jueves, 21 de octubre de 2010

Deber y Ley Moral



Un acto es bueno si es bueno su objeto, su finalidad y sus circunstancias. Cuando estos tres factores, como vimos en una entrada anterior, se ajustan a la ley Moral, los tres son buenos, y hacen bueno al acto, lo hacen conforme a la ley Moral.

La ley Moral determina qué relación tienen nuestras acciones con respecto al sentido de nuestra vida, es decir, al fin último de nuestra existencia, que sabemos, por expresa Revelación divina, que es Dios mismo, nuestra unión con Él en la Gloria, por la Gracia efectuada por Cristo a partir de la cooperación total de nuestra parte.

La ley moral es un conjunto de deberes establecidos por Dios para que, con su realización, alcancemos nuestro fin sobrenatural. Que son deberes emana del hecho de que es una ley promulgada por la Autoridad suprema, es decir, por Dios mismo. Que son deberes emana del hecho de que no tenemos derecho a incumplir la Ley moral.

Esto suena violento a los oídos de hoy en día. La palabra deberes asusta. Sólo nos gustan los derechos. Pero estrictamente hablando no tenemos ningún derecho ante Dios, aunque sí los tengamos ante otros hombres. Y si tenemos derechos ante los hombres, en especial hacia los que promulgan leyes (humanas), es porque esos hombres, porque todos los hombres, tenemos deberes ante Dios. Y ese conjunto de deberes se denomina en general Ley Moral.

Que el ser humano debe algo a la divinidad, por el hecho de ser humano, es una enseñanza de la filosofía grecolatina, que preparó la aceptación del cristianismo:


Diis te minorem quod geris, imperas.


Es sometiéndote a la Divinidad como eres libre. (Horacio, Odas, III, VI, 5) He traducido libremente así la máxima horaciana, porque creo es lo que pretende significar. Más literariamente diría: "es sometiéndote a los dioses como reinas". Pero teniendo en cuanta su contexto moral, esta es su interpretación más profunda.

La antigua sabiduría nos prepara para la aceptación de la Ley Moral haciéndonos ver que el cumplimiento de nuestros deberes para con la Divinidad nos hace libres. Tremenda contradicción a los ojos del mundo de hoy.

La ley moral está ausente del mundo físico inanimado. Las rocas no pecan, dice el poeta. Los animales, igualmente, no son ni buenos ni malos, actúan por instinto, no por libertad.

La ley moral existe solamente para aquel que puede incumplir el orden del mundo mediante el ejercicio de su libertad, es decir, para el ser humano, para la criatura racional.

Platón, en Las leyes, 716, arremete contra el sofismo, que defiende la convencionalidad de las leyes y de la moral, es decir, su utilitarismo, su razón de ser condicionada por la conveniencia. En definitiva, su relativismo.
Y dice: "Dios es principalmente la medida de todo".

Este ser la Divinidad la medida de todo es la esencia del deber moral. Que no nace de un imperativo abstracto, racional, como en Kant, sino de la esencia misma de todas las cosas, cuya medida es Dios.

Por tanto, de la esencia misma del ser humano, cuya medida es Dios, emerge el valor infinito del deber moral. De lo que somos, de cómo estamos hecho, del fin de nuestra vida.

A la hora de realizar una acción, nadie está exento de olvidar su esencia, de ir contra su esencia.

La conciencia es el memorial de la esencia.

Por ser persona, Dios nos da acceso al conocimiento de la Ley Moral, es decir, nos permite conocer qué debemos hacer para alcanzar nuestro fin, es decir, el sentido de nuestra vida, o lo que es lo mismo, Él. Dios Uno y Trino, conocido en Jesús.

¿Podría ser Dios un buen Padre, si priva a algunos del conocimiento del orden que Él mismo quiere fundar en nuestra existencia, para que libremente, por Jesucristo, lo acojamos y hagamos nuestro?

Qué suave carga es este deber. Su yugo es ligero, sabroso, huele a eternidad. Cuánta dicha nos proporciona. Incomparable. Eterna.

¿Podríamos nosotros ser buenos hijos queriendo zafarnos de esta Ley?

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