es decir, en Gracia, pero son de Cristo, y como Cristo nos da de lo suyo, son nuestras en cuanto Cristo nos las da en el ser y el operar y nosotros las realizamos en el libre aceptar. Gracia y libertad humana se interconexan en la máxima agustiniana: Todo es Gracia.
La corona de la vida eterna es fruto de la Gracia aceptada libre y sobrenaturalmente. En esto se distingue el mérito para la vida eterna en los niños bautizados: a ellos se les regala la vida eterna tan sólo por el mérito de Cristo.
La más divina de todas las cosas, dice Dionisio en "Jerarquía Celestial" 3, es hacerse cooperador de Dios.
De aquí también se sigue que no es superfluo que recibamos como recompensa la vida eterna, entregada por misericordia en base a nuestra identificación libre con Cristo por la caridad, por la cual su mérito totalmente suficiente y sobreabundante se hace nuestro como por herencia.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Sed perfectos
Habéis de ser santos, porque Yo soy Santo (Levítico 11, 45)Dios nos interpela a través de su Palabra.
Jesús, el Señor, nos habla al oído a ti y a mí, nos dice, con la fuerza y el calor de su divino Corazón:
Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mateo 5, 48)
No podemos conformarnos con la mediocridad. Nuestro Señor nos quiere perfectos, santos, y la principal razón nos la da Él mismo a través de su Palabra:
Esta es nuestra motivación.
El Reino de los Cielos no es más que la Vida de la Santidad de Dios; queramos que nuestra fe en Cristo sea plasmada en un conjunto de virtudes sobrenaturales que hagan operativa la caridad en la Gracia, para mayor Gloria de Dios.
Y se consigue a viva fuerza (Mateo 11, 12)
La fuerza de Dios es Cristo. Se adentra en nuestro ser por la Divina Liturgia, y nos da de beber. Anima nuestro vigor, nos llena de su fortaleza, nos empuja.
Nos da de todo lo suyo para que su Vida de Virtud sea nuestra, y alcancemos la perfección a viva fuerza, vitalizados por Él, dándole Gloria a Él.
De nuestro interior no brota el empuje para hacer el bien que deseamos. El ímpetu de perfección no arranca de nuestra naturaleza, pues aunque deseemos ser santos, ponerlo por obra no está a nuestro alcance. Necesitamos la Gracia.
En Romanos nos lo explica el Apóstol:
7:18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
7:20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
7:21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.
7:22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
7:23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.
martes, 2 de noviembre de 2010
Canto de la Barca Pequeña
Que yo te siga hasta la muerte, Señor, lunes, 1 de noviembre de 2010
la Doctrina de la Justificación

LA JUSTIFICACIÓN
SESIÓN VI
DECRETO SOBRE LA JUSTIFICACIÓN
CAP. I. Que la naturaleza y la ley no pueden justificar a los hombres.
Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificación, es necesario conozcan todos y confiesen, que habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original; en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no sólo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Judíos por la misma letra de la ley de Moisés, podrían levantarse, o lograr su libertad; no obstante que el libre albedrío no estaba extinguido en ellos, aunque sí debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.
CAP. II. De la misión y misterio de la venida de Cristo.
Con este motivo el Padre celestial, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo, envió a los hombres, cuando llegó aquella dichosa plenitud de tiempo, a Jesucristo, su hijo, manifestado, y prometido a muchos santos Padres antes de la ley, y en el tiempo de ella, para que redimiese los Judíos que vivían en la ley, y los gentiles que no aspiraban a la santidad, la lograsen, y todos recibiesen la adopción de hijos. A este mismo propuso Dios por reconciliador de nuestros pecados, mediante la fe en su pasión, y no sólo de nuestros pecados, sino de los de todo el mundo.
CAP. III. Quiénes se justifican por Jesucristo.
No obstante, aunque Jesucristo murió por todos, no todos participan del beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunican los méritos de su pasión. Porque así como no nacerían los hombres efectivamente injustos, si no naciesen propagados de Adan; pues siendo concebidos por él mismo, contraen por esta propagación su propia injusticia; del mismo modo, si no renaciesen en Jesucristo, jamás serían justificados; pues en esta regeneración se les confiere por el mérito de la pasión de Cristo, la gracia con que se hacen justos. Por este beneficio nos exhorta el Apóstol a dar siempre gracias al Padre Eterno, que nos hizo dignos de entrar a la parte de la suerte de los santos en la gloria, nos sacó del poder de las tinieblas, y nos transfirió al reino de su hijo muy amado, en el que logramos la redención, y el perdón de los pecados.
CAP. IV. Se da idea de la justificación del pecador, y del modo con que se hace en la ley de gracia.
En las palabras mencionadas se insinúa la descripción de la justificación del pecador: de suerte que es tránsito del estado en que nace el hombre hijo del primer Adan, al estado de gracia y de adopción de los hijos de Dios por el segundo Adan Jesucristo nuestro Salvador. Esta traslación, o tránsito no se puede lograr, después de promulgado el Evangelio, sin el bautismo, o sin el deseo de él; según está escrito: No puede entrar en el reino de los cielos sino el que haya renacido del agua, y del Espíritu Santo.
Declara además, que el principio de la misma justificación de los adultos se debe tomar de la gracia divina, que se les anticipa por Jesucristo: esto es, de su llamamiento, por el que son llamados sin mérito ninguno suyo; de suerte que los que eran enemigos de Dios por sus pecados, se dispongan por su gracia, que los excita y ayuda para convertirse a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia; de modo que tocando Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni el mismo hombre deje de obrar alguna cosa, admitiendo aquella inspiración, pues puede desecharla; ni sin embargo pueda moverse sin la gracia divina a la justificación en la presencia de Dios por sola su libre voluntad. De aquí es, que cuando se dice en las sagradas letras: Convertíos a mí, y me convertiré a vosotros; se nos avisa de nuestra libertad; y cuando respondemos: Conviértenos a ti, Señor, y seremos convertidos; confesamos que somos prevenidos por la divina gracia.
Dispónense, pues, para la justificación, cuando movidos y ayudados por la gracia divina, y concibiendo la fe por el oído, se inclinan libremente a Dios, creyendo ser verdad lo que sobrenaturalmente ha revelado y prometido; y en primer lugar, que Dios justifica al pecador por su gracia adquirida en la redención por Jesucristo; y en cuanto reconociéndose por pecadores, y pasando del temor de la divina justicia, que últimamente los contrista, a considerar la misericordia de Dios, conciben esperanzas, de que Dios los mirará con misericordia por la gracia de Jesucristo, y comienzan a amarle como fuente de toda justicia; y por lo mismo se mueven contra sus pecados con cierto odio y detestación; esto es, con aquel arrepentimiento que deben tener antes del bautismo; y en fin, cuando proponen recibir este sacramento, empezar una vida nueva, y observar los mandamientos de Dios. De esta disposición es de la que habla la Escritura, cuando dice: El que se acerca a Dios debe creer que le hay, y que es remunerador de los que le buscan. Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Y, el temor de Dios ahuyenta al pecado. Y también: Haced penitencia, y reciba cada uno de vosotros el bautismo en el nombre de Jesucristo para la remisión de vuestros pecados, y lograréis el don del Espíritu Santo. Igualmente: Id pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar cuanto os he encomendado. En fin: Preparad vuestros corazones para el Señor.
CAP. VII. Que sea la justificación del pecador, y cuáles sus causas.
A esta disposición o preparación se sigue la justificación en sí misma: que no sólo es el perdón de los pecados, sino también la santificación y renovación del hombre interior por la admisión voluntaria de la gracia y dones que la siguen; de donde resulta que el hombre de injusto pasa a ser justo, y de enemigo a amigo, para ser heredero en esperanza de la vida eterna. Las causas de esta justificación son: la final, la gloria de Dios, y de Jesucristo, y la vida eterna. La eficiente, es Dios misericordioso, que gratuitamente nos limpia y santifica, sellados y ungidos con el Espíritu Santo, que nos está prometido, y que es prenda de la herencia que hemos de recibir. La causa meritoria, es su muy amado unigénito Jesucristo, nuestro Señor, quien por la excesiva caridad con que nos amó, siendo nosotros enemigos, nos mereció con su santísima pasión en el árbol de la cruz la justificación, y satisfizo por nosotros a Dios Padre. La instrumental, además de estas, es el sacramento del bautismo, que es sacramento de fe, sin la cual ninguno jamás ha logrado la justificación. Ultimamente la única causa formal es la santidad de Dios, no aquella con que él mismo es santo, sino con la que nos hace santos; es a saber, con la que dotados por él, somos renovados en lo interior de nuestras almas, y no sólo quedamos reputados justos, sino que con verdad se nos llama así, y lo somos, participando cada uno de nosotros la santidad según la medida que le reparte el Espíritu Santo, como quiere, y según la propia disposición y cooperación de cada uno. Pues aunque nadie se puede justificar, sino aquel a quien se comunican los méritos de la pasión de nuestro Señor Jesucristo; esto, no obstante, se logra en la justificación del pecador, cuando por el mérito de la misma santísima pasión se difunde el amor de Dios por medio del Espíritu Santo en los corazones de los que se justifican, y queda inherente en ellos. Resulta de aquí que en la misma justificación, además de la remisión de los pecados, se difunden al mismo tiempo en el hombre por Jesucristo, con quien se une, la fe, la esperanza y la caridad; pues la fe, a no agregársele la esperanza y caridad, ni lo une perfectamente con Cristo, ni lo hace miembro vivo de su cuerpo. Por esta razón se dice con suma verdad: que la fe sin obras es muerta y ociosa; y también: que para con Jesucristo nada vale la circuncisión, ni la falta de ella, sino la fe que obra por la caridad. Esta es aquella fe que por tradición de los Apóstoles, piden los Catecúmenos a la Iglesia antes de recibir el sacramento del bautismo, cuando piden la fe que da vida eterna; la cual no puede provenir de la fe sola, sin la esperanza ni la caridad. De aquí es, que inmediatamente se les dan por respuesta las palabras de Jesucristo: Si quieres entrar en el cielo, observa los mandamientos. En consecuencia de esto, cuando reciben los renacidos o bautizados la verdadera y cristiana santidad, se les manda inmediatamente que la conserven en toda su pureza y candor como la primera estola, que en lugar de la que perdió Adan por su inobediencia, para sí y sus hijos, les ha dado Jesucrito con el fin de que se presenten con ella ante su tribunal, y logren la salvación eterna.
CAP. VIII. Cómo se entiende que el pecador se justifica por la fe, y gratuitamente.
Cuando dice el Apóstol que el hombre se justifica por la fe, y gratuitamente; se deben entender sus palabras en aquel sentido que adoptó, y ha expresado el perpetuo consentimiento de la Iglesia católicaa; es a saber, que en tanto se dice que somos justificados por la fe, en cuanto esta es principio de la salvación del hombre, fundamento y raíz de toda justificación, y sin la cual es imposible hacerse agradables a Dios, ni llegar a participar de la suerte de hijos suyos. En tanto también se dice que somos justificados gratuitamente, en cuanto ninguna de las cosas que preceden a la justificación, sea la fe, o sean las obras, merece la gracia de la justificación: porque si es gracia, ya no proviene de las obras: de otro modo, como dice el Apóstol, la gracia no sería gracia.
CAP. X. Del aumento de la justificación ya obtenida.
Justificados pues así, hechos amigos y domésticos de Dios, y caminando de virtud en virtud, se renuevan, como dice el Apóstol, de día en día; esto es, que mortificando su carne, y sirviéndose de ella como de instrumento para justificarse y santificarse, mediante la observancia de los mandamientos de Dios, y de la Iglesia, crecen en la misma santidad que por la gracia de Cristo han recibido, y cooperando la fe con las buenas obras, se justifican más; según está escrito: El que es justo, continúe justificándose. Y en otra parte: No te receles de justificarte hasta la muerte. Y además: Bien veis que el hombre se justifica por sus obras, y no solo por la fe. Este es el aumento de santidad que pide la Iglesia cuando ruega: Danos, Señor, aumento de fe, esperanza y caridad.
CAP. XI. De la observancia de los mandamientos, y de cómo es necesario y posible observarlos.
Pero nadie, aunque esté justificado, debe persuadirse que está exento de la observancia de los mandamientos, ni valerse tampoco de aquellas voces temerarias, y prohibidas con anatema por los Padres, es a saber: que la observancia de los preceptos divinos es imposible al hombre justificado. Porque Dios no manda imposibles; sino mandando, amonesta a que hagas lo que puedas, y a que pidas lo que no puedas; ayudando al mismo tiempo con sus auxilios para que puedas; pues no son pesados los mandamientos de aquel, cuyo yugo es suave, y su carga ligera. Los que son hijos de Dios, aman a Cristo; y los que le aman, como él mismo testifica, observan sus mandamientos. Esto por cierto, lo pueden ejecutar con la divina gracia; porque aunque en esta vida mortal caigan tal vez los hombres, por santos y justos que sean, a lo menos en pecados leves y cotidianos, que también se llaman veniales; no por esto dejan de ser justos; porque de los justos es aquella voz tan humilde como verdadera: Perdónanos nuestras deudas. Por lo que tanto más deben tenerse los mismos justos por obligados a andar en el camino de la santidad, cuanto ya libres del pecado, pero alistados entre los siervos de Dios, pueden, viviendo sobria, justa y piadosamente, adelantar en su aprovechamiento con la gracia de Jesucristo, qu fue quien les abrió la puerta para entrar en esta gracia. Dios por cierto, no abandona a los que una vez llegaron a justificarse con su gracia, como estos no le abandonen primero. En consecuencia, ninguno debe engreírse porque posea sola la fe, persuadiéndose de que sólo por ella está destinado a ser heredero, y que ha de conseguir la herencia, aunque no sea partícipe con Cristo de su pasión, para serlo también de su gloria; pues aun el mismo Cristo, como dice el Apóstol: Siendo hijo de Dios aprendió a ser obediente en las mismas cosas que padeció, y consumada su pasión, pasó a ser la causa de la salvación eterna de todos los que le obedecen. Por esta razón amonesta el mismo Apóstol a los justificados, diciendo: ¿Ignoráis que los que corren en el circo, aunque todos corren, uno solo es el que recibe el premio? Corred, pues, de modo que lo alcancéis. Yo en efecto corro, no como a objeto incierto; y peleo, no como quien descarga golpes en el aire; sino mortifico mi cuerpo, y lo sujeto; no sea que predicando a otros, yo me condene. Además de esto, el Príncipe de los Apóstoles san Pedro dice: Anhelad siempre por asegurar con vuestras buenas obras vuestra vocación y elección; pues procediendo así, nunca pecaréis. De aquí consta que se oponen a la doctrina de la religión católica los que dicen que el justo peca en toda obra buena, a lo menos venialmente, o lo que es más intolerable, que merece las penas del infierno; así como los que afirman que los justos pecan en todas sus obras, si alentando en la ejecución de ellas su flojedad, y exhortándose a correr en la palestra de esta vida, se proponen por premio la bienaventuranza, con el objeto de que principalmente Dios sea glorificado; pues la Escritura dice: Por la recompensa incliné mi corazón a cumplir tus mandamientos que justifican. Y de Moisés dice el Apóstol, que tenía presente, o aspiraba a la remuneración.
Ninguno tampoco, mientras se mantiene en esta vida mortal, debe estar tan presuntuosamente persuadido del profundo misterio de la predestinación divina, que crea por cierto es seguramente del número de los predestinados; como si fuese constante que el justificado, o no puede ya pecar, o deba prometerse, si pecare, el arrepentimiento seguro; pues sin especial revelación, no se puede sabe quiénes son los que Dios tiene escogidos para sí.
CAP. XIII. Del don de la perseverancia.
Lo mismo se ha de creer acerca del don de la perseverancia, del que dice la Escritura: El que perseverare hasta el fin, se salvará: lo cual no se puede obtener de otra mano que de la de aquel que tiene virtud de asegurar al que está en pie para que continúe así hasta el fin, y de levantar al que cae. Ninguno se prometa cosa alguna cierta con seguridad absoluta; no obstante que todos deben poner, y asegurar en los auxilios divinos la más firme esperanza de su salvación. Dios por cierto, a no ser que los hombres dejen de corresponder a su gracia, así como principió la obra buena, la llevará a su perfección, pues es el que causa en el hombre la voluntad de hacerla, y la ejecución y perfección de ella. No obstante, los que se persuaden estar seguros, miren no caigan; y procuren su salvación con temor y temblor, por medio de trabajos, vigilias, limosnas, oraciones, oblaciones, ayunos y castidad: pues deben estar poseídos de temor, sabiendo que han renacido a la esperanza de la gloria, mas todavía no han llegado a su posesión saliendo de los combates que les restan contra la carne, contra el mundo y contra el demonio; en los que no pueden quedar vencedores sino obedeciendo con la gracia de Dios al Apóstol san Pablo, que dice: Somos deudores, no a la carne para que vivamos según ella: pues si viviéreis según la carne, moriréis; mas si mortificareis con el espíritu las acciones de la carne, viviréis.
Los que habiendo recibido la gracia de la justificación, la perdieron por el pecado, podrán otra vez justificarse por los méritos de Jesucristo, procurando, excitados con el auxilio divino, recobrar la gracia perdida, mediante el sacramento de la Penitencia. Este modo pues de justificación, es la reparación o restablecimiento del que ha caído en pecado; la misma que con mucha propiedad han llamado los santos Padres segunda tabla después del naufragio de la gracia que perdió. En efecto, por los que después del bautismo caen en el pecado, es por los que estableció Jesucristo el sacramento de la Penitencia, cuando dijo: Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonáreis los pecados, les quedan perdonados; y quedan ligados los de aquellos que dejeis sin perdonar. Por esta causa se debe enseñar, que es mucha la diferencia que hay entre la penitencia del hombre cristiano después de su caída, y la del bautismo; pues aquella no sólo incluye la separación del pecado, y su detestación, o el corazón contrito y humillado; sino también la confesión sacramental de ellos, a lo menos en deseo para hacerla a su tiempo, y la absolución del sacerdote; y además de estas, la satisfacción por medio de ayunos, limosnas, oraciones y otros piadosos ejercicios de la vida espiritual: no de la pena eterna, pues esta se perdona juntamente con la culpa o por el sacramento, o por el deseo de él; sino de la pena temporal, que según enseña la sagrada Escritura, no siempre, como sucede en el bautismo, se perdona toda a los que ingratos a la divina gracia que recibieron, contristaron al Espíritu Santo, y no se avergonzaron de profanar el templo de Dios. De esta penitencia es de la que dice la Escritura: Ten presente de qué estado has caído: haz penitencia, y ejecuta las obras que antes. Y en otra parte: La tristeza que es según Dios, produce una penitencia permanente para conseguir la salvación. Y además: Haced penitencia, y haced frutos dignos de penitencia.
CAP. XV. Con cualquier pecado mortal se pierde la gracia, pero no la fe.
Se ha de tener también por cierto, contra los astutos ingenios de algunos que seducen con dulces palabras y bendiciones los corazones inocentes, que la gracia que se ha recibido en la justificación, se pierde no solamente con la infidelidad, por la que perece aún la misma fe, sino también con cualquiera otro pecado mortal, aunque la fe se conserve: defendiendo en esto la doctrina de la divina ley, que excluye del reino de Dios, no sólo los infieles, sino también los fieles que caen en la fornicación, los adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, vinosos, maldicientes, arrebatadores, y todos los demás que caen en pecados mortales; pues pueden abstenerse de ellos con el auxilio de la divina gracia, y quedan por ellos separados de la gracia de Cristo.
A las personas que se hayan justificado de este modo, ya conserven perpetuamente la gracia que recibieron, ya recobren la que perdieron, se deben hacer presentes las palabras del Apóstol san Pablo: Abundad en toda especie de obras buenas; bien entendidos de que vuestro trabajo no es en vano para con Dios; pues no es Dios injusto de suerte que se olvide de vuestras obras, ni del amor que manifestásteis en su nombre. Y: No perdáis vuestra confianza, que tiene un gran galardón. Y esta es la causa porque a los que obran bien hasta la muerte, y esperan en Dios, se les debe proponer la vida eterna, ya como gracia prometida misericordiosamente por Jesucristo a los hijos de Dios, ya como premio con que se han de recompensar fielmente, según la promesa de Dios, los méritos y buenas obras. Esta es, pues, aquella corona de justicia que decía el Apóstol le estaba reservada para obtenerla después de su contienda y carrera, la misma que le había de adjudicar el justo Juez, no solo a él, sino también a todos los que desean su santo advenimiento. Pues como el mismo Jesucristo difunda perennemente su virtud en los justificados, como la cabeza en los miembros, y la cepa en los sarmientos; y constante que su virtud siempre antecede, acompaña y sigue a las buenas obras, y sin ella no podrían ser de modo alguno aceptas ni meritorias ante Dios; se debe tener por cierto, que ninguna otra cosa falta a los mismos justificados para creer que han satisfecho plenamente a la ley de Dios con aquellas mismas obras que han ejecutado, según Dios, con proporción al estado de la vida presente; ni para que verdaderamente hayan merecido la vida eterna (que conseguirán a su tiempo, si murieren en gracia): pues Cristo nuestro Salvador dice: Si alguno bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed por toda la eternidad, sino logrará en sí mismo una fuente de agua que corra por toda la vida eterna. En consecuencia de esto, ni se establece nuestra justificación como tomada de nosotros mismos, ni se desconoce, ni desecha la santidad que viene de Dios; pues la santidad que llamamos nuestra, porque estando inherente en nosotros nos justifica, esa misma es de Dios: porque Dios nos la infunde por los méritos de Cristo. Ni tampoco debe omitirse, que aunque en la sagrada Escritura se de a las buenas obras tanta estimación, que promete Jesucristo no carecerá de su premio el que de a uno de sus pequeñuelos de beber agua fría; y testifique el Apóstol, que el peso de la tribulación que en este mundo es momentáneo y ligero, nos da en el cielo un excesivo y eterno peso de gloria; sin embargo no permita Dios que el cristiano confíe, o se gloríe en sí mismo, y no en el Señor; cuya bondad es tan grande para con todos los hombres, que quiere sean méritos de estos los que son dones suyos. Y por cuanto todos caemos en muchas ofensas, debe cada uno tener a la vista así como la misericordia y bondad, la severidad y el juicio: sin que nadie sea capaz de calificarse a sí mismo, aunque en nada le remuerda la conciencia; pues no se ha de examinar ni juzgar toda la vida de los hombres en tribunal humano, sino en el de Dios, quien iluminará los secretos de las tinieblas, y manifestará los designios del corazón y entonces logrará cada uno la alabanza y recompensa de Dios, quien, como está escrito, les retribuirá según sus obras.
Después de explicada esta católica doctrina de la justificación, tan necesaria, que si alguno no la admitiere fiel y firmemente, no se podrá justificar, ha decretado el santo Concilio agregar los siguientes cánones, para que todos sepan no sólo lo que deben adoptar y seguir, sino también lo que han de evitar y huir.
sábado, 30 de octubre de 2010
Christus vincit!
La Gracia es poderosa. Cristo vence. Mueve nuestra voluntad, le aceptamos y le respondemos sí, libremente, como Dios no ha creado.
Todo es Gracia. Y esto no aniquila nuestra libertad, que sigue indemne.
Mortifiquemos cuanto de terreno hay en nosotros, de forma que sea Cristo quien viva dentro nuestra. Para poder vencer. Omnia possibilia sunt credenti. Omnia possum in eo qui me confortat.
Vivamos en su Nombre.
Vivamos en Él "un nuevo modo de pisar en la tierra, un modo divino, sobrenatural, maravilloso (...) Que vivo porque no vivo; que es Cristo quien vive en mí" (Amigos de Dios, 297)
"Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas, no habrá ya muerte, ni llanto ni alarido, no habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas (...)
Yo soy el Alfa y Omega, el principio y el fin. Al sediento le daré de beber graciosamente de la fuente del Agua de la Vida. El que venciere poseerá todas estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo " (Ap 21, 4-7)
jueves, 28 de octubre de 2010
Contra mundum
"Aquel que se apoya en el testimonio de los Libros Santos es el baluarte de la Iglesia" enseña San Jerónimo.
La Escritura me enseña que Cristo vale más que todo el mundo entero con toda su gloria.
Mi fe la tengo puesta en el Señor, como Jesús me enseña (Marcos 11, 12) Al Señor quiero adorar, y solamente a Él darle culto (Lucas 4, 8)
Porque "si tenemos puesta la esperanza en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de todos los hombres " (1 Corintios 15, 19).
¿Cuál es la consecuencia?
Que amando a Cristo, cuyo Reino no es de este mundo, soy capaz de santificar en Él cuanto hago aquí, en este mundo. Y así me inunda una perfecta alegría, y una inmensa fuerza sobrenatural me empuja amar y hacer el bien.
Porque el mundo no puede santificar al mundo.
De andenes vacíos y la Carta a los Romanos
En el camino a la estación he ido memorizando vocabulario latino bíblico. Cuando entré en la estación, a las 8.15 h., me sorprendió su gran silencio. miércoles, 27 de octubre de 2010
La Madre y el camino.
En el tren, Santo Tomás. Como siempre. Es el mejor guía para evitar el modernismo. Prevée todos los senderos erróneos, sabe por qué atajos esperan los lobos, hacia qué luz dirigirse y qué sombra evitar.
Camino del colegio estuve observando las redondas cápsulas seminíferas del Jacaranda mimosifolia, delicado y exuberante, esparcidas por el suelo. Antiguamente se usaban contra las amebas. Llueven sus flores lilas. Un mirlo canta entre ellas.
Yo también camino hacia mi destino con la mochila llena. Y también tengo una Madre que me empuja, que alivia mi carga y que me impulsa amorosamente a caminar.
jueves, 21 de octubre de 2010
Deber y Ley Moral

La ley Moral determina qué relación tienen nuestras acciones con respecto al sentido de nuestra vida, es decir, al fin último de nuestra existencia, que sabemos, por expresa Revelación divina, que es Dios mismo, nuestra unión con Él en la Gloria, por la Gracia efectuada por Cristo a partir de la cooperación total de nuestra parte.
La ley moral es un conjunto de deberes establecidos por Dios para que, con su realización, alcancemos nuestro fin sobrenatural. Que son deberes emana del hecho de que es una ley promulgada por la Autoridad suprema, es decir, por Dios mismo. Que son deberes emana del hecho de que no tenemos derecho a incumplir la Ley moral.
Esto suena violento a los oídos de hoy en día. La palabra deberes asusta. Sólo nos gustan los derechos. Pero estrictamente hablando no tenemos ningún derecho ante Dios, aunque sí los tengamos ante otros hombres. Y si tenemos derechos ante los hombres, en especial hacia los que promulgan leyes (humanas), es porque esos hombres, porque todos los hombres, tenemos deberes ante Dios. Y ese conjunto de deberes se denomina en general Ley Moral.
Que el ser humano debe algo a la divinidad, por el hecho de ser humano, es una enseñanza de la filosofía grecolatina, que preparó la aceptación del cristianismo:
sábado, 16 de octubre de 2010
Felicidad y penitencia
Hace poco leí a un amigo que arrepentirse es amar. miércoles, 13 de octubre de 2010
Conciencia y Pecado
Porque le demostramos que no queremos pecar. Que, o no sabemos qué hacer, o somos débiles.
Pero lo que no podemos nunca es justificarnos:
Señor, he pecado contra ti, pero es que mi conciencia me decía otra cosa, y ya sabes, no tengo culpa, me informaron mal, no sabía que había una ley, fue aquel amigo, que me confundió, fue ese sacerdote, que me equivocó, fue la sociedad, que me ha corrompido...
No somos nadie para juzgar el corazón ajeno. Pero si podemos juzgar la acciones que no agradan al Señor.
Oh, mi Señor, quiero ser un hombre bueno, mas no puedo.
La persona recta de intención se preocupa, ante todo, de realizar acciones auténticas y buenas que agraden al Señor. No querrá nunca hacer el mal.
Dios, en su sabiduría, no nos concede una conciencia errónea. Porque quiere que todos nos salvemos.
Nos concede una conciencia capaz de conocer su Ley, abierta a la luz de nuestro entendimiento en sus principios más fundamentales. Y si sucede que la conciencia de los hombres es errónea, es porque ocurre que el pecado en que se vive la ofusca y entenebrece culpablemente.
Puede suceder sin embargo que una persona de recta intención, que desea hacer el bien, no puede conocer algún principio moral necesario para actuar bien, y por más que ha buscado la verdad,con esfuerzo limpio y sincero, no ha conseguido esta luz.
Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado. (Gaudium et Spes, 16). Es decir, la costumbre de pecado habitual entenebrece la conciencia culpablemente.
No, Dios no nos concede una conciencia errónea. Somos nosotros los que entenebrecemos nuestra conciencia. Y es que, cuando tenemos afición a pecar, no nos interesa la verdad.
En un precioso discurso, Juan Pablo II nos ilumina sobre la relación que existe entre la conciencia y la Verdad del Magisterio, en el contexto de la malicia anticonceptiva. Es tan hermoso el texto, que no me puedo resistir a copiarlo íntegramente.
La Encíclica Humanae vitae y los problemas doctrinales o pastorales relacionados con ella - 12/11/1988 -
a los participantes en el II Congreso Internacional de teología moral
Juan Pablo II
Colaboración entre los Pastores y el mundo de la ciencia
1. Con vivo gozo os dirijo mi saludo, ilustres profesores, y todos los que habéis participado en el Congreso internacional de teología moral, que ahora concluye. Mi saludo se extiende al señor cardenal Hans Hermann Groër, arzobispo de Viena, y a los representantes de los Caballeros de Colón, que con su ayuda generosa han hecho posible la celebración del Congreso. Una palabra de complacencia también para el Instituto de Estudios sobre matrimonio y familia de la Pontificia Universidad Lateranense y al Centro Académico Romano de la Santa Cruz, que lo han promovido y realizado.
El tema del que habéis hablado en estos días, queridos hermanos, estimulando vuestra profunda reflexión, ha sido la Encíclica Humanae vitae , con la compleja red de problemas que están relacionados con ella.
Como sabéis, en los días pasados se ha realizado una asamblea organizada por el Pontificio Consejo para la Familia, en el que han participado, representando a las Conferencias Episcopales de todo el mundo: los obispos responsables de la pastoral familiar en las respectivas naciones. Esta coincidencia, no casual, me ofrece de inmediato la oportunidad de subrayar la importancia de la colaboración entre los Pastores y los teólogos y, más en general, entre los Pastores y el mundo de la ciencia, con el fin de asegurar un apoyo eficaz y adecuado para los esposos comprometidos en la realización dentro de su vida, del proyecto divino sobre el matrimonio.
Todos conocéis la explícita invitación que se hace en la Encíclica, Humanae vitae a todos los hombres de ciencia, y de modo especial a los científicos católicos, para que, mediante sus estudios, contribuyan a aclarar cada vez mas a fondo las diversas condiciones que favorecen una honesta regulación de la procreación humana (cf. n. 24) . También yo he renovado esta invitación en diversas circunstancias, pues estoy convencido de que el trabajo interdisciplinar es indispensable para una adecuada aproximación a la compleja problemática referente a este delicado sector.
Valor casi profético de la Encíclica "Humanae vitae"
2. La segunda oportunidad que se me ofrece es la de testificar los alentadores resultados ya alcanzados por los muchos estudiosos que, en el curso de estos años, han hecho progresar la investigación en esta materia.
Gracias también a su aportación ha sido posible sacar a la luz la riqueza de verdad, y más aún, el valor iluminador y casi profético de la Encíclica paulina, hacia la que dirigen su atención, con creciente interés, personas de los más diversos estratos culturales.
Incluso es posible constatar indicios de replanteamiento en los sectores del mundo católico, que inicialmente fueron un poco críticos respecto a este importante documento. En efecto, el progreso en la reflexión bíblica y antropológica ha permitido aclarar mejor las premisas y significados de la Humanae vitae.
Hay que recordar, en particular, el testimonio que ofrecieron los obispos en el Sínodo de 1980: ellos, "en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro", escribían que hay que mantener firmemente "lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 50) y después de la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida" (Humanae vitae, 11 y cf. 9 y 12 )" (Prop., 22).
Este testimonio lo recogí, posteriormente, en la Exhortación post-sinodal Familiaris consortio, volviendo a proponer, en el contexto más amplio de la vocación y de la misión de la familia. La perspectiva antropológica y moral de la Humana vitae, así como la consiguiente norma ética que se debe deducir para la vida de los esposos.
Doctrina no sujeta a discusión
3. No se trata, efectivamente, de una doctrina inventada por el hombre: ha sido inscrita por la mano creadora de Dios en la misma naturaleza de la persona humana y ha sido confirmada por Él en la Revelación.
Ponerla en discusión, por tanto, equivale a refutar a Dios mismo la obediencia de nuestra inteligencia. Equivale a preferir el resplandor de nuestra razón a la luz de la Sabiduría Divina, cayendo, así, en la oscuridad del error y acabando por hacer mella en otros puntos fundamentales de la doctrina cristiana.
Es necesario recordar, al respecto, que el conjunto de las verdades, confiadas al ministerio de la predicación de la Iglesia, constituye un todo unitario, casi una especie de sinfonía, en la que cada verdad se integra armoniosamente con las demás.
Los veinte años transcurridos han demostrado, al contrario, esta íntima consonancia: la vacilación o la duda respecto la norma moral, enseñada en la Humanae vitae, ha afectado también a otras verdades fundamentales de razón y de fe. Sé que este hecho ha sido objeto de atenta consideración durante vuestro Congreso, y sobre él quisiera ahora atraer vuestra atención.
Moral y Magisterio de la Iglesia
4. Como enseña el Concilio Vaticano II, "in imo conscientiae legem homo detegit, quam ipse sibi non dat, sed cui oboedire debet... Nam homo legem in corde suo a Deo inscriptam habet, cui parere ipsa dignitas eius est et secundum quam ipse iudicabitur" ("En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente") (Gaudium et spes, 16).
Durante estos años, como consecuencia de la contestación a la Humanae vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia creadora de la norma moral. De esta forma se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en la que se funda la misma dignidad del hombre.
La conciencia es, efectivamente, el "lugar" en el que el hombre es iluminado por una luz que no deriva de su razón creada y siempre falible, sino de la Sabiduría misma del Verbo, en la que todo ha sido creado. "Conscientia" -escribe también admirablemente el Vaticano II- "est nucleus secretissimus atque sacrarium hominis, in quo solus est cum Deo, cuius vox resonat in intimo eius" ("La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella.")(Gaudium et Spes, 16)
De aquí se derivan algunas consecuencias, que conviene subrayar.
Ya que el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia, apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica del Magisterio y de la conciencia moral. Hablar de la inviolable dignidad de la conciencia sin ulteriores especificaciones, conlleva el riesgo de graves errores. De hecho, es muy diversa la situación de la persona que, después de haber puesto en acto todos los medios a su disposición en la búsqueda de la verdad, incurre en un error, de aquella que, en cambio, o por mera aquiescencia a la opinión pública mayoritaria, a menudo creada intencionadamente por los poderes del mundo o por negligencia, se preocupa poco por descubrir la verdad.
El Vaticano II nos lo recuerda con su clara enseñanza, "Non raro tamen evebit ex ignorantia invincibili conscientiam errare, quin inde suam dignitatem amittat. Quod autem dici nequit cum homo de vero et bono inquirendo parum curat, et conscientia ex peccati consuetudine paulatim fere obcaecatur. ("No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado".) (Gaudium et Spes, 16).
Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error, se encuentra el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza. Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña: si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez: si, en la duda, sigue más bien su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio.
Así, pues, al hablar en esta situación, de dignidad de la conciencia sin añadir nada más, no responde a cuanto enseña el Vaticano II y toda la Tradición de la Iglesia.
Santidad de Dios y dignidad del hombre
5. Estrechamente unido al tema de la conciencia moral, se encuentra el tema de la fuerza vinculante propia de la norma moral, que enseña la Humanae vitae .
Pablo VI, calificando el hecho de la contracepción como intrínsecamente ilícito, ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá, convertir un acto así en un acto ordenado de por sí. La existencia de normas particulares con relación al actuar intra-mundano del hombre, dotado de una fuerza tal que obligan a excluir, siempre y sea como fuere, la posibilidad de excepciones, es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que el teólogo católico no puede poner en discusión.
Aquí tocamos un punto central de la doctrina cristiana referente a Dios y el hombre. Mirándolo bien, lo que se pone en cuestión, al rechazar esta enseñanza, es la idea misma de la santidad de Dios. Él, al predestinarnos a ser santos e inmaculados ante Él, nos ha creado "in Christo Iesu in operibus bonis, quae preparavit..., ut in illis ambulemus" ("en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos".) (Ef 2, 10): estas normas morales son, simplemente, la exigencia, de la que ninguna circunstancia histórica puede dispensar, de la santidad de Dios en la que participa en concreto, no ya en abstracto, cada persona humana.
Además, esta negación hace vana la cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1, 17). El Verbo, al encarnarse ha entrada plenamente en nuestra existencia cotidiana, que se articula en actos humanos concretos, muriendo por nuestros pecados, nos ha re-creado en la santidad original, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intra-mundana.
Y aún más: esa negación implica, como consecuencia lógica, que no existe ninguna verdad del hombre que se sustraiga al flujo del devenir histórico. La desvirtualización del misterio de Dios, como siempre, acaba en la desvirtualización del misterio del hombre, y el no reconocer los derechos de Dios, como siempre, acaba en la negación de la dignidad del hombre.
La enseñanza de la teología moral: responsabilidad de los profesores
6. El Señor nos concede celebrar este aniversario para que cada uno se examine delante de Él, con el fin de comprometerse en adelante -según la propio responsabilidad eclesial- a defender y profundizar la verdad ética que enseña la Humanae vitae.
La responsabilidad que pesa sobre vosotros en este campo, queridos profesores de teología moral, es grande. ¿Quién puede medir el influjo que vuestra enseñanza ejerce tanto en la formación de la conciencia de los fieles como en la formación de los futuros Pastores de la Iglesia? En el curso de estos años, desgraciadamente, no han faltado, por parte de un cierto número de docentes, formas de abierto disenso respecto a cuanto ha enseñado Pablo VI en su Encíclica.
La celebración de este aniversario puede ofrecer el punto de arranque para un valeroso replanteamiento de las razones que han llevado a estos estudiosos a asumir tales posiciones. Entonces se descubrirá. Probablemente, que en la raíz de la "oposición" a la Humanae Vitae hay una errónea, o al menos insuficiente, comprensión de los fundamentos mismos sobre los que se apoya la teología moral. La aceptación crítica de los postulados propios de algunas orientaciones filosóficas, y la "utilización" unilateral de los datos que ofrece la ciencia, pueden haber apartado del camino, a pesar de las buenas intenciones, a alumnos intérpretes del documento pontificio.
Es necesario, por parte de todos, un esfuerzo generoso para aclarar mejor los principios fundamentales de la teología moral, teniendo cuidado -como ha recomendado el Concilio- de que "su exposición científica, nutrida con mayor intensidad de la doctrina de la Sagrada Escritura, muestre la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo» (Optatam totius, 16).
Iniciativas pastorales
7. En este esfuerzo, un notable impulso puede proceder del Pontificio Instituto para los estudios sobre el matrimonio y la familia, cuyo fin es precisamente el mostrar "siempre con más claridad, utilizando un método científico, la verdad del matrimonio y de la familia", y ofrecer la posibilidad a los laicos, religiosos y sacerdotes, de "conseguir en este campo una formación científica tanto filosófico-teológica como en las ciencias humanas», que los haga idóneos para actuar con eficacia al servicio de la pastoral familiar (cf. Const. Ap. Magnum matrimonii, 3).
Además, si se quiere que la problemática moral, relacionada con la Humanae vitae y con la Familiaris consortio, encuentre su justo lugar en el importante sector del trabajo y de la misión de la Iglesia, que es la pastoral familiar, y suscite la respuesta responsable de los mismos laicos como protagonistas de una acción eclesial que les afecta tan de cerca, es necesario que institutos como éste se multipliquen en los diversos países: sólo de esta forma será posible hacer progresar la profundización doctrinal de la verdad y predisponer las iniciativas de orden pastoral en forma adecuada a las exigencias que surgen en los diversos ambientes culturales y humanos.
Es necesario, sobre todo, que la enseñanza de la teología moral, en los seminarios y en los institutos de formación, esté conforme con las directrices del Magisterio, de modo que surjan ministros de Dios, que "hablen del mismo modo" (Humanae vitae, 28 ), sin disminuir "en nada la saludable doctrina de Cristo" (Humanae vitae, 29 ). Se apela aquí al sentido de responsabilidad de los profesores, que deben ser los primeros en dar a sus alumnos el ejemplo de "un obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia" (Humanae vitae, 28 ).
8. Viendo tantos jóvenes estudiantes -sacerdotes y no sacerdotes- presentes en este encuentro, quiero concluir dirigiéndoles un particular saludo.
Buscar la verdad, venerarla y obedecerla
Uno de los profundos conocedores del corazón humano, San Agustín, escribió: "Haec est libertas nostra, cum isti subdimur veritati" (De libero arbitrio, 2, 13, 37). Buscad siempre la verdad: venerad la verdad descubierta, obedeced a la verdad. No existe el gozo fuera de esta búsqueda, de esta veneración, de esta obediencia.
En esta admirable aventura de vuestro espíritu, la Iglesia no es un obstáculo: al contrario es una ayuda. Alejándoos de su Magisterio, os exponéis a la vanidad del error y a la esclavitud de las opiniones: aparentemente fuertes, pero en realidad frágiles, pues sólo la Verdad del Señor permanece eternamente.
Invocando la asistencia divina sobre vuestro noble esfuerzo de buscadores y apóstoles de la verdad, imparto a todos, de corazón, mi bendición.
Joannes Paulus pp. II
domingo, 3 de octubre de 2010
De la unidad del género humano II

¿Cómo pudo Cristo merecer por nosotros?
Si el mérito es un efecto personal de un acto bueno individual, ¿cómo es que podemos aplicarnos nosotros los méritos personales de Cristo?
Por la unidad del género humano, en primer lugar. Cristo, como perfecto hombre, comparte con nosotros la naturaleza humana.
La naturaleza humana en Adán sufrió la herida. La naturaleza humana en Cristo disfrutó la Sanación.
"Como todos mueren en Adán, todos en Cristo han de recobrar la vida " 1 Corintios 15, 22.
En segundo lugar, por la unidad de todos los miembros del Cuerpo Místico, del que formamos parte, por la Gracia Santificante. Los miembros participan de los bienes de la Cabeza (Romanos 12, 4; 1 Corintios 12, 12; Efesios 4, 15 y 5, 23)
"La cabeza y los miembros pertenecen a la misma persona; siendo, pues, Cristo nuestra cabeza, sus méritos no nos son extraños, sino que llegan hasta nosotros en virtud de la unidad del Cuerpo Mïstico (Santo Tomás, Sent. 3)
Es falso afirmar que los méritos de Cristo, por ser de infinito valor, se extienden sin más a todos. Porque es necesaria la cooperación humana movida previamente por la Gracia.
De poco sirve al enfermo disponer de la medicina si no desea curarse.
De la unidad del género humano
Pues todos tenemos la misma naturaleza humana.
De la unidad, por la naturaleza, del género humano en Adán, se desprende que todos podemos, como él, desobedecer a Dios.
De la unidad, por la Gracia Santificante, en Cristo, en su Cuerpo, todos podemos realizar acciones sobrenaturales meritorias de Gloria, con Él, por Él, y en Él. Como Él.
Antes de la redención de Cristo el ser humano no era capaz de vida sobrenatural meritoria de Gloria. Estaba inhabilitado para ello, enemistado con Dios.
De ese estado era preciso salir de tal manera que lo que hiciera un hombre, pudiera hacerlo todo hombre. De forma que todos, y no unos cuantos, pudieran tener acceso posible a la nueva habilitación. Para que todo hombre fuera capaz de Gloria, uno debía serlo.
He aquí, entonces, que Dios nos envía a su Hijo para que haga, por nosotros, lo que necesitábamos que hiciera un hombre para poder hacerlo todos. Más era de tal magnitud la empresa, que ningún hombre podía hacerlo. Así, Jesús, en cuanto Dios y Hombre, pudo hacer lo que debía hacer un hombre, pero sólo podía hacer Dios.
sábado, 25 de septiembre de 2010
La felicidad y la Cruz.
Es un asunto de importancia. Confieso que me he preguntado a menudo qué relación tiene este tema con el de la vida cristiana y su fin, la santidad.
A raíz de la lectura de esta entrada de Longinos he estado reflexionando toda la mañana sobre ello. Y he lanzado una mirada al mundo descristianizado de hoy.
Un mundo en que la cruz es escándalo y horror. Un mundo en que la enseñanza verdadera de la Iglesia es vista como una cruz.
Si lanzamos una mirada a la sociedad que nos rodea, ¿qué observamos? El imperio de la subjetividad: la búsqueda de la felicidad subjetiva, entendida como gratificación emocional y contento de la voluntad propia en el presente acontecer terreno; es un empeño universal, obsesivo. Todo el mundo quiere ser feliz (conseguir sus sueños) a toda costa.
La ética de hoy está subordinada a la idea de felicidad subjetiva inmanente. Es decir, proyectada sobre el tiempo terreno. Porque es la subjetividad el principio que rige la vida de la persona.
El sufrimiento se mira con horror.
La renuncia, el sacrificio se mira con horror.
La ley natural objetiva y universal, que pone trabas de conciencia a hacer cosas que nos contentan, se mira con horror. La conciencia se mira con horror.
La cruz que hemos de abrazar, para a continuación negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo, se mira con horror.
Lo que me contenta es lo bueno. Dios no puede querer que no consiga mis sueños. Este es el pensamiento universal de la sociedad del bienestar y sus valores mundanos. También existe una espiritualidad mundana, adulterada, que consiste en proclamar la gloria de ser subjetivamente feliz y borrar la noción objetiva de pecado. Dios es el garante de nuestros deseos, no el legislador supremo. Legislamos nosotros en base a aquello que deseamos.
Si algo me contenta, no es pecado. Este es el fundamento subjetivo de toda valoración errónea. Porque se subordina el concepto de felicidad a estado subjetivo de felicidad.
Veamos algunos ejemplos de este tipo de falsas deducciones.
Si yo quiero ser feliz, ¿por qué voy a estar siempre abierto a la vida en mis relaciones conyugales? Tener uno o dos hijos me dará más felicidad que tener seis: menos trabajo, menos gasto, menos disgustos, más calidad de vida. Es mejor atiborrarme de anticonceptivos. Los anticonceptivos garantizan mi calidad de vida, es decir, mi felicidad. Luego los anticonceptivos son buenos y la enseñanza de la Iglesia es errónea.
Si yo quiero ser feliz, ¿por qué prolongar el sufrimiento de los enfermos sin esperanza de curación, a los que tengo que cuidar, lavar, cambiar, dar la medicación, atender durante la madrugada...? Es mejor una inyeccción. Así no sufren ni los enfermos ni sus cuidadores. Atender a un viejecito que ni siquiera me reconoce, y que vive como un vegetal, no es calidad de vida. Hay que poner fin a esta situación de infelicidad. Luego la eutanasia es buena, y la enseñanza de la Iglesia es errónea.
Si yo quiero ser feliz, y me enamoro profundamente de otra mujer que no es mi esposa, y puedo ser feliz con ella, ¿por qué vivir amargado con mi mujer, si puedo ser feliz? Luego el adulterio es bueno, y la enseñanza de la iglesia es errónea.
Si yo quiero ser feliz, ¿por qué tener un hijo no deseado, que sólo va a traerme disgustos, quebraderos de cabeza, sufrimiento? Es mejor abortar. Luego el aborto se debe permitir.
Etc. etc., etc.
Es decir, abunda en la mentalidad de hoy esta forma de razonar. Es una ética eudemónica, es decir, cuyo fundamento de valoración es la felicidad subjetiva que aporta.
Sin embargo, no hay que ir muy lejos en la lectura de la Escritura, o la vida de los santos, o las mismas y verdaderas enseñanzas de la Iglesia, para constatar que el camino de vida que nos recuerda la conciencia y nos propone Cristo es otro radicalmente distinto.
Nuestra vida no nos pertenece. Por tanto, el Plan de vida de nuestra felicidad no nos pertenece. Pertenece a Dios. Es Dios quien determina lo que puede o no hacernos felices. Dios, no nuestra subjetividad
Si nuestro corazón late, es porque Dios quiere.
Nuestra vida de criatura pertenece a Dios. Nuestra felicidad pertenece a Dios. Dios es nuestra felicidad. Si se la robamos a Dios, y la proyectamos sobre las criaturas, ocurre el misterium iniquitatis, el pecado. Quitamos a Dios del centro de nuestra vida y nos ponemos a nosotros mismos como legisladores.
Dios nos crea según un Plan providente, en el que nuestra vida ocupar un lugar propio. Dios tiene algo previsto para cada uno de nosotros en orden a nuestra plena unión con él en su seno amoroso.
Las leyes objetivas que rigen nuestro ser (Ley natural) están dispuestas para realizar ese Plan de dicha eterna (no de efímero contento terrenal) Si ponemos cortapisas, el Plan fracasa, fracasamos nosotros.
Y creo que, por el misterio del pecado, el hombre puede ser aparentemente feliz en esta vida haciendo fracasar el plan de Dios. Será feliz en su subjetividad, pero no será dichoso. No será objetivamente feliz.
En la entrada de Longinos comentada al principio se hace referencia a una importante palabra: la dicha.
La dicha no es la felicidad.
La dicha no es sino la consecución de un bien. Dicha es lo mismo que destino bueno. Ese destino es el Cielo.
Felicidad es un estado subjetivo de contento emocional y sentimental. Pero si este contento pasajero y efímero esta separado del Plan providente de Dios, de la dicha (el bien) que Dios tiene pensada para nosotros desde toda la eternidad, se quedará en sólo eso, un gozo pasajero, que al morir, en el más allá, acompañará la eterna frustración de un Plan desbaratado.
martes, 21 de septiembre de 2010
Acción humana y moralidad
¿Cómo sabemos si un acto que realizamos es bueno o malo?Veamos en primer lugar cuáles son las partes de un acto humano.
En primer lugar, el acto mismo en cuanto acto moral, es decir, su objeto. Un acto en cuanto a objeto de juicio de la conciencia puede ser bueno o malo.
La intención, en segundo lugar. Es la finalidad que persigue la persona al realizar ese acto, que puede coincidir o no con el objeto de la acción. Si la intención o fin es malo, vicia por completo la bondad del acto.
Aconsejar está bien (objeto bueno), pero se vicia y es malo si la intención es engañar y aconsejar un mal ( intención mala).
Rezar es bueno (objeto bueno) pero se vicia y es malo si la intención es pedir algo a lo que no tenemos ningún derecho o supone un mal para otros (intención mala)
Un buen fin o intención no puede convertir jamás una acción cuyo objeto es malo en bueno.
Por ejemplo, con el buen fin de ayudar a un amigo (fin bueno) no se puede mentir (objeto malo)
Con el fin bueno de aliviar el sufrimiento (intención buena) no se puede matar a una persona inocente (objeto malo)
Dice la Escritura: No deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (Romanos 8, 3)
Pero algo cuyo objeto es bueno, y su intención también, puede ser malo si las circunstancias no lo aconsejan:
Acudir a hacer obras de caridad a un pais del tercer mundo (objeto bueno) para ayudar a los pobres (fin bueno) es malo si para ello hay que abandonar a la familia y descuidar nuestros deberes con nuestro cónyuge e hijos (circunstancia mala)
El tercer elemento, las circunstancias. Suponen una serie de condicionantes al acto humano que influyen en su bondad o maldad. Hay circunstancias que atenúan o agravan la moralidad del acto. Y otras circunstancias que añaden connotaciones morales nuevas a las acciones.
Blasfemar, por ejemplo, es más grave si hay niños delante que si no los hay. Dar testimonio de nuestra fe es más meritorio si estamos en un ambiente hostil que si estamos rodeados de amigos que comparten nuestras creencias. Un anuncio con imagenes obscenas es más inmoral si se proyecta en una película infantil. Etc.
Por tanto, y resumiendo, podemos afirmar, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, que para que una acción sea buena es necesario que lo sean sus tres componentes: objeto bueno, intención buena, circunstancias buenas.
El bien nace de la rectitud completa.
sábado, 18 de septiembre de 2010
La Madre de Europa
lunes, 6 de septiembre de 2010
Audaces fortuna iuvat
domingo, 5 de septiembre de 2010
Más de Virtud
Nunc coepi. Ahora comienzo, en cualquier momento puedo empezar a cambiar, nada está perdido, y aun en el último momento puedo poner las sombras del revés. Ahora, en este instante, abro la puerta y accedo a la Luz, disipo las tinieblas con la fuerza de Cristo y me apresto al combate. En este preciso momento comienza mi nueva vida. Liquido el pasado, entrego mi memoria al Señor, doy por clausurado el ayer y me libero en el Espíritu del lastre de las horas.
Potentíssimus est qui se habet in potestare (Séneca). El más poderoso varon es aquel que tiene poder sobre sí mismo. De aquí procede su victoria, la fuerza de su brazo. Es dueño y señor del acaso, rey de las circunstancias. Ganando o perdiendo no se descompone, antes bien se compone a sí mismo con la armonía de Cristo. Firme y heroico, planta cara al enemigo interior y apercibido del amor de Cristo domina toda potencia disgregadora, para que solo el hombre nuevo aflore en su humanidad.

