Omnia quasi oculo Dei intuemur -como si todo lo viéramos con Sus ojos- (Santo Tomás de Aquino)
miércoles, 19 de enero de 2011
Doctrina de la Iglesia sobre la vida eterna
I El juicio particular
1021 La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiv a del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros.
1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Cc de Lyon: DS 857-858; Cc de Florencia: DS 1304-1306; Cc de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Benedicto XII: DS 1002).
A la tarde te examinarán en el amor (San Juan de la Cruz, dichos 64).
II El cielo
1023 Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4):
Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos ... y de todos los demás fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron;... o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte ... aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio final, después de la Ascensión al cielo del Salvador, Jesucristo Nuestro Señor, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles. Y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura (Benedicto XII: DS 1000; cf. LG 49).
1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo" . El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.
1025 Vivir en el cielo es "estar con Cristo" (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los elegidos viven "en El", aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (cf. Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (San Ambrosio, Luc. 10,121).
1026 Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
1027 Estes misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9).
1028 A causa de su transcendencia, Dios no puede ser visto tal cual es más que cuando El mismo abre su Misterio a la contemplación inmediata del hombre y le da la capacidad para ello. Esta contemplación de Dios en su gloria celestial es llamada por la Iglesia "la visión beatífica":
¡Cuál no será tu gloria y tu dicha!: Ser admitido a ver a Dios, tener el honor de participar en las alegrías de la salvación y de la luz eterna en compañía de Cristo, el Señor tu Dios, ...gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos y de los amigos de Dios, las alegrías de la inmortalidad alcanzada (San Cipriano, ep. 56,10,1).
1029 En la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera. Ya reinan con Cristo; con El "ellos reinarán por los siglos de los siglos' (Ap 22, 5; cf. Mt 25, 21.23).
III La purificación final o Purgatorio
1030 Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1 Co 3, 15; 1 P 1, 7) habla de un fuego purificador:
Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).
1032 Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: "Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado" (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos:
Llevémosles socorros y hagamos su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su Padre (cf. Jb 1, 5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo? No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41, 5).
IV El infierno
1033 Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".
1034 Jesús habla con frecuencia de la "gehenna" y del "fuego que nunca se apaga" (cf. Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que "enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo" (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:" ¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!" (Mt 25, 41).
1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14):
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde `habrá llanto y rechinar de dientes' (LG 48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegari as diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88)
sábado, 15 de enero de 2011
Apostolado de la salvación del alma
La caridad de Cristo nos urge, nos apremia, nos empuja al apostolado, al celo por la salvación de tantas almas que viven, a nuestro alrededor, como si Dios no existiera, y como si Cristo no fuera a venir a juzgar a vivos y muertos.
Hacemos un apostolado desvirtuado e inútil transmitiendo a los demás tranquilidad respecto al infierno, creando la falsa expectiva de, para el que está privado de la Gracia, y carece de arrepentimiento, un perdón obligatorio y a toda costa de Dios misericorde,
como si el pecado sin arrepentimiento ni conversión no tuviera nefastas consecuencias por sí mismo y no volviera humanamente imposible la conversión en ausencia de la Gracia,
y aleja, por su propia potencialidad, de la comunion con Dios tras la vida terrenal.
¡Como si fuera posible para el ser humano arrepentirse de sus pecados estando alejado culpablemente de la fuente del arrepentimiento, que es el Cuerpo Sacramental de Cristo, dispensador de Gracias de conversión y arrepentimiento!
¡No es posible, para un bautizado, arrepentirse de forma agradable a Dios si está separado de los sacramentos del perdón y de la Vida. Pues la Iglesia no es accesoria, sino necesaria, y Dios reserva caminos extraordiarios de arrepentimiento a los que desconocen inculpablemente su Iglesia, pero no a los que desprecian culpablemente la Gracia que ésta les puede infundir.
¿Cómo vive la gente que nos rodea? Vive únicamente para el mundo y para disfrutar del mundo y de la carne. Sus únicas preocupaciones son las de la carne y sus fruiciones mundanas: el nuevo coche que ha comprado, el lío que mantiene (a espaldas de su mujer), la casa con jardín que ha comprado... .... Abortos, uniones ilícitas, anticoncepción masiva, separaciones, infidelidades, promiscuidad juvenil....vida en el lujo y malgasto de tiempo y dinero en diversiones y pasatiempos, abandono de los ancianos en tristes residencias, impudor generalizado... etc. etc. etc.
Tenemos un deber de apostolado urgente con todas estas almas que nos rodean, que desconocen el tremendo peligro que supone hacer el mal y vivir de espaldas a Cristo obrando la iniquidad sin arrepentimiento ni propósito de enmienda.
Una inmensa multitud que nos rodea padece un error funesto. Piensa, alegre, inconscientemente, que puede vivir como quiera y hacer lo que quiera para lograr sus sueños carnales y ambiciones mundanas sin que pase nada. Sumidos en afanes materiales, ignoran el destino fatal que aguarda al que hace el mal sin arrepentimiento ni conversión.
Palabras nefastas: "Dios no te puede condenar, no te preocupes, Dios conoce nuestra debilidades, el infierno es una llamada de atención, no un peligro real, en el infierno no puede haber ni habrá nadie...."
Otro, sin embargo, es el apostolado de Cristo, cuya predicación siempre hace referencia a la posibilidad real y no sólo hipotética de perderse eternamente.
El Señor avisa claramente de lo que va a ocurrir, no de lo que puede ocurrir, sino de lo que va a ocurrir: muchos no podrán entrar.
–«Uno le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: luchad para entrar por la puerta estrecha, porque yo os digo que muchos pretenderán entrar y no podrán». Algunos gritarán, «Señor, ábrenos»; pero Él les contestará: «alejáos de mí todos los obradores de la iniquidad. (Lucas 13)
Muchos pretenderán entrar y no podrán. El Señor está diciendo claramente lo que va a pasar si no nos arrepentimos y convertimos y pasamos por la puerta estrecha de su Palabra, que es Luz de Vida y eterna bienaventuranza.
Debemos luchar por entrar por la puerta estrecha, vivir amorosamente para Cristo, hacer muchos actos luminosos de expiación, no dejar de anunciar a todos cuantos nos rodean que hay juicio tras la muerte, y juicio final, cuando venga Cristo a juzgar a vivos y muertos, y que la vida en Cristo es una maravilla.
Señor mío y Dios mío, yo creo, adoro, espero y amo, y te pido perdón por los que no creen, ni adoran, ni esperan, ni aman.
La caridad de Cristo nos urge. Tengamos celo por la salvación de las almas, comuniquemos la salvación de Cristo Jesús por la Gracia que suministra sacramentalmente la Iglesia, y cantemos las maravillas de un Dios misericordioso para aquel que vuelve arrepentido a los brazos de su padre y dice:
Padre mío, he pecado contra el cielo y contra ti.
¡Dios nos ama! Vivamos en su amor y no hagamos nada que nos aleje definitivamente de Él.
lunes, 10 de enero de 2011
Observaciones sobre la virtud de la obediencia
La verdad no viene sola.La ley la trajo Moisés, pero la Verdad y la Gracia nos vienen por Jesucristo (Juan 1, 17)
La obediencia a la ley era una obediencia jurídica. La obediencia a la verdad es una obediencia sobrenatural.
¿Por qué? Porque la verdad nos viene con la Gracia, vida sobrenatural de Dios participada, por medio de Jesucristo.
Si Cristo nos habla de Él mismo, es decir, de la Verdad, debemos escucharle, obedecerle. La fe en Cristo se convierte en una obligación transcendental en cuanto Dios mismo se dirige al hombre y se revela.
Cuando la verdad se des-cubre, la mente debe adherirse a lo des-velado.
No podemos reclamar ante Dios un derecho a disentir de Él, a rechazar el perdón que nos ofrece. La desobediencia al Espíritu, el rechazo del perdón de Dios, se convierte, así, en ese pecado que nunca se perdonará, porque rechaza el perdón. (Dominum et vivificantem, 46)
Hoy no agrada la palabra obediencia. Es tabú, como la pureza o la virginidad. Suena mal a oídos de muchos, incluso de los que acusan a otros muchos de desobediencia y pretenden curar la desobediencia con auto-obediencia: atrévete a pensar, a ser tú mismo, a discernir la verdad...el que manda se equivoca, no le obedezcas....En el fondo, pretenden corregir los males de la Iglesia, que se centran en una desobediencia generalizada, con una simple y humana, demasiado humana obediencia a su propio parecer.
La opinión propia padece la ley de la inercia. Pues el hombre persevera en su propio parecer a menos que sea inducido a cambiarlo por una fuerza extra impresa sobre él. Esa fuerza es la Gracia, y ese cambio de dirección es Cristo. El ser humano pasa de mirarse a sí mismo y obedecer la ley inercial de su propia inteligencia carnal, a mirar a Cristo y a obedecer la verdad del Logos divino.
El que escucha el Magisterio de la Iglesia, por cuya acción pedagógica el Santo Padre, Cefas mismo, hace las veces (de vicus, vicario, representante, el que hace las veces de) de Cristo, escucha la verdad. Si escuchamos al Magisterio de la Iglesia escuchamos a Cristo, que nos habla desde el cielo. A la Iglesia misma pedimos la fe, que no es sino capacidad sobrenatural de escucha.
Obedecer procede de oboedire, que deriva de audire, oir, escuchar. El que obedece es el que escucha a aquel que tiene autoridad y realiza lo que se le dice.
¿En qué consiste el carisma de la obediencia? En un anhelo de verdad permanente y de estabilidad invencible. La obediencia nos hace invencibles: Al que obedece, Dios le da la victoria, se lee en el Libro de los Proverbios: vir oboediens loquetur victoriam. Es el carisma que necesita la Iglesia de hoy para renovarse. Nunca la obediencia ha sido más actual.
La obediencia es un virtud doble. Respecto a la verdad. Y respecto a la Gracia.
León Bloy, en su diario El peregrino de lo absoluto relata cuánto le impresionó un llamamiento de San Pío X a la obediencia:
He leído en La semana religiosa un discurso de Pío X notable en extremo. Dirigéndose a sacerdotes, les habla del amor que tienen que tener al Papa (...); de la obediencia incondicional que se le debe, fuera de la cual no puede haber santidad. La insistencia tan marcada del Soberano Pontífice sobre este único punto revela una profunda angustia; (...) sabe que sus instrucciones, incluso sus órdenes, son discutidas, juzgadas, y finalmente despreciadas.
¿No nos parece profundamente actual el sufrimiento de San Pío X? ¡Cómo recuerda al sufrimiento de Pablo VI ante los males que la desobediencia postconciliar traía sobre la Iglesia!
Dando el salto de la obediencia en el plano de nuestra santificación, a la obediencia en el plano de nuestra vida eclesial como cristianos, ¿no es la obediencia una virtud fundamental en la vida de los cristianos? Fijémonos, siguiendo el caso planteado por el llamamiento de San Pío X, en la obediencia al Papa y su Magisterio, representante de Cristo.
El motivo de la obediencia a los actos lícitos de gobierno del Papa no se basa en que nos parezca acertado o no a la luz de nuestra propia opinión; se basa en motivos sobrenaturales: la fe en las promesas y las acciones de Cristo, que edifica su iglesia en Cefas, es decir, en el Romano Pontífice Debe ser obediencia sobrenatural, es decir, no a la persona del Papa en cuanto ser humano, por muy virtuoso o inteligente que sea, sino obediencia a Cristo, que coloca a Cefas como piedra de edificación. Porque la autoridad de gobierno del Papa es de derecho divino, (véase Pastor Aeternus) por cual la obediencia a dicha autoridad no procede de un motivo natural.
Experimentando la obediencia por la ductilidad absoluta a las mociones de la Gracia, hacemos la voluntad de Dios y nos santificamos. De nuestro asentimiento y nuestra ductilidad dependen mucha cosas importantes.
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Hebreos 5
:8 y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia;
:9 y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen,
:10 proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec
viernes, 7 de enero de 2011
Lluvia sacramental de Gracia
Dios Nuestro Señor nos enseña e ilustra, sacramentalmente, mediante su Divina Liturgia, y se hace Gracia que alimenta y santifica nuestra vida cotidiana, cuando ésta se complace día y noche en el Señor. Cuando salimos de la Iglesia prolongamos la Liturgia celeste y esparcimos su luz allá donde nos lleven nuestros pasos.
Vivida, primero en el sacramento, luego en la oración, se vuelve lluvia de luz que dirige nuestra vista al cielo, y nos permite contemplar los pasos que damos con la mirada de su eterno frescor, en novedad perfecta.
La Palabra del Señor, de la cual vivimos (Mateo 4, 4) es fulgurante, y la esperamos como se espera la lluvia (Dt, 32, 2)
Nuestra existencia terrena, oscura y desierta por obra del pecado, espera las palabra del Señor como espera la lluvia. Nuestra alma absorbe la palabra del Señor y recobramos la salud de cada día, pues cada día, en el camino de nuestra perseverancia, pedimos el agua de la Palabra del Señor, para que nos recobre y estremezca.
La tierra absorbe la lluvia que una y otra vez cae sobre ella (Hebreos 6, 7)
Una y otra vez penetra la Palabra del Señor sobre nosotros. Vemos que nos transforma y nos estremecemos. Es fulgurante y fresca.
Lo vio la tierra y se estremeció (Salmo 96, 4)
No dejemos la Palabra del Señor, día a día, momento a momento, para que caiga como lluvia fulgurante sobre nosotros, una y otra vez.
El corazón duro no se estremece ante la Palabra, no absorbe su lluvia de Gracia, es desierto de tiniebla.
Los cielos anunciaron su justicia y los pueblos todos contemplaron su gloria (Salmo 96, 6)
Los cielos de nuestra vida de cada día son los sacramentos. Por ellos anuncia la Iglesia la justicia fulgurante del Señor, y nos hacen contemplar su gloria por la Gracia.
Sin vida sacramental moramos a la intemperie como en un helado erial sin cielo. Sin lluvia cálida de Gracia, en dura sequedad.
Resplandecieron sus relámpagos sobre el orbe de la tierra (Salmo 96, 4)
El Señor Jesús creó los relámpagos de los sacramentos para que su Cuerpo hiciera caer sobre nosotros la lluvia de su Gracia.
Cuando andemos desorientados, fijemos nuestra mirada en el cielo relampagueante de los sacramentos.
Dice San Jerónimo en su comentario de este salmo (96) que "las cartas de los apóstoles son nuestras lluvias espirituales".
Contra el desierto, la Escritura y los Sacramentos. Las cartas de los apóstoles avivan la inteligencia de nuestra identificación con Cristo, día a día, momento a momento.
Seamos como el justo bienaventurado que, como enseña el salmo 1, medita día y noche la Palabra del Señor, y se complace en ella.
martes, 4 de enero de 2011
Sabiduría es más que entendimiento
Si le pedimos al Señor su sabiduría y aceptamos su luz de forma amorosa y confiada, no seremos como los sabios de este mundo. Seremos sabios como Cristo es sabio, porque habremos recibido de Él nuestra sabiduría.
Si el Señor nos habla y queremos escucharle y le escuchamos, actuamos con sabiduría. Digo actuamos, porque, además del entendimiento, va implícita la voluntad, tras la Gracia, en el acto de sabiduría.
La imitatio Christi, nos enseña en el cap.43 que el Señor eleva la mente de los humildes, de forma que penetran más profundamente en la verdad que un sabio de este mundo estudiando, durante años, la ciencia de este mundo.
El Señor enseña sin polémica de argumentos, introduce, por la caridad, en nosotros su sabiduría para pacificarnos en Él. Eleva la mente. Primero, porque la sobrenaturaliza por la Gracia. Segundo, porque la orienta hacia Dios. Tercero, porque la despega de los objetos de la tierra. No extraña el odio inmenso que Nietzsche profesaba a la Imitación de Cristo. Porque su filosofía se fundaba en exaltar al hombre y la sabiduría del hombre. Y el Kempis enseña que el hombre no es sabio sino Dios, que hace sabio al hombre por Cristo.
Existe la obediencia de la fe y la obediencia del corazón, que se nutre de la caridad. Cuando el entendimiento no entra en disensión con la sabiduría de los humildes, la caridad de Cristo empuja al entendimiento a abrirse a la Voluntad de Dios, y comprendemos lo que Cristo quiere que comprendamos. Así la voluntad corre en auxilio del entendimiento.
Parece que la sabiduría es sólo un acto muy cualificado del entendimiento. Pero lo es tan sólo en cuanto se refiere a su capacidad de jucio. En cuanto a que dirige nuestros actos al cumplimiento gozoso de la Palabra de Dios, la voluntad abre la puerta del alma al Logos de la Gracia, y abre acceso a la contemplación amorosa de fundamentos y princpios. Por eso es también un acto de la voluntad en sinergia con la Gracia. (Teología de la Perfección cristiana, Royo Marín, pág. 487)
Parece que la sabiduría perfecciona sólo el saber, pero perfecciona principalmente la caridad. Pues el hábito por el que juzgamos rectamente las cosas de Dios, con juicio que da gozo y fruición, es el don de la sabiduría, que orienta los actos humanos a la contemplación de Cristo. La sabiduría, pues, como la obediencia, se asienta, en cuanto que juzga, en el entendimiento, pero en cuanto que juzga amorosamente y con fruición sobrenatural, en la voluntad.
Parece que el fundamento de la obediencia es la razonabilidad de la orden del superior, pero no es este su fundamento, sino la autoridad del superior. Si el superior es Cristo, la obediencia a Cristo es obediencia divina, pues el superior es divino. Si, por delegación, la obediencia se refiere a Cefas, al Papa, la obediencia sigue siendo divina, pues el fundamento de la obediencia al Papa es la autoridad de Cristo. Del mismo modo, el fundamento de la sabiduría es Aquel de la cual procede como el mandamiento procede del que manda, o la orden del superior. Somos sabios porque Cristo nos da de su sabiduría y su autoridad (de augere) nos hace crecer y progresar en luz de amor.
Por eso el acto luminoso más perfecto es la obediencia de sabiduría. Esto es, la ductilidad de nuestra voluntad a la Palabra de Dios. Nuesta ductilidad a la Gracia es el acto más perfecto y sabio que existe. Y la ductilidad es obediencia que proporciona luz y acción luminosa al mismo tiempo.
LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI
domingo, 2 de enero de 2011
Si tus penas no pruebo, Jesús mío...¿cómo podré servir a la Iglesia
En ese devoto y piadosísimo libro escrito por el propio músico, Viaje a Jerusalén, escribe:
"y tal priesa me dio con su buena doctrina y castigo, que con mi gran voluntad de aprender y ser mi ingenio acomodado a la dicha arte, en pocos años tuvo de mí alguna satisfacción"
Guerrero está hablando de su propio hermano, Pedro, que fue maestro suyo, muy exigente y duro, por cierto, que le hizo sufrir mucho con su exigencia, padecimientos que él dedicaba al Niño Jesús. Luego estudió con ese hombre eximio en virtudes y música que fue el gran Cristóbal de Morales.
Guerrero fue un hombre que, siendo un gran genio de la música, dotado de excepcionales cualidades, sólo quería servir a la Iglesia con su música y con su vida. Incluso llega a renunciar a un prestigioso puesto en la catedral de Málaga y se dedica a ser maestro de niños en Sevilla. ¿Para qué? Para servir a la Iglesia. Así hablan de él los que le contratan:
"por razón de su habilidad y que por servir a esta santa iglesia, y porque de su habilidad se ve y conoce notoriamente el provecho que puede hacer a los niños cantorcicos para que esta santa iglesia sea bien servida, y los dichos niños aprovechados en doctrina, habilidad y en todo lo demás, se le dé cargo de (maestro) de los dichos niños cantorcicos".
Así, su vida, su arte, su dinero, todas sus energías, se orientan a que la Iglesia esté bien servida.
Se le contrata por su gran capacidad musical, pero, sobre todo, por el provecho que pueda hacer a los niños...para que éstos aprovechen en doctrina.
Viaja de aquí allá buscando dinero, fondos, recursos, tan pobre él que le amenazan con prisión, y se gasta en cientos de trabajos para que la iglesia esté bien servida en todo aquello que depende de él.
En 1590 viaja a Jerusalen, viaje que deseaba emprender con todo su corazón, pues estaba ardiendo en deseos de visitar la tierra que pisaron los pies de nuestro Señor.
Samuel Rubio en su obra sobre la Polifonía Española recoge las preciosas palabras con que Guerrero habla de este anhelo de ir a Jerusalén:
"Y como tenemos los de este oficio (musical) por muy principal obligación componer chanzonetas y villancicos en loor del nacimiento de Jesucristo, nuestro Salvador y Dios, y de su Santísima madre María nuestra Señora, todas las veces que me ocupara en componer las dichas chanzonetas y nombraba a Belén, se me acrecentaba el deseo de ver y celebrar en aquel sacratísimo lugar estos cantares en compañía y memoria de los ángeles y pastores que allí comenzaron a darnos lección de esta divina fiesta; y aunque esta pretensión era tan grande que me parecía estar muy lejos de conseguirlo por muchos inconvenientes que había, especialmente el de mis padres, propuse, aunque no hice voto, de si Dios me daba vida más larga que a ellos, de hacer este santo viaje"
Y más adelante confiesa:
"como músico tuve mil ansias y deseos de tener allí todos los mejores músicos del mundo, así de voces como de instrumentos, para decir y cantar mil canciones y chanzonetas al Niño Jesús y a su Madre Santísima y al bendito José en compañía de los ángeles, reyes y pastores".
Guerrero era en su época estimado como santo. No sólo sus virtudes musicales, sino sacerdotales.
Son memorables las palabras de Francisco Pacheco acerca de él:
"Fue hombre de gran entendimiento, de escogida voz de contralto, afable y sufrido con los músicos, de grave y venerable aspecto, de linda plática y discurso, y sobre todo, de mucha caridad con los pobres, de los que hizo extraordinarias demostraciones, dándoles sus vestidos y zapatos hasta quedarse descalzo.
Recuerdo que en cierta ocasión, estando en la Santa Misa, el coro, durante la comunión, cantaba su "si tus penas no pruevo, Jesús mío". Yo me iba a aproximando a comulgar, y estas palabras que el propio Guerrero, ardiendo de amor por el Señor, le dirigía pidiendo que le hiriera de Amor, me traspasaban el alma y me empujaban a entregarme a Jesús, a pedirle, yo también, que me hiriera como hirió al cantor de su Madre.
SI TUS PENAS NO PRUEVO Señor, ¿qué será de mí? ¿Cómo podré servir a la Iglesia?Concédeme entregarme a ti, padecer contigo tus dolores y sufrir, en mi propia cruz, lo que me queda a mí por padecer de tu propia pasión, para que la iglesia, en cuanto depende de mí, esté siempre bien servida.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Adoramus te, Christe
Lo escucho en una sentida versión de un coro juvenil de Jersey. Al final del canto litúrgico se escuchan aplausos., propios de un teatro. Hace no mucho se cantaba durante la Misa, integrado a la perfección en la Divina Liturgia, Ahora sólo en salas de conciertos. Este descenso del Arte Sacro a lo mundano sólo puede entenderse como una batalla lograda por el maligno. Siento un inmenso dolor por la pérdida de esta música litúrgica. Pero este dolor no mengua un milímetro mi confianza en la Iglesia.
Del combate del cristiano y de la Historia Sagrada de ese combate
El rechazo de las Gracias recibida por la Tradición. Rechazo que va estrechamente unido a un optimismo antropológico relativo al momento presente: sobrevaloración del progreso y de la sociedad del bienestar actual, y minusvaloración del pasado.
La vida cristiana deja de verse como ese combate contra el poder de las tinieblas de que nos habla con potencia Gaudium et Spes, 37:
"el hombre, inmerso en esta batalla, tiene que combatir continuamente para seguir el bien, y sólo con grandes trabajo y el auxilio de la Gracia divina puede obtener la unidad dentro de su interior"
Es una especie de pelagianismo doctrinal y ascético, propio del cristiano que se cree sin antepasados en la Gracia. Sin antepasados que puedan servirles a ganar el combate del tiempo presente. Porque ve el pasado de la Iglesia como algo oscuro, y el presente como algo luminoso.
Causa: no es capaz de ver el pasado de la Iglesia como auténtica Historia Sagrada.
No es capaz de percibir, recibir las Gracias que preceden al momento presente, gracias de combate que iluminan la lucha del momento presente. Se siente sin herencia, huérfano.
Son cristianos que no leen a los Santos Padres,que no estudian el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II, porque lo consideran superado; que no les dicen nada la vida y escritos de los santos... "Todo eso está superado". San Agustín, Santo Tomás, el Concilio de Orange, el Tridentino, las obra magisterial de Leon XIII o Pio IX... las obras místicas de Santa Teresa de Jesús, los detalles doctrinales luminosos del cardenal Cayetano en su combate doctrinal contra la herejía luterana... Todo esto y más lo creen pasado, inactual, inservibles, prefieren leer a los pseudoteólogos de moda.
De esto no me cabe duda. De este cristianismo optimista, pacifista, autocomplaciente, que quiere la aprobación del mundo de hoy, sin Tradición, asimilado en el corazón de tantos, tantos cristianos, brotan efectos tenebrosos que sólo podrán ser combatidos con las buenas armas de la Tradición, Gracia probada, y la Escritura, iluminada de forma inerrante por todo el Magisterio.
¿Cuáles son esas buenas armas? Las que ha habido siempre. Sacramentos, vida de santos, pobreza, castidad, Misa, limosna, ayuno, penitencias, mortificaciones físicas y espirituales...
Si se cree que es posible salvarse únicamente con "valores cristianos", sólo con solidaridad, justicias humanas y programaciones y planes pastorales, con los propios medios presentes y actuales... ¿para qué los tesoros de la Historia Sagrada de la Iglesia? Pasan a segundo plano.
Pero la Gracia no se cancela a sí misma.
Existe una forma pelagiana, también, de contemplar el Magisterio de la Iglesia. La observo sobre todo en teólogos ortodoxos, que quieren ser rectos, pero que confían demasiado en las fuerzas autónomas del propio presente y se vuelven liberales.
Pero los cristianos miramos al pasado desde abajo, no desde arriba. Porque el pasado ilumina el presente.
El pasado encierra el tesoro que se transmite de generación en generación, que proyecta su luz inerrante sobre nuestras incertidumbres actuales y orienta el camino peregrinante de los cristianos. Y no es que se funda con lo presente, con lo nuevo. Es que en la Iglesia de Cristo no hay nada propiamente novedoso. Todo, en estos dos mil años, es igualmente fresco y nuevo y luminoso.
Lo que aumenta es nuestra comprensión, nuestra inteligencia, nuestra propia luz.
Pero por entender que nosotros tenemos, en la época presente, una luz propia que ilumine el pasado, perdemos la luz eterna que ilumina nuestra inteligencia. Del pasado recibimos.
Es el tesoro de las Gracias recibidas, la Historia Sacra de la Iglesia, las gracias dadas por el Espíritu a sus hijos, a nuestros antepasados en la Gracia, las que heredamos y nos enriquecen, y nos aportan a nosotros aumentando nuestra comprensión de la divina economía salvífica; gracias a esa herencia sagrada es nuestra inteligencia mayor, no porque nosotros pongamos ahora más de nuestra parte al pasado.
Nuestro presente, aún, no es historia sagrada. Pero la vida de la Iglesia, hasta hoy, sí lo es.
La revelación divina no es imperfecta, no tiene elementos quer pasan de moda o pierden eficacia, no tiene que aumentar o disminuir o mutar de modo alguno.
Es el error solemnemente condenado en el Syllabus:
"Error V: la revelación divina es imperfecta y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana."
Lo que es imperfecta es nuestra comprensión humana, pero no el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu de Cristo.
Momentos antes de su martirio, San Martín I lanza su clamor hasta el cielo, para que lo escuchemos también, ahora, en el siglo XXI, los cristianos de hoy:
"por la intercesión de san Pedro, establezca Dios los corazones de los hombres en la fe ortodoxa, y les haga firmes contra todo hereje y enemigo de la Iglesia. De fuerza al pastor que gobierna ahora. De tal suerte, que, sin ceder en ningún punto, ni siquiera mínimo, y sin someterse en parte secudaria alguna, conserven íntegramente la fe profesada ante Dios y ante los ángeles santos"
Estos herejes no son esas personas que de buena fe sostienen doctrinas erróneas o vagan sin rumbo buscando inculpablemente, con buena voluntad, pero con limitaciones, una luz. Se refiere a esos cristianos carnales, falsos profetas que tienen intención deliberada de perder a otros, de atacar las verdades de la Iglesia para hacer sospechosa la verdad, de gloriar su inteligencia humana, demasiado humana, a costa de la negación de la doctrina luminosa.
Y es que hay teólogos que niegan la maldad en el corazón humana, pretenden que nadie es malo, que no existen personas malas que pretenden perder a otros.
Actualmente hay muchos lobos disfrazados de ovejas disgregados por el rebaño, apartado a los fieles de la Iglesia, paralizando las misiones, vaciando los seminarios de jóvenes con vocación, que escucharon hablar de un cristianismo humanista pelagiano sin atractivo, y que los hundió en el hastío... Falsos profetas de un cristianismo sin Cristo, contra los que alza su voz San Martín I.
Estamos en guerra, no lo olvidemos, contra el poder de las tinieblas, contra el mundo, el diablo y la carne. Y en esa guerra no estamos solos. El ejército innumerables de los santos que nos han precedido nos acompaña en el combate.
"A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final" (Gaudium et Spes, 37b)
martes, 21 de diciembre de 2010
Lenguaje equívoco, doctrina equívoca II
Dios sólo te pide un ratito de oración al día.
Se nos dice a menudo a los laicos en la Misa. El sacerdote no quiere
agobiarnos con el peso de la oración. De ahí lo del ratito... Y yo me pregunto: ¿podemos ser nosotros, los laicos, santos, con sólo un ratito de oración?Más bien es lo contrario: Orad sin cesar (1 Tesalonicenses 5, 17)
Dios no quiere que renuncies a tus cosas.
Crees que Dios no quiere que pierdas las cosas que son importantes para ti, sino que te quedes con lo tuyo, que lo conserves, porque es importante para ti. Y que dejes un huequecito para Él en tu vida: y te dicen :hazle un hueco a Dios en tu vida.
Sin embargo, mira lo que dice Cristo: Quien encuentre su vida la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará (Mateo 10, 39)
Dios cree en el hombre.
Pero, ¿no es el hombre el que debe creer en Dios? Mira lo que dice Jesús del hombre: ¿Cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Mateo 12, 34.
Entre todos lo conseguiremos.
Crees que es problema de unidad y de arrimar el hombro: "cada uno va a lo suyo". Porque opinas que el bien procede de lo humano. Qué daño hace el pelagianismo.
Sin embargo, muchos, uno, o multitudes, no curan la indigencia original del ser humano.
Mira lo que dice Jesús (Juan 15, 5) Sin mí, no podéis hacer nada
En la vida cristiana, lo importante son los hechos, no las palabras.
Te parece que a las palabras se las lleva el viento. Sin embargo te digo que las palabras son la vida de los hechos. Sí, su vida, su sentido, su alimento. Mira lo que dice Jesús de sus palabras:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mateo 24, 35) Las que se lleva el viento son las nuestras, ¡pero no las de Jesús!
Busca un momento para estar solo, y descubrirte a ti mismo.
Solo contigo mismo, para descubrirte. Pero, ¿aún no sabes como eres? Eres malo (Mateo 12, 34) Busca un momento de soledad más bien para estar con Cristo, y descubrir a Cristo, y que Él te haga bueno, porque sólo Él es bueno.
La belleza está en tu interior.
Mejor no mencionemos lo que está en nuestro interior. La belleza está en Cristo. Y si Cristo está dentro de ti, por la Gracia, entonces la belleza está en tu interior.... pero si estás en pecado mortal, ¿qué belleza podrás encontrar ahí? Ve a la Santa Penitencia, a la Santa Eucaristía, para que tengas la belleza en tu interior, para que tu interior sea bello.
Dios pone su parte. Ahora falta que tú pongas la tuya.
¿Entonces hay algo que el ser humano pone de sí, propio y específico? No, no hay una parte tuya que hayas de poner. Pues lo tuyo también proviene de Dios, y si es tuyo es porque Él te lo ha dado, y te da asimismo el poder ponerlo voluntariamente. Esto nos enseña la doctrina católica de siempre, perfecta e inmutable. Lo que tú has de poner libremente es...parte de Dios también.
Hay cosas que provienen de mi libertad y no de Dios.
Hay cosas que no proceden de la Gracia sobrenatural, pero eso no significa que provengan de tu libre albedrío como de su fuente. Has de saber que aun aquellos bienes naturales que realices, como regar una planta que se está secando, provienen de Dios, que es causa universal de todo bien (por su concurso divino y providente). Y ni aun regarla podrías si Dios no te lo da. Así lo enseña el Sínodo de Orange: Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».
domingo, 19 de diciembre de 2010
Lenguaje equívoco, doctrina equívoca I
Es obvio. Porque su doctrina es equívoca (arrianismo, pelagianismo, semipelagianismo...), y aún seguirá siendo equívoca hasta que no clarifiquen el lenguaje de su fe según el Magisterio de la Iglesia.
Si contemplamos nuestra vida cristiana desde la fe de niños que quiere nuestro Señor, descubriremos sorprendidos que nuestro lenguaje no es de niños, sino de adultos que se creen muy importantes.
Hacer muchas y grandes cosas.
¡Qué importante soy en la Iglesia y qué grandes cosas estoy consiguiendo!
—No te engrías. Piensa: ¿qué diría de sí mismo el instrumento de acero o de hierro, que el artista utiliza para montar joyas de oro y de piedras finas?
Ser generoso con Dios.
Clarificación 2: El Señor es generoso con nosotros y nos colma de gracias. Seamos dóciles a ellas.
Nuestra esperanza está... y esta es la solución.
Clarificación 3: .El Señor es nuestra única esperanza. Amémosle de forma que le pertenezcamos totalmente y sea nuestro único pensamiento, en que lo esperaremos todo.
Equívoco 4:
Dale a Dios lo que Dios te pide.
Dios te pide que.... que... que...
sábado, 18 de diciembre de 2010
La Gracia y la libertad en sinergia
Yo andaba siempre buscando qué hacer para atraer a la gente a la Iglesia, qué programar, qué evento organizar, qué decir, qué cosas organizar...
Lo decisivo, sin embargo, es la Gracia, no los eventos, ni los programas de pastoral.
No buscaba en la Fuente, sino en cisternas agrietadas que quería hallar...en mí mismo: en mi creatividad, en mi inteligencia, en mi capacidad organizativa...
En primer lugar, debemos meter dentro de nuestra mente esta idea:
«Misterio verdaderamente tremendo, y que jamás se meditará
bastante, el que la salvación de muchos dependa de las oraciones
y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo
místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación
que Pastores y fieles –singularmente los padres y madres de familia–
han de ofrecer a nuestro divino Salvador» (Mystici Corporis
1943,19).
La salvación, el apostolado y la santificación de un cristiano debe confiarse totalmente a la Gracia de Dios. La salvación no procede de la Gracia de Dios MÁS la libertad humana. No. La salvación procede TODA de la Gracia de Dios, porque ésta no es una fuerza exterior que salva por imputación,
sino una cualidad sobrenatural inherente que transforma y activa íntimamente la libertad humana.
El mejor apostolado y la mejor forma de atraer a la gente a la Iglesia es la Gracia:
Gracia y libertad en sinergia divina. No Gracia contra libertad, ni Gracia más libertad, sino Gracia y libertad en sinergia sobrenatural.
La Gracia divina genera la acción libre. No es Gracia más acción libre. No. Sino que la acción sobrenatural es libre por la Gracia. Cuanta más gracia, más libertad.
No es en gracia, pero libre. Sino sobrenaturalmente libre por la Gracia
Por el fiat, por el hágase en mí según tu Palabra, somos más libres que nunca.
El esclavo del Señor es el libre más libre del mundo. Las obras que proceden de la Gracia son las decisivas, porque lo decisivo es la Gracia. No las obras que proceden del yo, de lo que quiero, de lo que opino es mejor. Y aunque lo haga por Cristo, si no es lo que Cristo quiere, y no procede de la Gracia de Cristo, no sirve para nada.
En esto consiste el error semipelagiano tan extendido entre los activistas cristianos. Hay que hacer esto, seguir este Plan,organizar grandes eventos, elaborar programas de pastoral y disponer de recursos humanos y materiales.... no, no.
Lo que salva no son los las cosas, sino la Gracia que actúa a través de las cosas que Cristo nos empuja a hacer a través de nuestro fiat y que hacemos con Amor sobrenatural.
Lo que salva es la Gracia divina, y es la Gracia divina la que transforma. Cuanto actúa la Gracia, se pueden hacer maravillas con unos pocos recursos, con unos cuantos peces y unos cuantos panes.
La santificación es un maravilla que hace el Señor con el ser humano. Para ser santo no tengo que hacer esto y aquello y lo otro que yo quiero hacer por Cristo. No es lo que yo quiero hacer por Cristo, sino lo que Cristo quiere que haga. No lo que creo que me pide que haga, como si lo que yo le diera fuera lo decisivo, y no lo que Él me da y yo acepto. No, sino lo que me empuja a hacer y yo acepto hacer.
Para ser santo tengo que hacer lo que Dios quiere. Nunca lo que yo quiero. Siempre y sólo lo que Dios quiere.
No son las cosas que hacemos, sino la Gracia latente en las cosas que hacemos, lo que salva y santifica y transforma. Cuanta más caridad, más Gracia. Cuanta más Gracia, más valor salvífico, más valor apostólico.
¿Por qué? Porque la santificación procede de la acción de la Gracia en sinergia con la libertad humana movida por ella, no del hombre ni del mundo. No es el mundo ni las obras del mundo lo que nos santifica, sino la Gracia de Cristo.
Nuestro fiat nos convierte en arcilla, y Cristo se hace nuestro alfarero.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Sobre la "fe adulta" y una Defensa de la fe de los niños
1. En aquel tiempo, los discípulos se llegaron a Jesús y le preguntaron: "En conclusión, ¿quién es el mayor en el reino de los cielos?".
A una soberbia sin límite me suena esa respuesta a Ti de la llamada "fe adulta": una respuesta huérfana. Así no responde un buen hijo.
Que mis palabras te resulten gratas, Señor (Salmo 103, 35) A Ti, que miras la tierra y la haces temblar (Salmo 103, 32) No sea yo quien corrige a Aquel que hace temblar la tierra con su mirada.
Si me creo adulto, si cambiando la fe de niños me creo adulto y autosuficiente frente al Dios que mira la tierra y la hace temblar, ¿que respuesta podré darle al Dios que me habla?
Una respuesta de adulto: esto sí , esto no, esto lo cambio, aquí no dices esto, Señor, aquí hablas a los niños, y yo soy un hombre hecho y derecho...a mí háblame de otra manera, Señor... puedo comer de este árbol, no soy un niño para que me digas lo que debo o no debo hacer.
Pero yo no quiero hablarte así, Señor.
Tú quieres una respuesta de niño, de hijo.
Mira a los sabios de este mundo. Si les privas de aliento, mueren (Salmo 103, 29). Esos que si les privas de aliento, es decir, de tu Palabra de Vida, de Cristo mismo, mueren, son los que pretenden corregir tu Palabra y hacerla palabra de mayores.
¿Pueden ellos mirar la tierra y hacerla temblar?
Señor mío y Dios mío, ayúdame con tu Gracia a hacerme niño, contra lo que quiere mi carne de adulto. Mi espíritu quiere hacerme de niño según el hombre interior, pero mi carne me dice: eres adulto según la carne exterior.
Si me privas de tu Palabra moriré, pues soy pequeño y por mí mismo nada puedo.
Quiero ser niño y aprender a hablar con la Palabra que sale de tu boca, de la que vivo como de Pan (Mateo 4, 4)
Quiero, con tu Gracia, hacerme niño para aprender a hablarla como me enseña mi Madre. Quiero asombrarme contigo, Señor, verte caminar sobrse las aguas, mover los montes de un lado a otro, multiplicar los panes y los peces y alimentar a una multitud, resucitar a tu amigo muerto en el sepulcro y resucitar Tú mismo de entre los muertos.
sábado, 4 de diciembre de 2010
De padecer por Cristo en paz glorificante y perfecta
Nos lo enseña el Espíritu en Filipenses 1:
¿Cómo podríamos pacificar nuestra corporeidad atribulada sin Cristo, que es la fuerza y el poder de Dios? Pues donde vive la paz de Dios, que es la Gracia santificante, no hay tribulación. Para esto se nos da la Gracia: para vivir en paz glorificante por la Gracia. ¿Cómo podríamos sin su cruz a secas, sin nada de nuestra carnalidad, desnuda de nosotros y toda del crucificado?
domingo, 28 de noviembre de 2010
La Caridad nunca acaba
jueves, 25 de noviembre de 2010
Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM
JURAMENTO ANTI-MODERNISTA
Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM”
Impuesto al clero en septiembre de 1910
por S.S. Pío X
“ Yo...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.”
“En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.”
“En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.”
“En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido,y la misma interpretación, por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio.
“Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida ex catedra, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".
“Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e integramente, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Sobre la fe. Doctrina de la Iglesia explicada por el Cardenal Cayetano, 1532
Capítulo Primero
Postura de los luteranos sobre la Fe
Positio Lutheranorum de fide
Cuando los luteranos ensalzan la doctrina evangélica sobre la salvación eterna de los hombres por medio de la fe en el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, enseñan que los hombres consiguen la remisión de los pecados por la fe en Jesucristo, extendiendo el nombre de fe a la credulidad con la que el pecador que se acerca al sacramento cree que es justificado por la misericordia divina, intercediendo Jesucristo.
Y a tal punto le dan valor a esta credulidad que dicen que nos alcanza la remisión de los pecados por la promesa divina. Dicen también que si el hombre no tiene esta firme credulidad en la Palabra de Dios, le hace una injuria, no creyendo en la promesa divina; y si cree firmemente que es justificado, al recibir el sacramento realmente se justifica. De otro modo no sería verdadera ni eficaz la promesa divina.
También algunos luteranos a tal punto exaltan esta fe que enserian que alcanza la remisión de los pecados antes de que el pecador tenga la caridad, en razón de que el Apóstol San Pablo distingue con un largo sermón la fe que justifica en contraposición a la ley. Ahora bien, en la ley se sobreentiende la caridad, porque amar a Dios con todo el corazón, etc. es el primero y mayor mandamiento de la ley, como dice el Señor en el Evangelio (Mat. 22, 38). En esto consiste el núcleo de la doctrina luterana sobre la fe.
Capítulo Segundo
Primer error en lo antedicho: se comete equivocidad en el uso de la palabra fe
Primus in praerecitatis error, quod incidit aequivocatio in nomine Fidei
Una cosa significa la palabra; «fe» cuando de ella dice la Sagrada Escritura que justifica a los hombres, y otra distinta cuando significa la credulidad por la que el hombre cree que es justificado por medio de Cristo y los sacramentos.
Pues la fe que justifica es la que significa lo que se señala con su definición en Hebreos 11, 1 cuando se dice que la fe es la sustancia de lo que hay que esperar y el argumento de lo que no se ve. Entendida así, es una de las tres virtudes teologales, como dice San Pablo: ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad.
La fe tomada en este sentido es un don de Dios, pues en Efesios 2, 8 se dice que por ella somos salvados y que sin ella es imposible agradar a Dios [Heb. 11, 6]. Por ella creernos todos los artículos de la fe y todo lo que hay que creer de necesidad para salvarse.
Mientras que la fe que significa credulidad es aquella con la que tal hombre cree ser justificado en tal situación concreta recibiendo el sacramento por el mérito de Cristo. Esta dista mucho de la fe entendida en el sentido anterior.
Lo podernos ver, por un lado por parte de lo que se cree, pues la fe no puede ser de lo falso, mientras que esa credulidad puede equivocarse. Y la razón está en que esta credulidad recae sobre un efecto singular en una situación concreta, y así proviene en parte de la fe necesaria para la salvación y en parte de la conjetura humana.
En cuanto a lo que le viene del mérito de Cristo y de los sacramentos, es imperada por la fe; y en cuanto a lo que tiene de efecto concreto, en sí mismo es producto de la conjetura humana. Porque en la fe cristiana se contiene que cualquiera que confía en el mérito de Cristo y que de modo correcto recibe interior y exteriormente el sacramento, es justificado por la gracia divina; pero la fe cristiana no se extiende a creer que yo estoy recibiendo ahora el sacramento de modo correcto interior y exteriormente.
Del mismo modo, por la fe cristiana estoy obligado a creer que en la hostia correctamente consagrada está el verdadero cuerpo de Cristo; pero la fe cristiana no se extiende a creer que en tal hostia de éste que ahora celebra en tal altar está el cuerpo de Cristo, pues eso podría ser falso por algún otro motivo.
Por otro lado, la fe de los cristianos es una sola, según lo dicho en Efes. 4, 5: Un solo Señor y una sola fe. Es evidente que yo no estoy obligado a creer por la fe que tengo que tal persona que recibe el sacramento en tal situación concreta esté justificada, o que en tal hostia en concreto esté el cuerpo de Cristo. En la fe de ninguna persona se incluye que crea en tal efecto singular de tal sacramento en concreto. Así, como segunda razón, queda claro por la unidad de la fe la diferencia de esta credulidad en relación a la fe.
Por esta razón, el primer error de los luteranos sobre este tema es el de atribuir a la credulidad lo que la Sagrada Escritura atribuye a la fe, pues siempre que enseñan esta credulidad citan textos de la Sagrada Escritura que tratan de la fe. Como por ejemplo: [Rom. 5, 1:] justificados por la fe, tengamos paz con Dios y [Act. 15, 9: ] con la fe que purifica sus corazones y muchísimos textos semejantes.
Capítulo Tercero
Segundo error: que la mencionada credulidad alcanza la remisión de los pecados
2º in praerecitatis error, quod dicta credulitas apprehendit remissionem peccatorum
Cuando dicen que esa credulidad alcanza la remisión de los pecados puede decirse y entenderse bien y mal. Si se dice y se entiende que esa credulidad consigue la remisión de los pecados informada por la fe y la caridad, es verdad. Pero si se excluye que esté informada por la caridad es falso, porque, como dice San Agustín (Tratado de la Trinidad, Lib. 15, cap. 18) nada hay más excelente que este don de Dios, pues es el único qué divide a los hijos del rey eterno de los hijos de la eterna perdición.
Hay que saber que esta credulidad es común a todos los que se acercan devotamente a los sacramentos, pues cualquiera que se acerca devotamente a un sacramento, cree que al recibirlo se justifica por el mérito de la Pasión y de la muerte de Cristo; de otro modo, no se acercaría. Esta credulidad, sin embargo, no es igual en todos, pues uno cree ser justificado más que otro; y normalmente esta credulidad está en la mente con la duda de lo contrario, pues no hay ningún texto en la Sagrada Escritura ni nos enseña ningún documento de la Iglesia que es preciso tener tal credulidad sin vacilación alguna.
El motivo de la duda es que comúnmente nadie sabe si por parte de uno hay algún impedimento para poder recibir el don de la remisión de los pecados, y normalmente nadie sabe si carece de la gracia de Dios. Por este motivo, al vacilar no se le hace ninguna injuria a la promesa divina, porque la duda no es sobre el sacramento sino sobre sí mismo, pues está escrito [Sal. 18, 13]: ¿quién entenderá los pecados?
Esta duda común sobre el efecto particular de la divina misericordia, es decir sobre la remisión de los pecados de tal persona en concreto que devotamente se convierte a Dios, está atestiguada en el libro del Profeta Joel 2, 12-14. Ahí, tras mencionar la excelencia de la divina misericordia sobre los pecados de aquellos que se tenían que convertir a Dios de todo corazón, en el ayuno, en el llanto y lágrimas, añade: ¿Quién sabe si Dios cambiará de parecer y perdonará? De modo que ninguno de los que se convertían estaba seguro, sino que manifiesta que todos dudaban si Dios les iba a perdonar.
Vamos a confirmarlo. La vacilación de la credulidad no cesa razonablemente sino por alguna de estas tres causas: -O por divina revelación, lo que aquí no viene al caso, pues aunque Dios haya revelado que todos los que correctamente conflan conseguir interior y exteriormente la remisión de los pecados por medio de los méritos de Cristo la consiguen, sin embargo no ha revelado que tal persona en concreto se convierta correctamente interior y exteriormente, pues este efecto particular no está comprendido en la revelación sobre la que. apoya la fe cristiana. -O por la suficiencia de los testimonios convincentes para creer algo singular, del mismo modo que los testimonios suficientes convencen a quien nunca ha salido de Roma a que crea que existe la isla de Ceilán o Sri Lanka.
Pero está claro que en la credulidad con la que tal persona cree que se justifica no intervienen estos testimonios que convencen al entendimiento para que crea que tal efecto se realiza en este momento en él. -O por la calidad de los testigos, por ejemplo si están más allá de toda reserva, según lo que dijo el Apóstol, Rom. 8, 16 que el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Mas esta atestación supone que ya ha tenido lugar la remisión de los pecados, pues presupone que aquel de quien se atestigua es hijo de Dios, como de modo claro se entiende literalmente; mientras que la credulidad que ponen los luteranos no presupone en uno la remisión de los pecados, sino que la logra, como lo que precede logra lo que sigue.
Decir que tal credulidad en la palabra de Cristo y en el mérito de su pasión, etc., da infaliblemente la remisión de los pecados, es una opinión infundada. Por eso entre los artículos de Lutero condenados por León X [Denzinger 741 ss] figuran los artículos que dicen: A nadie le son perdonados los pecados si, cuando el sacerdote le perdona, no cree que le son perdonados, es más, el pecado permanecería si no se creyese perdonado; porque no basta la remisión de los pecados y la donación de la gracia, sino que es preciso creer también que se está perdonado.
En modo alguno confíes en ser absuelto por tu contrición, sino por la palabra de Cristo: Cuanto desatares, etc. Confia pues en esto si obtienes la absolución del sacerdote y cree con fuerza que eres absuelto, y así serás absuelto verdaderamente sea lo que sea de tu contrición. Si por un imposible el que se ha confesado no está contrito o el sacerdote no absuelve de modo serio sino sólo en broma, pero él cree que queda absuelto, lo queda muy ciertamente.
Capítulo Cuarto
Tercer error: a los arrepentidos se les perdonan los pecados antes de la infusión de la caridad
3º in praerec error, quod ante charitatis adventum remittuntur peccata paenitentium
Es más intolerable aún decir que los pecados son perdonados antes de la infusión de la caridad en aquel a quien se le perdonan. Esto se demuestra muy claramente así. -Es imposible que alguien pase de enemigo a amigo sin la amistad, puesto que «amigo» no se puede ni entender sin la amistad, así como lo blanco no se puede entender sin la blancura.
Cuando el hombre pasa de injusto a justo por Cristo, de enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, Rom. 5, 10: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de Hijo.
La reconciliación es la que hace al amigo reconciliado. No es posible ni inteligible que un pecador sea justificado sin la amistad de Dios; ahora bien, la caridad es la misma amistad entre el hombre y Dios, es un amor de amistad del hombre a Dios, y además -según aquello: Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él; y lo que también se dice ahí mismo (1 Jn. 4,19): amemos a Dios porque El nos amó primero- la amistad consiste en un amor mutuo; por lo tanto, la remisión de los pecados se hace formalmente por la caridad.
De modo que una misma cosa es la que se llama ‘justicia de la fe’ y caridad: se llama justicia de la fe en cuanto que el Hombre es justo ante Dios según las razones de las cosas y obras divinas en las que creernos, estando debidamente sometido el apetito sensible a la voluntad, la voluntad correctamente a la razón y la recta razón a Dios según las razones de las cosas que sostenemos por la fe acerca de El y de la patria del cielo.
Y se llama caridad en cuanto que es amor de amistad a Dios que nos comunica la ciudadanía de la patria celestial, según aquello a los Filipenses 3, 20: nuestra ciudadanía está en los cielos; y a los Efesios 2, 19: ya no sois huéspedes ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios; y en el Cantar de los Cantares 2, 16: mi amado para mí y yo para El.
Esta sola razón, corno convence al entendimiento, basta, y se apoya nada menos que en la autoridad de Cristo, San Pedro, San Juan y San Pablo, pues todos estos atribuyen la remisión de los pecados a la fe junto con la caridad. -Cristo le dijo a la pecadora (Luc. 7, 50): tu fe te ha salvado, y dijo de ella: se le perdonan muchos pecados porque ha amado mucho; en estas palabras, el vínculo entre ellas atestigua que el amor es la causa próxima dé la remisión de los pecados, pues cuando se dice: porque ha amado, la fe es causa de la remisión de los pecados incoativamente y la caridad completivamente. San Pedro Apóstol dijo (Act. 10, 43): de El dan testimonio todos los profetas que todos los que creen en su nombre reciben la remisión de los pecados, y en su la epístola 4, 8 dice: la caridad cubre una multitud de pecados.
De modo parecido, San Juan Apóstol en su l a epístola 5, 1 dice: todo el que cree que Jesús es Cristo ha nacido de Dios, y en 3, 14 dice: nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amarnos a los hermanos; el que no ama, permanece en la muerte.
Nada se opone a esto argüir que literalmente San Juan habla del amor al prójimo, pues está claro que es una misma la caridad con la que amamos a Dios por sí mismo y al prójimo por amor a Dios, como está marcado en la epístola de San Juan, capítulo 4, y sólo con ese amor entre hermanos tiene lugar el paso de la muerte a la vida.
Finalmente, San Pablo Apóstol en su epístola a los Romanos (5, 1) dice: justificados por la fe tenemos paz con Dios. Y la Cor. 13, 2: si tengo toda la fe de modo que mueva las montañas, pero no tengo la caridad, no soy nada en el ser espiritual en el que somos constituidos hijos de Dios.
Y a los Gálatas 5, 6: en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni el prepucio, sino la fe que obra por el amor. Aquí se ve claramente que le atribuye valor en Cristo no a cualquier fe sino a la que obra por el amor. Por consiguiente, está claro que es certísima la doctrina común de la Iglesia según la cual la remisión de los pecados no se realiza por una fe informe sino por la fe informaddad. Por consiguiente, los textos auténticos que explican que somos justificados por la fe, se entienden literalmente de la fe formada por la amistad divina que llamamos caridad.
En cuanto a la objeción según la cual la fe se distingue en contraposición a la ley, y que la ley supone el amor, hay que responder que de un modo emplea Cristo la palabra ‘ley’ cuando dice: este el primero y mayor mandamiento de le ley, y de otro el Apóstol cuando distingue la fe en contraposición a la ley. Cristo emplea la palabra ley en cuanto encierra todos los mandamientos divinos escritos en los libros de Moisés; mientras que el Apóstol emplea la palabra ley más estrictamente, en cuanto se divide en preceptos morales, ceremoniales y judiciales.
No soy yo quien se inventa este amor, sino que así lo saco de la misma Sagrada Escritura. Los mismos adversarios tienen que estar de acuerdo conmigo. Se prueba que Cristo emplea esta palabra «ley» en sentido amplio porque inmediatamente antes del mismo texto del Deuteronomio 6, 5 con el que se cita el precepto del amor a Dios, se pone el precepto de la fe, diciendo: escucha Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Dios.
Bajo el mismo contexto de la ley se ponen el precepto de la fe -para creer en un solo Dios- y el precepto del amor al mismo Dios, para que entendamos que en la ley no se encierra más el precepto de la caridad que el de la fe, hablando de la ley en sentido lato, y de aquí quede claro que, así como el Apóstol distingue la fe en contraposición a la ley, se entiende también que la caridad se distingue en contraposición a la misma ley.
Está claro que el Apóstol habla de la ley dejando de lado lo que se refiere a la fe y a la caridad, pues llama a esta ley ‘ley, de los hechos’ y dice que naturalmente la observan los gentiles, pues dice en Rom. 2, 14: los gentiles, que no tienen ley, naturalmente hacen las cosas que son de la ley, y está claro que naturalmente no hacen las cosas que pertenecen a la caridad. En esta objeción, pues, el nombre de «ley» se usa de modo equívoco.
Por eso no vale nada: porque en la ‘ley de los hechos’, que se contrapone a la fe, está también encerrado el amor de Dios; y en esa misma ley se encierra la fe, como se ve en Deut. 6, en donde se dan al mismo tiempo los preceptos de la fe y del amor a Dios. La respuesta a las otras objeciones de los luteranos queda clara con lo ya dicho. Baste esto en lo referente a la fe.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Ver a Dios por la Gracia, permaneciendo en su Palabra
El que obra el bien es de Dios; el que obra el mal no ha visto a Dios dice el Espíritu en 3 Juan 11.¿Cómo es que dice Juan "no ha visto a Dios", si a Dios nadie le puede ver?
Porque lo dice como si dijera: no cree en Cristo. Porque, para nosotros, ver a Dios es ver a Cristo por la fe, primero, en cuanto fundamento y principio; y por la Gracia, después, en cuanto nueva vida en su Cuerpo.
Todo esto se concentra en lo siguiente:
el que obra mal no ha visto a Dios por la Gracia de su Cuerpo, que es la Iglesia. Pues ver a Dios por la Gracia es estar en Cristo y ver el mundo de manera sobrenatural. es decir: ver sacramentalmente a Dios.


