viernes, 31 de diciembre de 2010

Adoramus te, Christe

El sublime Adoramus te Christe de Palestrina. La Divina Liturgia en su perfecta y clásica proporción. Tanta hermosura que hace rendir las rodillas, para alabar al Señor.

Lo escucho en una sentida versión de un coro juvenil de Jersey. Al final del canto litúrgico se escuchan aplausos., propios de un teatro. Hace no mucho se cantaba durante la Misa, integrado a la perfección en la Divina Liturgia, Ahora sólo en salas de conciertos. Este descenso del Arte Sacro a lo mundano sólo puede entenderse como una batalla lograda por el maligno. Siento un inmenso dolor por la pérdida de esta música litúrgica. Pero este dolor no mengua un milímetro mi confianza en la Iglesia.
La tremenda pérdida que supone excluir la música sacra litúrgica tradicional de la Santa Misa no se ha valorado todavía en su justa medida. Pero se valorará. Apuntan las reformas litúrgicas de Benedicto XVI, entre ellas la vuelta al canto llano y la polifonía. pero queda mucho para restaurarla.
Habría que recuperar la sensibilidad ritual, los conocimientos musicológicos necesarios, el sentido de lo sacro. Y descartar toda melodía mundana de la Divina Liturgia.
Vuelvo a escuchar el adoremus te, Christe. Quisiera sumergirme en esa músicay no dejar de alabar al Señor y de adorarlo con esta música toda traspasada de fervor, de adoración, de sublime alabanza.

Del combate del cristiano y de la Historia Sagrada de ese combate

Quiero empezar el año con una entrada combativa, castrense, ascética, que mueva a los cristianos a luchar el buen combate de la fe.
Y lo hago hablando de uno de los principales problemas doctrinales y ascéticos de la vida cristiana de hoy, que es este:

El rechazo de las Gracias recibida por la Tradición. Rechazo que va estrechamente unido a un optimismo antropológico relativo al momento presente: sobrevaloración del progreso y de la sociedad del bienestar actual, y minusvaloración del pasado.

La vida cristiana deja de verse como ese combate contra el poder de las tinieblas de que nos habla con potencia Gaudium et Spes, 37:

"el hombre, inmerso en esta batalla, tiene que combatir continuamente para seguir el bien, y sólo con grandes trabajo y el auxilio de la Gracia divina puede obtener la unidad dentro de su interior"

Es una especie de pelagianismo doctrinal y ascético, propio del cristiano que se cree sin antepasados en la Gracia. Sin antepasados que puedan servirles a ganar el combate del tiempo presente. Porque ve el pasado de la Iglesia como algo oscuro, y el presente como algo luminoso.

Causa: no es capaz de ver el pasado de la Iglesia como auténtica Historia Sagrada.

No es capaz de percibir, recibir las Gracias que preceden al momento presente, gracias de combate que iluminan la lucha del momento presente. Se siente sin herencia, huérfano.

Son cristianos que no leen a los Santos Padres,que no estudian el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II, porque lo consideran superado; que no les dicen nada la vida y escritos de los santos... "Todo eso está superado". San Agustín, Santo Tomás, el Concilio de Orange, el Tridentino, las obra magisterial de Leon XIII o Pio IX... las obras místicas de Santa Teresa de Jesús, los detalles doctrinales luminosos del cardenal Cayetano en su combate doctrinal contra la herejía luterana... Todo esto y más lo creen pasado, inactual, inservibles, prefieren leer a los pseudoteólogos de moda.

De esto no me cabe duda. De este cristianismo optimista, pacifista, autocomplaciente, que quiere la aprobación del mundo de hoy, sin Tradición, asimilado en el corazón de tantos, tantos cristianos, brotan efectos tenebrosos que sólo podrán ser combatidos con las buenas armas de la Tradición, Gracia probada, y la Escritura, iluminada de forma inerrante por todo el Magisterio.

¿Cuáles son esas buenas armas? Las que ha habido siempre. Sacramentos, vida de santos, pobreza, castidad, Misa, limosna, ayuno, penitencias, mortificaciones físicas y espirituales...

Si se cree que es posible salvarse únicamente con "valores cristianos", sólo con solidaridad, justicias humanas y programaciones y planes pastorales, con los propios medios presentes y actuales... ¿para qué los tesoros de la Historia Sagrada de la Iglesia? Pasan a segundo plano.

Todo se queda en una cuestión de valores cristianos. Los que se cree que necesita específicamente la sociedad actual, y que dejan al cristiano sin armas probadas contra el enemigo.

Pero la Gracia no se cancela a sí misma.

Existe una forma pelagiana, también, de contemplar el Magisterio de la Iglesia. La observo sobre todo en teólogos ortodoxos, que quieren ser rectos, pero que confían demasiado en las fuerzas autónomas del propio presente y se vuelven liberales.

Pero los cristianos miramos al pasado desde abajo, no desde arriba. Porque el pasado ilumina el presente.

El pasado encierra el tesoro que se transmite de generación en generación, que proyecta su luz inerrante sobre nuestras incertidumbres actuales y orienta el camino peregrinante de los cristianos. Y no es que se funda con lo presente, con lo nuevo. Es que en la Iglesia de Cristo no hay nada propiamente novedoso. Todo, en estos dos mil años, es igualmente fresco y nuevo y luminoso.

Lo que aumenta es nuestra comprensión, nuestra inteligencia, nuestra propia luz.

Pero por entender que nosotros tenemos, en la época presente, una luz propia que ilumine el pasado, perdemos la luz eterna que ilumina nuestra inteligencia. Del pasado recibimos.

Es el tesoro de las Gracias recibidas, la Historia Sacra de la Iglesia, las gracias dadas por el Espíritu a sus hijos, a nuestros antepasados en la Gracia, las que heredamos y nos enriquecen, y nos aportan a nosotros aumentando nuestra comprensión de la divina economía salvífica; gracias a esa herencia sagrada es nuestra inteligencia mayor, no porque nosotros pongamos ahora más de nuestra parte al pasado.

Nuestro presente, aún, no es historia sagrada. Pero la vida de la Iglesia, hasta hoy, sí lo es.

La revelación divina no es imperfecta, no tiene elementos quer pasan de moda o pierden eficacia, no tiene que aumentar o disminuir o mutar de modo alguno.

Es el error solemnemente condenado en el Syllabus:

"Error V: la revelación divina es imperfecta y está por consiguiente sujeta a un progreso continuo e indefinido correspondiente al progreso de la razón humana."

Lo que es imperfecta es nuestra comprensión humana, pero no el Magisterio de la Iglesia, que está asistido por el Espíritu de Cristo.

Momentos antes de su martirio, San Martín I lanza su clamor hasta el cielo, para que lo escuchemos también, ahora, en el siglo XXI, los cristianos de hoy:

"por la intercesión de san Pedro, establezca Dios los corazones de los hombres en la fe ortodoxa, y les haga firmes contra todo hereje y enemigo de la Iglesia. De fuerza al pastor que gobierna ahora. De tal suerte, que, sin ceder en ningún punto, ni siquiera mínimo, y sin someterse en parte secudaria alguna, conserven íntegramente la fe profesada ante Dios y ante los ángeles santos"

Estos herejes no son esas personas que de buena fe sostienen doctrinas erróneas o vagan sin rumbo buscando inculpablemente, con buena voluntad, pero con limitaciones, una luz. Se refiere a esos cristianos carnales, falsos profetas que tienen intención deliberada de perder a otros, de atacar las verdades de la Iglesia para hacer sospechosa la verdad, de gloriar su inteligencia humana, demasiado humana, a costa de la negación de la doctrina luminosa.

Y es que hay teólogos que niegan la maldad en el corazón humana, pretenden que nadie es malo, que no existen personas malas que pretenden perder a otros.

Actualmente hay muchos lobos disfrazados de ovejas disgregados por el rebaño, apartado a los fieles de la Iglesia, paralizando las misiones, vaciando los seminarios de jóvenes con vocación, que escucharon hablar de un cristianismo humanista pelagiano sin atractivo, y que los hundió en el hastío... Falsos profetas de un cristianismo sin Cristo, contra los que alza su voz San Martín I.

Estamos en guerra, no lo olvidemos, contra el poder de las tinieblas, contra el mundo, el diablo y la carne. Y en esa guerra no estamos solos. El ejército innumerables de los santos que nos han precedido nos acompaña en el combate.

"A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final" (Gaudium et Spes, 37b)

¡LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI!

martes, 21 de diciembre de 2010

Lenguaje equívoco, doctrina equívoca II

Vamos a continuación con la primera lista de expresiones equívocas que suscitan, como efecto y consecuencia lógica, una doctrina equívoca.

Dios sólo te pide un ratito de oración al día.
Se nos dice a menudo a los laicos en la Misa. El sacerdote no quiere Eliminar formato de la selecciónagobiarnos con el peso de la oración. De ahí lo del ratito... Y yo me pregunto: ¿podemos ser nosotros, los laicos, santos, con sólo un ratito de oración?
Más bien es lo contrario: Orad sin cesar (1 Tesalonicenses 5, 17)

Dios no quiere que renuncies a tus cosas.
Crees que Dios no quiere que pierdas las cosas que son importantes para ti, sino que te quedes con lo tuyo, que lo conserves, porque es importante para ti. Y que dejes un huequecito para Él en tu vida: y te dicen :hazle un hueco a Dios en tu vida.
Sin embargo, mira lo que dice Cristo: Quien encuentre su vida la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará (Mateo 10, 39)

Dios cree en el hombre.
Pero, ¿no es el hombre el que debe creer en Dios? Mira lo que dice Jesús del hombre: ¿Cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Mateo 12, 34.

Entre todos lo conseguiremos.
Crees que es problema de unidad y de arrimar el hombro: "cada uno va a lo suyo". Porque opinas que el bien procede de lo humano. Qué daño hace el pelagianismo.
Sin embargo, muchos, uno, o multitudes, no curan la indigencia original del ser humano.
Mira lo que dice Jesús (Juan 15, 5) Sin mí, no podéis hacer nada

En la vida cristiana, lo importante son los hechos, no las palabras.
Te parece que a las palabras se las lleva el viento. Sin embargo te digo que las palabras son la vida de los hechos. Sí, su vida, su sentido, su alimento. Mira lo que dice Jesús de sus palabras:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mateo 24, 35) Las que se lleva el viento son las nuestras, ¡pero no las de Jesús!

Busca un momento para estar solo, y descubrirte a ti mismo.
Solo contigo mismo, para descubrirte. Pero, ¿aún no sabes como eres? Eres malo (Mateo 12, 34) Busca un momento de soledad más bien para estar con Cristo, y descubrir a Cristo, y que Él te haga bueno, porque sólo Él es bueno.

La belleza está en tu interior.
Mejor no mencionemos lo que está en nuestro interior. La belleza está en Cristo. Y si Cristo está dentro de ti, por la Gracia, entonces la belleza está en tu interior.... pero si estás en pecado mortal, ¿qué belleza podrás encontrar ahí? Ve a la Santa Penitencia, a la Santa Eucaristía, para que tengas la belleza en tu interior, para que tu interior sea bello.

Dios pone su parte. Ahora falta que tú pongas la tuya.
¿Entonces hay algo que el ser humano pone de sí, propio y específico? No, no hay una parte tuya que hayas de poner. Pues lo tuyo también proviene de Dios, y si es tuyo es porque Él te lo ha dado, y te da asimismo el poder ponerlo voluntariamente. Esto nos enseña la doctrina católica de siempre, perfecta e inmutable. Lo que tú has de poner libremente es...parte de Dios también.

Hay cosas que provienen de mi libertad y no de Dios.
Hay cosas que no proceden de la Gracia sobrenatural, pero eso no significa que provengan de tu libre albedrío como de su fuente. Has de saber que aun aquellos bienes naturales que realices, como regar una planta que se está secando, provienen de Dios, que es causa universal de todo bien (por su concurso divino y providente). Y ni aun regarla podrías si Dios no te lo da. Así lo enseña el Sínodo de Orange: Can. 20: «Que el hombre no puede nada bueno sin Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún bien, en cambio, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre».

Descubre la verdad en ti mismo mediante la meditación y las técnicas de autoayuda. Sin embargo no te es posible autoliberarte por mucho que te contemples. Porque el Magisterio de la Iglesia, en el mismo Sínodo lo enseña bien claro:

Can. 22: «De lo que es propio de los hombres. Nadie tiene de suyo sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y justicia, viene de aquella fuente» divina.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Lenguaje equívoco, doctrina equívoca I

La confusión invade a muchos cristianos.

Es obvio. Porque su doctrina es equívoca (arrianismo, pelagianismo, semipelagianismo...), y aún seguirá siendo equívoca hasta que no clarifiquen el lenguaje de su fe según el Magisterio de la Iglesia.

Si contemplamos nuestra vida cristiana desde la fe de niños que quiere nuestro Señor, descubriremos sorprendidos que nuestro lenguaje no es de niños, sino de adultos que se creen muy importantes.

Equívoco 1:
Hacer muchas y grandes cosas.
¡Qué importante soy en la Iglesia y qué grandes cosas estoy consiguiendo!

Hay quien enseña a cifrar la vida cristiana en clave de eficacia; hacer maravillas por Dios: grandes obras sociales y benéficas, convivencias exitosas y fraternales, provechosas jornadas de reflexión, creativas propuestas de evangelización, cursos bíblicos abarrotados de gente, convocatorias multitudinarias, una larga lista de obras solidarias y fundaciones de ongs...

Pero no, es Dios quien hace maravillas en nosotros, como reza el magníficat. Es Dios quien hace grandes cosas en nosotros y por nosotros, quien nos santifica con su Gracia, nos impulsa a hacer obras buenas, da vida sobrenatural a nuestra carne y nos libera del demonio y del pecado. Sólo tenemos que decirle sí y dejarnos hacer, y ser absolutamente fieles a los dictados de su Gracia.

Mira de qué forma preciosa lo explica San Josemaría en Surco, 285:

Aunque eres tan poca cosa, Dios se ha servido de ti, y continúa sirviéndose, para trabajos fecundos por su gloria.
—No te engrías. Piensa: ¿qué diría de sí mismo el instrumento de acero o de hierro, que el artista utiliza para montar joyas de oro y de piedras finas?

Clarificación 1: Dios nos dá el querer y el obrar lo que Él quiera.

Equívoco 2:
Ser generoso con Dios
.
Qué bien me estoy portando con el Señor, qué de cosas le doy: mi tiempo, mi dinero, mi...mi...

¿Pero...desde cuando somos nosotros los generosos, y no el Señor con nosotros? La vocación religiosa, los sacrificios, la caridad, la oración, la santidad.. todo esto ¿es algo que el hombre da a Dios, o que Dios nos concede con su Gracia y nosotros aceptamos, recibimos con docilidad? La castidad, por ejemplo."Sé generoso con Dios y sé casto". No, no es así! No es una muestra de nuestra generosidad con Dios. No. Si somos castos, es por la generosidad del Señor, que nos da gracias para ser castos.

Es Dios el generoso, el que da el querer y el obrar, Quien nos envía a la misión, quien nos convoca con su Gracia al sacerdocio, a la oración, a la santidad. El generoso es Dios, no el hombre. Y si el hombre responde con su fiat, es igualmente movido por la Gracia. Dios reconoce, por misericordia, un mérito en el hombre, pero por misericordia, y en base a los méritos de Cristo. Por tanto, el que da es Dios. El hombre recibe. El hombre lo hace con lo que Dios le da.

Esta verdad de fe la explica magníficamente el P. Iraburu:

La vocación –y toda obra cristiana– es un don de Dios, que el hombre recibe. Si hablamos el castellano usual, es generoso el donante, no el que recibe. Si un hombre dona una gran herencia a una familia numerosa que está en la ruina, el generoso es el donante, no la familia que recibe tan precioso donativo. Y esto es lo que sucede en toda vocación y acción cristiana. El generoso es Dios, que estando nosotros muertos por nuestros delitos y pecados, esclavizados por el mundo y por la carne, cautivos del demonio, «nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados» (Ef 2,1-10: leerlo entero). El generoso es Dios. Si, por ejemplo, a uno le falta sabiduría, «que la pida a Dios y la recibirá, porque Él la da a todos generosamente, y sin reproches» (Sant 1,5).

Clarificación 2: El Señor es generoso con nosotros y nos colma de gracias. Seamos dóciles a ellas.

Equívoco 3:
Nuestra esperanza está... y esta es la solución.
Somos la esperanza de la Iglesia, de mi parroquia, de mi asociación...la solución está aquí.

Pero nuestra esperanza cristiana reside ...¿en qué? Se dice que la esperanza de la sociedad está en la familia, en los jóvenes, en un sínodo, en un plan pastoral, en un evento multitudinario, en la obtención de recursos y un cambio de mentalidad, en la catequesis de adultos, en los políticos católicos.... no, no y no, la solución está en Cristo, y nada más:

1 Timoteo.1:1 Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza

La esperanza de la sociedad, de la familia, de los jóvenes, de los sínodos, de los planes pastorales, etc., está en Cristo, y en nada ni nadie más.

Te aseguro que todo hemos de esperarlo de Él.

Clarificación 3: .El Señor es nuestra única esperanza. Amémosle de forma que le pertenezcamos totalmente y sea nuestro único pensamiento, en que lo esperaremos todo.

Equívoco 4:
Dale a Dios lo que Dios te pide.

Dios te pide que.... que... que...

¿Cómo es que Dios pide? ¿Quien pide no es el ser humano, que lo necesita todo de Dios? Más bien hay que decir: pídele a Dios lo que Él quiere darte. Dios te infunde esto, te empuja a hacer aquello, te alienta, te da...lo que pidas tú, si te conviene.

Qué bien explica esta verdad de nuestra doctrina el Padre Iraburu en Caminos Laicales de Perfección:

"¿Pedirles Dios? ¡Pero si lo que precisamente quiere Dios es darles, darles con una abundancia que ni siquiera imaginan!..."

La devaluación terrible de la oración impetratoria que sufre hoy la Iglesia se debe a esto: a que se cree, pelagianamente, que es Dios el que pide y el hombre le da a Dios, y que lo que el hombre da es lo que le salva. Nosotros sin embargo decimos: Que el hombre pida sin cesar, para que Dios dé. Pidamos a Dios, en todo tiempo y a toda hora.

Clarificación 4: Lo que el Señor nos da, y no lo que damos nosotros de nosotros, es lo que nos salva y santifica. Pidamos sin cesar a Dios su Gracia. La oración impetratoria es la clave de nuestra santificación.

Mira, somos niños, seamos niños. Pidamos a Dios, Él es generoso con nosotros, Él hace maravillas en sus hijos, todo lo nuestro, créeme, no es nada comparado con la acción de su Gracia.

«Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y todo el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá. O ¿quién hay entre vosotros, al que si su hijo pide un pan le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una culebra? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos dará cosas buenas a quienes le pidan?». (Mateo 7, 7-12)

sábado, 18 de diciembre de 2010

La Gracia y la libertad en sinergia

Yo andaba siempre buscando qué hacer para atraer a la gente a la Iglesia, qué programar, qué evento organizar, qué decir, qué cosas organizar...

Lo decisivo, sin embargo, es la Gracia, no los eventos, ni los programas de pastoral.
No buscaba en la Fuente, sino en cisternas agrietadas que quería hallar...en mí mismo: en mi creatividad, en mi inteligencia, en mi capacidad organizativa...

En primer lugar, debemos meter dentro de nuestra mente esta idea:

«Misterio verdaderamente tremendo, y que jamás se meditará
bastante, el que la salvación de muchos dependa de las oraciones
y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo
místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación
que Pastores y fieles –singularmente los padres y madres de familia–
han de ofrecer a nuestro divino Salvador» (Mystici Corporis
1943,19).

La salvación, el apostolado y la santificación de un cristiano debe confiarse totalmente a la Gracia de Dios. La salvación no procede de la Gracia de Dios MÁS la libertad humana. No. La salvación procede TODA de la Gracia de Dios, porque ésta no es una fuerza exterior que salva por imputación,

sino una cualidad sobrenatural inherente que transforma y activa íntimamente la libertad humana.

El mejor apostolado y la mejor forma de atraer a la gente a la Iglesia es la Gracia:

Gracia y libertad en sinergia divina. No Gracia contra libertad, ni Gracia más libertad, sino Gracia y libertad en sinergia sobrenatural.

La Gracia divina genera la acción libre. No es Gracia más acción libre. No. Sino que la acción sobrenatural es libre por la Gracia. Cuanta más gracia, más libertad.

No es en gracia, pero libre. Sino sobrenaturalmente libre por la Gracia

Por el fiat, por el hágase en mí según tu Palabra, somos más libres que nunca.

El esclavo del Señor es el libre más libre del mundo. Las obras que proceden de la Gracia son las decisivas, porque lo decisivo es la Gracia. No las obras que proceden del yo, de lo que quiero, de lo que opino es mejor. Y aunque lo haga por Cristo, si no es lo que Cristo quiere, y no procede de la Gracia de Cristo, no sirve para nada.

En esto consiste el error semipelagiano tan extendido entre los activistas cristianos. Hay que hacer esto, seguir este Plan,organizar grandes eventos, elaborar programas de pastoral y disponer de recursos humanos y materiales.... no, no.

Lo que salva no son los las cosas, sino la Gracia que actúa a través de las cosas que Cristo nos empuja a hacer a través de nuestro fiat y que hacemos con Amor sobrenatural.

Lo que salva es la Gracia divina, y es la Gracia divina la que transforma. Cuanto actúa la Gracia, se pueden hacer maravillas con unos pocos recursos, con unos cuantos peces y unos cuantos panes.

La santificación es un maravilla que hace el Señor con el ser humano. Para ser santo no tengo que hacer esto y aquello y lo otro que yo quiero hacer por Cristo. No es lo que yo quiero hacer por Cristo, sino lo que Cristo quiere que haga. No lo que creo que me pide que haga, como si lo que yo le diera fuera lo decisivo, y no lo que Él me da y yo acepto. No, sino lo que me empuja a hacer y yo acepto hacer.

Para ser santo tengo que hacer lo que Dios quiere. Nunca lo que yo quiero. Siempre y sólo lo que Dios quiere.

No son las cosas que hacemos, sino la Gracia latente en las cosas que hacemos, lo que salva y santifica y transforma. Cuanta más caridad, más Gracia. Cuanta más Gracia, más valor salvífico, más valor apostólico.

Puede ser que Dios, por su Gracia, me conduzca a realizar libremente trabajos innumerables y heroicos. Puede ser que Dios, por su Gracia, quiera que me dedique a pequeñas cositas a los ojos del mundo, como barrer un convento, atender a niños pequeños, o hacer mesas y sillas en una pequeña carpintería de un pequeño pueblo perdido en el mundo.

¿Por qué? Porque la santificación procede de la acción de la Gracia en sinergia con la libertad humana movida por ella, no del hombre ni del mundo. No es el mundo ni las obras del mundo lo que nos santifica, sino la Gracia de Cristo.

Nuestro fiat nos convierte en arcilla, y Cristo se hace nuestro alfarero.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Sobre la "fe adulta" y una Defensa de la fe de los niños

Señor mío y Dios mío, te amo desde mi pequeñez. ¿Cómo podría amarte desde mi grandeza?

Tú me enseñas en Mateo 18:

1. En aquel tiempo, los discípulos se llegaron a Jesús y le preguntaron: "En conclusión, ¿quién es el mayor en el reino de los cielos?".

2. Entonces, Él llamó a sí a un niño, lo puso en medio de ellos,

3. y dijo: "En verdad, os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de los cielos.

4. Quien se hiciere pequeño como este niñito, ese es el mayor en el reino de los cielos.

Pues si me considerara adulto en el crecimiento de tu Gracia, podrías mirarme fijamente a los ojos y decirme: qué poca cosa eres, y ya te crees adulto en mi Palabra.

A una soberbia sin límite me suena esa respuesta a Ti de la llamada "fe adulta": una respuesta huérfana. Así no responde un buen hijo.

Los que creen ser mayores en el Reino de los Cielos dicen con voz de persona mayor:

esto me gusta, esto no, esto es inmaduro, esto es pasado, esto es propio de niños y pequeñuelos... Nosotros somos adultos... para nosotros, esto que dice la Iglesia no vale...pues somos adultos...No necesitamos una Madre. Somos ya mayorcitos.

Que mis palabras te resulten gratas, Señor (Salmo 103, 35) A Ti, que miras la tierra y la haces temblar (Salmo 103, 32) No sea yo quien corrige a Aquel que hace temblar la tierra con su mirada.

Si me creo adulto, si cambiando la fe de niños me creo adulto y autosuficiente frente al Dios que mira la tierra y la hace temblar, ¿que respuesta podré darle al Dios que me habla?

Una respuesta de adulto: esto sí , esto no, esto lo cambio, aquí no dices esto, Señor, aquí hablas a los niños, y yo soy un hombre hecho y derecho...a mí háblame de otra manera, Señor... puedo comer de este árbol, no soy un niño para que me digas lo que debo o no debo hacer.

Pero yo no quiero hablarte así, Señor.

Tú quieres una respuesta de niño, de hijo.

Mira a los sabios de este mundo. Si les privas de aliento, mueren (Salmo 103, 29). Esos que si les privas de aliento, es decir, de tu Palabra de Vida, de Cristo mismo, mueren, son los que pretenden corregir tu Palabra y hacerla palabra de mayores.

¿Pueden ellos mirar la tierra y hacerla temblar?

Señor mío y Dios mío, ayúdame con tu Gracia a hacerme niño, contra lo que quiere mi carne de adulto. Mi espíritu quiere hacerme de niño según el hombre interior, pero mi carne me dice: eres adulto según la carne exterior.

Como niño, pues, estoy a tus pies, mi aliento te pido.

No me prives de tu aliento, te lo debo todo. No me prives de tu Palabra. Mi aliento es tu Palabra. No me retires tu Palabra o morirá el hombre interior que quiere crecer en mí, y todavía es niño que necesita Madre.

No quiero mi palabra, no quiero releerla y elaborar una palabra mía. Quiero aprender a leer tu Palabra como los niños aprenden a leer en la escuela del Espíritu.

Si me privas de tu Palabra moriré, pues soy pequeño y por mí mismo nada puedo.

Si fuera adulto respecto a tu Palabra, tu palabra no me haría crecer. Tu Palabra no me enseñaría a hablar como Tú quieres que hable.

Quiero ser niño y aprender a hablar con la Palabra que sale de tu boca, de la que vivo como de Pan (Mateo 4, 4)

Pues tu Palabra es Cristo y de Él vivo. Y yo no invento a Cristo, sino Cristo me hacer nacer de nuevo en este cuerpo adulto, me hace tu hijo por su Gracia.

Quiero, con tu Gracia, hacerme niño para aprender a hablarla como me enseña mi Madre. Quiero asombrarme contigo, Señor, verte caminar sobrse las aguas, mover los montes de un lado a otro, multiplicar los panes y los peces y alimentar a una multitud, resucitar a tu amigo muerto en el sepulcro y resucitar Tú mismo de entre los muertos.

Quiero ir a la Escuela del Espíritu y dejarme guiar por mi Madre, que es tu Cuerpo.

Para que toda palabra mía te agrade y permanezca para siempre en tu Palabra.

sábado, 4 de diciembre de 2010

De padecer por Cristo en paz glorificante y perfecta

Padecer por Cristo es necesario. La Gracia no se nos da sólo para creer en Él y luego holgarnos como si no creyéramos, según el hombre carnal.
Porque la Gracia no se nos concede sólo para creer en Cristo. Y es que creemos en Cristo crucificado, que nos llama desde el madero a padecer en su Nombre.

Nos lo enseña el Espíritu en Filipenses 1:

29 Porque a vosotros os ha sido concedida la Gracia por Cristo no sólo para que creáis en Él, sino también para que padezcáis por Él

¿De dónde procede esta obligación de padecer?

Procede de Dios mismo, es Gracia. Es un obrar en Cristo Crucificado. No una acción o conjunto de acciones procedentes de nuestra naturaleza, menos aún de nuestra carne. Es un obrar sobrenatural desde la cruz del Señor, cuyo padecer compartimos por la Gracia, pues la Gracia no se nos da sólo para creer.

El mismo Espíritu, en la misma carta, nos dice a continuación: No os preocupéis por nada (Filipenses 4, 6)

¿Cómo es que nos dice que debemos padecer, y más adelante que no nos preocupemos? ¿Qué tipo de sufrimiento debemos padecer, que no debe preocuparnos?

No debemos preocuparnos no porque no vayamos a padecer, sino porque padecemos por Cristo. Cristo padece en nosotros, nosotros en Él. No ponemos el corazón en el padecer, como en el sufrimiento carnal. Si pusiéramos el corazón en el padecer, habría motivos sobrados para preocuparnos.

Ponemos el corazón en Cristo y allí Dios nos lo custodia con su paz, con esa paz que excluye toda preocupación:

la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones (Filipenses 4, 7),

Es el sufrir, desde la paz divina que nos protege de toda preocupación, de una corporeidad que en el Señor será transformada en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas (Filipenses 3, 21)

Cristo somete el padecimiento a su dominio. Lo traspasa, lo transforma en sufrimiento glorioso. Para eso se nos da la Gracia, para glorificar a Cristo en nuestra carne a través de nuestro padecimiento en Él.
No quieras sino cruz a secas, enseña San Juan de la Cruz. A secas quiere decir desnuda de todo lo tuyo, de todo lo nuestro, despojada de carnalidad. A secas quiere decir con toda la parte de Cristo, y nada de nuestra parte. Con toda la Gracia y sin nada de nuestra carnalidad.

Para esto se nos da la Gracia no sólo para que creamos en Él. Sino para que suframos en Él y demos gloria con nuestro padecer, con un padecer que no preocupa, sino que es dador de paz.

¿Cómo podríamos pacificar nuestra corporeidad atribulada sin Cristo, que es la fuerza y el poder de Dios? Pues donde vive la paz de Dios, que es la Gracia santificante, no hay tribulación. Para esto se nos da la Gracia: para vivir en paz glorificante por la Gracia. ¿Cómo podríamos sin su cruz a secas, sin nada de nuestra carnalidad, desnuda de nosotros y toda del crucificado?

Todo lo podemos en Aquel que nos conforta (Filipenses 4, 13)

Por tanto, creamos firmemente que la Gracia no se nos ha dado sólo para creer, sino para padecer en paz perfecta y glorificar el cuerpo que realiza la obra del padecer.

domingo, 28 de noviembre de 2010

La Caridad nunca acaba

Caritas nunquam excidit.
La caridad nunca se acaba (1 Corintios 13, 8)
La fe cesa cuando Dios es visto.
La esperanza cesa cuando Dios es alcanzado.

Pero la caridad nunca acaba, porque contiene la vida infinita de Cristo.

Según la doctrina de San Juan de la Cruz, la caridad se asienta operativamente en la voluntad.
Hay una diferencia esencial con lo que ocurre con la fe, cuya fuerza operante se establece en el intelecto. Pues la operación de la fe no queda completa con el acto de aceptar, pues al faltarle la visión directa del objeto creído, queda a la espera de confirmación visible. Esa espera es animada por la esperanza. La fe y la esperanza se ayudan mutuamente.

Con la infusión de la Gracia, la voluntad posee al objeto amado, se abraza a él de forma real. De aquí la unión con el Amado, que no queda a la expectiva, como la fe.

La caridad alcanza a Dios porque Dios, por ella, alcanza al hombre, para que el hombre repose en Él
Dios es abrazado en cuanto que es amado. Pero no visto en cuanto que es creído.

Al faltar la Gracia se hace imposible la unión con el Amado y la voluntad no alcanza su objeto, que es Cristo. Esta realidad dramática, esta indigencia fue percibida por la filosofía platónica, y afirmada por Aristóteles en su Etica Nicomaquea, al afirmar la imposibilidad de amistad entre Dios y el ser humano.

La Gracia es una participación de la vida de Cristo. Esta participación, que se efectúa por vía sacramental, es decir, por acción misma del Amado, trae al Amado mismo: es decir, Cristo penetra la voluntad, la hace anhelarle, la voluntad lo anhela libre y amorosamente, y se produce el abrazo unitivo por amistad, es decir, por la virtud de la caridad.

Por la caridad amamos sobrenaturalmente con eseAmor que recibimos sacramentalmente del Amado. Amamos con el Amado. De aquí que los méritos del Amor del Amado circulen gozosamente en nuestro amor, que se alimenta del suyo.

Por eso afirma la Escritura que la caridad nunca acaba, porque nunca acaba el Amor de Cristo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM

JURAMENTO
ANTI-MODERNISTA
Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM”
Impuesto al clero en septiembre de 1910
por S.S. Pío X

“ Yo...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.”

“En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.”

“En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.”
“En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.”

“En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, siempre con el mismo sentido,y la misma interpretación, por esto rechazo absolutamente la suposición herética de la evolución de los dogmas, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio.
Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el deposito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.”

“Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida ex catedra, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".
“En fin, de manera general, profeso estar completamente indemne de este error de los modernistas, que pretenden no hay nada divino en la tradición sagrada, o lo que es mucho peor, que admiten lo que hay de divino en el sentido panteísta, de tal manera que no queda nada más que el hecho puro y simple de la historia, a saber: El hecho de que los hombres, por su trabajo, su habilidad, su talento continúa a través de las edades posteriores, la escuela inaugurada por Cristo y sus Apóstoles.
Para concluir, sostengo con la mayor firmeza y sostendré hasta mi ultimo suspiro, la fe de los Padres sobre el criterio cierto de la verdad que está, ha estado y estará siempre en el episcopado transmitido por la sucesión de los Apóstoles; no de tal manera que esto sea sostenido para que pueda parecer mejor adaptado al grado de cultura que conlleva la edad de cada uno, sino de tal manera que la Verdad absoluta e inmutable, predicada desde los orígenes por los Apóstoles, no sea jamás ni creía ni entendida en otro sentido.

“Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e integramente, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Sobre la fe. Doctrina de la Iglesia explicada por el Cardenal Cayetano, 1532

Sobre la Fe
Capítulo Primero
Postura de los luteranos sobre la Fe


Positio Lutheranorum de fide
Cuando los luteranos ensalzan la doctrina evangélica sobre la salvación eterna de los hombres por medio de la fe en el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, enseñan que los hombres consiguen la remisión de los pecados por la fe en Jesucristo, extendiendo el nombre de fe a la credulidad con la que el pecador que se acerca al sacramento cree que es justificado por la misericordia divina, intercediendo Jesucristo.

Y a tal punto le dan valor a esta credulidad que dicen que nos alcanza la remisión de los pecados por la promesa divina. Dicen también que si el hombre no tiene esta firme credulidad en la Palabra de Dios, le hace una injuria, no creyendo en la promesa divina; y si cree firmemente que es justificado, al recibir el sacramento realmente se justifica. De otro modo no sería verdadera ni eficaz la promesa divina.

También algunos luteranos a tal punto exaltan esta fe que enserian que alcanza la remisión de los pecados antes de que el pecador tenga la caridad, en razón de que el Apóstol San Pablo distingue con un largo sermón la fe que justifica en contraposición a la ley. Ahora bien, en la ley se sobreentiende la caridad, porque amar a Dios con todo el corazón, etc. es el primero y mayor mandamiento de la ley, como dice el Señor en el Evangelio (Mat. 22, 38). En esto consiste el núcleo de la doctrina luterana sobre la fe.

Capítulo Segundo
Primer error en lo antedicho: se comete equivocidad en el uso de la palabra fe
Primus in praerecitatis error, quod incidit aequivocatio in nomine Fidei
Una cosa significa la palabra; «fe» cuando de ella dice la Sagrada Escritura que justifica a los hombres, y otra distinta cuando significa la credulidad por la que el hombre cree que es justificado por medio de Cristo y los sacramentos.

Pues la fe que justifica es la que significa lo que se señala con su definición en Hebreos 11, 1 cuando se dice que la fe es la sustancia de lo que hay que esperar y el argumento de lo que no se ve. Entendida así, es una de las tres virtudes teologales, como dice San Pablo: ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad.

La fe tomada en este sentido es un don de Dios, pues en Efesios 2, 8 se dice que por ella somos salvados y que sin ella es imposible agradar a Dios [Heb. 11, 6]. Por ella creernos todos los artículos de la fe y todo lo que hay que creer de necesidad para salvarse.

Mientras que la fe que significa credulidad es aquella con la que tal hombre cree ser justificado en tal situación concreta recibiendo el sacramento por el mérito de Cristo. Esta dista mucho de la fe entendida en el sentido anterior.

Lo podernos ver, por un lado por parte de lo que se cree, pues la fe no puede ser de lo falso, mientras que esa credulidad puede equivocarse. Y la razón está en que esta credulidad recae sobre un efecto singular en una situación concreta, y así proviene en parte de la fe necesaria para la salvación y en parte de la conjetura humana.

En cuanto a lo que le viene del mérito de Cristo y de los sacramentos, es imperada por la fe; y en cuanto a lo que tiene de efecto concreto, en sí mismo es producto de la conjetura humana. Porque en la fe cristiana se contiene que cualquiera que confía en el mérito de Cristo y que de modo correcto recibe interior y exteriormente el sacramento, es justificado por la gracia divina; pero la fe cristiana no se extiende a creer que yo estoy recibiendo ahora el sacramento de modo correcto interior y exteriormente.

Del mismo modo, por la fe cristiana estoy obligado a creer que en la hostia correctamente consagrada está el verdadero cuerpo de Cristo; pero la fe cristiana no se extiende a creer que en tal hostia de éste que ahora celebra en tal altar está el cuerpo de Cristo, pues eso podría ser falso por algún otro motivo.

Por otro lado, la fe de los cristianos es una sola, según lo dicho en Efes. 4, 5: Un solo Señor y una sola fe. Es evidente que yo no estoy obligado a creer por la fe que tengo que tal persona que recibe el sacramento en tal situación concreta esté justificada, o que en tal hostia en concreto esté el cuerpo de Cristo. En la fe de ninguna persona se incluye que crea en tal efecto singular de tal sacramento en concreto. Así, como segunda razón, queda claro por la unidad de la fe la diferencia de esta credulidad en relación a la fe.

Por esta razón, el primer error de los luteranos sobre este tema es el de atribuir a la credulidad lo que la Sagrada Escritura atribuye a la fe, pues siempre que enseñan esta credulidad citan textos de la Sagrada Escritura que tratan de la fe. Como por ejemplo: [Rom. 5, 1:] justificados por la fe, tengamos paz con Dios y [Act. 15, 9: ] con la fe que purifica sus corazones y muchísimos textos semejantes.

Capítulo Tercero
Segundo error: que la mencionada credulidad alcanza la remisión de los pecados
2º in praerecitatis error, quod dicta credulitas apprehendit remissionem peccatorum
Cuando dicen que esa credulidad alcanza la remisión de los pecados puede decirse y entenderse bien y mal. Si se dice y se entiende que esa credulidad consigue la remisión de los pecados informada por la fe y la caridad, es verdad. Pero si se excluye que esté informada por la caridad es falso, porque, como dice San Agustín (Tratado de la Trinidad, Lib. 15, cap. 18) nada hay más excelente que este don de Dios, pues es el único qué divide a los hijos del rey eterno de los hijos de la eterna perdición.

Hay que saber que esta credulidad es común a todos los que se acercan devotamente a los sacramentos, pues cualquiera que se acerca devotamente a un sacramento, cree que al recibirlo se justifica por el mérito de la Pasión y de la muerte de Cristo; de otro modo, no se acercaría. Esta credulidad, sin embargo, no es igual en todos, pues uno cree ser justificado más que otro; y normalmente esta credulidad está en la mente con la duda de lo contrario, pues no hay ningún texto en la Sagrada Escritura ni nos enseña ningún documento de la Iglesia que es preciso tener tal credulidad sin vacilación alguna.

El motivo de la duda es que comúnmente nadie sabe si por parte de uno hay algún impedimento para poder recibir el don de la remisión de los pecados, y normalmente nadie sabe si carece de la gracia de Dios. Por este motivo, al vacilar no se le hace ninguna injuria a la promesa divina, porque la duda no es sobre el sacramento sino sobre sí mismo, pues está escrito [Sal. 18, 13]: ¿quién entenderá los pecados?

Esta duda común sobre el efecto particular de la divina misericordia, es decir sobre la remisión de los pecados de tal persona en concreto que devotamente se convierte a Dios, está atestiguada en el libro del Profeta Joel 2, 12-14. Ahí, tras mencionar la excelencia de la divina misericordia sobre los pecados de aquellos que se tenían que convertir a Dios de todo corazón, en el ayuno, en el llanto y lágrimas, añade: ¿Quién sabe si Dios cambiará de parecer y perdonará? De modo que ninguno de los que se convertían estaba seguro, sino que manifiesta que todos dudaban si Dios les iba a perdonar.

Vamos a confirmarlo. La vacilación de la credulidad no cesa razonablemente sino por alguna de estas tres causas: -O por divina revelación, lo que aquí no viene al caso, pues aunque Dios haya revelado que todos los que correctamente conflan conseguir interior y exteriormente la remisión de los pecados por medio de los méritos de Cristo la consiguen, sin embargo no ha revelado que tal persona en concreto se convierta correctamente interior y exteriormente, pues este efecto particular no está comprendido en la revelación sobre la que. apoya la fe cristiana. -O por la suficiencia de los testimonios convincentes para creer algo singular, del mismo modo que los testimonios suficientes convencen a quien nunca ha salido de Roma a que crea que existe la isla de Ceilán o Sri Lanka.

Pero está claro que en la credulidad con la que tal persona cree que se justifica no intervienen estos testimonios que convencen al entendimiento para que crea que tal efecto se realiza en este momento en él. -O por la calidad de los testigos, por ejemplo si están más allá de toda reserva, según lo que dijo el Apóstol, Rom. 8, 16 que el Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Mas esta atestación supone que ya ha tenido lugar la remisión de los pecados, pues presupone que aquel de quien se atestigua es hijo de Dios, como de modo claro se entiende literalmente; mientras que la credulidad que ponen los luteranos no presupone en uno la remisión de los pecados, sino que la logra, como lo que precede logra lo que sigue.

Decir que tal credulidad en la palabra de Cristo y en el mérito de su pasión, etc., da infaliblemente la remisión de los pecados, es una opinión infundada. Por eso entre los artículos de Lutero condenados por León X [Denzinger 741 ss] figuran los artículos que dicen: A nadie le son perdonados los pecados si, cuando el sacerdote le perdona, no cree que le son perdonados, es más, el pecado permanecería si no se creyese perdonado; porque no basta la remisión de los pecados y la donación de la gracia, sino que es preciso creer también que se está perdonado.

En modo alguno confíes en ser absuelto por tu contrición, sino por la palabra de Cristo: Cuanto desatares, etc. Confia pues en esto si obtienes la absolución del sacerdote y cree con fuerza que eres absuelto, y así serás absuelto verdaderamente sea lo que sea de tu contrición. Si por un imposible el que se ha confesado no está contrito o el sacerdote no absuelve de modo serio sino sólo en broma, pero él cree que queda absuelto, lo queda muy ciertamente.

Capítulo Cuarto
Tercer error: a los arrepentidos se les perdonan los pecados antes de la infusión de la caridad
3º in praerec error, quod ante charitatis adventum remittuntur peccata paenitentium
Es más intolerable aún decir que los pecados son perdonados antes de la infusión de la caridad en aquel a quien se le perdonan. Esto se demuestra muy claramente así. -Es imposible que alguien pase de enemigo a amigo sin la amistad, puesto que «amigo» no se puede ni entender sin la amistad, así como lo blanco no se puede entender sin la blancura.

Cuando el hombre pasa de injusto a justo por Cristo, de enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, enemigo de Dios se hace amigo de Dios, según lo que dice el Apóstol, Rom. 5, 10: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de Hijo.

La reconciliación es la que hace al amigo reconciliado. No es posible ni inteligible que un pecador sea justificado sin la amistad de Dios; ahora bien, la caridad es la misma amistad entre el hombre y Dios, es un amor de amistad del hombre a Dios, y además -según aquello: Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él; y lo que también se dice ahí mismo (1 Jn. 4,19): amemos a Dios porque El nos amó primero- la amistad consiste en un amor mutuo; por lo tanto, la remisión de los pecados se hace formalmente por la caridad.

De modo que una misma cosa es la que se llama ‘justicia de la fe’ y caridad: se llama justicia de la fe en cuanto que el Hombre es justo ante Dios según las razones de las cosas y obras divinas en las que creernos, estando debidamente sometido el apetito sensible a la voluntad, la voluntad correctamente a la razón y la recta razón a Dios según las razones de las cosas que sostenemos por la fe acerca de El y de la patria del cielo.

Y se llama caridad en cuanto que es amor de amistad a Dios que nos comunica la ciudadanía de la patria celestial, según aquello a los Filipenses 3, 20: nuestra ciudadanía está en los cielos; y a los Efesios 2, 19: ya no sois huéspedes ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios; y en el Cantar de los Cantares 2, 16: mi amado para mí y yo para El.

Esta sola razón, corno convence al entendimiento, basta, y se apoya nada menos que en la autoridad de Cristo, San Pedro, San Juan y San Pablo, pues todos estos atribuyen la remisión de los pecados a la fe junto con la caridad. -Cristo le dijo a la pecadora (Luc. 7, 50): tu fe te ha salvado, y dijo de ella: se le perdonan muchos pecados porque ha amado mucho; en estas palabras, el vínculo entre ellas atestigua que el amor es la causa próxima dé la remisión de los pecados, pues cuando se dice: porque ha amado, la fe es causa de la remisión de los pecados incoativamente y la caridad completivamente. San Pedro Apóstol dijo (Act. 10, 43): de El dan testimonio todos los profetas que todos los que creen en su nombre reciben la remisión de los pecados, y en su la epístola 4, 8 dice: la caridad cubre una multitud de pecados.

De modo parecido, San Juan Apóstol en su l a epístola 5, 1 dice: todo el que cree que Jesús es Cristo ha nacido de Dios, y en 3, 14 dice: nosotros sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amarnos a los hermanos; el que no ama, permanece en la muerte.

Nada se opone a esto argüir que literalmente San Juan habla del amor al prójimo, pues está claro que es una misma la caridad con la que amamos a Dios por sí mismo y al prójimo por amor a Dios, como está marcado en la epístola de San Juan, capítulo 4, y sólo con ese amor entre hermanos tiene lugar el paso de la muerte a la vida.

Finalmente, San Pablo Apóstol en su epístola a los Romanos (5, 1) dice: justificados por la fe tenemos paz con Dios. Y la Cor. 13, 2: si tengo toda la fe de modo que mueva las montañas, pero no tengo la caridad, no soy nada en el ser espiritual en el que somos constituidos hijos de Dios.

Y a los Gálatas 5, 6: en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo ni el prepucio, sino la fe que obra por el amor. Aquí se ve claramente que le atribuye valor en Cristo no a cualquier fe sino a la que obra por el amor. Por consiguiente, está claro que es certísima la doctrina común de la Iglesia según la cual la remisión de los pecados no se realiza por una fe informe sino por la fe informaddad. Por consiguiente, los textos auténticos que explican que somos justificados por la fe, se entienden literalmente de la fe formada por la amistad divina que llamamos caridad.

En cuanto a la objeción según la cual la fe se distingue en contraposición a la ley, y que la ley supone el amor, hay que responder que de un modo emplea Cristo la palabra ‘ley’ cuando dice: este el primero y mayor mandamiento de le ley, y de otro el Apóstol cuando distingue la fe en contraposición a la ley. Cristo emplea la palabra ley en cuanto encierra todos los mandamientos divinos escritos en los libros de Moisés; mientras que el Apóstol emplea la palabra ley más estrictamente, en cuanto se divide en preceptos morales, ceremoniales y judiciales.

No soy yo quien se inventa este amor, sino que así lo saco de la misma Sagrada Escritura. Los mismos adversarios tienen que estar de acuerdo conmigo. Se prueba que Cristo emplea esta palabra «ley» en sentido amplio porque inmediatamente antes del mismo texto del Deuteronomio 6, 5 con el que se cita el precepto del amor a Dios, se pone el precepto de la fe, diciendo: escucha Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Dios.

Bajo el mismo contexto de la ley se ponen el precepto de la fe -para creer en un solo Dios- y el precepto del amor al mismo Dios, para que entendamos que en la ley no se encierra más el precepto de la caridad que el de la fe, hablando de la ley en sentido lato, y de aquí quede claro que, así como el Apóstol distingue la fe en contraposición a la ley, se entiende también que la caridad se distingue en contraposición a la misma ley.

Está claro que el Apóstol habla de la ley dejando de lado lo que se refiere a la fe y a la caridad, pues llama a esta ley ‘ley, de los hechos’ y dice que naturalmente la observan los gentiles, pues dice en Rom. 2, 14: los gentiles, que no tienen ley, naturalmente hacen las cosas que son de la ley, y está claro que naturalmente no hacen las cosas que pertenecen a la caridad. En esta objeción, pues, el nombre de «ley» se usa de modo equívoco.

Por eso no vale nada: porque en la ‘ley de los hechos’, que se contrapone a la fe, está también encerrado el amor de Dios; y en esa misma ley se encierra la fe, como se ve en Deut. 6, en donde se dan al mismo tiempo los preceptos de la fe y del amor a Dios. La respuesta a las otras objeciones de los luteranos queda clara con lo ya dicho. Baste esto en lo referente a la fe.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Ver a Dios por la Gracia, permaneciendo en su Palabra

El que obra el bien es de Dios; el que obra el mal no ha visto a Dios dice el Espíritu en 3 Juan 11.

¿Cómo es que dice Juan "no ha visto a Dios", si a Dios nadie le puede ver?

Porque lo dice como si dijera: no cree en Cristo. Porque, para nosotros, ver a Dios es ver a Cristo por la fe, primero, en cuanto fundamento y principio; y por la Gracia, después, en cuanto nueva vida en su Cuerpo.

Todo esto se concentra en lo siguiente:

el que obra mal no ha visto a Dios por la Gracia de su Cuerpo, que es la Iglesia. Pues ver a Dios por la Gracia es estar en Cristo y ver el mundo de manera sobrenatural. es decir: ver sacramentalmente a Dios.

Mirad por vosotros, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo. (2 Juan 8).

No está hablando de un trabajo cualquiera. Está hablando de un trabajo por el cual vemos a Dios, es decir, un trabajo por Cristo. Pues el fruto principal de nuestro trabajo en Cristo es el aumento de su Vida en nosotros, es decir, de la Gracia.

Velemos, nos dice Juan, para no perder la Gracia, pues en Gracia es como si viéramos a Dios y nuestra trabajo da fruto que no se pierde, fruto para la eternidad.

Todo el que se sale de la doctrina de Cristo y no permanece en ella no posee a Dios. (2 Juan 9)

¿Cómo es que dice Juan "no posee a Dios", si a Dios no se le puede poseer?

Lo dice como si dijera: no está en Gracia. Porque estar en Gracia es tener la vida divina en nosotros. Es poseer por participación a Dios.

Fíjate de lo que está hablando Juan: de la salirse de la doctrina de forma que se pierda la Gracia.
Porque quien permanece en la doctrina, ese posee al Padre y al Hijo (2 Juan 9).

Pues el Hijo, por el Espíritu, es Palabra del Padre. Y quien no posee la Palabra del Padre, que es el Hijo, es decir, quien no posee la doctrina del Hijo, no está en Gracia, porque sólo en Gracia abandonamos nuestra propia doctrina humana y recibimos libremente la doctrina del Hijo.

¿Cómo puede ser esto así? Porque con la Gracia llega a nosotros el Espíritu, y es el Espíritu Quien abre nuestra inteligencia para comprender la Palabra del Padre, que es el Hijo.

Y es que el Espíritu de la Verdad es el alma de toda palabra verdadera, de toda obra buena en Gracia. ¿Podemos permanecer en Cristo negando la palabra del Padre que el pronuncia?

Juan recapitula todo esto en una sóla máxima:

que caminéis en el amor (2 Juan 6).

Pero no un amor cualquiera, sino un amor que permanezca en la Palabra, que posea a Dios. Es decir, la caridad. Un amor por el que veamos a Dios, es decir, un amor a la manera del amor de Cristo, pues sólo Cristo puede ver plenamente a Dios.

Permanezcamos, pues, sacramentalmente en la Gracia, para ver a Dios por la fe en Jesucristo, permaneciendo día y noche en su Palabra.



LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

jueves, 18 de noviembre de 2010

De la inhabitación de Dios entero en el alma por obra de la Gracia Santificante

Cristo debe ser todo para nosotros. Me resulta inimaginable vivir sin Cristo. Nada, sin su Vida, tiene valor.
Y me pregunto, ¿tiene sentido un cristianismo sin Cristo?
¿Podemos afirmar que el Espíritu Santo inhabita en el ser humano unicamente por la realización de obras de solidaridad, sin presencia de la Gracia Santificante? No, sino afirmemos que Cristo es el sentido y la fuerza de toda obra salvífica, porque Cristo opera la salud.
¡El mundo no puede santificar el mundo!

¿Podemos afirmar que el mérito de Cristo se nos puede aplicar únicamente por acciones de índole humana natural?
No, pues, ¿qué somos, por nosotros, sin Él? De su sacrificio bebemos el Agua que salta hasta la eternidad, y del Pacto en su Sangre y su Carne brota el sentido de nuestras acciones.

¿Podemos afirmar que el Espíritu Santo está en nosotros aunque no creamos en Cristo como Hijo de Dios y Segunda Persona de Dios? No, es Cristo Quien nos lo envía. No lo dudemos.
A Cristo le debemos todo.
Sin Cristo, no hay inhabitación. Sin Gracia Santificante, no hay inhabitación.

Sabemos por la fe que el Espíritu Santo inhabita en el alma del hombre justificado. En el Símbolo de Epifanio, confesamos: Creemos en el Espíritu Santo, el que habló en la Ley y anunció a los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los santos.

Habita en los santos, es decir, en los sacralizados, en los justificados, en los transformados verdaderamente por la Gracia Santificante comunicada sacramentalmente por la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

Hay teologías populares que niegan la divinidad de Jesús, pero aceptan la acción del Espíritu. Son viejos errores que vuelven con caras nuevas. Se habla del Espíritu Santo como inspirador, como habitante de toda persona, creyente o no, en Gracia o no, con caridad o sin caridad. Se dice que el Espíritu Santo se introduce en el ser humano e inhabita en él por cualquier buena acción ética, por la presencia de valores humanos, pero no forzosamente por la caridad de la Gracia. Que no hace falta creer en la Divinidad de Jesús, es decir, en la Segunda Persona de la Trinidad y la redención operada por Él y actualizada sacramentalmente por la Iglesia. Que se puede no creer en Cristo, que aún así el Espíritu Santo quiere inhabitar en él por la simple realización de obras buenas.

Pero en primer lugar, debemos creer que la inhabitación se afirma de las tres Personas, aunque se atribuya en especial al Espíritu Santo:
La inhabitación del Hijo:
Juan 14, 23: Jesús le respondió: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.
La inhabitación del Padre:
2 Cor 6, 16: Porque nosotros somos el templo del Dios viviente, como lo dijo el mismo Dios: Yo habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y ellos serán mi Pueblo
La inhabitación del Espíritu Santo:
1 Cor 6, 19: ¿O no saben que sus cuerpos son templo del espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios?

Cuando la inhabitación se atribuye al Espíritu Santo, se hace sin merma de las verdades anteriores, para realzar, con amor y gratitud, la acción del Paráclito. Y para recalcar que es promesa cumplida de Cristo:
Romanos 5, 5: Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado

La Gracia que comunica el Espíritu Santo no es algo exclusivo de Él, sino de las tres Divinas personas. San Basilio: Santifica y vivifica... y todas las cosas de este género las realiza igualmente el padre, el Hijo, y el espíritu. Y nadie atribuya exclusivamente al Espíritu Santo la virtud de santificar.

Teniendo esto en cuenta, comprendemos que no podemos afirmar de ninguna manera que se puede no creer en Cristo y no estar en Él por la Gracia (que es su misma Vida) y a la vez estar lleno del Espíritu Santo. ¿Podemos afirmar que el cristianismo es una especie de ONG, y que por sus acciones de solidaridad, independientemente de la fe en Cristo, puede disfrutar el cristiano de la inhabitación en su alma del Espíritu Santo?

¿No compremos que es Dios entero quien quiere morar en el alma humana? Si negamos a Cristo, ¿cómo tener a Cristo, Segunda Persona de Dios, dentro nuestra? ¿Podemos tener la Tercera Persona, pero no a la Segunda?

Creamos en Cristo. Si el Espíritu, y con Él Dios Uno y Trino entero y no dividido, mora en nosotros, es porque Él nos lo prometió y nos lo trajo por con su sacrificio.
Alabado seas Señor, porque en tu misericordia actúas en la Iglesia, Cuerpo tuyo, y vienes a hacer de nuestro corazón tu propia casa.
DEO OMNIS GLORIA

miércoles, 17 de noviembre de 2010

De la fe en cuanto virtud teologal y no en cuanto creencia subjetiva

Dice la Sagrada Escritura que la fe justifica a los hombres.

Hablando y debatiendo con hermanos separados hablamos de fe en otro sentido:

creencia por la que un hombre se cree ya justificado, sin tener en cuenta su caridad operante, es decir, las obras en Gracia, por el mérito de Cristo

Podemos exponer, siguiendo la explicación ya clásica del Cardenal Cayetano, que La fe que justifica enseñada en Hebreos 11, 1:

la fe es la sustancia de lo que hay que esperar y el argumento de lo que no se ve

es una de las tres virtudes teologales, como dice San Pablo: ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad.

En Efesios 2, 8 se dice que por ella somos salvados y en
Hebreos 11, 6, que sin ella es imposible agradar a Dios

Por ella creemos todos los artículos de la fe y todo lo que hay que creer para salvarse sin reservarnos ni un sólo disenso. Si no se acepta algo, no es fe, no es respuesta total a Dios que revela.

Pero aquella "fe" con la que una persona se estima a sí misma ya justificada ella en concreto y en su situación individual es sólo una creencia.

Yo creo que la fe me justifica. Pero creer que ya estoy, yo, justificado, y creerme justificado y seguro receptor de gloria, creer que ya estoy salvado, haga lo que haga, es tan sólo una creencia...subjetiva.

Subjetiva porque el contenido de esa creencia, que en los pecadores es vana presunción, lo pone el hombre, que se hace juez de sí y considera suficiente su arrepentimiento, si posee o no Gracia y en qué grado, si actuó mal por omisión o no y en qué medida, si malgastó gracias o no...

porque sólo Cristo es Juez de vivos y muertos y sólo a Él corresponde valorar nuestras almas.

Determinar si estoy salvado o no, no es una acción de la virtud teologal de la fe, sino, como se ha dicho, de una creencia subjetiva.

Esta afirmación procede de la existencia del libre albedrío, con su posibilidad de rechazo de la Gracia.

Veamos cómo explica algunas de estas cosas el Concilio Tridentino:

Ni tampoco se puede afirmar que los verdaderamente justificados deben tener por cierto en su interior, sin el menor género de duda, que están justificados;
ni que nadie queda absuelto de sus pecados, y se justifica, sino el que crea con certidumbre que está absuelto y justificado; ni que con sola esta creencia logra toda su perfección el perdón y justificación; como dando a entender, que el que no creyese esto, dudaría de las promesas de Dios, y de la eficacia de la muerte y resurrección de Jesucristo.
Porque así como ninguna persona piadosa debe dudar de la misericordia divina, de los méritos de Jesucristo, ni de la virtud y eficacia de los sacramentos: del mismo modo todos pueden recelarse y temer respecto de su estado en gracia, si vuelven la consideración a sí mismos, y a su propia debilidad e indisposición;
pues nadie puede saber con la certidumbre de su fe, en que no cabe engaño, que ha conseguido la gracia de Dios.
Y algunos capítulos adelante, en esta misma sexta sesión, enseña:

Ninguno tampoco, mientras se mantiene en esta vida mortal, debe estar tan presuntuosamente persuadido del profundo misterio de la predestinación divina, que crea por cierto es seguramente del número de los predestinados; como si fuese constante que el justificado, o no puede ya pecar, o deba prometerse, si pecare, el arrepentimiento seguro; pues sin especial revelación, no se puede sabe quiénes son los que Dios tiene escogidos para sí.

sábado, 13 de noviembre de 2010

La ley y la naturaleza no justifican

Una gran parte de los católicos de hoy en día ha dejado de creer en la Redención.

Esto es un hecho incontestable.

No hay más que escucharles dar razones de su fe para comprobar cuánto se ha mundanizado esta y se ha convertido en una simple ética natural que hace innecesario el sacrificio redentor de Cristo.

Se habla mucho de solidaridad, de hacer esto y lo otro, de fraternidad... sin fe, sin Gracia.

El Concilio Tridentino, sin embargo, enseña de forma inerrante que:

la naturaleza y la ley no pueden justificar a los hombres.

Ante todas estas cosas declara el santo Concilio, que para entender bien y sinceramente la doctrina de la Justificación, es necesario conozcan todos y confiesen, que

habiendo perdido todos los hombres la inocencia en la prevaricación de Adán, hechos inmundos, y como el Apóstol dice, hijos de ira por naturaleza, según se expuso en el decreto del pecado original;

en tanto grado eran esclavos del pecado, y estaban bajo el imperio del demonio, y de la muerte, que no sólo los gentiles por las fuerzas de la naturaleza, pero ni aun los Judíos por la misma letra de la ley de Moisés, podrían levantarse, o lograr su libertad;

no obstante que el libre albedrío no estaba extinguido en ellos, aunque sí debilitadas sus fuerzas, e inclinado al mal.

Y sigue explicando:
CAP. II. De la misión y misterio de la venida de Cristo.
Con este motivo el Padre celestial, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo, envió a los hombres, cuando llegó aquella dichosa plenitud de tiempo, a Jesucristo, su hijo, manifestado, y prometido a muchos santos Padres antes de la ley, y en el tiempo de ella,
para que redimiese los Judíos que vivían en la ley, los gentiles que no aspiraban a la santidad, la lograsen,
y todos recibiesen la adopción de hijos.

A este mismo propuso Dios por reconciliador de nuestros pecados, mediante la fe en su pasión, y no sólo de nuestros pecados, sino de los de todo el mundo

Si no tenemos fe en la Pasión, como dice el Concilio, nos quedamos a solas con nuestra naturaleza caída, cuyas obras naturales, por muy solidarias y fraternales que sean, no pueden justificarnos.

Esto es así, y tanto es, que, de no ser así, no habría enviado Dios a su Hijo para pagar por nosotros, es decir, para satisfacer, para merecer por nosotros.

Es de vital importancia tener un conocimiento exacto de esto, porque de él depende mucho, depende nuestra vida.

A estudiar esto en profundidad vamos a dedicar las próximas entradas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Sin fe es imposible

Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11, 6)

Podemos estar una vida entera realizando obras de filantropía en una ONG. Pero sin fe, nada cuanto hagamos vale como principio de nuestra salvación.

Dice el Concilio Tridentino que la fe es el principio y fundamento de la justificación.

Por esto, cuando se supone que se puede lograr la salvación sin fe, yo pregunto:


¿Para qué entonces murió el Señor?

Si el Espíritu no nos adjudica el mérito de Cristo, nada podemos hacer que merezca salvación.

Pues merecerla no está, en el principio, a nuestro alcance.

Pero no sólo basta la fe. Es necesario hacerla operativa por la caridad, pues las obras de amor alimentan la fe

Podemos perder la Gracia por el pecado mortal, mas no la fe.

Por la fe volvemos a recuperar la Gracia en el Sacramento de la Alegría, la confesión. Y de nuevo, en virtud de un Pacto realizado con la Sangre de Cristo, el Señor vuelve a tener en cuenta nuestras obras en Gracia, es decir, las obras voluntarias que proceden de su impulso, en Cristo.

Dios, date cuenta, realiza un pacto, una Alianza, y por este Pacto, firmado con la sangre de Jesús, nos dice:

--Tengo en cuenta lo que haces. Aunque no tendría, en justicia, por qué. Pero lo hago en virtud de un Pacto, y no te debo nada, pero te lo doy en virtud de esta Alianza en mi Hijo.

Y nos reconoce lo que hacemos. Muerte, si son obras de muerte. Gracia, Gloria, Vida, si son obras de Vida.

Y todo ello es posible por su principio y fundamento, la fe.

Sin la cual, no te queda duda, es imposible agradar a Dios.

martes, 9 de noviembre de 2010

De transformar nuestro querer en el querer de Cristo

Quien ama a Cristo sólo tiene un deseo: imitar a Cristo. Tanto, que el Espíritu realice en Él otro Cristo. Ipse Christus, alter Christus.

La acción principal de Cristo fue obedecer en todo a su Padre. Nosotros, para imitarle, para transformarnos en otro Cristo, obedezcamos en todo al Padre.
¿Cómo? Haciendo aquello que el Señor quiera que hagamos.
Yendo adonde el Señor quiere que vayamos.
Diciendo lo que el Señor quiere que digamos.
Dejando de hacer lo que el Señor quiere que dejemos de hacer.

Ama y haz lo que quieras, dice San Agustín. Que es lo mismo que decir: Ama a Cristo, y haz lo que Él quiera. Porque si amas a Cristo, querrás, por su Gracia libremente aceptada, hacer lo que Él quiera, que será lo que quieras tú.

La conformidad con el divino querer es el remedio de todos nuestros males decía San Vicente de Paúl. Como en un círculo de Gracia, para hacer la voluntad del Padre nos identificamos con Cristo, y asumiendo el querer de Cristo queremos lo que el Padre quiere, que es lo que en verdad, en la hondura de nuestro ser, quiere nuestra alma --pues sólo en ese querer se halla a sí misma.

Tenemos deseos, amamos cosas, queremos cosas.

Pero he aquí que no sabemos lo que nos conviene desear, amar, querer.

Dice San Hilario que todos los honores que el mundo proporciona son favores del diablo. Nosotros no deseemos sino el honor de Dios. Pues si queremos lo que es favor del enemigo, sólo nos queremos a nosotros mismos, no a Dios.

¿Cómo queremos el honor de Dios? Amando a Cristo.

El enemigo trata nuestra perdición cuando nos incita a desear glorias del mundo, glorias nuestras, sólo y exclusivamente nuestras: lo que yo quiero, lo que me apetece, lo que opino, lo que me gustaría, lo que sueño y anhelo ...

Desear que mis amigos me estimen, me tengan en cuenta, me honren, me pongan el primero...no son más que deseos del mundo. Pero si amo a Cristo más que al mundo, querré estimar a Cristo, honrar a Cristo, tenerle en cuenta en todo lo que hago.

Ama a Cristo, y haz lo que quieras, es decir, como quieres a Cristo, harás lo que Él quiera.

Este lo que quieras se transmuta en otro: haz lo que Él quiera.

Lo que Cristo quiere es que hagamos la voluntad del Padre. Ama a Cristo, y haz lo que el Padre quiere que hagas.

¿Cómo se produce esta transformación de voluntades?

Imposible sería para nosotros por nosotros identificar nuestra voluntad con la voluntad de Cristo en orden a la voluntad el Padre. ¿Con qué fuerzas hacemos esto?

Escucha esto: el mérito de Cristo crucificado fue suficientísimo para merecerte el Espíritu.

Romanos 8:
26: El Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza.

El Espíritu acude. El viene. La iniciativa es suya.

Sabemos que acude a nosotros en virtud de los méritos de Cristo. Es Cristo quien nos trae el Espíritu, quien nos lo manda; Él acude a nosotros porque Cristo nos lo envía. Date cuenta de esto. Lo sabemos por la fe.
Este saber que es la fe, y que es el principio de la transformación unitiva de voluntades, nos conduce a la Fuente.
Porque el Espíritu acude y nosotros acudimos a Él, porque queremos querer lo que quiere Cristo.
No te quepa duda.
Así que ama, y haz lo que quieras.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El mérito de Cristo fue suficiente...y más que suficiente.

¿Cómo explicar que Dios tenga en cuenta lo que hacemos, y valore lo que hacemos con nuestra vida en Gracia?

No tenemos con que pagar al Señorlo que debemos por nuestros pecados. Esta es la verdad. El Señor, entonces, hace algo sorprendente.

Nos da con qué pagarle. Como si nos diera el capital que necesitamos para pagar. El nos da el capital para satisfacer la deuda que tenemos por nuestras iniquidades. Y nos da ese capital de forma que dice: es tuyo, de lo mío te doy. Ahora queda que nosotros aceptemos ese capital y digamos fiat!

Debemos aceptar ese ofrecimiento, ser humildes, y afirmar:

no tengo con lo mío para pagarte, Señor, acepto de lo tuyo.
El Señor no nos obliga a aceptar ese capital. Nos mueve a aceptarlo. Y si lo aceptamos voluntariamente, es por Él. Todo es Gracia

¿De aquí se desprende que tengamos, nosotros, que "sentir" la deuda como saldada? Por supuesto que no.

Nosotros lo unico que debemos sentir es una infinita gratitud al Señor por su misericordia. Deo omnis gloria.

Y saber que Él lo pone todo excepto lo que debemos poner nosotros: nuestro fiat.

El mérito de Cristo fue suficientísimo. No fue sólo el mérito justo para satisfacer por nuestros pecados originales, mortales y veniales, según 1 Juan 2, 2. Sin duda excedió lo justo: fue sobreabundante.

De esta sobreabundancia se da el que el mérito de Cristo inunda nuestras obras en Gracia, de forma que nos reparte de lo suyo y nos permite por herencia adoptar su mérito y hacerlo nuestro, no por derecho retributivo, sino por misericordia.

¿Cómo atribuir como nuestro el mérito de Cristo?

No nos lo atribuye el Señor de modo que es propio nuestro. De ninguna manera esto es así. Se nos atribuye por comunicación, de manera que Cristo Cabeza puede comunicar a sus miembros su Vida, que no es propia de sus miembros, sino de Él.

El Cardenal Cayetano lo explica con palabras hermosísimas en este texto del año 1532:


A todos los textos que expresan que no merecemos por nuestras obras la remisión de los pecados, no es preciso responder porque todos estamos de acuerdo con esta conclusión;

pero hay que responder a las citas aducidas para probar que no merecemos la vida eterna a través de nuestras obras. Cuando se argumenta con aquello de San Pablo a los romanos: el don de Dios es la vida eterna, se responde que también nosotros decimos y enseñamos esto, puesto que es don de Dios de la gracia santificante el que, por una parte, seamos miembros de Cristo; y por otra, que por la virtud de Cristo cabeza en nosotros merezcamos la vida eterna.

No decimos, pues, que merecemos la vida eterna por nuestras obras en cuanto son hechas por nosotros, sino en cuanto son hechas por Cristo en nosotros y por nosotros.

A lo que se objeta del testimonio de Cristo: decid que somos siervos inútiles, se responde con la misma distinción. Por mucho que cumplamos todas las obras mandadas por Cristo, en cuanto las cumplimos por nuestro libre albedrío somos hallados siervos inútiles para lo que se refiere a la casa del Padre celestial, inútiles para lo que se refiere a nuestra ciudad que está en los cielos, como son la remisión de los pecados, la gracia del Espíritu Santo, la caridad, etc., cosas propias de los hijos de Dios.


El motivo primero de esto es porque en cuanto obramos por nosotros mismos somos tan débiles que no podemos elevarnos a contribuir en nada al orden supremo de los bienes propios de los hijos de Dios.

Pero junto a esta verdad sigue en pie que nosotros mismos, en cuanto que obramos por Cristo cabeza en nosotros, como miembros vivos suyos, podemos contribuir mucho por nuestras obras a nuestra ciudad celestial y a la casa paterna, pues de este modo somos elevados al orden de hijos de Dios y así no somos inútiles sino miembros útiles para la casa paterna y la ciudad celestial.

La divina bondad ha provisto que alcancemos muchas cosas que nunca merecimos.


La divina bondad (como lo atestiguan Cristo, Isaías, Ezequiel y el Apóstol a los Hebreos) ha dado a las obras de los que vuelven a Dios una fuerza impetratoria para la remisión de los pecados por la divina misericordia a través del mérito de Cristo.

Los frutos de la Gracia

¿Nuestras obras en Gracia son fructificadoras (meritorias, se dice en teología clásica) de vida eterna?
Sí, en cuanto que proceden de la Gracia, del Espíritu Santo que habita en nosotros por la fe, fundamento y raíz de la justificación (Concilio de Trento, VI)

¿Las obras humanas son meritorias en sí mismas, por esencia y naturaleza?
No, de ninguna manera,
son meritorias de vida eterna en virtud de los méritos del Sacrificio del Señor, Fuente absoluta y única de todo mérito.

¿Cómo pueden entonces fructificar en nosotros de alguna manera la Gloria?
Sólo en cuanto proceden del Espíritu Santo que vive en el hombre por la gracia y la caridad. La gracia es como la semilla de Dios (1 Juan 3, 9) cuya virtud se extiende a generar el fruto.

El fruto (mérito) de la vida eterna no es una acción nuestra sino una acción de Cristo Cabeza , pues hay que apreciar (Rom. 12, 5; Efes. 4,16; Col. 2, 9-19) que los hombres constituidos en gracia son miembros vivos de Cristo cabeza:

Los sufrimientos y acciones de los miembros vivos de Cristo
son sufrimientos y acciones de Cristo Cabeza.

Lo atestigua el mismo Cristo en Hechos 9, 4:

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Jesús identifica la persecución a los cristianos con la persecución a Él mismo.

Galatas. 2:
20 Vivo, pero no yo, sino Cristo que vive en mí.

Nuestras obras sobrenaturales y libres son fruto de la gracia de Cristo , son nuestras porque las realizamos nosotros en Cristo, es decir, en Gracia, pero son de Cristo, y como Cristo nos da de lo suyo, son nuestras en cuanto Cristo nos las da en el ser y el operar y nosotros las realizamos en el libre aceptar. Gracia y libertad humana se interconexan en la máxima agustiniana: Todo es Gracia.
La corona de la vida eterna es fruto de la Gracia aceptada libre y sobrenaturalmente. En esto se distingue el mérito para la vida eterna en los niños bautizados: a ellos se les regala la vida eterna tan sólo por el mérito de Cristo.

La más divina de todas las cosas, dice Dionisio en "Jerarquía Celestial" 3, es hacerse cooperador de Dios.

De aquí también se sigue que no es superfluo que recibamos como recompensa la vida eterna, entregada por misericordia en base a nuestra identificación libre con Cristo por la caridad, por la cual su mérito totalmente suficiente y sobreabundante se hace nuestro como por herencia.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Sed perfectos

Habéis de ser santos, porque Yo soy Santo (Levítico 11, 45)

Dios nos interpela a través de su Palabra.

Jesús, el Señor, nos habla al oído a ti y a mí, nos dice, con la fuerza y el calor de su divino Corazón:

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mateo 5, 48)

No podemos conformarnos con la mediocridad. Nuestro Señor nos quiere perfectos, santos, y la principal razón nos la da Él mismo a través de su Palabra:

porque Yo soy Santo.

Esta es nuestra motivación.

El Reino de los Cielos no es más que la Vida de la Santidad de Dios; queramos que nuestra fe en Cristo sea plasmada en un conjunto de virtudes sobrenaturales que hagan operativa la caridad en la Gracia, para mayor Gloria de Dios.

Y se consigue a viva fuerza (Mateo 11, 12)

La fuerza de Dios es Cristo. Se adentra en nuestro ser por la Divina Liturgia, y nos da de beber. Anima nuestro vigor, nos llena de su fortaleza, nos empuja.

Nos da de todo lo suyo para que su Vida de Virtud sea nuestra, y alcancemos la perfección a viva fuerza, vitalizados por Él, dándole Gloria a Él.

De nuestro interior no brota el empuje para hacer el bien que deseamos. El ímpetu de perfección no arranca de nuestra naturaleza, pues aunque deseemos ser santos, ponerlo por obra no está a nuestro alcance. Necesitamos la Gracia.

En Romanos nos lo explica el Apóstol:

7:18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.

7:20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.

7:21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.

7:22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;

7:23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

Que la santidad de Dios nos inunde.

Lo principal es acudir a la Fuente, estar en Gracia: Eucaristía. Confesión.

Y con la fuerza de Dios, que es Cristo, poner todo nuestro empeño vivo en imitar al Señor.