domingo, 3 de octubre de 2010

De la unidad del género humano

De lo que un hombre, por su naturaleza, es capaz, cualquiera lo es.

Pues todos tenemos la misma naturaleza humana.


De la unidad, por la naturaleza, del género humano en Adán, se desprende que todos podemos, como él, desobedecer a Dios.

De la unidad, por la Gracia Santificante, en Cristo, en su Cuerpo, todos podemos realizar acciones sobrenaturales meritorias de Gloria, con Él, por Él, y en Él. Como Él.

Antes de la redención de Cristo el ser humano no era capaz de vida sobrenatural meritoria de Gloria. Estaba inhabilitado para ello, enemistado con Dios.

De ese estado era preciso salir de tal manera que lo que hiciera un hombre, pudiera hacerlo todo hombre. De forma que todos, y no unos cuantos, pudieran tener acceso posible a la nueva habilitación. Para que todo hombre fuera capaz de Gloria, uno debía serlo.

He aquí, entonces, que Dios nos envía a su Hijo para que haga, por nosotros, lo que necesitábamos que hiciera un hombre para poder hacerlo todos. Más era de tal magnitud la empresa, que ningún hombre podía hacerlo. Así, Jesús, en cuanto Dios y Hombre, pudo hacer lo que debía hacer un hombre, pero sólo podía hacer Dios.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La felicidad y la Cruz.

En el blog longinos-opinionesdeunconverso.blogspot.com/ he leído una buena reflexión sobre el tema de la felicidad que creo da en el clavo de algunos aspectos de este problema.

Es un asunto de importancia. Confieso que me he preguntado a menudo qué relación tiene este tema con el de la vida cristiana y su fin, la santidad.

A raíz de la lectura de esta entrada de Longinos he estado reflexionando toda la mañana sobre ello. Y he lanzado una mirada al mundo descristianizado de hoy.

Un mundo en que la cruz es escándalo y horror. Un mundo en que la enseñanza verdadera de la Iglesia es vista como una cruz.

Si lanzamos una mirada a la sociedad que nos rodea, ¿qué observamos? El imperio de la subjetividad: la búsqueda de la felicidad subjetiva, entendida como gratificación emocional y contento de la voluntad propia en el presente acontecer terreno; es un empeño universal, obsesivo. Todo el mundo quiere ser feliz (conseguir sus sueños) a toda costa.
Realizar sus sueños, sus anhelos, vivir aquello que le hace sentirse mejor, aquello con lo que se identifica. Es lo contrario del imperativo del Señor: negarse a sí mismo.

La ética de hoy está subordinada a la idea de felicidad subjetiva inmanente. Es decir, proyectada sobre el tiempo terreno. Porque es la subjetividad el principio que rige la vida de la persona.
La Iglesia, sin embargo, nos enseña a no dejarnos guiar por el sentimiento y su anhelo de contento subjetivo y terrenal, sino por Dios, y su proyecto de dicha objetiva y eterna, de destino final dichoso para el hombre, más allá del sufrimiento subjetivo que pueda causarle realizar en vida dicho plan.

El sufrimiento se mira con horror.
La renuncia, el sacrificio se mira con horror.
La ley natural objetiva y universal, que pone trabas de conciencia a hacer cosas que nos contentan, se mira con horror. La conciencia se mira con horror.

La cruz que hemos de abrazar, para a continuación negarnos a nosotros mismos y seguir a Cristo, se mira con horror.

Lo que me contenta es lo bueno. Dios no puede querer que no consiga mis sueños. Este es el pensamiento universal de la sociedad del bienestar y sus valores mundanos. También existe una espiritualidad mundana, adulterada, que consiste en proclamar la gloria de ser subjetivamente feliz y borrar la noción objetiva de pecado. Dios es el garante de nuestros deseos, no el legislador supremo. Legislamos nosotros en base a aquello que deseamos.

Si algo me contenta, no es pecado. Este es el fundamento subjetivo de toda valoración errónea. Porque se subordina el concepto de felicidad a estado subjetivo de felicidad.

Veamos algunos ejemplos de este tipo de falsas deducciones.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué voy a estar siempre abierto a la vida en mis relaciones conyugales? Tener uno o dos hijos me dará más felicidad que tener seis: menos trabajo, menos gasto, menos disgustos, más calidad de vida. Es mejor atiborrarme de anticonceptivos. Los anticonceptivos garantizan mi calidad de vida, es decir, mi felicidad. Luego los anticonceptivos son buenos y la enseñanza de la Iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué prolongar el sufrimiento de los enfermos sin esperanza de curación, a los que tengo que cuidar, lavar, cambiar, dar la medicación, atender durante la madrugada...? Es mejor una inyeccción. Así no sufren ni los enfermos ni sus cuidadores. Atender a un viejecito que ni siquiera me reconoce, y que vive como un vegetal, no es calidad de vida. Hay que poner fin a esta situación de infelicidad. Luego la eutanasia es buena, y la enseñanza de la Iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, y me enamoro profundamente de otra mujer que no es mi esposa, y puedo ser feliz con ella, ¿por qué vivir amargado con mi mujer, si puedo ser feliz? Luego el adulterio es bueno, y la enseñanza de la iglesia es errónea.

Si yo quiero ser feliz, ¿por qué tener un hijo no deseado, que sólo va a traerme disgustos, quebraderos de cabeza, sufrimiento? Es mejor abortar. Luego el aborto se debe permitir.

Etc. etc., etc.

Es decir, abunda en la mentalidad de hoy esta forma de razonar. Es una ética eudemónica, es decir, cuyo fundamento de valoración es la felicidad subjetiva que aporta.

Sin embargo, no hay que ir muy lejos en la lectura de la Escritura, o la vida de los santos, o las mismas y verdaderas enseñanzas de la Iglesia, para constatar que el camino de vida que nos recuerda la conciencia y nos propone Cristo es otro radicalmente distinto.

Nuestra vida no nos pertenece. Por tanto, el Plan de vida de nuestra felicidad no nos pertenece. Pertenece a Dios. Es Dios quien determina lo que puede o no hacernos felices. Dios, no nuestra subjetividad
Dios nos ha creado, redimido, conservado la vida hasta el día de hoy.
Si nuestro corazón late, es porque Dios quiere.
Nuestra vida de criatura pertenece a Dios. Nuestra felicidad pertenece a Dios. Dios es nuestra felicidad. Si se la robamos a Dios, y la proyectamos sobre las criaturas, ocurre el misterium iniquitatis, el pecado. Quitamos a Dios del centro de nuestra vida y nos ponemos a nosotros mismos como legisladores.

Dios nos crea según un Plan providente, en el que nuestra vida ocupar un lugar propio. Dios tiene algo previsto para cada uno de nosotros en orden a nuestra plena unión con él en su seno amoroso.

Las leyes objetivas que rigen nuestro ser (Ley natural) están dispuestas para realizar ese Plan de dicha eterna (no de efímero contento terrenal) Si ponemos cortapisas, el Plan fracasa, fracasamos nosotros.

Y creo que, por el misterio del pecado, el hombre puede ser aparentemente feliz en esta vida haciendo fracasar el plan de Dios. Será feliz en su subjetividad, pero no será dichoso. No será objetivamente feliz.

En la entrada de Longinos comentada al principio se hace referencia a una importante palabra: la dicha.

La dicha no es la felicidad.

La dicha no es sino la consecución de un bien. Dicha es lo mismo que destino bueno. Ese destino es el Cielo.

Felicidad es un estado subjetivo de contento emocional y sentimental. Pero si este contento pasajero y efímero esta separado del Plan providente de Dios, de la dicha (el bien) que Dios tiene pensada para nosotros desde toda la eternidad, se quedará en sólo eso, un gozo pasajero, que al morir, en el más allá, acompañará la eterna frustración de un Plan desbaratado.
La dicha es un bien objetivo que espera al ser humano en la otra vida (la Gloria) y que es anticipado en este (la Gracia)
Y por esta dicha hay que sacrificarlo todo, hasta la propia felicidad.
La felicidad mundana excluye la cruz. Pero sabemos, por Cristo, que la cruz es el camino de nuestra dicha.

martes, 21 de septiembre de 2010

Acción humana y moralidad

¿Cómo sabemos si un acto que realizamos es bueno o malo?

Veamos en primer lugar cuáles son las partes de un acto humano.

En primer lugar, el acto mismo en cuanto acto moral, es decir, su objeto. Un acto en cuanto a objeto de juicio de la conciencia puede ser bueno o malo.
A la valoración del acto como bueno o malo denominamos objeto del acto.
Aquí nos guía la conciencia: todos sabemos que mentir es malo, por ejemplo. Nunca es lícito realizar un acto cuyo objeto es malo. Pero en ocasiones tampoco es lícito realizar un acto cuyo objeto es bueno si son malos sus otros dos elementos.

La intención, en segundo lugar. Es la finalidad que persigue la persona al realizar ese acto, que puede coincidir o no con el objeto de la acción. Si la intención o fin es malo, vicia por completo la bondad del acto.

Aconsejar está bien (objeto bueno), pero se vicia y es malo si la intención es engañar y aconsejar un mal ( intención mala).

Rezar es bueno (objeto bueno) pero se vicia y es malo si la intención es pedir algo a lo que no tenemos ningún derecho o supone un mal para otros (intención mala)

Un buen fin o intención no puede convertir jamás una acción cuyo objeto es malo en bueno.

Por ejemplo, con el buen fin de ayudar a un amigo (fin bueno) no se puede mentir (objeto malo)

Con el fin bueno de aliviar el sufrimiento (intención buena) no se puede matar a una persona inocente (objeto malo)

Dice la Escritura: No deben hacerse cosas malas para que resulten bienes (Romanos 8, 3)

Pero algo cuyo objeto es bueno, y su intención también, puede ser malo si las circunstancias no lo aconsejan:

Acudir a hacer obras de caridad a un pais del tercer mundo (objeto bueno) para ayudar a los pobres (fin bueno) es malo si para ello hay que abandonar a la familia y descuidar nuestros deberes con nuestro cónyuge e hijos (circunstancia mala)

El tercer elemento, las circunstancias. Suponen una serie de condicionantes al acto humano que influyen en su bondad o maldad. Hay circunstancias que atenúan o agravan la moralidad del acto. Y otras circunstancias que añaden connotaciones morales nuevas a las acciones.

Blasfemar, por ejemplo, es más grave si hay niños delante que si no los hay. Dar testimonio de nuestra fe es más meritorio si estamos en un ambiente hostil que si estamos rodeados de amigos que comparten nuestras creencias. Un anuncio con imagenes obscenas es más inmoral si se proyecta en una película infantil. Etc.

Por tanto, y resumiendo, podemos afirmar, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, que para que una acción sea buena es necesario que lo sean sus tres componentes: objeto bueno, intención buena, circunstancias buenas.

El bien nace de la rectitud completa.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La Madre de Europa


Estos días he estado trabajando en mi cuadro "La Madre de Occidente". Pincelada a pincelada, poco a poco, cuidando los detalles, voy avanzando sin prisa. Quiero plasmar a la Madre de Dios sentada, como en un trono, sobre las ruinas de la civilización occidental, junto al río de la vida. Las columnas en pie significa que todavía Europa tiene su identidad, si bien nuestra cultura parece que duerme entre las ruinas de su antiguo esplendor.
Todavía en boceto, me quiero dedicar a fondo a terminar la figura de la Santísima Virgen. Sus manos, sólo en borrador, su divino rostro, el cuerpo del Hijo, nuestro Salvador...
Es una idea antigua. Es la segunda vez que intento pintar esta idea. Tal vez ahora lo consiga!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Audaces fortuna iuvat

Audaces fortuna iuvat. Con esta convicción conquistó Cortés Tenochtitlán, que la fortuna ayuda a los audaces, y es cosa temeraria ser cobarde. Que todo sale mal al que teme y de su miedo es sirviente, y vive alquilado de sus imaginaciones. No te arredres, venga, sigue adelante, no allí, donde te aguarda lo tuyo, sino hacia aquel otro lugar, terrible, donde te espera el peligro. Mira que tienes la Cruz del Señor como signo, y con ella aun muriendo vences. Todo bien se dispone ante el audaz en Cristo, la Providencia todo lo abre y moldea al bien de los que aman a Dios, y en bien del creyente coopera el universo entero.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Más de Virtud

Qui amat animam suam, perdit eam. (Juan 12, 25) Es tanto mayor el riesgo a que nos exponemos cuanta mayor es la solicitud por protegernos, la preocupación por ponerse a uno mismo a buen recaudo. Olvidémonos y lancémonos al Corazón de Cristo para ser salvos; a mal rato paso firme; hay que plantarle cara al mal y su aliada, la imaginación. De nada tengamos pavor, y si acaso lo tenemos, reprimámoslo con furia, seamos hombres y no nos arredremos ni protejamos en exceso, como aquellos que no tienen en sus naves el emblema de Cristo, el que siempre vence.

Nunc coepi. Ahora comienzo, en cualquier momento puedo empezar a cambiar, nada está perdido, y aun en el último momento puedo poner las sombras del revés. Ahora, en este instante, abro la puerta y accedo a la Luz, disipo las tinieblas con la fuerza de Cristo y me apresto al combate. En este preciso momento comienza mi nueva vida. Liquido el pasado, entrego mi memoria al Señor, doy por clausurado el ayer y me libero en el Espíritu del lastre de las horas.

Potentíssimus est qui se habet in potestare (Séneca). El más poderoso varon es aquel que tiene poder sobre sí mismo. De aquí procede su victoria, la fuerza de su brazo. Es dueño y señor del acaso, rey de las circunstancias. Ganando o perdiendo no se descompone, antes bien se compone a sí mismo con la armonía de Cristo. Firme y heroico, planta cara al enemigo interior y apercibido del amor de Cristo domina toda potencia disgregadora, para que solo el hombre nuevo aflore en su humanidad.

martes, 31 de agosto de 2010

Santa Indiferencia

Las horas pasan y nos son tenidas en cuenta. Transeunt et imputantur, reza en la torre del reloj de aquella plaza. Nos recuerda que cada hora que se va podemos ser más o menos santos, a la medida de nuestra configuración con Cristo.

El tiempo se sucede como un río, que va a dar al mar, como canta el poeta en las Coplas a la muerte de su padre.

No hace mucho escribí unos versos en la iglesia, frente al Santísimo:

Entretando descendemos,
perecemos,
mas si en Cristo
nos transformamos,
en Vida infinita
rompemos,
desembocamos.

Mantengámonos firmes, ceñidos los lomos con la verdad, revestidos de la justicia (Efesios 6, 14)

Vayámonos identificándonos con Él, entretanto descendemos. Que nos arrastre el Río de su Vida.
Profundamente inmerso en esta corriente , durante la Consagración en la Santa Misa, pedía al Señor me hiciera su siervo, me obligara a ser otro Cristo, ipse Christus, alter Christus.

No quiero ser río congelado que se detiene entre las peñas; no quiero descansar, sino romperme en olas de Vida hacia Ti, mi Señor.

Los errores se suceden, pero también la lucha. Qué importa todo, salvo alcanzar tu Mar de Luz, la Inmensidad de tu Gracia.

Que cuanto no me acerque a tu Santo Océano de Gloria me resulte indiferente, Señor. Que sólo así puede importarme todo, sólo así tendré deseo de perfección.

Hazme santo, Señor. Que no me importe nada, sino la santidad.

Te entrego el derecho que tengo a sentarme un momento y estar tranquilo. No quiero sino trabajar por Ti.

Transeunt et imputantur!

Las horas pasan, y no quiero que me encuentres detenido, descansando mientras a ti te entregan a la Cruz.

El tiempo pasa, y no vuelve.

Que siempre me encuentres volviendo a Ti, desembocando en Ti, trabajando por Ti, sin importarme nada en el mundo sino tu Gloria.

miércoles, 25 de agosto de 2010

La moral de situación

Este error consiste en afirmar que el hecho de que un acto sea bueno o malo no lo determina una ley universal e inmutable (la ley moral) sino que se debe valorar en base a la situación personal (afectiva, anímica, histórica, cultural, etc.) en que el individuo se encuentre.

Se recurre a este error para justificar acciones malas cuando se dice, por ejemplo:

-En tu situación, eso no es pecado.
-Para ti, en este momento, eso está bien.
-Teniendo en cuenta las circunstancias, tuviste que hacerlo.
Etc., etc.

Juan Pablo II corrigió este error, advirtiendo que "existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave" (Reconciliación y penitencia, 18).

Nunca, por tanto, es lícito realizar acciones intrínsecamente malas, por muy delicada que sea la situación de la persona; de esta manera, acciones malas que se justifican apelando a la situación personal del individuo, son siempre ilícitas: por ejemplo, abortar.

La moralidad de un acto no depende del estado anímico de la persona que realiza dicho acto. Depende de un valor objetivo: su adecuación o no a la ley moral.

Es más, hay situaciones en que debemos sacrificarlo todo, incluída la propia vida, con tal de no realizar una acción mala, sean cuales fueren las circunstancias en que nos encontremos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Falsas ideas sobre moral

A nuestro alrededor se difunden algunas ideas falsas respecto a la moralidad de los actos humanos que debemos ser capaces de advertir.

Creo que las más importantes, por masivas, son cuatro:
1.- Moral de actitud.
2.- Moral de situación.
3.- Moral de autonomía.
4.- Moral de mínimos.

MORAL DE ACTITUD
Este error consiste en afirmar que lo fundamental es la actitud general de la persona, no sus actos aislados. Se afirma que lo importante es que la persona adopte una opción fundamental de creencia en Dios, de compromiso, y que el cristianismo no es una moral puntual de hechos en sí, sino una forma de vida en actitud de amor.

A este error hay que oponer lo siguiente:

Los actos concretos que realizamos cada momento, cada día, tienen una enorme relevancia para nuestro proceso de perfeccionamiento moral, porque Dios quiere, además de nuestra buena actitud de compromiso con Él, las buenas obras que lo corroboren(Sant. 3, 17-18)

Por otra parte, la libertad humana está herida por las huellas del pecado original y ofuscada por la concupiscencia. Por esto, es necesario ir enderezando nuestra voluntad a Dios mediante actos libres que hagan de la fidelidad puntual a sus mandamientos un acto constante de entrega.

El Magisterio de la Iglesia desautorizó la moral de actitudes en "Reconciliación y Penitencia", 17, de Juan Pablo II, afirmando que: "se comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiendo y queriendo, elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado".

No basta la actitud de amor a Dios, hay que confirmarla constantemente con obras, enderezándonos perseverantemente a Él mediante la realización de actos buenos que confirmen en el espacio y el tiempo de nuestra vida mortal nuestra obediencia a Sus mandamientos.

En definitiva, la opción fundamental de amor a Dios no justifica la realización de actos malos puntuales, pues el acto malo es un rechazo de Dios.

Las personas no nos decidimos por Dios en un solo acto y opción, sino en multitud de actos que realizamos en el tiempo y el espacio de nuestra existencia continua, y así lo largo de todas las encrucijadas morales de nuestra vida, en que hemos de elegir a qué Señor servimos con nuestros actos.

Cualquier acto humano es un acto moral, y por ello todo cuanto hagamos supone un motivo de elección. Que sea Cristo, siempre, la razón de nuestros actos.

sábado, 14 de agosto de 2010

Nuevos aciertos de la virtud

Substine et abstine. Soporta y abstente. Quema deseos, anhelos vehementes en tu interior, acostúmbrate a arder, a renunciar, a perder, a partirte la quilla cerca de la costa del mundo, en el temporal, para arribar al puerto del Cielo, tu puerto perfecto y único. Que te sea indiferente perder o ganar, excepto el alma, en una pura indiferencia sobrenatural. No te acomodes a este mundo. Acostúmbrate a no tener cuanto deseas de él, cuanto anhelas de la tierra durante el día o la noche. Vive sólo de Cristo, desea sólo a Cristo, gana sólo a Cristo, y nunca lo pierdas por nada del mundo.

Age quod agis. Haz bien cuanto hagas. Sé recio en tu perfección, bravo en tu hacer, soldado de la voluntad de Dios. No tengas tu alma a los pies de otra tarea que aquella que tienes entre manos, no te toque el crepúsculo y compruebes, entre tus manos, la nada, la sombra de lo omiso, la elipsis del mal. Mira que sólo cuanto está perfectamente hecho educa y tiene fondo de verdor, en que pueda prosperar, potente y sólido, la Luz de toda sustancia.

Non est qui faciat bonum non est nec unus (Sal 15, 3 ) No hay quien haga el bien, no hay ni uno solo. Y no te importe; antes bien, yérguete, empújate al bien, no te vengas abajo porque ni uno solo se apreste contra el mal y al Padre alce el rostro diciéndole: mi corazón está a punto para Ti, mi Señor. Que no te importe estar solo y caminar solo; antes bien, prepara tu alma y tu cuerpo para un combate que durará mientras vivas. Que si te oprimen con burlas o te amenazan con afrentas, más seguro y firme en Cristo estarás, y más sereno que todos los amaneces del mundo.

domingo, 8 de agosto de 2010

Plegaria del pobre de espíritu


El salmo 101 (Vg.) comienza anunciando qué somos cuando, conscientes de nuestra poquedad, dirigimos humildemente nuestra mirada a Dios : Oración del pobre cuando se hallare angustiado y derramare su súplica ante el Señor (Salmo 101, 1)

Es decir, somos pobres, y estamos enfermos.

Cuando nuestro corazón busca al Dios vivo somos el pobre que derrama su plegaria a los pies de Cristo. Nos reconocemos enfermos, y necesitamos el Pan de Salud Eterna.

San Jerónimo nos recuerda, en su comentario de este salmo, que el Señor nos escucha y nos dice: Bienaventurados los pobres de espíritu (Mateo 5, 3)

Somos pobres cuando aceptamos que nos falta todo cuando no tenemos a Cristo. Quien no siente que le falta todo, es decir, Cristo, es rico. Porque cree que todo lo tiene.

El pobre recuerda sus pecados pasados, su riqueza pasada. Recuerda que creía tenerlo todo y no tenía a Cristo. Y siente angustia y clama al Señor y le suplica con toda su alma: No apartes de mí tu rostro (Salmo 101, 3).

Seamos pobres. Digámosle a Cristo: Señor, no tengo nada. No apartes de mí tu rostro, quiero tener tu mirada, tu mirada es mi salvación, que Tú me mires es mi esperanza y mi salud.

Tenemos hambre.

Como la ceniza en vez de pan (Salmo 101, 10). Cuando somos avaros de espíritu amasamos nuestro pan con ceniza, y enfermamos porque ese pan de tierra no alimenta. Y con llanto mezclaba mi bebida (Sal 101, 10) dice el salmista; nada nos satisface, ni el pan ni la bebida de dolor, que nunca calma la sed.

Ahora miro cuantas cosas hice y veo mi pobreza, y dirijo al Señor Jesús mi plegaria: dame de tu Comida y tu Bebida, para que me nutra de tu eternidad. Digo esto, Señor, porque considero mi pobreza sin Ti, que nada tengo si no te tengo a Ti.

Pues necesito la fuerza de Dios para permanecer en pie. Cuantas veces me levante sin tu Alimento de Vida, volveré a caer. Después de haberme levantado, volviste a abatirme (Sal 101, 11)

Sé lo que quiere el Señor: mantenerme en pie no con mis fuerzas, sino con la Suya. Porque no tengo nada que llevarme a la boca que me de auténtica fuerza, y soy pobre. Y es así, desde esta pobreza, como puedo clamar: aliméntame, Señor mío y Dios mío, y seré bienaventurado.

martes, 3 de agosto de 2010

Cristo, mi Señor


Cristo es el Señor. No cualquier señor. Es el Señor que ama a sus siervos y da la vida por ellos.
Cristo es el Señor.

Es verdad que Cristo es amigo, pero es Señor.

Es verdad que Cristo es hermano, pero es Señor.

Yo quiero amar a Cristo con reverencia, besar sus sandalias, el polvo que pisa. Quedarme a esperarle, a atenderle, frente a Él.

Me arrodillo ante el Señor porque le debo la Vida, mi vida está en sus manos, el latido de mi corazón, el pulso de cada día.

El amor que profeso a quien amo, se lo debo a Él. Como todo.
Pues nada puedo hacer sin Él (Juan 15, 5)
Cristo es todo.
A un lado del camino quiero esperarle. Donde no me vea a mí mismo, para no gloriarme sino de amarle a Él.

sábado, 31 de julio de 2010

Cuando soy débil

Los cristianos somos atletas que nos gloriamos de ser débiles.
Atletas que cuanto más débiles se reconocen, más fuertes son.
Esto nos dice el apóstol: "Pues cuando flaqueo, es cuando soy fuerte" (2 Corintios 12, 10)
Corramos, reconociéndonos débiles, para alcanzar la santidad. Pero corramos de tal manera que alcancemos el premio (1 Corintios, 9, 24)
Así lo alcanzamos: cuando corremos con una fuerza que nos es nuestra, porque es Suya.

Y de qué premio nos habla el Espíritu Santo, a través del apóstol! De un premio inmarcesible.
Como atletas que disciplinan su cuerpo y se abstienen de todo para obtener una corona incorruptible, así hemos de luchar, de correr esta carrera (1 Corintios 9, 25).

A la manera de atletas de Cristo, cuya fuerza no proviene de ellos mismos, sino de Aquel que les envía a la carrera y les provee de todo cuanto necesitan para ganarla.
Gloriémonos, pues, de nuestra debilidad (2 Corintios 11, 30) para que la fuerza de Dios, que es Cristo, nos empuje hacia la meta. Dios nos nutre de sí, nos alimenta de su Pan de Fuertes, que es Cristo, a través de su Cuerpo.

Escuchad lo que nos dice nuestro Señor, Jesús, en 2 Corintios 12, 9: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza".
La fuerza de Dios, el Santo Señor Jesús, es nuestra Fuerza, la Gracia que nos basta para correr y ganar ese premio incorruptible.

lunes, 26 de julio de 2010

Anunciación


Humana flor
y mar lejano, pasas,
frescor suave,

sobre lo esplendoroso.

Tu estancia florece, tiempo
azul, con el brotar azul
de los albaricoques.

Quiero cantar tu alma
desde lo más profundo,
en que la Voluntad del Padre
se enciende sobre nosotros
como el romper de olas
surgidas desde ti.

Resuena en mí
la hondura que florece,
canto y Madre, sueño y sol,
María,

erguida en tu primavera.

jueves, 22 de julio de 2010

La más candente Cima

Nosotros amamos la Jerarquía
de la Luz, la ordenación que la Verdad
instaura en las cosas:

Amamos la Autoridad
con que brotan las flores,
de la que surge un mundo
de tonante obviedad.

Amamos las cosas oscuras
a salvo de la opinión,
en cuya sombra abrasarnos en llamas
de gozosa claridad.

Amamos la dureza
de la forma a fuego puro,
en cuyo yunque descubrir
la verdadera Forma:

Pues si es Verdad y Luz
la sangre verdadera
del verdadero sangrar.

Y si es pureza y jerarquía
la candente formación
del verdadero Formar,

la realidad total que amamos
es la preciosa Realidad
que es Una y Trina y fulge Toda
y forja en nosotros nuestro Amar,

Y forja a fuego puro nuestro ser:

Aquel que realizamos con temblor y hondura
en la más candente cima del Sangrar:

La más candente cima del Saber.





martes, 20 de julio de 2010

SOBRE EL DESTINO DEL MUNDO


Sobre unos dientes enormes de acero
caminan los niños que no nacerán.
Se vuelven sus filos rojizos
hacia la carne del alma nonata.

Devoran las olas del mar
con fauces de un tiempo insaciable,
como un vacío
de espinas de presa y de caza
que interna maldito
su sombra hacia Dios.

Como un silencio de ramas no blancas
en cuyo seno no brota jamás el Milagro,
transcurre su luz
hacia el destino del mundo.


A las víctimas del aborto

viernes, 16 de julio de 2010

Un tesoro escondido

Esta es la historia de una carta. Una historia que sucedió en Navidad. Yo vivía inmerso en la fiebre consumista de esos días, sufriendo una rutinaria depresión que sentía como normal en mi vida. Tenía veintipocos años, y había sufrido tanto en mi infancia que la Navidad se me aparecía como un insulto. Este era el razonamiento: Celebrar la Navidad es propio de gente que no ha sufrido.

Aún no conocía a mi esposa. De hecho, no conocía apenas a nadie. Con este ánimo se me ocurrió irme unos días fuera de la ciudad, a un pueblo de la sierra, solo, para olvidarme de todo y dedicarme a leer. Así, llené mi maletín de piel marrón con libros de poesía y de filosofía, hice la maleta, y me marché de allí.

Me alojé en una modesta pensión en la que apenas paraba, dedicado como estaba a leer y releer poesía por los miradores de aquel camino de enebros y plátanos centenarios, en la placidez de piedra de aquellas plazas vetustas de pueblo. Me impresionaba la belleza arquitectónica de sus callejuelas, por las que parecía no pasar el tiempo técnico de hoy, y el ambiente navideño arcaico y provinciano que reinaba en aquel lugar. Parecía que la sociedad consumista y las navidades de papá Noel no hubieran llegado todavía a aquel pequeño municipio azul.

También me sorprendió la delicadeza y ternura del rostro de la muchacha que limpiaba las habitaciones de la pensión, con la que me crucé por el pasillo un par de veces. Debía tener unos dieciséis años. Llevaba los útiles de limpieza con la cabeza baja y su cuerpo esbelto y erguido, apenas oprimido aún por aquella vida de esfuerzo y monotonía.

Una noche me encontraba bastante triste, no sólo por algunos problemas concretos y oscuros que me hacían sufrir, sino por una insatisfacción personal profunda acerca de mi propia existencia. Entonces, escribí un pequeño poema que reflejaba ese estado de ánimo y me dormí. A la mañana siguiente, muy temprano, me levanté y fui a pasear por el pueblo. Era mi último día allí.
Recorrí las calles húmedas de rocío. Estuve recordando y recordando escenas dolorosas de mi vida, que no podía apartar de la mente. Me asomé a una balaustrada que, en la plaza del ayuntamiento, daba a un precipicio de magnolios en flor y cedros gigantescos.

No pude evitar que saltaran lágrimas a mis ojos. En algún momento, una golondrina voló cerca de mí y se detuvo ante mis ojos, a un palmo... parecía que volaba junto a mi corazón, para comunicarme algún mensaje del Cielo.

Volví mis pasos hacia la pensión. Eran las cuatro de la tarde, y llevaba todo el día fuera, ni siquiera había comido. Cuántas cosas habían pesado sobre mí... En la habitación guardé los papeles y libros, ropa y demás. Cerré la maleta, pagué la habitación y me dispuse a salir hacia la estación de autobuses.

Mientras esperaba el autobús abrí el bolsillo lateral de la maleta, tomé un libro de poemas de Hölderlin, y leí:

Donde hay peligro
crece lo que nos salva
.

Subí al autobús y emprendí la marcha hacia la ciudad. Oscureció muy pronto. Las colinas cobrizas de la sierra, salpicadas de olivos, me parecían vestidas por medias de luto, medias sobrias y austeras que cubrían piernas de arena de oro puro y tierras lunares de cultivo; cuadro dorado y de plata, en un marco de madera de siglos de arado, sudor viril, mujeres que sufren y saben trabajar la hoz.

De pronto, una golondrina cruzó frente a mí por la ventanilla del autobús; parecía casi detener su vuelo, durante el movimiento, para acompañarme en el viaje.

Entonces sentí un impulso de abrir el bolsillo lateral derecho de la maleta... introduje la mano... buscando tal vez un libro... y encontré...un sobre.
¡Un sobre desconocido!

Qué extraño, quién lo habría escondido allí. Alguien había estado registrando mis cosas, se había atrevido a abrir la maleta... abrí el sobre.

Era una carta escrita a máquina, con muchas faltas de ortografía, pero mensaje muy claro. La leí:

He estado leyendo tus poemas. Son tristes, pero nobles. Te he estado observando, y veo en ti un alma sufriente que busca, sin saberlo, algo que ya ha encontrado; la vida es hermosa, pero te empeñas en permanecer en tus mismos errores de siempre, y eres esclavo de tu dolor. Debes alzar el vuelo como una golondrina, sin que te perturbe nada. ¿Cómo? Es Navidad. Olvídate de las tiendas, de las gentes que compran y compran, del consumismo, de la vulgaridad de la televisión y de tantas cosas...encuéntrale a Él, el verdadero Tesoro, EL Niño Dios. Viaja con tu espíritu a Belén, acompaña a los pastores y a los Magos y a los ángeles a visitar al Redentor. Este es el regalo de Navidad que te ofrece alguien que te ha estado observando sin que tú lo supieras. Busca el tesoro, y verás todo de una manera nueva.

Era increíble. ¿Quién era aquella misteriosa enviada del cielo que había introducido aquella carta en mi maleta? De repente, la imagen de la muchacha de la limpieza vino a mi mente. Y comprendí. Aquellas veces que me crucé con ella por el pasillo, que la miré sin mirarla; algo especial había en su semblante, algo especial emanaba de ella... de ella emanaba Jesús.

Y me di cuenta de todo: del cariño gratuito con que limpiaba mi cuarto, del cuidado con que arreglaba y ordenaba los papeles de mi mesa, cómo me doblaba la ropa, sin tener por qué... del amor que ponía en su trabajo... sin obligación alguna de hacerlo.... por mí.

Me sentí culpable por tanta amargura monótona y vetusta como la plaza de la fuente de aquel pueblo. Aquella muchacha tan joven y trabajando tanto, tal vez, seguro había sufrido más, mucho más que yo. Era obvio, por sus incorrecciones ortográficas, que no tenía estudios; causaba indignación los malos modos que el dueño de la pensión gastaba con ella... y el poco respeto que le guardaban los clientes de la hospedería:

—Niña—le gritaban—tráeme el whisky.
—Niña, caliéntame el plato, que está frío.
—Niña, a ver si arreglas más rápido mi cuarto, que tengo cosas que hacer...

Y esta niña delicada y doliente me había aconsejado a mí, me había indicado el camino que debía seguir para salir del pozo en que me encontraba, como ese agua que el poeta decía que nunca, nunca desemboca.

Cuando llegué a la ciudad fui a la primera iglesia que encontré y me arrodillé frente al Señor. Bajo el altar, una imagen grande del Niño me miraba con ojos de indecible bondad, de entrañable amor. Era el tesoro escondido, el tesoro cierto y oculto que encontré en el campo, que encontré en un sobre.

Intenté rezar un Padrenuestro, pero no me acordaba. Desde que hice la primera comunión no había pisado una iglesia. Miré a los ojos de María, y me entraron ganas de llorar, pues me pareció ver en ella el rostro de la muchachita de la limpieza de aquella pequeña y perdida pensión, en un pequeño y olvidado pueblo de la sierra.

Y recé, con toda mi alma, mientras daba gracias al Dios de Belén...Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

lunes, 12 de julio de 2010

Cosas pequeñas y heroicas

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí estar llamado a cosas grandes y heroicas, pero era otro el camino que ideaste para mí.

La voz que en la mañana se despide con ternura; esa voz querías para mí. La dulce flor que un pequeño tiesto brota, esa flor querías para mí. La tierna mirada a unos niños que sufren y que anhelan... Esa mirada querías para mí.

Cosas que nunca se entienden ni se aceptan si no es con tu Gracia. Esas cosas querías para mí.

Las largas esperas de nueve meses y los largos sueños del bebé que duerme. Las suaves palabras de una madre que en su corazón todo lo tiene y se abre. Esas palabras, esas esperas querías para mí.

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí que estaba destinado a cosas grandes y heroicas, y ¡así ha sido! Tus cosas, Señor, tus cosas. Con ellas me has complacido, grandes cosas me has dado, Señor, pequeñas rosas en su tiesto azul, que riegas Tú, que eres su savia y su Luz. Pequeñas cosas heroicas con ojos de niña que llora, con ojos de esposa que adora, cosas grandes y heroicas bajo este sol del hogar, que todo lo alumbra y lo dora. Una empresa muy grande, ¡grandiosa!

Pues quiero seguirte. Adonde Tú vayas quisiera ir yo. Otros irán delante de mí, más cerca de Ti. Yo me conformo con seguirte, a paso lento, enredado en estas cosas, pequeñas, difíciles, heroicas. No puedo aspirar a otras. A lo mejor, en un descuido, alcanzo a tocarte, a rozar tu vestido y a mirarte, o a decirte: aquí estoy, mira, he intentado realizarlas aquí, detrás de Ti, en esta casa y a esta hora.

Cosas pequeñas y heroicas, Señor, que hago por Ti.

¡Teselas de tu mosaico infinito, inconmensurable, sin fin!

sábado, 10 de julio de 2010

Todo en Cristo

Habitamos en una esperanza. A nuestra lado, risas, la vida que pasa, la gente, con sus inquietudes, sus ambiciones, sus proyectos, sus bienes, sus secretos, sus deseos ocultos....

Permanezcamos en nosotros mismos, mirando directamente a Cristo. Permanezcamos en Cristo.

Muchos habitan en deseos, nosotros en esperanza. A nuestro lado, lágrimas, la vida que pasa y sigue pasando, la gente, con sus increencias, sus sueños incumplidos, sus alegrías, sus deseos abiertos a la luz del día y de la noche.

Nosotros permanezcamos en Cristo, nuestro único deseo, nuestro único sueño, nuestra única quietud, nuestro movimiento, nuestra alegría.

Nada queramos, deseemos, gustemos, sino a Él.

Mortifiquemos cuanto de terreno haya en nosotros (Colosenses 3, 5) en perfecta alegría sobrenatural, en gozo indestructible. Y todo cuanto hagamos de palabra o de obra, solos o entre la multitud, hagámoslo en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3, 17)