sábado, 31 de julio de 2010

Cuando soy débil

Los cristianos somos atletas que nos gloriamos de ser débiles.
Atletas que cuanto más débiles se reconocen, más fuertes son.
Esto nos dice el apóstol: "Pues cuando flaqueo, es cuando soy fuerte" (2 Corintios 12, 10)
Corramos, reconociéndonos débiles, para alcanzar la santidad. Pero corramos de tal manera que alcancemos el premio (1 Corintios, 9, 24)
Así lo alcanzamos: cuando corremos con una fuerza que nos es nuestra, porque es Suya.

Y de qué premio nos habla el Espíritu Santo, a través del apóstol! De un premio inmarcesible.
Como atletas que disciplinan su cuerpo y se abstienen de todo para obtener una corona incorruptible, así hemos de luchar, de correr esta carrera (1 Corintios 9, 25).

A la manera de atletas de Cristo, cuya fuerza no proviene de ellos mismos, sino de Aquel que les envía a la carrera y les provee de todo cuanto necesitan para ganarla.
Gloriémonos, pues, de nuestra debilidad (2 Corintios 11, 30) para que la fuerza de Dios, que es Cristo, nos empuje hacia la meta. Dios nos nutre de sí, nos alimenta de su Pan de Fuertes, que es Cristo, a través de su Cuerpo.

Escuchad lo que nos dice nuestro Señor, Jesús, en 2 Corintios 12, 9: "Te basta mi gracia, pues mi fuerza se hace perfecta en la flaqueza".
La fuerza de Dios, el Santo Señor Jesús, es nuestra Fuerza, la Gracia que nos basta para correr y ganar ese premio incorruptible.

lunes, 26 de julio de 2010

Anunciación


Humana flor
y mar lejano, pasas,
frescor suave,

sobre lo esplendoroso.

Tu estancia florece, tiempo
azul, con el brotar azul
de los albaricoques.

Quiero cantar tu alma
desde lo más profundo,
en que la Voluntad del Padre
se enciende sobre nosotros
como el romper de olas
surgidas desde ti.

Resuena en mí
la hondura que florece,
canto y Madre, sueño y sol,
María,

erguida en tu primavera.

jueves, 22 de julio de 2010

La más candente Cima

Nosotros amamos la Jerarquía
de la Luz, la ordenación que la Verdad
instaura en las cosas:

Amamos la Autoridad
con que brotan las flores,
de la que surge un mundo
de tonante obviedad.

Amamos las cosas oscuras
a salvo de la opinión,
en cuya sombra abrasarnos en llamas
de gozosa claridad.

Amamos la dureza
de la forma a fuego puro,
en cuyo yunque descubrir
la verdadera Forma:

Pues si es Verdad y Luz
la sangre verdadera
del verdadero sangrar.

Y si es pureza y jerarquía
la candente formación
del verdadero Formar,

la realidad total que amamos
es la preciosa Realidad
que es Una y Trina y fulge Toda
y forja en nosotros nuestro Amar,

Y forja a fuego puro nuestro ser:

Aquel que realizamos con temblor y hondura
en la más candente cima del Sangrar:

La más candente cima del Saber.





martes, 20 de julio de 2010

SOBRE EL DESTINO DEL MUNDO


Sobre unos dientes enormes de acero
caminan los niños que no nacerán.
Se vuelven sus filos rojizos
hacia la carne del alma nonata.

Devoran las olas del mar
con fauces de un tiempo insaciable,
como un vacío
de espinas de presa y de caza
que interna maldito
su sombra hacia Dios.

Como un silencio de ramas no blancas
en cuyo seno no brota jamás el Milagro,
transcurre su luz
hacia el destino del mundo.


A las víctimas del aborto

viernes, 16 de julio de 2010

Un tesoro escondido

Esta es la historia de una carta. Una historia que sucedió en Navidad. Yo vivía inmerso en la fiebre consumista de esos días, sufriendo una rutinaria depresión que sentía como normal en mi vida. Tenía veintipocos años, y había sufrido tanto en mi infancia que la Navidad se me aparecía como un insulto. Este era el razonamiento: Celebrar la Navidad es propio de gente que no ha sufrido.

Aún no conocía a mi esposa. De hecho, no conocía apenas a nadie. Con este ánimo se me ocurrió irme unos días fuera de la ciudad, a un pueblo de la sierra, solo, para olvidarme de todo y dedicarme a leer. Así, llené mi maletín de piel marrón con libros de poesía y de filosofía, hice la maleta, y me marché de allí.

Me alojé en una modesta pensión en la que apenas paraba, dedicado como estaba a leer y releer poesía por los miradores de aquel camino de enebros y plátanos centenarios, en la placidez de piedra de aquellas plazas vetustas de pueblo. Me impresionaba la belleza arquitectónica de sus callejuelas, por las que parecía no pasar el tiempo técnico de hoy, y el ambiente navideño arcaico y provinciano que reinaba en aquel lugar. Parecía que la sociedad consumista y las navidades de papá Noel no hubieran llegado todavía a aquel pequeño municipio azul.

También me sorprendió la delicadeza y ternura del rostro de la muchacha que limpiaba las habitaciones de la pensión, con la que me crucé por el pasillo un par de veces. Debía tener unos dieciséis años. Llevaba los útiles de limpieza con la cabeza baja y su cuerpo esbelto y erguido, apenas oprimido aún por aquella vida de esfuerzo y monotonía.

Una noche me encontraba bastante triste, no sólo por algunos problemas concretos y oscuros que me hacían sufrir, sino por una insatisfacción personal profunda acerca de mi propia existencia. Entonces, escribí un pequeño poema que reflejaba ese estado de ánimo y me dormí. A la mañana siguiente, muy temprano, me levanté y fui a pasear por el pueblo. Era mi último día allí.
Recorrí las calles húmedas de rocío. Estuve recordando y recordando escenas dolorosas de mi vida, que no podía apartar de la mente. Me asomé a una balaustrada que, en la plaza del ayuntamiento, daba a un precipicio de magnolios en flor y cedros gigantescos.

No pude evitar que saltaran lágrimas a mis ojos. En algún momento, una golondrina voló cerca de mí y se detuvo ante mis ojos, a un palmo... parecía que volaba junto a mi corazón, para comunicarme algún mensaje del Cielo.

Volví mis pasos hacia la pensión. Eran las cuatro de la tarde, y llevaba todo el día fuera, ni siquiera había comido. Cuántas cosas habían pesado sobre mí... En la habitación guardé los papeles y libros, ropa y demás. Cerré la maleta, pagué la habitación y me dispuse a salir hacia la estación de autobuses.

Mientras esperaba el autobús abrí el bolsillo lateral de la maleta, tomé un libro de poemas de Hölderlin, y leí:

Donde hay peligro
crece lo que nos salva
.

Subí al autobús y emprendí la marcha hacia la ciudad. Oscureció muy pronto. Las colinas cobrizas de la sierra, salpicadas de olivos, me parecían vestidas por medias de luto, medias sobrias y austeras que cubrían piernas de arena de oro puro y tierras lunares de cultivo; cuadro dorado y de plata, en un marco de madera de siglos de arado, sudor viril, mujeres que sufren y saben trabajar la hoz.

De pronto, una golondrina cruzó frente a mí por la ventanilla del autobús; parecía casi detener su vuelo, durante el movimiento, para acompañarme en el viaje.

Entonces sentí un impulso de abrir el bolsillo lateral derecho de la maleta... introduje la mano... buscando tal vez un libro... y encontré...un sobre.
¡Un sobre desconocido!

Qué extraño, quién lo habría escondido allí. Alguien había estado registrando mis cosas, se había atrevido a abrir la maleta... abrí el sobre.

Era una carta escrita a máquina, con muchas faltas de ortografía, pero mensaje muy claro. La leí:

He estado leyendo tus poemas. Son tristes, pero nobles. Te he estado observando, y veo en ti un alma sufriente que busca, sin saberlo, algo que ya ha encontrado; la vida es hermosa, pero te empeñas en permanecer en tus mismos errores de siempre, y eres esclavo de tu dolor. Debes alzar el vuelo como una golondrina, sin que te perturbe nada. ¿Cómo? Es Navidad. Olvídate de las tiendas, de las gentes que compran y compran, del consumismo, de la vulgaridad de la televisión y de tantas cosas...encuéntrale a Él, el verdadero Tesoro, EL Niño Dios. Viaja con tu espíritu a Belén, acompaña a los pastores y a los Magos y a los ángeles a visitar al Redentor. Este es el regalo de Navidad que te ofrece alguien que te ha estado observando sin que tú lo supieras. Busca el tesoro, y verás todo de una manera nueva.

Era increíble. ¿Quién era aquella misteriosa enviada del cielo que había introducido aquella carta en mi maleta? De repente, la imagen de la muchacha de la limpieza vino a mi mente. Y comprendí. Aquellas veces que me crucé con ella por el pasillo, que la miré sin mirarla; algo especial había en su semblante, algo especial emanaba de ella... de ella emanaba Jesús.

Y me di cuenta de todo: del cariño gratuito con que limpiaba mi cuarto, del cuidado con que arreglaba y ordenaba los papeles de mi mesa, cómo me doblaba la ropa, sin tener por qué... del amor que ponía en su trabajo... sin obligación alguna de hacerlo.... por mí.

Me sentí culpable por tanta amargura monótona y vetusta como la plaza de la fuente de aquel pueblo. Aquella muchacha tan joven y trabajando tanto, tal vez, seguro había sufrido más, mucho más que yo. Era obvio, por sus incorrecciones ortográficas, que no tenía estudios; causaba indignación los malos modos que el dueño de la pensión gastaba con ella... y el poco respeto que le guardaban los clientes de la hospedería:

—Niña—le gritaban—tráeme el whisky.
—Niña, caliéntame el plato, que está frío.
—Niña, a ver si arreglas más rápido mi cuarto, que tengo cosas que hacer...

Y esta niña delicada y doliente me había aconsejado a mí, me había indicado el camino que debía seguir para salir del pozo en que me encontraba, como ese agua que el poeta decía que nunca, nunca desemboca.

Cuando llegué a la ciudad fui a la primera iglesia que encontré y me arrodillé frente al Señor. Bajo el altar, una imagen grande del Niño me miraba con ojos de indecible bondad, de entrañable amor. Era el tesoro escondido, el tesoro cierto y oculto que encontré en el campo, que encontré en un sobre.

Intenté rezar un Padrenuestro, pero no me acordaba. Desde que hice la primera comunión no había pisado una iglesia. Miré a los ojos de María, y me entraron ganas de llorar, pues me pareció ver en ella el rostro de la muchachita de la limpieza de aquella pequeña y perdida pensión, en un pequeño y olvidado pueblo de la sierra.

Y recé, con toda mi alma, mientras daba gracias al Dios de Belén...Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo...

lunes, 12 de julio de 2010

Cosas pequeñas y heroicas

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí estar llamado a cosas grandes y heroicas, pero era otro el camino que ideaste para mí.

La voz que en la mañana se despide con ternura; esa voz querías para mí. La dulce flor que un pequeño tiesto brota, esa flor querías para mí. La tierna mirada a unos niños que sufren y que anhelan... Esa mirada querías para mí.

Cosas que nunca se entienden ni se aceptan si no es con tu Gracia. Esas cosas querías para mí.

Las largas esperas de nueve meses y los largos sueños del bebé que duerme. Las suaves palabras de una madre que en su corazón todo lo tiene y se abre. Esas palabras, esas esperas querías para mí.

Cosas pequeñas, Señor, son las que Tú tenías destinadas para mí. Creí que estaba destinado a cosas grandes y heroicas, y ¡así ha sido! Tus cosas, Señor, tus cosas. Con ellas me has complacido, grandes cosas me has dado, Señor, pequeñas rosas en su tiesto azul, que riegas Tú, que eres su savia y su Luz. Pequeñas cosas heroicas con ojos de niña que llora, con ojos de esposa que adora, cosas grandes y heroicas bajo este sol del hogar, que todo lo alumbra y lo dora. Una empresa muy grande, ¡grandiosa!

Pues quiero seguirte. Adonde Tú vayas quisiera ir yo. Otros irán delante de mí, más cerca de Ti. Yo me conformo con seguirte, a paso lento, enredado en estas cosas, pequeñas, difíciles, heroicas. No puedo aspirar a otras. A lo mejor, en un descuido, alcanzo a tocarte, a rozar tu vestido y a mirarte, o a decirte: aquí estoy, mira, he intentado realizarlas aquí, detrás de Ti, en esta casa y a esta hora.

Cosas pequeñas y heroicas, Señor, que hago por Ti.

¡Teselas de tu mosaico infinito, inconmensurable, sin fin!

sábado, 10 de julio de 2010

Todo en Cristo

Habitamos en una esperanza. A nuestra lado, risas, la vida que pasa, la gente, con sus inquietudes, sus ambiciones, sus proyectos, sus bienes, sus secretos, sus deseos ocultos....

Permanezcamos en nosotros mismos, mirando directamente a Cristo. Permanezcamos en Cristo.

Muchos habitan en deseos, nosotros en esperanza. A nuestro lado, lágrimas, la vida que pasa y sigue pasando, la gente, con sus increencias, sus sueños incumplidos, sus alegrías, sus deseos abiertos a la luz del día y de la noche.

Nosotros permanezcamos en Cristo, nuestro único deseo, nuestro único sueño, nuestra única quietud, nuestro movimiento, nuestra alegría.

Nada queramos, deseemos, gustemos, sino a Él.

Mortifiquemos cuanto de terreno haya en nosotros (Colosenses 3, 5) en perfecta alegría sobrenatural, en gozo indestructible. Y todo cuanto hagamos de palabra o de obra, solos o entre la multitud, hagámoslo en el nombre del Señor Jesús (Colosenses 3, 17)

jueves, 8 de julio de 2010

Cristo, Voz

No podemos quedarnos callados. Creí, y por eso hablé (Sal 115, 10) ¿En qué creímos? Creímos en cuanto la Iglesia nos enseña que el Señor nos reveló. Si no creímos todo, no creímos, sólo opinamos, y si opinamos no hablaremos de Cristo. La Gracia antecede a nuestra palabra. Creí significa acepté la voz del Señor, me inundó su Gracia, por eso hablé. Si no creemos todo, no hablamos todo, no transmitimos todo Cristo. Cada vez que anunciamos la verdad del Señor le hemos creído previamente.
Confiar en Cristo antece a todo hablar de Cristo.
Sabemos que somos de barro, que el mal nos tienta y nos empuja. Pero hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas, en que el ser humano consiente y accede a ser barro, y se gusta siendo barro, y no quiere revestirse de luz.
Si no creemos de antemano a Cristo, no podremos anunciar a Cristo; creerlo totalmente, como Él quiere. Y Él quiere que creamos siendo miembros vivos de su Cuerpo, donde su Voz se oye con nitidez. Es en la iglesia donde oímos la Voz total de Cristo vivo, allí le oímos litúrgicamente, allí le creemos porque le oímos sacramentalmente.
La Liturgia es Voz sacramental del Verbo.
Hemos de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas.,pero sólo podremos pronunciar la voz de Cristo si le creemos totalmente. Si no creemos una sola coma de la verdad eclesial de su Voz, hablaremos con lengua mentirosa. Señor, libera mi alma de los labios inicuos y de la lengua mentirosa (Sal 119, 2)
Que todo cuanto anuncie de Ti, Señor, se corresponda con todo cuanto me dices en la Iglesia, Cuerpo vivo de tu Voz, y diga tu verdad completa, sin traba, sin mancha, sin merma. Tal como Tú me la dices por la Gracia que antecede a todo hablar.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cristo, Fulgor

La Transfiguración ocupa el centro mismo del Evangelio. Su destello equilibra verdaderamente la Historia y la Escritura. El fuego de la unción enciende la Zarza Nueva que es Cristo.

Lo humano del Verbo refulge. No lo hace con luz ajena, sino propia. San Juan Damasceno nos enseña que el fulgor transfigurado de Cristo abre los ojos de los discípulos del Señor, los hace videntes.

Como Zarza Nueva, el Verbo se inflama para que veamos. Para que sepamos que en Él habita corporalmente la plenitud de la Divinidad (Col 2,9)

Nuestro Señor avanza. Sube el monte. Quiere, ante nosotros, traducirse a sí mismo. Quiere transparentar Quién es. Lo quiere Dios Uno y Trino, y por quererlo Dios, Jesús sube al monte y avanza hacia la traducción a luz pura de su realidad: es Dios. Miremos su divinidad.

Jesús avanza hacia el Padre y el Espíritu dibuja iconos de este encuentro en el semblante de todos los que le confesamos. Es el Paráclito quien viste al Señor de Luz, de blancor inusitado, absoluto, divino.

Moises y Elías se inclinan ante tanta Luz. "Hagamos tres tiendas". Ebrios de luz, queremos asentarnos en la realidad de Jesús, asentar nuestro cuerpo y alma en lo que vemos, en aquello que nos hace videntes, y gustarlo...

Ebrios de Luz, queremos entregar nuestra vida y revestirnos de su Amor.

sábado, 3 de julio de 2010

Oda a un momento de lectura en tu regazo

Como el hijo que al leer
apoya su pequeño brazo
en el regazo de su madre,
y unido a ella en su tacto

prosigue hasta el final
de la tarde su lectura,
así contemplo yo en tu abrazo
mi vida prolongada en la tuya.

Es un momento entrelazado
a otro momento, un transcender,
azul, a otro momento; una palabra que no es

sino un silencio de infinita levadura;
una Escritura de inefable precisión
que una misma carne se pronuncia.
Me he levantado con un deseo muy intenso de estudiar la Escritura. Así cumplo en mí la Voluntad de Dios, que quiere que sus hijos la mediten día y noche ( Sal 1, 2) Después de desayunar con mi esposa echo un vistazo a la prensa. Es fácil observar cómo se propaga la nada, cómo el mal domina en casi todos los aspectos de la vida tecnificada de hoy. Sólo allí donde se ora, donde está en comunicación con Dios, Uno y Trino, por Cristo, desde María, el mal se aparta, las tinieblas se disipan, los malos deseos del Maligno se enredan en su propia maldad y podemos ver la Luz que mana, como un Río de Vida, del trono de Dios y del Cordero (Ap 22, 1-2)

Señor, Tú eres mi ciudadela contra el mal (Sal 30, 3), para mi salvación. Mudaste mi dolor en gozo (Sal 29, 12).

Contemplando a mis hijas, pienso que el máximo bien que puedo desear para ellas es la santidad. Y me prometo hablarles de Cristo siempre, para que escuchen a Cristo a través de mi boca. Les enseño pasajes de la Escritura para que lo memoricen y afloren en su mente el día de mañana.

viernes, 2 de julio de 2010

Cristo, Savia



Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que el justo crecerá como una palmera, se alzará como cedro del Líbano (Sal 91, 13). Pero no en cualquier suelo, sino en la casa del Señor (Sal 91, 14 )

La casa del Señor es la Iglesia, columna y fundamento de la Verdad (1 Tim 3, 15) Por el Bautismo, nos planta el Espíritu en los atrios fértiles del Dios Vivo, en ese suelo nutriente que es su Cuerpo, para que crezcamos como palmeras que fructificarán aun en la senectud, y estarán llenos de savia y verdor (Sal 91, 15)
La vida del Señor es la Gracia, esa savia sobrenatural que nos alza como cedros del Líbanos, la fuerza que nos hace erguir la cabeza (Sal 3, 4 )

Movido por el Espíritu, el salmista nos dice que la persona lejana de Dios prospera como cedro frondoso, pero un cedro que se ve al pasar, pero no se ve al volver a pasar; tan pronto está como no está, lo buscamos y no lo encontramos (Sal 36, 35-36)

Nosotros, en Cristo, no seremos como esos árboles fantasmas que están y luego no están, como árboles que caminan sobre las tinieblas.
Seres eternos en su suelo, como palmeras de Gracia que enraízan en Él, nutriente perfecto de todo verdor, origen y fundamento de todo bien.
Y lo seremos plantados en ese suelo nutriente que es la Iglesia, sacramento universal y seguro de todo verdor.

jueves, 1 de julio de 2010

Cristo, camino del justo


El Señor levanta a los caídos (Sal 145, 10)
Si has caído, no temas, mantente firme en la verdad (Ef 6, 14). El Señor te tiende la mano y te levanta, pues ama a los justos (Sal 145, 8)

Cristo ama a los justos. Cuando se ama a alguien, se le defiende. Es por su amor a ti que el Señor te defiende, te levanta si caes. Te levanta liberándote, pues da libertad a los cautivos (Sal 145, 7). Si has caído, es porque no eres perfecto, no eres libre, tu pie tropieza en el camino. De aquello que te hace tropezar Cristo te libera y te dice: en marcha, y te protege si te calzas los pies para anunciar el Evangelio (Ef 6, 5)

Calzados los pies para anunciar el Evangelio de Cristo (Ef 6, 15) estamos inmersos en una marcha en que Cristo es defensa, escudo, camino de avance, no de tropiezo y caída. Frente al camino de las tinieblas, el camino del Evangelio de la paz, que es el camino de la luz, donde si caes, Cristo te levanta. Es el camino de los justos.

Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores (1 Timoteo 1, 15) Los pecadores no son sino aquellos que van caminando por el camino y caen. A estos vino a salvar el Señor. No es justo sino el que peca y quiere que Cristo le salve y le ayude a no caer más, a no pecar nunca más. El justo es el pecador al que sus pecados atribulan , pues ama a Dios y su pecado le duele.
Tú, si tropiezas y caes, sabes que Cristo te levanta. ¡Cálzate las sandalias del Evangelio, y vive!

domingo, 27 de junio de 2010

Rosa Vidriera



Todos los tonos del mundo se funden en ella. Rojo cereza y celeste metal, naranja atardecer y verde oliva, negro pizarra y amarillo oro...

Muchos más tonos, muchos más. De todas las cadencias y matices. Se agitan suavemente sobre la luz del altar mayor, y como estambres plateados, guardan la Gracia de Cristo en pequeñas corolas, abiertas sobre el que ora.

La enorme rosa transparenta tanta luz, en tantos e infinitos tonos, que se despliega en el espacio un prisma imaginario y puro, como un espejo para arcángeles, en cuyo azogue misterioso fulges Tú, latido y fulgor de todas las vidrieras, hasta el confín del mundo.

sábado, 26 de junio de 2010

Virtudes naturales y sobrenaturales

La virtud es fuerza. Fuerza para hacer el bien.
En Mateo 12, 11 la Escritura nos enseña cómo se consigue el Reino de los Cielos: a viva fuerza. Es decir, mediante el ejercicio de la virtud.

La fuerza de la virtud es la Gracia, que procede de Cristo.
Ninguna fuerza para hacer el bien procede de la carne, de lo puramente humano. Procede de Cristo.

Existe dos tipos de fuerzas para hacer el bien:
La fuerza natural, que podemos hacer con medios naturales: trabajo, esfuerzo. Esta fuerza se denomina gracia actual. Una persona puede estar en pecado mortal y aun así hacer cosas buenas. Su impulso procede igualmente de Cristo. Ningún acto bueno natural procede exclusivamente del hombre. Todo es gracia.

La fuerza sobrenatural, que sólo podemos hacer con medios sobrenaturales:trabajo en Gracia, esfuerzo en Gracia......esta fuerza se denomina gracia santificante. Una persona en pecado mortal no puede hacer actos buenos sobrenaturales.

La fuente principal de fuerza sobrenatural es, en el plano sacramental, la Santa Misa, la Eucaristía, la Confesión... En el plano personal, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, la oración, etc.

martes, 22 de junio de 2010

Aciertos de la Virtud

Age quod agis. Hacer bien cuanto se hace, con espíritu de perfección. De lo contrario, carecen de sentido las cosas, el tiempo y el esfuerzo que se pone en ellas. Sin tensión perfectiva el tiempo invertido es vano. O es serio y esmerado, o nuestro hacer naufraga.


Decrevi. Lo he dicho, lo he decidido, lo determiné así, y ya está. O nuestros propósitos tienen fuerza resolutiva, seguros, férreos, inconmovibles, o estamos perdidos, sin posibilidades de mejora. Los propósitos firmemente determinados son el seguro de nuestros pasos por el itinerario de la perfección.

Ecce Homo. Hacerse Varón de Dolores, como Cristo, el Fuerte. Hacerse a todas las preocupaciones, tensiones y conflictos como a una segunda piel. Tener estómago duro para asimilar la vida, y nervios templados y afinados al momento y a sus sombras. Ejercitarse cada día.


Substine et abstine. Hay que tener muy claro cómo soportar altas dosis de tensión mental, digerir el plomo de todos los temores. Objetivar los contratiempos, plantar rostro a los problemas, no rehuir el encontronazo con lo enemigo. Darse cuenta, momento a momento, de la gran ocasión de purga que para nosotros supone el sufrimiento. Resistir y controlarse, abstenerse para fortalecerse y digerir bien el mal.


Ama et fac quo vis. Ama y haz lo que quieras. Pues quien no ama está muerto --qui non diligit manet in morte (I Jn III, 14)-- y realiza tinieblas.


Regnum coelorum vim patitur, et violenti rapiut alliud (Mt 11, 12) El Reino de Dios se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen son los que la alcanzan. Con vara de hierro gobernarse, corregirse sin contemplaciones, con golpes firmes y seguros de timón orientarse y dirigirse contra las olas. Mantener a raya toda tendencia disgregadora, que al momento descompone e inclina al mar.


Miscuit in medio eius spíritum vertíginis (Is 19, 14). Ha infundido en ellos espíritu de vértigo. Cuando brilla el momento de acometer acciones virtuosas, en ocasiones, sentimos vértigo del bien. Hay que estar alerta. La acción buena nos eleva, pero nuestros ojos están anclados en la sombra de la tierra firme, del barro de nuestra naturaleza debilitada. Así, miramos de pronto hacia abajo, en lugar de hacia lo alto. No nos dejemos inutilizar por la altura.


Regit et corrigit. Gobierna y se gobierna, corrige y se corrige la persona sabia, que quiere la perfección. Vara de hierro consigo mismo, dulzura con el alma ajena. Mantiene el rumbo o lo corrige según soplan los vientos y se sortean tempestades.


Familiares mei sunt tenebrae. Mis familiares son las tinieblas (Sal 87, 19) Acostumbrémonos. Vivamos como luz entre las sombras. Lo requiere el mundo desquiciado de hoy, sin norte, de horizonte enceguecido, sin bien ni mal. En estas condiciones, nada sombrío nos puede ser ajeno, excepto el pecado.


Melius est confugere ad Dominum, quam confidere in homine (Sal 118, 8). Mejor es confiar en el Señor que en los hombres.


Noli timere, tantummodo crede (Mc 5, 41) No temas, tan sólo cree. No podemos evitar el miedo, pero sí combatirlo y sojuzgarlo. Primero, con el pensamiento, reprimiendo su discurso deprimente, levantando su irracionalidad, sacudiendo sus premisas; segundo, con la voluntad, moviéndonos al peligro, cara a cara, y al galope. Tercero, alimentando la audacia y los grandes afectos. Levantar palacios de mármol en la vida cotidiana, junto a chozas y chabolas; pone en pie al Coliseo; desafía al Minotauro con las armas de Cristo, que ya lo vencieron y lo conocen.


Carne de olvido. Humo y humus de locura. También nuestras preocupaciones son hojas que agita el viento. Todo procede de la sombra de lo efímero, del polvo de la tierra. Yo quiero morir a mí mismo para vivir en Cristo. Esta debe ser mi máxima preocupación y anhelo. Y así, lo demás, será silencio.

martes, 15 de junio de 2010

Sobre un albaricoque en flor


Era un huerto vetusto, pequeño y recoleto, a espaldas del viejo edificio principal, en aquel pueblo olvidado de pequeñas casas levantadas entre pastizales dormidos y aguas de manantial, junto a un camino de piedras bien pulidas por el paso de los años.
Un magnolio y un manzano que siempre estaban en flor, una parra para darme sombra, y un pequeño y tierno albaricoque rebosante de frutos, ilustraban mi huertecillo de alquiler. A la derecha del manzano había una fuentecilla de piedra vieja y musgosa, de la que manaba un humilde surtidor de agua.
Por las tardes, a eso de la hora de la merienda, una niña siempre se acercaba a la puerta del huerto. Yo solía estar sentado allí leyendo o escribiendo, o tomando un café. Ella se me arrimaba y me decía:
—¿Puedo beber de la fuente, profe?
Y yo le decía que sí con la mirada y mi alumna bebía varias veces, se enjugaba, se humedecía el flequillo y las coletas rubias y me sonreía.
Luego me enseñaba su muñeco de peluche.
—Mira, profe, se llama Piqui.
—Encantado, Piqui—decía yo al muñeco, y le ofrecía mi mano.
A Lucía, que así se llamaba la niña, le hacía mucha gracia aquello de estrechar yo la mano de su muñeco, y se reía como la fuente de la que acababa de beber.
El agua le resbalaba en pequeños surquitos por sus churretes. Diríase que eran grandes lagrimones de no ser por la amplia sonrisa que lucía, como su nombre, de forma permanente en su semblante.
—A Piqui no le gustan los perros, le asustan—Me decía siempre, invariablemente, después del ritual del estrechamiento de las manos
—Pero mira, sabes, profe, que en el huerto de aquí al lado hay un perro mendigo que va por ahí arrimándose a todo el que lleva algo comestible en la mano; no tiene dueño, y lo podrías adoptar, porque vive solito y a mi muñeco no le asusta, son amigos.

Y entonces, una tarde más, me soltaba la misma retahíla. Que si era un perro muy bueno, que era labrador, que no mordía, que a Piqui no le asustaba... Su padre, que vivía dos casas más abajo, hacia la iglesia del pueblo, se acercaba entonces y desde el umbral de aquel mediojardín la llamaba y me decía con potente vozarrón:
—No le haga usted caso, don David! ¡Que niña más jartible, siempre con la historia del perro.! Y la llamaba:
—¡¡Lucía, vamos!!

Una calurosa tarde de mayo me decidí a acercarme al huerto abandonado de al lado a hacer una visita a mi vecino el perro mendigo. Lo encontré tumbado a la sombra de una higuera. Era un gran labrador de largo pelo canela, cabeza noble, cola de basto pincel, lomo blanco y ancas rendidas por el peso de la intemperie en la sierra.

Lo estuve acariciando un rato, y observé una gran herida entre los costillares. Le llevé agua y algo de comida, y me dispuse a alejarme del huerto. Pero el perro me seguía, se dejaba querer, y caminó detrás mía hasta que me senté en mi banco de hierro, junto a la fuente. Para que no creyera que iba a quedarse conmigo, hice ademán como de irle a pegar, pero cuanto más lo fingía, más se me arrimaba el perro, como leyéndome el pensamiento y conociendo que yo no iba a causarle daño, sino a adoptarle.

Y así fue.

—Don David, no sabe usted la que le ha caído con ese perro, que nada más que hace comer y dormir, y no sabe ir de caza, ni cobrar las perdices, ni hallar la liebre ni nada. Ese perro no vale para nada.
Y yo pensaba: pero es el único perro que no asusta a Piqui, el muñeco de peluche—y me sonreía pensando en la niña de las coletas y su muñeco.

Los meses pasaban. Transcurrió el tiempo, el esfuerzo, los buenos y malos momentos… fui cogiéndole cariño al pueblo, como a mi huerto, a Lucía, con sus churretes, y al perro que no servía para nada.
En junio, el último mes del curso, solía irme a pasear por los montes del pueblo con don Julián, el sacerdote del pueblo, y don Pedro, el director del colegio. El perro mendigo venía con nosotros. Se cansaba pronto del paseo, resistiéndose, con las patas blancas, como nieve caída, pegadas al camino, y no quería continuar más allá del trecho fácil del huerto a la salida del pueblo, negándose a pasar por los senderos en exceso pedregosos, o por un desfiladero elevado que había en el paso entre dos cerros de ese puerto que llamaban el Paso del Barco, porque uno de sus picos tenía forma de proa de navío y apuntaba al horizonte, donde el sol se ponía sobre las casas y sus huertos.
Un día se puso a husmear algo tras un matojo de palmito. Y apareció de pronto con una enorme perdiz en la boca. Lo vieron algunos cazadores que pasaban cerca, y pensaron que el perro que no servía para nada había cobrado una pieza, y sin saber que había sido por casualidad, (porque ese palmito y esa perdiz estaban justo en el punto en que el perro iba a poner la pata), muy sorprendidos exclamaron:
—¡Anda, si va a resultar que ese perro vale para algo! A lo mejor vale para la caza, y no lo sabemos.
Y el padre de Lucía, que iba con ellos, decidió adoptarlo cuando yo me fuera. Ellos lo cuidarían por mí.
Días antes de irme, por la tarde, a la hora de la merienda, Lucía vino a despedirse de su profesor, acompañada de su padre y del perro que ya servía para algo, aunque por casualidad. Me extrañó no ver con ella al eterno Piqui.
Me acompañaron a la parada del autobús, y cuando éste partió, me hicieron señas de adiós con las manos. Lucía cogió la pata del perro que ya no era mendigo, y hacía con ella el gesto de la despedida
Cuando iba a la altura del Puerto de Santa María abrí mi maleta para coger algo, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir, como regalo de despedida, a Piqui, el muñeco de peluche, con una nota escrita a lápiz, con la caligrafía de los sueños:

Profe, te regalo mi muñeco de peluche
para que siempre te acuerdes de mí.

Firmado, tu alumna Lucía

Y rumbo a mi casa, donde me esperaba impaciente una nueva vida, me iba acordando con alegría de aquel huertecillo y su fuente, del perro que no servía para nada, y de una alumna que, a la hora de la merienda, se acercaba a comer de los albaricoques de mi jardín.

La Educación Perfectiva II

7. La esencia constituye la base de todas las cualidades del ser, pues la cualidad sólo es cualidad referida al ser que la posee. Las cualidades de un ser no son nada separadas del ser mismo y de su esencia, base de toda su actividad. El ser substancial, en este caso la persona, es el sujeto de la acción, y es en su acción donde se manifiesta su naturaleza; es en el obrar esencial de un ser donde se desarrolla la potencialidad que encierra su naturaleza.

8. En el obrar del ser se expresa su naturaleza, y sólo en el obrar se despliegan sus cualidades y facultades.

9. En definitiva, podemos afirmar que es la acción aquello que actualiza la esencia de un determinado ser. Lo que en él es posibilidad, por el obrar se convierte en realidad.

10. La realización de todo aquello que un ser tiene como posibilidad esencial constituye su fin, el sentido de su existencia.

11. Con el obrar esencial propio de su naturaleza, un ser se hace más él mismo, se motiva a ser. Lo que motiva esencialmente a un ser es realizar su naturaleza. En este ser cada vez más uno mismo un ser radica el bien esencial del mismo. Este bien esencial motiva a ser más él mismo al ser, para alcanzar su fin (tendencia esencial), por lo que cuanto más actúe en la dirección de esta tendencia hacia su bien esencia, se realizará en una mayor proporción. Será más perfecto cada vez.

12. De este modo, a través del motivo esencial y de la acción esencial se va perfeccionando progresivamente el ser. Este proceso se realiza igualmente en el ser humano. En la naturaleza humana existen motivos esenciales, tendencias a un bien que le es propio. Y acciones esenciales, obras propias del ser humano. De la relación entre ambas surge la dinámica de la perfección. Esta dinámica constituye el sustrato de la educación perfectiva.

13. La perfección del ser humano la entendemos aquí como un proceso de realización objetiva de todo el potencial que encierra la naturaleza humana. Esta es la perspectiva del perfeccionamiento humano que adopta la filosofía del ser.

14. la perfección humana bajo una perspectiva moral Saber lo que es el ser humano es conocer sus cualidades, facultades, elementos de su personalidad, capacidades, etc... Saber cómo es la naturaleza humana es fundamental para saber qué es lo que el ser humano debe llegar a ser, para conocer su potencial.

15. La razón participa constantemente en este proceso de perfeccionamiento, que se hace “visible” en el mundo psíquico a través del mundo de la conciencia.

16. Es crucial para la persona conocer qué debe llegar a ser, pues esto determina que cumpla su fin esencial y por tanto se realice. La razón tiene mucho que hacer aquí, pues contribuye a elucidar las pautas de vida por la cual el ser humano dirige su ser hacia su deber ser. Este deber ser se manifiesta en la norma moral humana

17. El ser humano debe vivir en consonancia con aquello que debe llegar a ser para realizarse.


18. La perspectiva del propio perfeccionamiento es en definitiva la perspectiva moral, que sitúa al ser humano bajo la óptica de su deber ser. Este deber ser no es un deber autónomo y autosuficiente. Es un deber transcendente, pues rebasa lo que es, para alcanzar lo que debe ser y aún no es.

19. Hoy se habla mucho de deberes y derechos, sobre todo en relación a la educación de la infancia y de la juventud. Bajo la perspectiva de la filosofía del ser, podemos interpretar el derecho o, los derechos, como expresión de bienes naturales a los que el ser humano aspira movido por su esencia; la búsqueda del bien es una tendencia propiamente humana, cuya realización perfecciona; necesitamos hacer el bien por el simple hecho de ser persona. Los derechos son bajo esta perspectiva motivaciones de la voluntad humana, valores que animan la vida humana, bienes insustituibles, bienes, moralmente hablando, necesarios, cuya posesión hay que garantizar mediante la acción de los deberes.

20. La naturaleza del deber moral, de esta forma, se encamina a la protección del derecho natural. Los deberes son expresión de múltiples exigencias hechas a nuestra voluntad, exigencias morales, que brotan por el simple hecho de la existencia de unos bienes a los que tiende la voluntad de manera natural. Si no existieran derechos, no existirían deberes. Si no existieran bienes, no habría que crear exigencias morales.

21. Deber y exigencia van estrechamente unidos. La exigencia es el modo en que la voluntad se autoimpone o exige a otros (por ejemplo a los hijos, o a los alumnos, a los ciudadanos, mediante las leyes) la realización de un bien o la no realización de un mal.

22. La ley no puede dar lo que la naturaleza niega. No tenemos el deber de proteger derechos falsos o inexistentes, es decir: bienes falsos, pseudobienes, motivos o valores que no proceden de la tendencia natural del ser humano, sino de la cultura o la ideología, o simplemente del mal.

23. En definitiva, debido a que el bien es necesario, la exigencia es necesaria para garantizar el bien. Pero, ¿por qué razón es necesario garantizar la posesión de bienes necesarios, si la voluntad humana tiende naturalmente hacia ellos?

24. Vamos a explicarlo de forma simplificada y extremadamente clara: moralmente hablando, decimos que todos somos egoístas. Como el egoísmo tiene su papel en la acción de la voluntad, es necesario exigirle a esta que se reoriente hacia el buen motivo, el bien verdadero. El entendimiento informa a la voluntad de la falsedad de los bienes egoístas, y comunica la necesidad de la exigencia de reorientación. Esto, fundamentalmente, se llama disciplina.

25. Del egoísmo proceden de una manera u otra las principales acciones negativas cuya realización perjudica nuestro ser personal, y nos detiene y retrocede en nuestro proceso de perfeccionamiento.

La Educación Perfectiva I

1. Todas las personas tenemos algo en común: la naturaleza humana. De cómo somos, y cómo estamos hechos, depende nuestra existencia. Cuanto más nos aproximemos a nuestra esencia, más felices seremos, pues alcanzaremos a vivir con pleno sentido, integrando en nuestra personalidad todas aquellas cualidades, facultades y elementos constitutivos que conforman nuestro ser como somos.
En esta esencia común natural se dan cita todas las diferencias de carácter, personalidad y valor en general; esta pluralidad no contradice el núcleo común que nos hace humanos a todos los humanos, hombres y mujeres: pues todos somos personas, y de la misma manera podemos ser felices: actuando de acuerdo con nuestra naturaleza y desarrollado al máximo sus elementos, facultades, capacidades y cualidades.

2. Recurrir a la naturaleza humana es muy importante para poder acertar en este tema tan importante de la educación, como en el de la felicidad. En este sentido, ¿qué puede aportarnos la ontología o filosofía del ser para comprender mejor cómo funciona el sistema por el cual el ser humano se perfecciona y es feliz?.

3. Aquí vamos a entender el concepto naturaleza de un ser como su esencia; concebida esta como la base de toda la actividad propia de este ser

4. Qué somos, cómo y con qué fin estamos hechos: estas son preguntas acerca de nuestra naturaleza. La naturaleza del ser humano es la causa motriz básica de toda actividad propiamente y específicamente humana.

5. Naturaleza hace referencia a realidad objetiva, a aquellos aspectos de nuestro ser que son entendidos como objetos de perfeccionamiento. Pero, ¿podemos entender así al ser humano? ¿Es razonable concebir a la persona como un ser perfectible?

6. La razón humana, según Tomás de Aquino, conoce antes que nada el ser; mediante la razón natural y el gran poder de la intuición humana, podremos referirnos a la naturaleza del ser humano, hombre y mujer, para hablar de aquello que nos constituye, nos define y proporciona identidad y especificidad. Es decir, dirigiendo nuestro pensamiento a la esencia le proporcionamos su dimensión natural. Orientando nuestra mente a lo propio y exclusivamente humano, comprendemos lo propio y exclusivo de nuestra felicidad. Fortalecemos nuestra mente con la potencia comprensiva que le proporciona su uso natural, la aprehensión de la esencia de las cosas y, con ella, de la verdad.